MOTIVOS DE CRITICA
MiNUTEKIO DE INSTRUCCIÓN PÚBUCA T PhETHIÓN SoCIAI.
BIBLIOTECA ARTIGAS
Art. 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950
COMISION EDITORA
Prof. Juan E. Pivel Devoto
Ministro de Instrucdón Pública
María Julia Ahdao
Directora Interina del Museo Histórico Nacional
Dionisio Trillo Pays
Director de la Biblioteca Nacional
Juan C Gómez Alzóla
Director del Archivo General de la Nací^
Colección de Clásicos Uruguayos
Vol. 61
OsTAiDo Crispo Acosta
"Lauiar"
MOTIVOS DE CRITICA
Tomo IV
Preparación del texto a cargo de
José Pedio Barsáh y Benjamín Nabuu
OSVALDO CRISPO AGOSTA
"LAUXAR"
MOTIVOS
E CRITICA
TOMO IV
MONTEVIDEO
1965
LITERATURA ESPAÑOLA
ANTONIO MACHADO Y SUS SOLEDADES *
Antonio Machado es, como Gustavo Adolfo Bécquer,
un sevillano trasplantado a Castilla. Su padre, Anto-
nio Machado y Alvarez, gallego de origen, fue un espi-
ritu culto, ingenioso en burlas contra la religión, afi-
cionadísimo al estudio ameno de la poesía y la sabi*
duría del pueblo expresadas en coplas, cancionea, re-
franes y adivinanzas. De su familia fue también D.
Agustín Duran, el compilador insigne del Romancero
incluido en la colección Rivadeneyra,
Nació Antonio Machado en Sevilla en julio de 1875,
un año después que su hermano Manuel. A los nueve
años, en 1884, fue llevado a Madrid. La influencia de
Andalucía, vivísima sobre su hermano, fue débil so-
bre él.
Mi infanda wn recnerdos de i» patio de SerUla
Y on huerto daro donda madarm d Umonero,
dice él mismo en su Retrato del libro Campos de
Cas tilia; y en la composición CXXV de sus Poesías
Completas de 1917, habla más prolijamente de los
recuerdos de su infancia.
En Madrid cursó los estudios del bachillerato en la
Institución Libre de Enseñanza, bajo la dirección del
buen pedagogo D. Francisco Giner de los Ríos. Sobre
la pesadez y el aburrimiento fatales de sus años de
« EHt« twcto provieiie d« la revltta «Hispuda» Vol. XII,
Nv 8 Calttomla, I7.S.A^ mayo de 1938.
[7]
I.AUXAB
escuela (Recuerdo infantü. Las moscas, de Solé-
dades, galerías y otros poemas) se levanta la simpáti-
ca figura del maestro que supo ganar con su bondad
y su inteligencia el cariño respetuoso del discípulo.
A su muerte, en 1915, dijo de él Antonio Machado en
versos de Elogios (Poesías Completas) que había
sido luz y abna en la vida sana y alegre del trabajo
feliz.
En la composición Retrato, ya citada, escribe su-
cintamente Antonio Machado que fueron, su juventud,
«veinte años en tierra de Castilla», y su historia, «al-
gunos casos que no quiere recordar». Estos «casos»
de su edad inquieta, que él calla así, con discreción
juiciosa y trasparente, ¿qué pueden ser para nuestra
natural suspicacia sino las primeras aventuras de su
corazón ávido y pródigo? Sin duda, como él lo aseve-
ra, no fue «ni un seductor Manara ní un Bradomín» ;
pero, aun descuidado en el vestir, rasgo que repetida-
mente señala como suyo, amó «cuanto ellas pueden
tener de hospitalario», y fue acendrado en sus amores
pasajeros, seguramente un poco o un mucho tristes
puesto que pasaron, la emoción de su abna, que sobre-
vivía a lo circunytanciaí y preparaba en vago enso-
ñamiento su obra futura de poeta.
Sus compañeros de entonces lo evocan siempre «mis*
terioso y silencioso», como lo llama Rubén Darío. Su
hermano Manuel lo muestra huraño, contestando con
lacónica brevedad «Por aquí kace gente» al amigo que,
en pleno verano, se resistía a cruzar la calle para se-
guir andando por el lado que «hacía sol».
En diciembre de 1898 llegaba por segunda vez a
España Rubén Darío. Había egtado antes, en 1892,
para la celebración del cuarto centenario del descubri-
miento de América. Lo habían acogido aitoncM ofí'
[81
MOTIVOS DE CBITICA
cialmaite, sin particalares atenciones, como « uno de
los tantos repreaentantes de las repúblicas america-
nas, los más eminentes literatos de la época. Era ya el
autor de Azul. . ., estudiado por D. Juan Valera en sus
Cartas' americanas; pero aún no se le conocía en aquel
medio. Iba abora con la gloria escandalosa de Prosas
Profanas (1896). España se hallaba sumida en la pos-
tración de su derrota, después de la guerra con los
Estados Unidos. Sus grandes escritores de mediados
y fines del siglo XIX que aún vivían, — Ramón de
Campoamor, Juan Valera, José María Pereda, Benito
Pérez Galdós, Gaspar Núñez de Arce, — habían dado
ya su producción y los más estaban gastados. De los
nuevos, sólo Jacinto Benavente y Ramón del Valle
Inclán habían publicado cosa de importancia, — Tea-
tro fantástico (1892), Femeninas (1894), Gente co-
nocida ri896). Epitalamio (1897), La comida de las
fieras (1898). En e% momento Rubén Darío fae pro-
videncial; su obra, incomprendida, ridiculizada por
la gente de vieja escuela, conquistó con su refinamien-
to, con BU riqueza, con su arte, el espíritu de la jnven*
tud ansiosa de vida y falta, sin embargo, de orienta-
ción y estímulo. En Prosas profanas admiró ella ana
poesía que, sola, sin más interés que su belleza rara,
se bastaba a sí misma. Esta fue para los malos discí-
pulos una incitación al desarreglo; para los buenos,
como Antonio y Manuel Machado, como Juan Ramón
Jiménez, un ejemplo de liberación y de trabajo origi-
nal.
Se dice que Antonio Machado tuvo el cargo de vice-
cónsul de Guatemala en París el año 1900. En París
residió entre 1905 y 1907, y volvió a él, pensionado
por el gobierno español para hacer estudios de filolo-
gía, en 1910. Pudo así, desde su primer viaje, conocer
LAUXAR
de cerca, directamente, el foco de la renovación lite-
raria que la poesía de Rubén Darío había iniciado
en América y España con sus libres transcripciones
modernistas. El Parnaso, rígido y solemne, había ce-
dido ya, de tiempo atrás, bajo la coníosión de los de-
cadentes y los simbolistas, y desde 1901 se operaba
una reacción de serenamiento y claridad, contra los
desafueros de los innovadores. Frente a Rubén Darío,
parnasiano y decadente ambiguo, babía de revelarse
Antonio Machado como simbolista puro, extraordina-
riamente peisonaL
Elntre 1899 y 1902 escribe Antonio Machado las
composiciones que publica, a principio de 1903, con
el título de Góngora, Soledades, en pequeño volumen
de modesto aspecto. Góngora, por su extremada sin-
gularidad y tal vez por la misma general repulsión
de que era objeto, había atraído la atención de los
nuevos escritores rebelados contra la poesía corriente.
La revista juvenil «Helios» provocaba con su primer
número, en abril de 1903, un concurso de opiniones
sobre el autor de PoKfemo, y en el tercero, Antonio
de Zayas asociaba de paso, a las antiguas Soledades^
las recientes de Antonio Machado.
Sorprende el título de Góngora, en los versos de An-
tonio Machado. Poco o nada tiene aparentemente del
uno el otro poeta. Apenas si pueden atribuirse en las
nuevas Soledades a una vaga influencia de Góngora,
no muy caracterizada, algimas raras trasposiciones
verbales violentas ^ y el capricho de ciertas imáge-
1 Sofiada en piedra contorsión ceñuda (La fuente); No
tu sandalia el aofiollento llano pisará {Quizás la tarde len-
ta todovia); Suave de rosas aromado aliento {Mai piú).
[10]
MOTIVOS DE CRITICA
nes clásicas. ^ Los dos poetas son, sin embargo, difí-
ciles, y los dos trabajan exquisilamente su obra. El
título de Góngora en el libro de Antonio Machado
no puede ser más que un emblema de actitud poética
insólita, de poesía culta, refinada, singularísima.
¿No citaba Rubén Darío al conspicuo poeta cordo-
bés como artífice supremo, en las palabras liminares
de Prosas profanas? El mismo Verlaine, en los orí-
genes oscuros de sus tendencias Teformistas, con esa
ingenua inconsciencia de quien no siempre sabe lo
que hace, había elegido un verso de Góngora para
epígrafe de un poema saturniano. Góngora vilipendia-
do e incomprendido, era un estandarte resplandeciente
de guerra contra la ofícial literatura imperante en la
irrupción del modernismo dentro de España. Basta-
ba que no fuera del gusto consagrado para que los
innovadores, sin estudiarlo ni conocerlo mayormente,
la adoptasen y ensalzaran. Era una arma de ataque,
fulminante y ruidosa, que trastornaba las inteligencias:
las circunstancias lo imponían. Esto, con todo, es lo
de menos en el caso de Antonio Machado.
Ni éste fue nunca un prosélito fervoroso a quien cie-
gamente arrastrase el entusiasmo sectario; ni tomó
para si el título de Góngora sin más razón que el pru-
rito de singularizarse con esa afiliación provocativa.
Tan bien está el nombre de Soledades en la obra de
Antonio Machado como en la de Góngora. Góngora,
que es extravagante, pintoresco, espléndido, convierte
las soledades agrestes y costeñas en tema de contraste
para el lucimiento culterano; Antonio Machado, que
2 . au lanza tórrido blando el viejo verano (Horbonte).
Aljaba negra: los ojos Oro de alJaSa la íleéha dd «mor
(Arde en tus o¡oa un misterio, virgen y Campo).
[11]
LAUX AR
es reconcentrado y meditativo, canta su intimidad so-
litaria, suB desolaciones y monotonías interiores, lo»
humorismos de su pensamiento. Una sección del libro
se llama Del camino; tanto daría que se llamase
«Del corazón», porque está hecha con la reflexión
nostálgica, sentimental, de lo que el poeta anhela y no
ha encontrado más que en sombras o imágenes y en
sueños. El nombre Soledades tiene para los versos dé
Antonio Machado la misma acepción espiritual que
Solitudes en la poesía de SuUy-Piudhomme.
¡Soledades! ¿No hay en esta palabra esa misma
dulce melancolía de ausencia que llaman «saudade»
los portugueses? La «saudade» es tristeza de amor
por el bien que se ha perdido; la soledad puede serlo
también por el que no se alcanzó nunca, y es écie el
sentido impreciso^ la signifícación vaga, del título
que dio Antonio Machado a sus poesías. Todo es me-
lancolía en ellas, una melancolía que él suele califi-
car de amarga, pero que en el lector produce casi
siempre una impresión suave, leve, aérea, porque se
da sin objeto, sin causa extema, como una emana-
ción natural del espíritu entregado al ensueño. £1 sen-
timiento de esta poesía triste, más que dolor, es lan-
guidez exquisita, deliquio del ser en la ilusión volun-
taria, ante la realidad hostil o indiferente. Siente el
poeta con emoción delicadísima su propio aislamien-
to íntimo, y una impresionabilidad extrema, sin corres-
pondencia ni armonía posible entre las cosas del mun-
do y de la vida, se resuelve en adoloramiento y en
pena, y es ella misma, sola y pura, la esencia de la
poesía de Antonio Machado, que en eso tiene mucho
de efecto musical. Como la emoción que la música
suscita, ella arranca del sentimiento desnudo, sin dra-
ma ni herida; es como una repercusión o resurrec-
[12]
MOTIVOS DE CRETICA
ción del sentimiento que antes nació de la vida y que
después renace o persiste independiente de las ocu-
rrencias que lo originaron.
Toda es melancolía, y toda es irrealidad, visión qm<
mérica, sueño de imágenes sin consistencia, la poesía
en Soledades. El mismo poeta dirá después que
De toda la memoria sólo vale
El don preclaro de evocar los Bueñoa.
<Y podiá3 conocerte recordando».
Los sueños están hechos siempre con las figuras de
las cosas reales; pero en las figuras de los sueños pier-
de la realidad su resistencia a la acción del espíritu. En
la poesía de Antonio Machado todo lo que es imagen
o figura de lo real se transforma ea signo o expresión
de su alma.
Abundaban los paisajes en la primera edición de las
Soledades; en la segunda son eliminados algunos y co-
rregidos otros, mientras todas las demás composiciones,
— menos una, — con ligeras y escasas modificaciones,
— una o dos apenas, — permanecen definitivamente
en el libro. Los paisajes fueron seguramente los pri-
meros ensayos del autor; por eso, como en trabajos
de prueba, repite con desarrollos diversos el mismo
asunto (La tarde en el jardín. La fuente^ Tarde)^
— o lo rehace en oposición (El mar tristCf La mar
alegre) f y por eso también, cuando ha logrado el tipo
de poesía que más conviene a su originalidad, — las
breves notaciones líricas Del camino, acaba por dese-
char aqudlas tentativas abortadas y cultiva y desen-
vuelve ese otro procedimiento más personal, más suyo.
¿No hay como un resabio de la Sinfonía en gris
mayor de Rubén Darío en la acentuación violenta,
[13 3
LAUXAS
con reverbeiaciones metálicas en el colorido, de El
mar triste y La mar alegre?
Palpita un mar de acero de olas grisea...
Sobre el mar de acero
Hay un cielo de plomo...
El rojo bergantín ea un fantasma
Que d viento agita y mece el mar rizado,
£1 fosco mar rizado de olaa grísea.
(El mar tritte).
El mar liienre y ríe
Con olas azules j espiunaa de leche y de plat*. . .
La gaviota palpita &i él aire dormido. . .
(La mar alegre).
La posición de Antonio Machado respecto de Rubén
Darío puede apreciarse con toda exactitud en los pri-
meros versos de su obra. Son dodecasílabos de hemis-
tiquios, como los versos de Era un aire suave^ los
primeros también de Prosas profanas: Parece como
que Antonio Machado se hubiera complacido en tra-
tar su tema predilecto repetido tantas veces, — el mis-
mo de La fuente, de Never more y de ia tarde en
el jardín, — en ese metro, y en abrir de este mo-
do su libro, para que resaltara mejor, en el ritmo del
maestro, su propia originalidad personal y su inde-
pendencia. Nada más opuesto, en efecto, que Era un
aire suave y Tarde: «Era un aire suave» es una
descripción pictórica, brillante, sensual, de la belleza
mundana, elegante, decorativa; está hecho de lujo y
artificio; su nota saliente es la risa de la coquetería
graciosa y de la seducción perversa; es la poesía de
la carne sabiamente ataviada para el pecado. En con-
traposición a todo esto, esboza Antonio Machado un
cuadro somero de paisaje solitario y apacible. La com-
MOTIVOg DB CRTTICA
posición entera del coadro cabe en los cuatro versos
de una estrofa:
Fue una clara tarde, triste j sofiolients,
Del lento verano. La hiedra asomaba
Al maro del parqoe, negra j polvoiienta. . «
Lejana una fuente riente sonaba.
Poco agregará del mundo físico a esta visión senci-
Ua el autor: sólo dos impresiones genuinamente suyas:
la sombra de los mirtos sobre el cantar de la fuente y,
en el espejo del agua, la imagen de las frutas ber-
mejas y doradas que penden sobre ella.
La voz del agua llama al poeta a la distancia, con
la atracción de un misterio presentido en su mono*
tonia cantora; entra él al parque solitario; tras él la
puerta
Golpeó el ailencio de la tarde muerta.
Algo parece que dijera la fuente: ¿No babla en ella
un recuerdo impreciso, olvidado, que empieza a des-
pertarse, que se remueve embarazado, oscuro, sin lle-
gar a definirse? Sabe el poeta que
Fue una tarde lenta del lento verano,
y siente que el mismo rumor que el agua tiene ahora
suena dentro de él en remoto olvido:
Yo •£ que es lejana la amargan mía
Qne meBa en la tarde da Tsnum vieja;
pero no logra evocar en su memoria el recuerdo per-
dido, que sin embargo, palpita en aprensión vaga ante
la fuente:
LAUXA»
Fue una clva Urde del lento waM...
Tú venías solo con tu pena, hennano;
Tus labios besaron mi linfa serena
Y en la clara tarde dijeron tu pena.
Dijeion tu pena tas labios qoe anÜBs:
La sed que a^ra tieneni entonces tenían.
Y el poeta abandona el parque, y otra vez^ tras él la
puerta
Sonó en el Ñlmcio de la larde muerta.
El paisaje, en estog versos^ por efecto de la técnica,
se ha trasmutado en apariencia espectral, quimérica,
ilusa. ¿Qué es el parque cerrado? ¿Qué es la fuente
de monotonía? ¿Qué los cantares del agua a la som-
bra de los mirtos, y las frutas doradas en el espejo de
la fuente? Todo se ha hecho ideal, aéreo, impreciso,
en el mágico encanto de la evocación espiritual. Es la
emoción del poeta, una emoción de melancolía sin cau-
sa presente, lo que informa y rige ese espectáculo ilu-
sorio. Ella hace lento al verano, y vieja y muerta a
la tarde; ella es quien golpea el sáendc. Un arte sutil
insinúa en las cosas materiales cierta significación de
símbolo. La sola repetición de las calificaciones y de
las frases basta para que imperceptiblemente se pro-
duzca una sugestión de transcendencia. No puede el
lector referir la escena que se le presenta a la reali-
dad: todo en eUa es leve, ligero, inconsistente, como fi-
guración de ensueño. £s la creación fantástica de una
melancolía rara y compleja. No sabe el poeta a qué
atribuirla y se interroga vanamente sobre su origen:
no proviene de ningún suceso particular; está en él
sin embargo ; ajena a toda ocurrencia, es como el agua
de la fuente, que mana con un cantar perenne, monck
tono, falto de sentido. £s la melancolía de un corazón
[16]
Monvos DE cmncA
que vive en sueños, extraño al nmndo que lo rodea, co-
mo en el vacío. Por eso el agua es para el poeta un
símbolo de su propio sentimiento, y contempla en ella,
como en un espejo, la imagen de las frutas en vez de
buscar éstas en el árbol que laa sustenta y ofrece.
Toda la poesía de Antonio Machado está llena de
estas impresiones del agua quieta o fluyente, silenciosa
o murmuradora, y de las imágenes de las cosas refle-
jadas sea en espejos reales o en la misma agua. Es
que para él, en SoleeUídes, no hay niás verdad, más
vida, más posibilidad que la voluntaria ilusión, sin
engaño, del mundo que lleva dentro de sí. Está coa-
denado a vagar preso en el laberinto del sueño (Cé-
nit) t desdeñoso de la sombra del sendero y del agua
del mesón (Quizás la tarde lenta todavía) ^ indife-
rente a las flores que halla a su paso (Me dijo un
alba de la jaimaoera), errante «en los caminos sin
camino», o perdido en el desierto sin rumbo.
El mismo poeta ha definido exactamente su actitud
en la última composición de la parte más original de
su libro, la titulada Del camino. Cuesta y duele po-
ner en mala prosa la delicadísima esencia de esa poe-
sía hecha de cosas impalpables que se resisten a la
rudeza de la expresión vulgar. El poeta se ve en un
«retablo de sueños»,
Síempn desierto y deMlado y aolot
como una
...pobre Bobra triste
Sobre la «Btepa o bajo el sol de iaego,
O soñando amarguras
En las voces de todos los nÜBtuKw;
[171
1 -4t.
y llega a dudar si son verdadera, sinceramente suyas
las lágrimas que vierte. ¿Es el realmente «ese fantasma
de su sueño»? ¿Es la suya la voz que suena en sus
versoe, o es tan sólo una voz de «histrión grotesco»?
Suyos, intimamente suyos, son los sueños cristalinos
que él cuaja en honda gruta; pero el dolor y el Han*
to que nacen de ellos ¿son acaso verdaderos?
i Oh, yo no sé — dijo la Noche, — amado,
Yo no sé tu secreto,
Aunque be escttchado, atenta, el eabuo oc^to
Que liar en tu oorazóii, de ritmo lento,
Y aunque he visto vagar eae, que dices.
Desolado fantasma, por tu sueño.
Yo nte asomo a las ahnas cuando lloran,
Y efcucho cu hondo rezo.
Humilde y solitario,
Eie que llamas salino veEdadeio;
Pero, en las hondas bóvedas del alma,
No sé »i el llanto ta una vos o n eco.
Paia escuchar tu queja, de tus labios.
Yo te busqué en tu sueño,
Y allí te TÍ vagando en un btmoso
Laberinto de espejos.
Esta incertidumbre sobre la calidad, sobre la since-
ridad, del propio sentimiento se repite en varias pá-
ginas del libro, como si fuera constante en el autor;
así en El poeta, de la segunda edición, donde resume
y concentra su pensamiento acerca de la situación de
aquél, — la suya, por lo tanto, — en la vida, escribe
que él acaba por sentirse
Un oorasón que bosteza
Y un histrión que declama.
Anle semejantes palabras hay que precaverse juicio-
samente contra el engaño fácil de una ligera interpre-
[IB]
MOTIVOS DE CBmCA
tación falsa. Entender que Antonio Machado se con-
fiesa llanamente insincero supondría negarse a toda
noble inteligencia con torpe ceguedad. No dice él que
no siente su poesía sino que, sintiéndola y dándose
todo 8 ella, que es una pura creación ideal, se pone
fuera del orden común y vive en facticia y consciente
ilusión. Su corazón bosteza a la grosera insuficiencia
de la realidad ordinaria para satisfacerlo, y refugiado
en el sueño, no puede, menos que sufrir por momentos
una amaina arideE interior cuando advierte que vive
espiritualmente en las emociones que él mismo se pro-
cura con la poesía imaginaría de lo que no existe.
Y no es verdad, dolor, yo te conozco:
Tú eres nostalgia de la vida buena,
Y soledad de coruón sombrío,..*
Nostalgia, soledad. ¿No son éstos dos sentimientos
la doble fuente de toda la poesía sentimental? En la
soledad se le hace sensible al poeta lo que le falta;
en la nostalgia él vuelve con amor y tristeza a las
cosas disipadas que fueron su dicha. Lo no encontrado
o lo perdido, lo que no es o lo que, si existe, no será
nunca suyo, no tiene otros motivos la poesía de An-
tonio Machado. Puede también decirse que de ellos
dimanó siempre toda melancolía poética. En Antonio
Machado esta ausencia de objeto en la excitación
emotiva adquiere un sello de modernidad que la dis-
tingue y originalixa. El no resuelve el sentimiento en
grandes ideas; no razona, con el clásico gusto del lu-
gar común, sobre la suerte humana y su instabilidad en
la fortuna propicia, ni sobre otro cualquiera de los
temas acostumbrados ea la antigua poesía. Tampoco
3 D« b aesunda edición.
[19]
LAUXAR
trasporta su impresión sen«íitiva a un trágico apasio-
namiento romántico. Ni amplias y altas ideas genera-
les, ni pasión desencadenada; se encierra en la pura
fruición estética, en una fruición tranquila, cerebral,
rica de sensibilidad y reflexión. El se complace, con
la delectación sutil de un espíritu lúcido y agudo, en
sentirse, sentir y en pensar lo que_ siente. Con celo cui-
dadoso elige y compone sus impresiones: depura y arre-
gla según su temperamento las que la naturaleza y la
ocasión le ofrecen, y busca y provoca las que sólo
puede él mismo darse.
Nunca abandona su espíritu a una realidad exterior;
nunca se entrega a la vida. Replegado sobre su cora-
zón, puede lamentar y lamenta constantemente su ais-
lamiento; pero no por eso lo rompe. Su actitud acos-
tumbrada es la de quien contempla en sí mismo un
recuerdo o un ensueíío. Cuando mira hacia fuera, pa-
rece que su visión desmaterializa la forma de las co-
sas. Frecuentemente, con el deliberado propósito de
presentarlas despojadas de su corporeidad, como si qui-
siera conservar de ellas el solo aspecto o la figura sin
consistencia, las exhibe reflejadas en el agua o el cris-
tal de un espejo, vistas a través de los vidrios o visillos
de las ventanas o distantes y encuadradas en el mar-
co de puerta y balcones:
Tras la cortina de mi alcolM, eqMta
La dan tarde bajo el ddb pozo...
(Never more).
La tarde, tras los húmedos cristales,
Se pinta, y en el fondo del espejo...
(El majero).
[20]
MOTIVOS DE CRITICA
ElU abre la ventana, y todo el campo
£n luz y aroma entra. . .
(Es una forma juvenil que un dia.,,).
Tras la tenue cortina de la alcoba
Está el jardín envuelto en la luz dorada...
(Los sueños).
En la naturaleza gusta de la quietud, de la sombra, dd
silencio, que le dan misterioso encanto espiritual:
Bajo la paz, en aombrai del tibio huerto en flor. . .
(Preludio).
Parques en flor y en sombra y en silencio...
(Sobre la tierra amarga).
El viento que pasa y lleva perfumes o mueve los árbo-
les con alas invisibles lo embarga y suspende como un
pasmo atónito:
Llamó a nii corazón, un claxo día,
Con un perfume de jazmín, el viento...
lEl viento de la tarde
Sobre la tierra en sombra!...
(Los árboles conservan).^
{El viento de la tarde en la arboleda
(Húmedo está bajo el bmrd, el banco)
El agua — ya lo hemos indicado, — tiene para él
un hechizo particularísimo. En la pila, en la fuente,
4 De la segunda edición.
Aquí al pie de la pág 234 del original figura de su pufio
y letra Todavía en la Fantasía iconográfica de Campos de
CastMa repetirá una vez más.
Al íondo de la cuadra, en el espejo
Una tarde dorada esU dormida.
[21]
LAVXAH
en el río, en el mar; por su claridad y trasparencia,
por su forma indefinida, vaga; por su virtud especu-
lar, por su quietud de recogimiento, por su incesante
fluir, por su murmullo de oración, por su reposado
silencio, es la imagen viva de su espíritu ensimismado.
No hay que buscar ejemplos de estas impresiones: el
libro entero está lleno de ellas en todas aus páginas.
Antonio Machado, en Soledades, no es un paisajista,
aunque repetidamente recuerde los lugares, las esta-
ciones — sobre todo la primavera y el verano, — y el
alba y el crepúsculo; sólo toma del paisaje, con sabio
tino, ios elementos capaces de exaltación lírica; así
dice:
Iiejos de ta jardín quema Ib tarde
Licienao» de oro en purpurinos llatoai
Tras un bosque de cobre 7 de cenizal...
Quizás la tarde lenta todavía
Dará inciensos de oro a ta plegaria...
5oniíe al sol de oro
De la tíem de un sueño no encontrada. . .
(El viajero).
Indiferente a la realidad inmediata, sólo puede ilu-
sionarse con lo que no está a su alcance: sus quime-
ras «hacen camino... lejos» (Sobre la tierra amar'
ga); «lejos, la sombra del amor lo aguarda» (Cam-
po)^ y él quisiera
Tener algunas alegrías. >. lejoa,
Y poder dulcemente recordarlas.
(Tarda tranquila, casi).
Agua, espejos, voces, perfumes, sombras, ilusiones
lejanas; así está hecha la poesía de Antonio Machado
en Soledades, con lo más Hgero, con lo más tenue y
[22]
MOTtVOfi DE CRITICA
vago. En ella todo es inaprensible» etéreo, como los
fantasmas de los sueños. Ella no es verdaderamente
más que el sueño de una sombra. El poeta sólo quiere
y persi^e en la vida una embriaguez voluntaria de
soñscic»! sentiinental:
...Nosotros cxpiimimos
La penumbra de un sueSo en nnestro vaso. , .
(Crear fiestas de amoTe$).
Por eso dice a la mujer amada:
De ta mirar de sombra
Quicxo llenar mi nao..
(Invetuario gdfmte).
Por eso cuando llora su juventud, que pasó como
«una quimera», no recuerda haberla vivido, sino ha-
berla soñado:
¡Jimatnd ntawa vMda,
Qoien te folnera a mSu!
(la primamra hettAa).
Eee alejamiento de sí que Antonio Machado aban-
doita el cuerpo de las cosas, para aislarse mejor en la
emodión para, con la sola imagra de eUas, obra de
igual modo en su amor, con la mujer querida, que no
es nunca en sus versos más que una sombra o fantas-
ma de belleza y de misterio. Vano sería el intento de
entrever siquiera en sub poMÍas, eon alguna claridad,
la fisonfHüiia de la amada que las inspin. Enteramente
simbólica es la visión «pasajera», «fugitiva», que él
persigue, de la virgen que tieae en la boca «la ale-
gría de los campos en flot» y que se pierdel en el viejo
bwqae a la oanvra de sus piernas «ailvestres», de
[28]
LAUXAR
«ágiles músculos rosados» (La vida hoy tiene ritmo).
Menos viva, más del alma, toda ilusoria, como forma-
da en las nieblas de un recuerdo que de pronto se pre-
cisa, es la sombra que se le «aparece en la bendita so*
ledad», cuando siente que desde el fondo quieto de
su vida apagada le refluye una onda al corazón y con
ella le vuelve al labio «la palabra quebrada y temblo-
rosa (En Ja desnuda tierra del camino).
Dejemos ya de lado esas criaturas quiméricas del
ensueño y busquemos las que son o parecen de carne
y hueso en el mundo personal de este poeta. ¿Es real
o imaginaria esa que él invoca en el pórtico del tem-
plo? Sin duda es real para los otros, puesto que los
mendigos harapientos del atrio han podido verla entre
ellos; sin embargo para el poeta no es más que «una
ilusión velada» que pasa en la serenidad luminosa de
la mañana fría, con la mano, que semeja una rosa
blanca, sobre la negra túnica (¡Oh figuras del atrio,
más humildes! ), Evidentemente su existencia no es
más definida que la nube remota o el perfume que
se disipa en el aire. He aquí ahora una mujer verda-
dera. Siempre la sorprende el poeta en ademán de es-
conderse o alejarse, mal recatado en el manto negro
«el desdeñoso gesto de su rostro pálido». Nada sabe
de ella; pero piensa que sus párpados cierran sueños
impenetrables y lo fascina con trágica angustia el mis-
terio de su actitud recelosa y esquiva. Un deseo ape-
nado, triste, de romper esa clausura dolorosa lo con-
mueve hondamente, y au ternura desbordante se con-
densa y derrama en efusión de piedad inútil:
Besar quiei«B U axoarga,
Amaiga flor de toa labio*.
(Siem^ñ fttgitíM y dmipn).
[34]
MOTIVOS DB CBTTICA
Y esto es todo: la mujer se habrá perdido en el
secreto inviolable de su vida aparte, y de ella quedará
en el poeta sólo el vacío que ella no acertó a llenar.
«Esquiva» la llama él en sus versos. «Esquiva» llama
también, con el mismo sentimiento de inaposible coxres-
pondencia íntima, a la virgen que, unida a él, lo acom-
paña inseparablemente. La siente distante a su lado,
aunque es parts de su propia vida; porque está a pe-
sar de todo, fuera de su corazón y es otro ser con otra
alma. Juntos los dos, como si una barrera insalvable
los apartara, ella será siempre el enigma celado a la
ansiedad exigente de abierta comunión que alienta en
su pecho. ¿Por qué. si estás en mí, no estás conmigo?
preguntaba a sn amada otro poeta. El autor de Solé-
dctdes invertiría los términos de esa queja para lamen-
tar que. hasta en el acompañamiento más constante
y seguro, sea imposible siempre la fusión completa.
Ni aun sabe si es amor o es odio el fuego que mira
en los ojos amados, y duda si es la mujer quien en-
ciende y alimenta su amor o tan sólo quien ha de
aplacarlo y consumirlo:
¿Em la sed o el agna en mi camino?
(Arde en &u ejes un ndsteria, wgm).
¿Qué puede ser ese amor del poeta por la mujer que
pasa envuelta en el doble misterio de su expresión
huraña y de su existencia ignorada y errabunda, o ese
otro de la mujer que lo acompaña y es igualmente
impenetrable? No es el grande amor de la pasión que
ciega y arrebata; no es tampoco el cariño sereno y
dulce de la unión sosegada y estable. Amor de lo des-
conocido e inasequible;, amor de la ilusión, del ensue-
[25]
I.AtTXAR
ño; soledad fatal del corazón angustiado y tríate que
se consume en exaltación estéril, como el agua de la
fuente» que se levanta al aire, al cielo, a las estrellas,
para caer sobre sí misma. Muchos años después, re-
cordando a su esposa muerta, con el trágico senti-
miento de su viudez solitaria y nostálgics, habrá de
exclamar Antonio Machado:
¡Oh Goledad, mi aola compañía I
Los sueños Entogados, (Nuevas Condones),
y más tarde aún, siempre igual en el mismo pensa-
miento sobre la incomunicabilidad intima de las al-
mas, repetido esta vez con densa amargura filosófica
apenas disimulada en la ironía de la expresión abstru-
sa, dirá que el amor no es más que ansiedad, vacío, au-
sencia:
...compañía
Tan d hamlne « la ansenda de la amada.
Al gran Cero, (Caadonero Apócrifo).
El poeta piensa el amor y la amada, y los disuelve
en ima^insoiones y melanoolías. Esa constante dispo-
sición de su ánimo, que es desasimiento de la realidad
y vagueación soledosa del amor y la muj^, da a su
poesía una condición peculiar de cosa imprecisa, ín-
apreosibie, vaga, aérea.
Como lag canciones en los «labio» niños», según sus
propios veíaos, la poesía de Antonio MacJuido tie^e
t^ra la pena de una historia confusa, por
...al^o que pMt
T qne nunca Haga.
MOTIVOS DE caiincA
Es poesía sin «historia», sín fábula, canto sin cuento.
Cuando por excepción alisimo caso refiere algún acae-
cimiento, lo hace con las más ligeras indicaciones y
en los términos caprichosos de una invención pura-
mente imaginaría; así, en Abril florecía y en Fanta-
sía de una noche de abril. Comúnmente evoca imá-
genes dispersas e inconexas de cosas remotas o inase-
quibles y con ellas despierta una blandura interior me-
lancólica o nostálgica. £Ua es siempre la efusión de
un sentimiento delicado que se acompaña con visiones
de ensueño. Nada le es más extraño que el razona-
miento y la imitación de la realidad, cualquiera que
ésta sea. Nunca expone, a lo menos directamente, ideas,
ni desenvuelve cuadros o escenas. Enuncia apenas su
tema; procede por sugestiones rápidas y breves; más
que a las impresiones que da, confia su efecto a los
prolongamientos, a las resonancias, a las repercusio*
nes de ellas en el espíritu. Tras las apariencias leves
de sus mirajes fantásticos se extiende y ahonda el sen-
tido <!n sutiles emociones y pensamientos difusos.
Para esto le ha sido necesario a Antonio Machado
crearse un estilo difícil de personalísima originalidad.
Nadie entre los poetas españoles de su tiempo se pa-
rece s otros menos que él en su manera de escribir.
Buscarle maestros o antecesores en la forma que ha
hecho suya sería empeño inútil. No es eco, es voz, y
con llana sencillez, sin desplantes llamativos, lo ha
insinuado varias veces. En su Retrato dice:
A distinguir me poro l&s voces de los ecoi,
y escucho solamente entre 1*5 Toces uní.
¿No alude así a la fuente clara de las palabras vir-
ginales que dan a su poesía un tono propio inconfun-
dible?
[27]
L AUXAK
El secreto de su poesía consiste en trasponer a las
imágenes de belleza recogidas en el mundo o inventa-
das una significación de cosa espiritual indefinida que
mece y aduerme el alma en el sentimiento de una so-
ledad inquebrantable. Su poesía da siempre una im-
presión de separación, de alejamiento, de aspiración
inasequible o pérdida irreparable. El objeto de su an-
siedad existe sólo en el sueño para su corazón, o pasa
distante, apenas entrevistado nebulosamente, vedado
a todo acercamiento. Todas sus composiciones plañen
con tristeza dulce esta ausencia amorosa. La tarde que
desmaya, el crepúsculo encendido en ascuas de incienso,
el alba tímida y suave, el camino solitario, el agua que
susurra, o canta, que brota y corre o se está inmóvil
en reposo de reflexión, la flor humilde que sonríe entre
las hierbas con sus colores vivos, todo remueve en el
poeta una emoción que refunde con deseos sin esperan-
za o con impresiones de recuerdos y se pierde, vaga
y melancólica, en el silencio de su ternura incomuni-
cable.
La expresión del poeta es clara, nítida, ligera, para
las apariencias de gracia delicada que solicitan su aten-
ción; ella consiente a_lo más, en muy contadas ocasio-
nes, algún hipérbaton desusado y aquel modo antiguo
que impuso y divulgó la escuela clásica, de referirse a
las cosas con rodeos y perífrasis de compuesta elegan-
cia. Parece que el poeta, según su propio consejo, qui-
siese matar sus palabras para escuchar mejor su «abna
vieja». Sin duda pueblan sus versos inciertas formas fe-
meninas y en ellos cantan la primavera y abril, la natu-
raleza y la fuente; pero todo «e disipa de pronto y que-
da sola, vibrante en el ritmo apagado y lento de las
palabras desvanecidas, la quejumbre del corazón las-
timado.
[28]
MOTIVOS DE CRETICA
Las composiciones de Antonio Machado en Soleda-
des son todas breves, como lo exigía para la más pura
exaltación lírica el agudo tino de Edgar Alian Poe.
Dos o tres estrofas libres de cuatro o cinco versos le
bastaban generalmente.
Su métrica es apenas algo más complicada que la
de Gustavo Adolfo Bécquer. Gusta como él de la com-
binación fácil del endecasílabo y el heptasílabo aao-
nantados. Usa también los versos de ocho, siete y seis
sílabas. Para alguna de sus mejoies poesías emplea d
dodecasílabo de hemistiquios.
No es un versificador revolucionario- Sólo pueden
señalarse unas pocas innovaciones suyas. Fue el prime-
ro en mezclar algunos raros versos de trece sílabas a
los de once. Probablemente bajo la inspiración de su
maestro D. Eduardo Benot, ha versificado con pies tri-
Mlábicos y combinado, los de acentuación en segunda y
en tercera (Fantasía de una noche de Áhril^ El sol
es un globo de fuego. La mar alegre). Ha terminado
estrofas regulares, de versos llanos limados, con un
verso agudo sin rima (Fantasía de una noche de
Abril), y con el mismo procedimiento, pero en estro,
fas irregulares, ha cerraJo los períodos rítmicos, con
un verso agudo (La mar alegre). Por capricho o tal
vez por mera casualidad, ha compuesto versos de ritmo
doble o equivoco:
Detén el paso, belleza
E&quiva, detén el paso.
Besar quisiera la amarga.
Amarga flor de tas labioi.
Detén d paso.
Belleza esquiva,
Detén él paso.
Besar qúaiera
La amarga, amarga,
Flor de tos Ubios.
[29]
LAUX AB
En lo más oiiginal y característico de su obra, pre-
fiere, a la rima cambiante de la consonancia perfecta,
la música apagada, muelle, uniforme de la asonancia
sostenida en repetición continua.
En 1907, a los cinco años de publicadas por primera
vez SohdcbdeSf apareció una edición nueva con el título
Soledades^ galerías y otros poemas. En sus Págineis
escogidas expone el poeta que nada es sustancialmente
distinto a sus composiciones anteriores en las que en-
tonces agregó a au libro. Es mucho tiempo cinco años
para la mentalidad inquieta de un espíritu fino entre
sos veintisiete y sus treinta y dos años. Sin duda el
poeta es el mismo, pero algo ha cambiado puesto que
desecha de su obra algunas de sus poesías que antes
había admitido en ella. ¿Será que, persistiendo en la
misma actitud, con la misma concepción de la poesía,
sólo es ahora más exigente en su gusto y por eso re-
chaza en sus versos lo que juzga mal realizado? Algo
más hay, sin embargo. Siempre^ como él lo dice
EH alma dd poete
Se orienta hada el misterio;
pero ya no es toda sueños su poesía. «A orillas del
Duero» tiene y da la impresión viva, directa, clara de
la renovación primaveral en tierras de Soria. Se ad-
vierte un contacto sostenido, preciso con la naturaleza
en muchos versos nuevos, y se hace ahora nítida, exac-
ta la visión de las cosas reales. (¡Oh tarde lumino»
sa). Al cuadro de evocación sugestiva y transcendente,
que Antonio Machado practicaba antes (Las ascuas
del crepúsculo morado), sucede la descripción sim-
ple, objetiva, que fija y mantiene la atención sobre lo
visto en vez de perderla y disiparla en el sentido secre-
[30]
MOTIVOS DE CRITICA
to del símbolo vago (A la desierta plaza). El poeta
es ya un ser que anda en la tierra, por las calles, entre
los hombres:
Ibl Teetido j tnste
Vov canunando por la calle vieja.
Algunos temas circunstanciales, enteramente extra-
ños a su primera poesía, se imponen a su espíritu y
lo retienen, conlra su anterior extremada inclinación
idealista, en lo contingente de la ocasión: El viajero.
En el entiérro de un amigo, A un naranjo y a un
timonero vistos en una tienda de plantas y flores.
Unos cuantos rasgos que eran simples notas sueltas
en las Soledades primitivas, como el garabato de la ci-
güeña sobre el molino, o la fruta del naranjo encen-
dida entre el follaje oscuro y el oro pálido de los li-
mones se transforman, por efecto de una técnica nue-
va, en signos típicos invariables, que el poeta empleará
siempre, después, para distinguir y caracterizar con
detalles esencializados la estación y el paisaje.
La misma sensibilidad se modifica en el poeta de
las segundas Soledades. Ya su poesía no es únicamente
una exaltación que busca su objeto sin encontrarlo
y se adolora en ensoñaciones quiméricas. Se vuelve el
poeta con enternecimiento a las remotas reminiscencias
de su infancia sevillana; revive las más sencillas im-
presiones de su pasado; resucita las imágenes claras
de la casa, del patio, del huerto en que fue niño, y
recuerda con sincera naturalidad a su madre (La pla-
za y los naranjos encendidos» El Umonero lánguido
suspende). Emj^eza a vivir la honulde realidad que
t31]
LAUXAK
el mundo le ofrece y que antes apartaba de si con el
pensamiento sutil de su descontento y de sus exigen-
cias íntimas. No es, por eso, menos delicado y exquisi-
to. ¿Qué hay en sus versos anteriores más suave y fino
que el nuevo cantar a los ojos de la amada, puro
Como en el mármol blanco el agna limpia,
según su propia expresión? (Si yo fuera un poeta).
¿Qué hay en su poesía más curioso que el esfuerzo
inútil por vencer el olvido y reavivar en él la imagen
del pelo rubio que antes quiso con amor, y que, des-
pués, «un dia como tantos» brotará en su memoria al
acaso, como una llama de luz, cuando reciba de una
rosa el mismo olor que ellos tuvieron? (Elegía de
un madrigal). Recuerde el lector la célebre madalena
embebida en té, de Maicel Proust: lo que será obser-
\ ación pasmosa para la crítica en el escudriñador fran-
cés de las complicaciones interiores, tiene en la obra
de Antonio Machado, un antecedente poético, y esta
coincidencia, con ser nada más que un detalle casual,
dice mucho sobre la agudeza penetrante del poeta es-
pañol. La reflexión concentrada y honda, que no se
desenvuelve en trabazones laboriosas ni se muestra con
aparato lógico, y sólo se descubre, inesperada, en la re-
velación rápida, repentina, del pensamiento que pre-
cisa y define a media palabra una actitud o una emo-
ción y su transcendencia, es parte esencial y camcte-
ristica de este escrito que se dice
Poeu ayer, hoy trÍBte y pobn
Filósofo trasnochadlo.
[32]
MOTIVOS DE CRITICA
Antonio Machado en las segundas Soledades se acer-
ca a la madurez plena. Va, camino de los Campos de
CctsUUa, a las realidades exteriores de que hará la poe-
sía de la tierra y de la raza castellanas, y al mismo
tiempo afina su espíritu a la intuición lúcida que pon-
drá más tarde en los claros y difíciles versos de las
Nuevas Canciones y del Cancionero Apócrifo.
Montevideo.
3 -4t
[33]
EL AMOR EN LA POESIA DE ANTONIO
MACHADO *
I
Confiesa Antonio Machado abiertamente en sa
Retrato^ de Campos de Castilla, que si no ha sido, en la
seducción y la elegancia, ni un D. Juan de Manara ni
un Marqués de Bradomín, supo sin embargo amar en
las mujeres «cuanto ellas pueden tener de hospitala-
rio», y esta locución, donosa y traviesa, a la vez que
declara íntimas ternuras del alma, insinúa con eÜas
velados secretos de la carne sensual y pecadora. Dice
además, en el Cancionero Apócrifo, que Abel Martín
fue hombre «mujeriego» y «en extremo erótico», y es
bien sabido que, entre veras y burlas, se representa
él mismo en ese personaje ficticio.
Según lo consigna en el RetratOy no quiere él re-
cordar los «casos» que son la historia de su juventud
«nunca vivida», sólo soñada. ¿Qué pudieron ser esas
tempranas aventuras del poeta enamoradizo? Preten-
de una filosofía decepcionada que el hombre bnsca en
todas las mujeres que ama, a una misma y sola mujer
que no encuentra. Abel Martín, escéptico e idealista,
explicará, cuando Antonio Machado lo invente, que
el enfunorado, ciego ante la amada, sólo ve en ésta, co-
mo ante un espejo mágico, la imagen de su propio sae-
* Este texto proviene de la «Bevlsta Nacional». Montevideo.
T. LXI, Nf 185. Mayo de 1954, con eame^oom de mano del
autor.
[35]
I.AUXAB
fio. Es, de acuerdo con esto, natural que la amada cuen-
te muy poco, o no sea más que un pretexto necesario,
en los amores del poeta soñador. No esperemos, pues,
de suB versoa, ni narración de las aventaras, ni el re-
trato de las amadas. Ellos dicen el amor, pero callan los
amores. Todo lo que es exterior al poeta mismo, es
también ajeno a su poesía, y en ésta el sueño desaloja
siempre, en lo posible, a lo vivido. Ella tiende a lo qui-
mérico y lo misterioso. Está hecha de impresiones ala-
das, que truecan lo percibido en fantasías, y de efusio-
nes íntimas que persiguen imágenes irreales. Elimina
así el poeta, de su mundo, cuanto le es impropio. En
su obra apareoQ únídunente él, y no en lo casual y ad-
venticio sino sólo con su alma y con Ja becbiceiía de
los sueños.
En su primer libro, Soledades (1902, datado 1903)
dedica Antonio Machado varias composiciones al
amor; pero allí siempre la amada, desdeñosa o impo-
sible, lejana o muerta, es una ilusión, un fantasma,
rs'o es íácU entrever siquiera en esa poesía una figura
distintamente caracterizada con rasgos precisos. Son
di\er8as Us que en ella asoman o pasan, pero ninguna
se perfila o dibuja con aspecto particular: todas son for-
mas vagas y confusas que sólo dejan la impresión de
su presencia desvanecida.
Una de las primeras a que alude el poeta era ya
desaparecida en la muerte cuando se la menciona.
Apenas se nos dice de ella que ^1 aire de la mañana
recuerda su tveste blanca» y su nombre, y que en la
montaña queda el «eco» de sus pasos. Ya nunca
la verán los oj os, aimque siempre el corazón la
aguarda (Poesías Completas, XII). ¿Es la misma
o es otra ésa que en el crepúsculo del ocaso cuan-
do qd «1 cielo fl^KUita la primera estrella, engaña.
[36]
MOTIVOS VK CBITICA
con ilusión defraudada, en el encuentro callejeró, la
sorpresa del amante solitario y vagabundo? «¿Es ella?
puede »er...» (Id., XV). Otra vez aparecerá efecti-
vamente «ella» en la bendita soledad, pero no será en-
tonces más que una «sombra» (Id., XXIII), y será
también sólo una «> ilusión velada», con la mano como
una rosa blanca sobre la negra túnica, la que atraiga
en su busca al poeta al atrio de la iglesia, donde se
eternizan los mendigos harapientos, de viejos mantos
y de rotas capas (Id., XXVI). ^
A juzgar por estas y otras referencias semejantes,
se creería que para Antonio Machado la mujer es sólo
una fuente de emoción lastimera. Todo en su amor y
en sus amores parece íntimo, delicado y triste.
Sin embargo también conoce la sed y la embriaguez
de la sensualidad que amarga. Discretamente lo dice
en versos de sentido un tanto enigmático, y no podría
hacerlo de otra manera, sin miramiento y recato, por-
que así falsearía su ingénito decoro. Es la suya una
sensualidad que se impregna de ternura y de gracia. En
el estremecimiento de la carne le palpita el alma arro-
bada en sueños alucinadorea. Son los ojos vivos de una
mujer morena y ardiente, y es el gesto desdeñoso de
otra pálida que parece buscarlo y esquivarlo al mis-
mo tiempo, lo que en él provoca una voluptuosidad
que trasciende a efusión idolátrica y a arrebato com-
pasivo (Id., XL y XVI).
Son excepcionales en el piimex libro de Antonio Ms-
1 Ramón del Velle Inclán recordó seguramente en la So^
nata de Primavera esta composición de Antonio Machado:
«Cuando volví al Palacio hallé a María Rosario en la puerta
de la capilla repartiendo limosna entre una corte de mendigos
que alargaban las manos escUálMM bajo h>» rotM mantos
Yo sólo distlngtila sus mano» blaawaci oiMspo «ra una
aomJjra negra»
[»7]
LAUXAB
chado las páginas en que se manifiesta, o más bien ape-
nas se descubre, esa concupiscencia. A las dos compo-
siciones aludidas, que hacen de la mujer la causa in-
mediata de la incitación carnal, pueden agregarse otras
dos en que esa incitación proviene sea de la naturale-
za lujuriante o de una camaradería perturbadora íld.,
XLII y XXVIII). Es de notar que en este último caso
el mismo poeta se revela descontento contra el desor-
den a que ha sido arrastrado por la ocasión, y que
siempre asocia y sobrepone al incentivo de la sangre,
que se disimula, imágenes de poesía y belleza, que lo
cohonestan y lo ennoblecen.
Nada es grosero o torpe en estas composiciones eró-
ticas. Sorprende^ al contrarío, cómo en ellas las im-
presiones de los sentidos se funden y confunden con
ideales figuraciones de correspondencias misteriosas.
Estas, ciertamente, no motivan la excitación sensual,
pero la transforman y la acendran. La imaginación y
el sentimiento prestan, a la realidad palpable, el pres-
tigio de lo soñado, de lo indefinido, de lo infmito. Así
en los versos del Inventario Galante, el poeta ve en los
ojos de la amada negras noches de verano, de cielo
negro y bajo, sin luna, con el chispear de las estrellas
a orillas del mar salado, y en su carne morena, los re-
quemados trigos y el suspirar de fuego de los campos
maduros, y hace de ello el deleite que lo embriaga con
la canción que deja cenizas en los labios (Id., XL).
Poéticamente identifica el deliquio del amor a la em-
briaguez del sueño. Dice en estos mismos versos:
de tu mirar de sombra
quien Uenu mi vuo.
[88]
MOnVOG DE CBinCA
Repite en otros:
NoMtzos exprimiinos
la penumbim de nn sueño en nueatro vaso
(Id. XVI).
El sueño es para Antonio Machado la quintaesencia
del amor, lo que en éste pone el amante, no la amada.
Hay en Soledades una página curiosa, de singular
interés, que tiene sin embargo un motivo común, y
que por esto mismo revela, en su originalidad privati-
va, la idiosincrasia del autor. Son no más que unos
pocos versos que dicen la exaltación repentina que, a
su paso, produce, en casual encuentro, una mujer des-
conocida. Nada se sabe de ella: no se hace más que
verla un momento; es sólo una visión fugaz que apa-
rece y desaparece con la rapidez del relámpago, pero,
como la fulguración del rayo en la negrura del cielo,
deslumhra y estremece profundamente el alma. No es
el amor, sino a la vez su presentimiento, su anuncio
y el temor o la certeza de no poder lograrlo, o más
bien es el amor que se presiente, que podría ser, que
se querría que fuese, y que no será. Baudelaire, en el
soneto A une passante, prorrumpe:
O toí que j*eii88e aimée, o toi qni le uvaisl
y recuerda, casi con las mismas palabras, la exclama-
ción de Senancour, en situación idéntica: «O femme
que j'aurais aimée!» José Martínez Ruiz, probable-
mente inspirado en Les Fleurs du Mal de Baudelaire,
atribuye a Azorin, su «pequeño filósofo», una perple-
jidad juiciosa ante «esas mujeres» que, sólo con ser
vistas, hacen pensar en lo infinito. Señala Antonio Ma-
[S9]
chado en la mujer que así lo fascina varias particulari-
dades que, todas, tienen algo misterioso : la actitud hu-
raña en los encuentros frecuentes, el gesto despectivo,
la palidez del rostro, el negro manto en que se envuel-
ve: es ella una sombra luctuosa, que atrae y subyuga
con la evidencia de una desazón permanente, y que se
encierra y aparta en el secreto de su vida ignorada.
¿Qué enigma hay en ella? ¿Qué es lo que ella busca
en la calle, sola, de noche? Parece la víctima errante
de un amor desdichado. No acierta el poeta a expli-
carse de otro modo su inquietud recelosa. Un ciego
impulso de compasión y de halago, que es a la vez
doloroso y voluptuoso, lo conmueve hondamente. La
compasión se le hace acariciadora y sensual para la
belleza atormentada, y le brota de lo más íntimo y
oscuro una ansia de acercamiento, de fusión, que no
distingue entre alma y cuerpo, y le anticipa, en el mis-
mo deseo, la amargura de los amores camales:
Besar quisiera U amarga,
amarga flor de tus labios...
Podría entendetM, claro está — , que la amargura
en este caso proviene de que la mujer es retraída y
hosca, pero son del todo otras las condiciones en los
versos del Inventario galante, y es, también allí, un
gusto de ceniza, el que le pone la concupiscencia en la
boca.
En la poesía de Soledades, riquisima toda ella en
sensaciones e imágenes sensitivas, son raras las notas
de amor carnal. La realidad se le resuelve a Antonio
Machado en sueños; y no escapan a esta suerte ni el
amor ni la mujer. El no necesita que la amada lo
acompañe a su lado, y lo más a menudo la deja lejos
de sí, porque le basts <|ne la imAginación se la finja,
C40]
MOTIVOa Dt CRITICA
atrayente inaccesible, a su modo y a su gusto. En la
esperanza y en el recuerdo puede contemplarla mejor,
sin estorbos ni contrariedades, más íntima y cordial-
mente que en su presencia. EUa es, de esta manera, más
suya: nada la separa de su corazón; nada la hace dis-
tinta a sus deseos. Nunca es una criatura de carne y
hueso tan acomodaticia, tan complaciente, como un
fantasma a quien ge presta alma y vida en sueños. Y
al fin y al cabo ¿qué sabe uno de lo más hondo y se*
creto de un corazón ajeno? El amor junta, entrelaza
dos vidas, tal vez para siempre, y sin embargo siem-
pre, hasta en el frenesí de la pasión compartida, los
enamorados son, uno para el otro, un misterio. ¡Des-
graciados los amantes que, desilusionados, creen que
se conocen plenamente! Su amor ha muerto, y, — lo
que es peor — , parece haber sido sólo un engaño, por-
que él aspira siempre a lo imposible, a lo infinito, que
sólo puede esperarse de lo que se ignora.
Algo de esto presume o presiente ya en Soledades
Antonio Machado, Más adelante, en el Cancionero
Apócrifo, lo expondrá alambicadamente como filosofía
de su ingenioso maestro Abel Martín. Entre tanto ha»
ce de la amada, en su poesía de amor, una vaga figu-
ra ideal, sin fisonomía propia, y sobre ella derrama
una ternura y una tristeza deliciosas. Ella es el objeto
de su exaltación emotiva. No tiene otro destino, y lle-
na ése cumplidamente, no tanto por lo que ella es,
cuanto por lo que el poeta le atribuye. Efla es la arcilla
blanda en que él modela un fantasma animado que sólo
vive en su mente. ¿Qué miporta cómo sea ella en rea-
lidad? Ni aun sabe de ella el poeta si es el motivo efi-
caz de su amor, quién lo produce y excita, o si al con-
trarío «u función y au destino es apagarlo y extinguirlo.
[41]
LAVXAB
Así, a la compañera inseparable, que unida a él atra-
viesa el desierto de la vida, le pregunta:
¿Exes la led o el agua en mi camino?
(Soledades, XXIX).
Repetidamente llama Antonio Machado «esquiva y
compañera» a su amada. Con fruición la evoca lejos
y apartada. La acaricia sólo con el pensamiento. Dice
el deseo ardiente, pero nunca el placer, del beso El
amor se le convierte en embriaguez de sueño, y se le
hace triste o amargo, pero nunca dichoso o alegre. Es
el amor de su corazón que se complace en recogimien-
to de la soledad. Por eso el primer libro del poeta se
llama Soledades.
Duplica el número de las composiciones de ese li-
bro, pero apenas cambia algo en el carácter de su
poesia, cuando lo reedita unos cinco años después, con
el título alargado, Soledades, Galerías y otros Poemas
(1907) . El cree, y ha escrito en el tomo de sus Páginas
Escogidas (,1917), que en lo nuevo, que agrega, todo
es idéntico a lo anterior, ya conocido. Se engaña en
esto: hay una diferencia importante, que anuncia e
inicia la transformación que se producirá radicalmen-
te más tarde, en su obra Campos de Castilla (1912).
En las primeras Soledades la realidad cuenta sólo co-
mo elemento de sueño: carece de consistencia propia;
se disipa en figuraciones imaginarias; desaparece, o
más bien dicho no aparece nunca. En la reedición de
1907, sin llegar a imponerse y dominar, se muestra a
lo menos claramente, y retiene la atención, y es a veces
motivo de nostalgias y melancolías. Allí están el poeta
mismo, que ajida mal vestido y triste, por la calle vieja,
frente a la arruinada casa de la novia querida: y la
[43]
MOTIVOS DE CRITICA
madre, con sus macetas de albahaca y hierbabuena; y
el hermano, que vuelve, tras larga ausencia, a la fami-
lia, y es un extraño en ésta; y el patio de la mansión
paterna, con recuerdos infantiles; y la reja de la no-
via, que aguarda, frente a la plaza, entre la iglesia
sombría y la tapia blanquecina de un huerto de cipre-
ges y palmeras; y la abierta sepultura a que se baja
el cuerpo de un amigo; y un naranjo y un braonero
de la rica Andalucía, ateridos en tiestos de Castilla;
y que brilla en su corbata.., (Soledades. Galerías y
otros Poemas, LXXI, VII, X, IV, LUI, LXXXIl. Allí
hay en fin una poesía particularizada con las Orillas
del Duero, que se adelanta a los temas de Campos de
Castilla (Id., IX), Incuestionablemente aunque Anto-
nio Machado afirme lo contrario algo ha cambiado su.
poesía de una a otra edición. -
Como para los demás, ella se ha hecho para el amor
más precisa, más directa, más clara, en las impresiones
de los sentidos y en el sentimiento. Ya no cierra el
poeta los ojos para sumirse en lo intimo^ Sigue pre-
firiendo siempre para su obra lo puramente imagina-
rio a la realidad percibida, pero algo de ésta pone
ahora en sus versos cuando en ella siente reflejada
una emoción o prendido un recuerdo. Así, entre otros,
cada uno de los ejemplos citados, que no son los úni-
cos. Bien dice Antonio Machado que
2 Indico los números de las composiciones según la cuarta
edición de las Poesías Completas hecha en Madrid por Espa-
sa-Calpe en 1936, que es la última realizada en vida del au-
tor En la primera parte de este trabajo me he referido iñ>
distintamente a las composiciones de Soledades y de Soleda-
des, Galerías y Otros Poemas cuando no había razian para
separarlas Asi /Imada, el aura dice. e Inve-ntario galante
son composiciones que aparecen por primera vez en la se-
gunda edición, de 1907, y no hago diferencia entre ellas y las
que figuran en el tomo de 1909. Espero que no se vea en esto
una confusión de parte mía
[4S]
El alma del poeu
te ofienU bacU el mitUsrio
(Id^ LXI).
y que
De toda ia memoria tólo vale
A d<m predaio de evocar los raefios
<Id^ LXXXIX).
Sueño y misterio ea y será siempre toda verdadera poe-
sía íntima. No püede la suya mt otra cosa.
Acaso en ella ninguna compoeición tenga, antes de
Campos de Castilla, la consistencia exterior, la clari-
dad, la precisión palmaria del cuadro lugareño en que
resalta, frente a la plaza desierta, entre el paredón
sombrío de una iglesia ruinosa y la tapia blanquecina
de un huerto de cipreses y palmeras. la casa de la ena-
morada, con la reja en que ella está esperando a la
hora de una cita. Todo es nítido en la sencillez de esa
descripción primorosa. (El autor ha corregido para el
libro la única nota rara que aíeaba la redacción pri-
mitiTá publicada en «Helios»: antes: «y los cristales
turbios que empañan»; ahora: «ante el cristal que
levemente empaña» . . , ) Pero no se trata sólo de una
descripción objetiva: su remate, que es lo que más im-
porta, es de otra índole. Si está la primera parte he-
cha toda ella de humildes sensaciones de forma y de
coloi-, la segunda encierra, en cambio, bajo su apa-
rente espontaneidad, la insinuación de un sentimiento
complicado y una imagen etérea de cosa impalpable,
La amada esperará esta vez en vano tras la reja; no
acudirá a ella el galán, porque la primavera quft llega,
incorpórea y vaga, como una caricia de luz en el aire,
[44]
MOTIVOS Qg CRITICA
lo tienta y ap;irta con la indefinible seduoción de 8u
presencia maravillosa:
Me ap^rtiré. No quiero
llamar a ta Tcntana... Prímareim
viene; su veete blanca
flota eo el aire de la plaxa araflit«;
viene & enceader las zosas
rojas de tus nsales... Quiera verla...
iU» X),
A la dicha del amor, que es permanente, continua,
de todas los días, el poeta prefiere una vez el goce de
sentirse envuelto en el efluvio de la naturaleza renaci-
da. No por eso deja de amar, sino que el amor, que
es lo mejor de su vida, no es todo en ésta. Lo más
querido cede así al encanto imprecisable de un mo-
mento pasajero. La primavera, que todo lo penetra,
que en todo se difunde, que está en todo, adquiere ser
y fotina particular como criatura quimérica en la ima-
gen etérea, inaprensible, que hace de ella una hermana
digna del alba en Nuits de Juin de Víctor Hugo, y de
la noche en RecueiUemeni de Baudelaire.
Mds poder que la primavera y la naturaleza tienen,
sobro el amor, el tiempo y el olvido. Lo dice Antonio
Machado en la composición titulada £íegía de un ma-
drigal, que es como la anterior, un apunte sagaz de
experta psicología. El canto se hace en ella silencioso
recogimiento, sorda reflexión emotiva. Relee el poeta
en horas de hastío sus viejas versos de un amor leja-
no; intenta asi distraer su aburrimiento. Ni busca ni
espera otra cosa de su lectura; pero de pronto encuen-
tra en ella una mención elogiosa para la rubia cabe-
llera de la antigua amada, y quiere entonces represen-
tarse vivamente ese pelo, que él admiraba con pasión
LAUXAR
y hechizo. En vano se esfuerza por lograr una imagen
patente de lo que fue un tiempo objeto de su culto.
Bien sabe, por supuesto, que era el cabello copioso,
laigo, ondulado y rubio, como lo ha consignado en
sus versos, pero esa noción abstracta ni reanima en su
memoria mi recuerdo efectivo, ni despierta en su pecho
la emoción perdida. ¿Será que irremisiblemente ha
muerto en su vida todo su pasado? ¿Hasta lo que más
quiso antea en ella? Amargamente piensa que ni si-
quiera puede evocar, a manera de sueño, la sombra de
su amor disipado.
Y un dfa — como tantos al aspirar un día
aromas de una rosa que en el roBal se abría,
brotó como una llama la luz de los cabello*,
que él en soa madrigales llamaba rubias olas,
brotó porque on aroma igual tuvieron ellos,..
Y M alejó en silencio para llorar a solas
(Id., XUX).
Se engañaba, pues, el poeta apático: bajo el olvido
aparente, conserva el alma el tesoro oculto de sus ven-
turas y desventuras, sólo que más que el ahinco de la
voluntad, logra reanimarlas una impresión ligera y
casual de los sentidos: en este caso la fragancia de una
flor. Más adelante comprobará Antonia Machado, una
y otra vez, con renovada experiencia, esta verdad. En
alguno de los Proverbios y Cantares, en Los ojos y en
Esto soñé, de las Nuevas Canciones, volverá sobre el
tema insistentemente, con variaciones distintas, (CLXI,
CVIII, CLXII). Habrá comprendido entonces que no
muere del todo lo que parece olvidado, y que tal vez
todo lo que fue perdura en lo presente y se prolonga
a lo futuro. Es cierto que ahora escribe:
C46]
UOTIVOS DE CRITICA
Un día 69 como otro día:
hoy es lo mismo que ayer
(Id. LV, Hastío).
y también al contrario:
Hoy dieta mncho de ayer,
lAyer ea nnnca jamáa!
(U. LVn, Consejo*).
Pero después repetirá sin cansarse y casi hasta el can-
sancio, con más agudo pensamiento:
Hoy CB siempre todavía
(JVueiKU Canciones, CLXI, Vm).
No es la agudeza del pensamiento lo que principal-
mente distingue la obra de Antonio Machado en su
primer libro. Asoma en él apenas; se manifiesta bas-
tante más en Campos de Castilla, y finalmente, con el
Cancionero Apócrifo, las Nuevas Canciones y, en gra-
do sumo, con Juan de Mairena, se hace característica
y dominante lo mismo de su verso que de su prosa.
Son cualidades prominentes del poeta en las produc-
ciones de su juventud la sensibilidad más delicada y
una imaginación vaga unas veces, clara y nítida otras,
que reproduce aspectos e inventa figuraciones de las
cosas, con lo más típico y esencial de ellas, como las
crean los sueños.
¿Hay en la poesía antigua y moderna, española o
extranjera, nada más rico de ternura, y más diáfano
y sutil de expresión, que esta estrofa de sólo seis ver-
sos, dedicada al mirar inocente de unos ojos candoro-
sos de mujer?
Yo sé qae no impondw a mía ojot,
que Ten j no piAgnntan, cuando mixan,
loe vuestros claros. Vuestros ojos tienen
1« buena luz tranquila,
la buena luz del mundo en flor, que he visto
desde loa braxos de mi madre un día.
(Id. IXVI, Si yo f tiara un poefa).
Nada aparentemente más sencillo y lúcido que es-
tas pocas palabras. Llama a eso el mismo poeta «una
estrofa de agua» y dice que es
como en el mármol blanco, el agua limpia.
Hace asi dos veces del agua término de comparación
para ese madrigal exquisito. Examínese éste con aten-
ción, y se verá que no ea sencillo, sino, al contrario,
complejísimo, el sentimiento que lo inspira, y que,
para insinuarlo, se ha recurrido a una técnica precio-
sa de imágenes imprecisables. Se habla' allí de unos
ojos que no responden ni preguntan; se dice de ellos
que tienen la buena luz tranquila que lucía sobre el
mundo en flor; se pondera que ésa ea la luz que el
poeta vio, en su extrema infancia, desde los brazos
de su madre. Y todo eso no es más que una manera
de querer significar el encanto inefable de un mirar
ingenuo que nada pide a la vida, porque ignora toda-
vía las inquietudes y promesas del amor. Siente el poe-
ta la seducción de esa inocencia en la mujer; mira a
ésta con requerimiento amoroso, pero sólo encuentra
en ella el seguro sosiego de un alma imperturbable,
y asocia, con veneración, el sentimiento que recibe
de la doncella que él amaría, a la impresión de sor-
presa y curiosidad que todo pudo producirle cuando
sólo era un niño pegado al regazo materno, y cuando.
[4S]
MOTIVOS DE carricA
por lo mismo, todo lo asombraba, porque todo le era
nuevo y nada comprendía. Comprende él ahora perfec-
lamente, como hombre experto en amoríos, cuanto
vale esa ignorancia virginal de toda intención amoro-
sa, y por eso, para exaltarla, evoca lo más limpio y
lü más puro, en la primera luz que vio de niño, sobre
las cosas, confundida en su recuerdo o en su pensa-
miento, con la santa presencia de su madre. Visión
de luz, mundo en flor, culto de recuerdo filial, tales
son los elementos que Antonio Machado ha reunido,
en leves representaciones, para infundir por ellas, en
la poesía, la ternura que emana de la mujer inocente
y de su delicadeza de virgen.
Así, pues, el primer libro de Antonio Machado, 5o-
ledades y Soledades^ Galerías y Oíros Poemas, escrito
entre los veinticuatro y los treinta y dos años de edad,
obra de su plena juventud y su acercamiento a la ma-
durez, está naturalmente inspirado, en gran parte, en
el amor. En él cania además la naturaleza y el haatío.
Su hastío es indiferencia y apatía para todo cuanto en-
tra en su vida sin llegarle al corazón: es una manera
de sentir con desgano y pesadumbre lo que no le permi-
te arrancarse a la realidad. De la naturaleza, o toma ais-
ladamente unos pocos detalles para expresar por ellos
algo íntimo, o hace con esta misma intención paisa-
jes quiméricos. El amor es siempre, en su poesía, exal-
tación estéril, que espera todavía o que ya desespera,
y le brinda únicamente la dicha de ilusionarse o le re-
memora viejos recuerdos perdidos. La amada en ella
no es más que una sombra distante o ausente, sin fi-
sonomía clara, de la que sólo retiene un rasgo o un
gesto. Celebra el poeta con frecuencia la embriaguez
que se debe a lo imaginario, y canta con dejos de me>
iancolía o de amargura lo verdaderamente vivido. £1
LAUXAR
tono de la emoción es siempre de tristeza o de congoja,
pero nunca pasional. Dice de su juventud que no la
vivió nunca, y de ella sólo añora no poder volverla a
soñar:
I Juventud noAca vivida,
quién te volviera i soñar!
(Id., LXXXV).
Hasta e! enternecimiento del amor se le figura facti-
cio, falto de causa real, como producido por la frui-
ción del propio sentimiento, y asi repite de su «mal
de amor»
que llora y cantt «In pena
(Id., XXXIX).
y
(]ne sabe llorar sin pena
(Idn XLV).
Evidentemente el poeta dirige en su poesía su aten-
ción a su íntimo sentir y descuida a la criatura, ideal
o idealizada, que le sirve de ocasión o de pretexto pa-
ra enamorarse o tenerse por enamorado y complacerse
en sí mismo y en los deliquios de su amor. Conviene
retener esto porque es singularísimo, y también por-
que después, en el Cancionero Apócrifo de Abel Mar-
tin, esa actitud curiosa adoptará las formas sistemáti-
cas de una filosofía eBcéptica.
MOTIVOS OS CBITICA
n
Campos de Cttstükt, la segunda obra de Antonio
Machado, no canta amores y dice ap^as algo del
amor. Dice desde luego, en el Retrato del poeta, que
éste, ni seductor ni donjuanesco, aunque desaliñado
en el vestir, ha amado «cuanto ellas pueden tener de
hospitalario», lo que no es decir poco. No es una jac-
tancia ni de grandes ni de fáciles conquistas, sino la
confesión modesta de un fuerte gusto sentimental y
sensual. La sentimentalidad sabe llegar por el mimo al
deleite, y la ternura compasiva se hace acariciadora
y muelle.
Se publicó este nuevo libro en 1912. En 1906 había
obtenido Antonio Machado, por concurso, una cátedra
de lengua francesa en el Instituto de la Segunda En-
señanza, y se radicaba, al año siguiente, para desem-
peñarla, en Soria, donde buscó hospedaje en casa de
una viuda que lo daba a unas pocas personas para
poder sustentarse con su familia. Transcurrido un año,
llegó allí Leonor Izquierdo Cuevas — hija de la hos-
pedadora — , que había estado viviendo ese tiempo
alejada, con otros parientes. Debió de conocerla An-
tonio Machado hacia setiembre u octubre de 1908. En
julio de 1909 se casaba con ella. Algo raro hubo en el
casamiento; en carta escrita mucho más tarde mani-
fiesta Antonio Machado que la ceremonia fue para él
una pesadumbre (<La ceremonia fue entonces para
mí un verdadero martirio)». Tenían él treinta y cua-
tro años, y ella, dieciséis: le doblaba, pues la edad.
Ella era menuda, rubia, de ojos azules. En la revista
«Cuadernos Hispanoamericanos» de setiembre-diciem-
bre de 1949 se reproduce una fotografía de los recién
casados. £lla> de pie, le lleva apenas la cabeza al poeta,
[61]
LAUXAB
que está sentado. A juzgar por ese retrato, hay en
la novia una expresión de enérgica voluntad, que nun-
ra tuvo su marido. Vive el matrimonio dos años de
felicidad sin historia. £1 llamaba a su esposa «mi ni<
ña» y solía salir con ella a paseo, de la mano, por las
afueras de la ciudad. Aunque no era religioso, la acom-
pañaba a la misa mayor.
De esta vida matrimonial nada trasciende, a lo me-
nos directamente, a los versos de Campos de Castilla.
Entre 1907 y 1911 había estado el poeta ocupado en
la composición de las poesías que forman este libro.
Los pocos meses del noviazgo y loa dos primeros años
de! matrimonio corresponden a este tiempo.
Lo que atañe propiamente al amor en esa obra son
dos únicas estrofas breves incluidas en la sección de
Proverbios y Cantares. Dice una de eUaa:
Coeas de hombres y majezas,
los amorío» de ayer,
casi los tengo olvidados,
6Í fueron alguna vez.
(Id, CXXXVI, XXII).
Raro parece que asi desdeñe ahora los amores que
fueron el sueño de su vida, quien antes los cantaba
con íntima delectación y todavía en su Retrato con-
fiesa haberse entregado con gusto al atractivo feme-
nino. Poco representa en la poesía de Antonio Ma-
chado ese cantar: es en ella de ínfima importancia,
y bien pudiera pasarse por alto; pero, aunque sea de
escaso o ningún valor poético, si para uno mientes en
el aire de ligera espontaneidad que su forma ofrece,
en seguida advierte que esos versos, como improvisa-
dos al descuido, resultan de un tipo o un arte sutil e
[52 3
MOTIVOS DE CRITICA
intencionado. A las propias aventuras, para quitarles
significación, las llama el poeta despectivamente «co-
sab de hombres y mujeres» y «amoríos». Dice de éstos
que son «de ayer», y de este modo los aleja de si, y al
mismo tiempo los desdeña, y así recalca su indiferen-
cia. Agrega todavía que los tiene «casi olvidados», lo
que implica a la fuerza que algo los recuerda, y con-
cluye sin embargo, con cierta impropiedad contradic-
toria, que ni siquiera sabe si existieron. Afirmar de lo
que fue, que es lo mismo que si no hubiera sido ¿no
es la mejor manera de renegar de ello y reducirlo por
consiguiente a la nada?
Acaso deba explicarse este inesperado alarde, que
no se aviene con los anteriores embelesos, como una
treta del novio o del marido, para convencer, a la
que es dueña actual de su corazón, de que éste nunca
perteneció antes a ninguna otra. Es verdad que los
amores muertos dejan a veces malos recuerdos y uno
trata de imaginarse que se engañaba cuando creía que-
rer, sobre todo si de nuevo se ha enamorado; pero
ningún resquemor denuncian, sino al contrario dulces
nostalgias, los amores vivos y muertos que había can-
tado el poeta en Soledades. Que Antonio Machado
era capaz de resolver el sentimiento en vanas quimeras,
cuando no bastaran a patentizarlo sus poesías ante-
riores, lo confirmarían plenamente las paradojales
ideas que él presta a su ingenioso maestro Abel Mar-
tín.
Y no es otra cosa lo que él mismo declara, con iró-
nico gracejo, en la segunda estrofa de los Proverbios
y CcaUares aludida antes que reza:
Las abejas, de las floia,
ucan miel, j melodía,
del amor, los miseñonB^
[53]
Dinte y yo — perdón^ leñore» — i
trocamoa — perdón» Lucía — ^
el amor en Teología.
(Id., CXXXVr, XXV).
Este hacer «teología» con el amor, declarado así, en
tono ligero, como de burla para su propia actitud,
¿no será otra manera de querer quitar impoTtancia)
ante la novia o eaposa, a las demasiado patentes mues-
tras de SMtimentalismo y enamoramiento de su poe-
sía anterior? Porque en verdad, ni era entonces ni
había sido antes el amor, en su obra de poeta, objeto
de raciocinio o de pensamiento agudo o profundo, sino
de emoción viva y soñada. Apenas si en loa versos de
Soledades se preguntaba si era la mujer la «sed» o el
«agua» de su pasión amorosa. Casi no había hecho en
ellos más que repetir una y otra vez que la amada es
una sombra y el amor es un sueño, y no parece jui-
cioso que sin propósito escondido, llamara a eso «teo-
logía», como si fuera lucubración arcana, oscura y en-
marañada.
Mientras de este modo aparentaba Antonio Macha-
do en sus versos desentenderse del amor y divertirse
con desembarazada libertad en irónicas ocurrencias,
aquél entraba en su vida como nunca lo había hecho
antes, y lo conducía al matrimonio.
Es posible y probable, pero no seguro, que aluda
en Campos de Castilla a la que había de ser su novia
una composición (de 1909, según la primera edición
de las Poesías Completas, 1917) titulada En tren y
perteneciente a un grupo de Humoradas. Da en ella
el poeta las impresiones de un viaje, que ha de ser
de regreso de Madrid a Soria. Cuenta allí cómo viaja,
siempre ligero de «quipftje, «i ni v^ón de tercera, y
MOTIVOS DB CBTnCA
cómo nunca duenne en el camino, distraído en Boe*
ños, con el traqueteo de la marcha. Desabrido, pon-
dera el «placer de alejarse» de todo, y lo molesto de
llegar sea donde sea. De pronto fija la mirada en la
plácida hermosura virginal de una monjita que va en
el mismo coche y
tiene la expresióa serena
qne a k pena
da una esperanza infinita }
y piensa como Hamlet, desilusionadamente:
I Todas las mujeres bellas
fueran, como tú, donccflas,
m va convento a encezxsnel
¿Qué es lo que inspira estas melancólicas palabras?
¿Será un resabio caprichoso de romántico descon-
tento? ¿Será la desolación amarga de una existencia
gastada en vanos desarreglos? Toda la composición
denota desapego, fastidio, hastío. No seria juicioso ad-
mitir o suponer en ella un propósito insincero. Es de
creer por lo tanto que la causa de ese voto compasivo
sobre el destino de las mujeres delicadas responde ver-
daderamente a lo que irrumpe en seguida en su medi-
tación dolorosa:
{Y la niña que 70 quiero,
larí preferirá easaxse
coo un mocito barbero!
(Id^ OC).
La condición modesta de la familia permite sospe-
char que no era ni imposible ni extravagante el inte-
j» de la ñitora novia por un pretendiente ds baja ca<
[MI
LAVXAB
tegoría social. De ser el hecho cierto, sería ésa la úni-
ca referencia, en la obra poética de Antonio Machado,
a la que sería después su esposa. El no la cantó viva
a lo menos para el público; pero habría de cantarla
sublimemente después de muerta. La observación es
importante y curiosa, porque revela pudor para lo
íntimo en los sentimientos y en el trato personal mien-
tras la muerte no los santifica.
No cerrepios todavía el libro Campos de Castilla.
Nada hemos hallado en él que seguramente correspon-
da a la vida amorosa de Antonio Machado, y muy
poco o nada que revele su pensamiento en orden al
amor en las dos únicas estrofas de los Proverhío<¡ y
Cantares que algo dicen de él. Una de las composicio-
nes del libro Pascua de Resurrección, que no es perso-
nal por su tema, lo es mucho por la sensibilidad que
la inspira y la impregna. El poeta, afligido por las pe-
nurias de los pobres labriegos en las áridas tierras de
Castilla, exhorta allí a las doncellitas al amor con el
incentivo de la primavera que se inicia. Quieren esos
pocos versos de conmiseración apenada lisonjear, con
promesas de ventura, un destino desgraciado. El amor
se ofrece en ellos a las juveniles « entrañas de las
«madrecitas en flor», como una sonrisa pasajera de la
vida. La composición querría ser alentadora y es tria-
te. Cuando Antonio Machado busca un alivio de en-
trevista felicidad, contra el infortunio de las campesi-
nas condenadas a una existencia dura y trabajcpa,
acierta sólo a pensar en el amor. No concibe otra di-
cha posible para ellas, porque es la sola que él apre-
cia fuera del sueño y del arte. Pero al mismo tiempo
sabe que esa ventura es corta y fugaz en la vida, co-
mo la primavera en el año. De los hijos, mientras sus
madres puedan tenerlos en sus brazos, recibirán éstas
[56]
MOTIVOS DE CRITICA
SU mayor alegría pero ellos después hombres someti-
dos a la misma férrea fatalidad que ha pesado sobre
sus padres.
¿No han de mirar, un día, en vuestros brazoSi
atónitos, el sol de primaTera,
ojos «lue vienen a la 1q2 cerrados»
y que, al partirse de I» vida, ciegan?
¿No beberán, un día, en vuestros senos,
los que mañana labrarán la tierra?
No es por cierto muy halagadora esa perspectiva de
un contento efímero para una existencia de rargas
y afanes permanentes. Es claro que el poeta no ha
escrito esos versos para las campeginas a quienes los
dedica. Ellas son el motivo del canto, pero no pue-
den ser su público, porque no los comprenderían. In-
teresa, pues, la composición, no por lo que finge ofre-
cer a las míseras labradoras castellanas, sino porque
pone de manifiesto el sentir de Antonio Machado, pa-
ra quien el amor es, en la desgracia, la única ilusión
posible de felicidad. Interesa también, y sobre todo,
en otro sentido, por su belleza hecha de impresiones
las más sencillas y naturales (campo verdeante, ma-
nantial de piedra, sol de primavera, etc.) y de imáge-
nes que estilizan el pensamiento en figuraciones pri-
morosas (arco de la vida, agua que ríe y sueña, ma-
drecitas en flor, cigiieñas garabatosas, etc.)'
III
En 1911, con la subvención que le asigna la Junta
de Ampliación de Estudios, se traslada Antonio Ma*
chado a París para perfeccionar su conocimiento del
[57]
LAVXAlt
idioma que enseña y para asistir al mismo tiempo a
algunos cursos de conferencias filosóficas y literarias.
Lleva consigo a su mujer. Allí la noche del 13 de ju-
lio, víspera de la magna y siempre tumultuosa fiesta
nacional, ella tiene sorpresivamente un vómito de san-
gre. Es difícil o imposible por el momento encontrar
un médico. El día 15 la enferma es conducida a un
sanatorio. En setiembre regresan marido y mujer
a Soria. En un cochecillo de manos saca Antonio Ma-
chado a su «niña» por las calles de Soria, hasta los al-
rededores, para que respire mejor que en la ciudad.
Ocupa, en fin, por ella una casita con jardín; pero
todas sus atenciones y desvelos fracasan con la per-
sistencia y agravación del mal. Ella muere el de
agosto de 1912, a los trece meses de haberse revelado
repentinamente la enfermedad. Antonio Machado aban>
dona a Soria lo más pronto que puede, y pasa de Cas-
tilla, donde vivió desde niño, a Andalucía, donde ha-
bía nacido.
Unos cinco años después, en 1917, la Residencia de
Estudiantes publica la primera edición de las Poesías
Completas de Antonio Machado, En ese volumen in-
cluye el poeta un corto número de composiciones de-
dicadas a la esposa muerta, y alude a ella incidental-
mente en otras, de temas diversos^ con sobresaltos y
recuerdos que brotan de asociaciones imprevistas. Na-
da es, por supuesto, nuevo en el dolor de esas poesías.
Siempre la muerte de la mujer amada fue motivo de
canto para los poetas apenados. Dante y Petrarca en
Italia y en España Garcilaso de la Vega son ejemplos
típicos y preclaros de ello. Casualmente al mismo tiem-
po que Antonio Machado también lloraban ese duelo
Francisco Villaespesa y Amado Ñervo. Lo había he-
cho pocas décadas antes Federico Balait. Llenaron és-
[MI
MOTIVOS CB camcA
tos con su lamentación lodo un libro: Dolores^ In me-
moriatrij La Amada Inmóvil. Más contenido Antonio
Machado, es también más hondo y fuerte en el sufri-
miento que Federico Balart y Francisco Villaespesa,
y no menos emotivo que Amado Ñervo.
Sobre el libro de Federico Balart escribió alguien
horrores: es muy posible que él se deba menos al ca-
riño que al remordimiento, y es indudable que peca
de artificioso y declamatorio; pero a pesar de una y
otra cosa, impone respeto, aunque sólo sea por unas
pocas explosiones de intensa amargura que se desta-
can vivamente como flores de sangre en la hojarasca
marchita de esa corona fúnebre. Poco significa para
un incrédulo que el autor se ofrezca a los eternos su-
plicios del infierno por la salvación de la que fue su
esposa: para un creyente católico no puede haber ab-
negación más heroica:
Si ha de peidene un sima, toma la mía.
En toda la tradición muí tí secular de la Iglesia, única-
mente de San Pablo, encendido en el amor de Cristo,
se conoce una actitud parecida. En lo puramente hu-
mano, en lo terreno, la posición de Federico Balart
no ofrece nota alguna que la singularice. £1 pide y lla-
ma a la muerte:
i Oh tumba solitaria y fría. . .
sin miedo y con amor llamo a tu puerta!
desecha todo consuelo, se resiste al olvido:
¿Decís que el tiempo calmará mi duelo
V el eco extingairá de mi querella?
Paet bien^ por eso sucumbir anhelo:
] porque guiexo morir pensando en elU!
CW]
LAUXAB
y se aferra al dolor con ansia inaplacable:
Y no diera este amargo dolor profundo
por todos loa placeres que ofrece el mundo.
Son viejos lugares comunes, pero ni se han descubier-
to ni se han inventado otros, ni originales ni menos
í^astados, para lamentar la muerte de un ser querido.
Es cierto, sin embargo, que la expresión es pobre, des-
mayada, sin aliento de emoción trágica, y más parece
resultado prolijo de un esfuerzo laborioso que espon-
táneo efecto de un arranque afectivo. Uno recuerda
por contraste los nitidos versos de Garcilaso de la
Vega:
No me podrán quitar el dolorido
sentir ai ya, del todo,
primero, no me quitan el sentido.
No es endeble, en la obra de Francisco Yillaespesa.
el estilo. Ella corresponde a una época de renova-
ción literaria caracterizada precisamente por el esme-
ro de la forma, y aunque no sea este poeta de los que
más y mejor se distinguieron con ese cuidado, algo
tienen sus versos del guato dominante en su tiempo.
Al sentimentalismo romántico se junta en él la afición
por la riqueza de las sensaciones. En la sensibilidad
confunde el espíritu y la carne. Los sentidos nobles,
— la vista y el oído, que reciben a distancia las impre-
siones de las cosas, — pierden mucho de su primacía
sobre el tacto y el olfato, — de más directa afectación
material. ~ en el campo de la poesía. Se hace ésta me-
nos ideal, más humana, más atenta a lo instintivo y a
los oscuros fenómenos de la vida interior. Da así en-
trada a toda clase de anomalías y desórdenes. En los
{60 3
MOTIVOS pg camcA
versos que Francisco Villaespesa compone a la muerte
de su esposa hay, ciertamente, lamentaciones sentidas,
pero choca la indelicadeza, por no decir la grosería,
de su alarde egolátrico y de sus recuerdos sensuales,
y desconcierta sobre todo el rápido olvido. Más que
el amor que él siente por la muerta, exalta el que ella
le profesaba. Tiene como una obsesión tenaz del tála-
mo con el cuerpo incitante.
en la napcial blancnra de las sabanas.
Evoca las manos acariciadoras, la cabellera olorosa,
la piel cálida, los pechos agitados, los besos pasiona-
les. Ni siquiera calla la impaciencia que le hizo ras-
gar los velos de la novia el día del casamiento. Sin
embargo, recién viudo, ya no puede representarse cla-
ramente a su compañera: unas veces la ve de pelo
castaño, y otras, de pelo negro. Ni esto es lo peor: ya
sabe por experiencia que la boca de otras mujeres no
apaga la sed que sufre por la desaparición de la ama-
da. Quien asi canta no es un marido respetuoso: es
un amante impúdico.
Amante y no marido, fue Amado Ñervo, y él tam-
bién habla de halagos y deliquios sensuales, pero de
tal manera impregnan su cariño y su dolor todos sus
recuerdos e ilusiones que nada en éstos ofende la más
severa exigencia del honesto recato. Lo que más dis-
tingue su libro es la inquietud, la desazón metafísica,
por el destino de su amor rolo. Naturalmente no pue-
de menos que resignarse a lo irreparable, pero de nin-
gún modo quiere admitir que todo acabe en la vida
con la muerte, y que su corazón, que ama todavía,
que seguirá amando siempre, sea al fin defraudado en
su esperanza más generosa. El sólo pide lo que necesita
LAVXAR
como parte de su propio ser, la criatura a quien se ha
dado entero y sin quien su existencia no tiene objeto.
El cree ver que lodo en el universo proclama un orden
maravilloso, lo mismo en el cielo que en la tierra, lo
mismo en las estrellas que en las flores, y de ese con-
cierto que obedece a leyes indefectibles en los mundos
y en los átomos pretende inferir que su ternura amo-
rosa no puede ser vana, y que de una manera o de
otra él ha de reunirse a la que fue su compañera y
es alma de su vida.
l,a obra de Antonio Machado es "palmariamente más
bre\-e, más honda y más viril que esas prolijas lamen-
taciones de Federico Balart, Francisco Villaespesa y
Amado Ñervo. No hay en ella ninguna rareza. Todo
es en ella puro y noble, sobrio y claro. Es la espon-
taneidad misma de la angustia que empieza a hablar
después de haber permanecido largo tiempo callada
en el silencio de la estupefacción. Estalla en un grito
ahogado y baja en seguida al tono de una quejumbre
contenida. No dice sino lo que todos han sentido y po-
dido pensar en situación semejante, pero lo dice con
maestría insuperable, todo compenetrado y fundido en
ajuste indiscernible. Son igualmente naturales y traba-
jados el sentimiento y la idea, la imagen y la frase,
pero el trabajo se disimula, por su misma eficacia, en
eí efecto logrado. Es evidente que los poetas no can-
tan con el . ciego instinto de los pájaros. Siempre el
verso, cuando es bueno, supone estudio y pericia.
El mismo año 1917 que se publicaban las Poesías
Completas, escribía Antonio Machado, en el tomito de
sus Poesías Escogidas, aludiendo a Soria: «Allí me
casé; allí murió mi esposa, cuyo recuerdo me acompa-
ña siempre», y repetía, casi con las mismas palabras:
«allí me casé allí perdí a mi esposa, a quien adoraba».
[62]
MOTIVOS P» CBrriCA
En esas dos colecciones de sus versos figura una
composición dedicada A un olmo seco. Es el canto
de un árbol que está muriéndose y quiere revivir al
influjo de la primavera. Tiene el tronco hendido por
un rayo, podrido a medias, cubierto de musgo amarí-
nenlo. No hacen ya nido en él los ruiseñores, y las
arañas cierran con telas sus huecos para guarecerse
allí. Ya no puede ser dudoso el destino del pobre ár-
bol: será cortado por un leñador o arrancado por las
tormentas: acabará en brasas de hogar o servirá de
madera a un carpintero. Vive, sin embargo, todavía.
Con la primavera le han brotado a una rama unas po-
cas hojas verdes. ¿Es simplemente una impresión de
la naturaleza lo que inspira esa poesía? Tres versos
finales, de claro sentido inmediato y de vaga insinua-
ción misteriosa, desvían la atención del árbol seco pa-
ra fijarla en el poeta:
Mi corazón espera
también, hacia la Inz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
No es el próximo aniquilamiento de un árbol lo que
aflige al poeta: es la inminencia de la muerte, que
va consumiendo a su esposa. El espera todavía: quiere
esperar lo que sabe que sería un milagro; abriga la
esperanza de lo imposible: la afirma en la primavera,
en la naturaleza. Después la muerte hará que, en la
confusión, acuda, amarga y desesperadamente, a Diog.
Es cosa mil veces comprobada que, ante la muerte
de un ser querido, los incrédulos de hondo sentimiento
buscan su último recurso, contra -la desesperación y
el desconsuelo, en las mismas creencias que rechaza-
ban, por infundadas o por absurdas, en el tiempo de
su descieimienlo y de sus lucubraciones tranquilas. Se
[a]
cuenta que Federico Balart se convirtió al catolicisrao
en ese trance. Es probable que poco o nada preocupa-
ra la religión a Francisco Villaespesa mientras pudo
vivir a su gusto, desarregladamente, pero ante el cadá*
ver de su esposa recurrió aturdidamente al cielo con
lamentos y plegarias. Es muy distinto el caso de Ama-
do Ñervo. El no profesaba ningún culto positivo, pero
tenia el alma religiosa. Era creyente a su manera, sin
más idea clara que la de un orden espiritual superior,
hecho de inteligencia soberana y de necesaria justicia.
Nada tuvo que abdicar de su pensamiento para sentirse
unido, a pesar de la muerte, a la que fue su amada en
vida. Esto le permitió soñar, en la incertidumbre todo
lo imaginable, o una correspondencia afectiva de la
amada muerta con el amante vivo, o una final reunión
de ultratumba en el seno de las almas dichosas.
Antonio Machado, hijo de un padre escéptico dado
a burlarse tanto de la religiosidad fácil como de las
supersticiones groseras, y además formado él mismo
en la Institución libre de Enseñanza, debía razona-
blemente oponer las mayores resistencias a los trastor-
nos de su espiritu provocados por la falta de toda no-
ción precisa frente al misterio de la muerte. En los
Proverbios y Cantares y en las Parábolas de Campos
de Castilla había jugado irónicamente con la idea de
Dios. Es cierto que en esos mismos Proverbios y Can-
tares se había referido con respeto a Jesús, que supo
andar sobre las aguas; pero en La saeta de las Poesías
Completas desechaba con disgusto a Cristo crucifica-
do, y al mismo tiempo creía comprobar maliciosamente
que en nuestra época los «corazoncitos de Jesús» no
encienden ya las llamas de amor en que ardieron, si-
glos atrás, los grandes sanios de España. Era todo esto
un juego de pensamiento ingenioso y travieso contra
[M]
MOTIVOS DX CRITICA
las creencias corrientes. En lo más hondo y secreto de
su alma sm que él mismo lo supiera, algo de esas creen-
cias vulgares persistía a pesar de su racionalismo ag-
nóstico y sereno. Bien podía escribir, con el desengaño
de la filosofía resignada:
Saber, xttda «abemoB:
de sreano mar venimoa, a ignota mar fremos. . .
(Poesías Completas, CXXXVI, XV).
Con eso entretenía su mente en la apacibilidad; pero
cuando para él sonó la hora de un quebrantamiento
profundo, no halló razón que le valiera contra la idea
de un poder oculto, de una voluntad soberana sobre el
deslino de los hombres. Olvidó entonces lo aprendido
en libros, lo meditado en ocios, lo absorbido en la at-
mósfera intelectual de la época, y sintió que se le disi-
paba todo eso en el pensamiento, y que imponía a su
conciencia, con dominación irresistible, la idea de un
Dios muy distinto al que había motivado antes sus re-
flexiones y chanzas. Era el Dios terrible de los desas-
tres y las catástrofes. Antonio Machado se inclinó con-
fundido, pero no sumiso, ante él. Nada pide, nada es-
pera del cielo. En sus palabras de queja vibra un re-
proche rebelde, una protesta reprimida:
Sefior, ya me arrancaste lo que yo mág quería.
Oye, otra ve^ Dios mío, ni eorazén clamar.
Tn voluntad se hizo. Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos aoloa mi coraaón y el nar.
(Id., CXIX).
Será ésta la única vez que el nombre de Dios suene
seriamente ea la obra del poeta. Adviértase como a la
9^ tí.
[65]
LAÜXAE
divina voluntad opone el amante abatido «u resisten-
cia. No es la rendición absoluta de Job cuando excla-
maba: «El Señor lo dio, el Señor lo quita. ¡Bendito
sea el nombre del SeñorU Hay un sordo resentimiento
en ese dolor que llora lo irreparable. Para el poeta,
el cuerpo inánime de la esposa, que él llamaba «su
niña», es una acusación muda contra Diois.
No puede la estrofa ser más sencilla. Ella se compo-
ne de cuatro únicos versos, que son, cada uno, una
frase completa. En todos se dirige a Dios el r";tv
en todos repite su nombre, sea con la palabra «Señor»
o con las palabras «Dios mío^. Los cuatro versos, ca-
da uno de manera diferente, dicen lo mismo: la m-
mensa pena del poeta anonadado íienle a Dios impa-
sible e inexorable. Todo es allí sencillo y grande y es-
tupendo. ^
¿Es también todo perfecto? Acaso puíída señalarse
en el lenguaje algún detalle de ligera impropiedad. Se
dice que el poeta clama «otra vez» como si ya lo hu-
biera hecho antes y no sabemos que así baya sido. Se
mencionan dos «voluntades^ contrarias una a la otra,
la de Dios, que se supone haber decidido la muerte,
y la del enamorado, que se oponía a ella; pero ¿es
realmente, estrictamente, la «voluntad» lo que en el
poeta se resistía a la muerte de su esposa? ¿No sena
más bien su deseo? ¿Es acaso lo mismo «querer» y
«desear»? ¿Puede uno querer con «voluntad» que no
se ¿roduzca lo que de ningún modo está subordinado
a su arbitrio? Carecen de toda importancia estos repa-
ros nimios. Es majadería detenerse en ellos cuando
la misma inmenfia angustia dd poeta los explica y los
iustiíica.
Conviene, en cambio, aunque sólo sea como compen-
sación a las pwtsedétites futilezas, s«sñalai- otra anoma-
MOTIVOS Pg CRITICA
lía de expresión, que es importantísima. En el último
verso,
Señor, ya estamos solos mi corazón y el muí,
se rompe la concorrlancia oMisada entre el sujeto v el
verbo: el sujeto «mi corazón y el mar» es de tercera
persona, y el verbo «estamos», de primera. Incuestio-
nablemente la concordancia está rola; pero poética-
mente esa ruptura es una maravilla. El corazón repre-
senta allí al poeta y lo representa bien, del mejor mo-
do posible, porque lo identifica y lo reduce a lo que
es el centro vivo de su dolor anonadante, y es por eso
natural y plausible que sean él y su corazón confundi-
dos el sujeto que determina la forma del verbo «esta-
mos». Ese último verso, que ia;uala al poeta o su ''<h ■
zón con el mar siempre agitado y revuelto, en soledad
sin fin, con tumulto inaplacable, da a la estrofa breví-
sima una repercusión de cosa infinita.
Es difícil resignarse a la ineludible fatalidad. Con-
tra los más fuertes argumentos de la razón, contra la
evidencia misma, siempre una esperanza persiste, que
no ceja en su empeño y sabe encontrar motivos para
lo imposible en nuestra ignorancia ante lo misterio-
so. Se habla de fantasmas y aparecidos ; el espiritismo
es profesado por eminentes hombres de ciencia; algún
filósofo de renombre piensa que el espíritu de los muer-
tos, antes de reducirse a una disolución o apartamien-
to definitivos, ronda, inquieto, los sitios que le eran
familiares y procura comunicarse con las personas de
su intimidad más requerida. Los que mueren dejan
siempre un vacío abierto entre loa vivos que loa evo-
ca y los resucita con los mejores recuerdos. ¿Y qué
es la muerte después de todo? ¿Qué sabemos nosotros,
L.AUXAB
de ella y de la vida, para tener por cierto que no pue-
de haber en ellas posibilidades superiores a nuestro
más atrevido pensamiento? Antonio Machado eí?crlbía.
con sosegada reflexión,
Saber, nada «abemos:
De arcano mar venimos, a ignota mar iremoi.
¿Cómo hubiera podido, en la turbación de la congoja,
no confiar en la fuerza de su cariño para atraer a su
lado a la que había sido, a la que él sentía que era
todavía y que sería siempre su «niña» ? La idea de
hallar de nuevo a la que había perdido, tenía necesa-
riamente que obsesionarlo, aun sin creer del todo en
ella, hasta sólo con la más débil esperanza. Este es el
tema de una composición breve y honda como la an-
terior:
Dice. la eqieranza: Un día
Ib verás si bien esperas.
Dice la desesperanza:
S£lo tn amargura es ella.
Late, corazón.,. No todo
se lo ha tragado la tíaira.
(Id, CXX).
Todo parece claro en estos pocos versos; pero su
verdadero sentido no está ni única ni principalmente
en lo que las palabras declaran, sino en lo que ellas
callan y sugieren a medias. Desde luego la contraposi-
ción de inccrtidumbre que se da en los cuatro prime-
ros versos, — por un lado la esperanza, y por otro la
desesperanza, — indica el desarreglo de un espíritu
inseguro, vacilante, no solamente sobre lo que puede
ocurrir con la muerte, sino también sobre toda ideolo-
gía acerca del humano deetino. Sin esta perturbacidn
[68]
no podría ser aquel desconcierto. Aquí no se nombra
a Dios como en los anteriores versos, ni se alude a él;
pero lo supone, y lo calla, la esperanza que prometí
el encuentro de ultratumba. Se diría que una repug-
nancia intelectual se resiste a la clara manifestación
del. sentimiento, que tiene algo de religioso. Lo que
dice la desesperanza en los versos que siguen a esto
es la parte más interesante y más viva de la composi-
ción. Es además la que, sin duda, responde mejor al
pensamiento del poeta. Ella contrasta del todo en todo
con la precedente:
Dice 1« descperanza:
sólo tu amargura es ella.
La amada habrá desaparecido para siempre ; no será
ya nunca lo que fue para su enamorado; pero existirá
aún porque se habrá convertido en la amargura que
él sufre. La que fue su contento será en adelante su
pena. Son algo enigmáticos y anfibológicos loa dos
últimos versos:
Late, corazón. , . No todo
se lo ha tragado la lierra.
Es probable que muchos, y los más, de sus lectores
hayan entendido estas palabras que fuera de la tierra
subsiste la muerta en su condición de persona. Así
pueden ellos interpretarse en efecto. Correspondería
esta conclusión a la esperanza de los primeros versos,
pero así quedarían como en el aire, sin consecuencia,
ios versos de la desesperanza. Nótese que de la espe-
ranza ha pasado el poeta a la desesperanza; nótese
que es ésta, y no aquélla, lo que está más cerca, lo
I.AUXAR
que inmediatamente precede, a la conclusión. Y sobre
todo nótese que es la desesperanza, y no la esperanza,
lo que da a la conclusión el sentido más personal, más
doloroso, más trágico. (]Si el otro es casi de alivio
optimista!...!) El poeta, que siente a la amada con-
vertida en amargura de su corazón, quiere su pena.
Tiene, a lo menos, la satisfacción, el orgullo, de que
por él y para él ella sobreviva, en cierto modo, a la
muerte, como draconsuelo. Es el «dolorido sentir» de
que no quiere ser privado Garcilaso de la Vega. En
Federico Balart y Amado Ñervo se repite la misma
actitud; pero en ninguno tiene la sorda vehemencia
de Antonio Machado. Y así acaba esta composición,
como la anterior, con palabras de significado impre-
ciso y resonancia indefinida, que es decir eminente-
mente poética.
Son éstas las dos solas composiciones en que Anto-
nio Machado intenta exprimir directamente el dolor
de su viudez en el tomo de sus Poesías Completas de
1917. Las dos son breves e intensas, como conviene
a la expresión de un sentimiento anonadante. En las
dos, bajo una sencillez aparente, palpita un trastorno
profundo.
Esas dos composiciones, con otras nueve, casi todas
cortas, forman el grupo de las poesías que recuerdan
a la «niña> muerta. Algunas de ellas están fechadas
en 1913. Entre todas llenan diecisiete páginas.
Las otras nueve composiciones del grupo están he-
chas con recuerdos e impresiones de paisajes y cosas
vinculados al amor y a la muerta. Una dice cómo se
extinguió la enferma insensiblemente, sin que a su
lado el poeta advirtiera sino el reposo de un sueño
que ya no tendría despertar:
[70]
MOTIVOS DE CRITICA
¡Ajj lo qoe la muerte ha. roto
era nn hilo entre los dotl
(i(L, cxxmh
Otra, acaso la más delicada entre ellas, refiere mi
saeño: ha soñado el poeta que andaba por el campo
y tenía en su mano la mano de su «niña» y« oia su
voz, que le hablaba:
i Eran tu voz y tu mano,
en sueños» tan verdaderas!
(Id., CXXII).
Todo es maravillosaiti^nte límpido en estos versos^
que reflejan el campo verde, los montes azules, la ma*
nana serena, y sobre todo la doble sensación emotiva
de la mano en la mano y de la voz, cristalina y pura
como el sonido de una campana nueva en una alba
primaveral. Todo es límpido, y sin embargo ¿no dice
allí el poeta que ha oído en el sueño la voz de la ama*
da? Pero ¿es que en los sueños se oye lo que real-
mente no suena? En Las Adelfas, comedia de Manuel
y Antonio Machado (1928), escena IV del acto I,
se declara que
La voz, en sueños,
se escucha, peio no suena.
No pongamos en duda, por eso, la sinceridad poética
de los versos. Puede el poeta despierto o dormido ha-
ber recordado vivamente el tono de la voz como si le
sonara en el oído y creer que ese recuerdo es la im*
presión directa que le proviene del sueño. La sinceri-
dad no es, por otra parte, condición indispensable
[71]
I.A.UXA1Í
de los buenos versos; los hay, sin duda, admirables;
pero no sentaría bien que el enamorado que llora la
muerte de su amada finja o simule impresiones falsas.
No imputemos a artificio lo que puede y debe atri-
buirse a engaño involuntario, (Volverá Antonio Ma-
chado a incurrir en esa misma confusión, con la voz de
otra mujer, cuando le escriba a Cuioraar que la ha
oído soñando).
En otras varias composiciones del mismo grupo,
aunque su elemento principal siempre es el amor de la
muerta, él aólo aparece como incidente adventicio en
el desarrollo que arranca de un tema ajeno a aquél.
De ese modo se hace más impresionante, contra lo que
pudiera suponerse, la angustia de la viudez, porque
todo la provoca y ella surge de cualquier circunstan-
cia, cuando menos se la espera. Asi el poeta, radicado
en Baeza, vaga solitario por el campo, en las afueras
de la ciudad. Todo lo observa, distraído en el atarde-
cer ya que anochece. De pronto fija la atención en los
caminos que se cruzan y se alejan entre los dispersos
caseríos del valle y de la sierra, y entonces lo asalta
impensadamente el recuerdo que se le hace deseo im-
posible:
Caminos de loa campos...
IA7, ya no puedo caminar coa dial
(Id., CXVn, CaminoaK
O desde su tierra andaluza recuerda las tierras altas
de Castilla que circundan a Soria, y se representa el
hosco paisaje de encinares raídos y ceños plomizos,
con álamos de ramajes yertos en las márgenes del Due-
ro. Le reproduce la imaginación el lugar' de las plá-
cidas andanzas con su compañera, y como ti, aluci-
nado, allí la tuviera todavía consigo, la invito a Io9
acostumbrados vagabundeo»:
...dama
(Id^ CXXI).
A los primeros indicios de la primavera en Baeza
evoca una por una, todas laa manifestaciones que ya
^a nueva estación del año ofrecerá en las cercanías de
^oiia, y cuando termina ese cuadro vistoso, pide a un
amigo del lugar que lleve los primero» lirios y las pri-
meras rosas
el alto Espino, donde está su tierra
(Id. CXXVI, A José María Palacio).
Con el mismo procedimiento de un asunto extraño
que deriva inopinadamente al duelo del enamorado es-
ten hechas también las composiciones Otro viaje y
Poema de un, día. Es, pues, claro que se trata de una
técnica aplicada con propósito reflexivo, y no de una
coincidencia de inspiración casual. En el poeta dolido
hay un artista que trabaja su pena con lucidez solerta
Es una manera de rendir el más alto homenaje posible
a la memoria de un ser querido. No sería eso la poesía
SI el autor se hubiera abandonado a una producción
tebnl y desaliñada. Puede pensarse que mejor que esa
ofrenda hubiera sido el silencio; pero quiso Antonio
Machado que su esposa tuviera en su obra un recuerdo
perdurable, de generación en generación, y para ella
compuso con su dolor, en las buenas palabras de todos
lo» días, versos que pueden ser eternos, n arte pane*
[78]
LAUX AB
en eUos naturalidad: es la más noble y difícil con-
quista del esfuerzo que sabe disimularse.
Hizo Antonio Machado con sentimientos comunes la
poesía de su viudez. No podía él inventarse otros. Pero
su poesía es honda, fuerte y grande. En ella tuvo a la
fuerza que repetir lo que otros sufrieron y dijeron an-
tes que él. Tal vez se repitió él mismo: la composición
de la esperanza y la desesperanza tiene en Soledades,
Galerías y Otros Poemas un paradigma en los versos
que lamentan la muerte de una amada anles de que
el poeta conociera a la que fue su esposa:
No te verán mi3 ojos,
mi corazón te aguarda
(H. XH).
No es lo que importa que el sentimiento sea nuevo,
sino que sea verdadero, y esté bien expresado, con
exactitud, con claridad, con aencillez, en el tono lasti-
moso de la pena inconformable. El tono de estas com-
posiciones, cuando se refieren a la esposa muerta, es
casi religioso. A un amigo que le pedía versos para
un libro de próxima publicación, contestaba Antonio
Maehado
Cantar no puedo:
se ha dormido la yoz en mi garganta,
y tiene el corazón un ritmo quedo.
Ya sólo reza el corazón, no eanta.
(Id., CXU, A Xamer ViUcareeK
La poesía se le convertía en rezo, y aunque dijera que
no podía ya cantar, cantaba sin embargo, magistral-
mente, con ideas y basta palabras de Lamartine a El-
[741
MOTIVOS DE CRITICA
vire: *Ma voix était changée... Toutes mes fibrea,
attendries de larmes, pleuraient ou priaient au lieu de
chanter». ¿Imitación estudiada, reminiscencia incons-
ciente, semejanza natural y fortuita? Poco importa.
No hay en lengua española, después de Garcilaso de
la Vega, canto mortuorio de amor comparable a la
poesía que dedica Antonio Machado a su «niña» bien
querida. Por esos pocos versos vivirá ella siempre en
la memoria de los hombres como un fantasma de ler-
mira dolor osa.
IV
No corre el tiempo en vano. Su acción impercepti-
ble desgasta y consume lo mismo los sentimientos
que las piedras. Como todas las almas generosas, pen-
só Antonio Machado que eso no podría cumplirse en
él, pero es claro que se engañaba. Se le atenuaría a su
pesar, poco a poco, el dolor de la viudez. Se le disi-
paría en los recuerdos cada vez más lejanos la imagen
de pu esposa. Era poeta y seguiría siéndolo. Había
cantado en Castilla el alma eterna de su paisaje des-
nudo 7 de su gente sufrida. Era Andalucía, donde
ahora estaba, otro mundo, y se propuso cantarla tam-
bién. La naturaleza era allí pródiga, y los hombres
despreocupados. El atraso y la miseria de España, 6n
Castilla, le habían parecido ineluctables, fatales: en
Andalucía los consideró vitandos, ominosos. No se en-
tregó, a las agitaciones de la política turbulenta, y
por eso mismo, reconcentró en su retiro de solitario,
las fuerzas vivas de una pasión extrema. Había sido
contemplativo, meditabundo, sereno: la indignación
lo hizo ardoroso, violento, satírico. i
Casi al mismo tiempo se deaf>ertaba en ra espíritu
[75]
una curiosidad traviesa por las nuevas corrientes del
pensamiento filosófico y veía con asombro que todo
cambiaba de pronto en la producción üteraria. No
quiso tratar en serio las quimeras metafísicas ni mos-
trarse del todo reacio a la transformación que se ope-
raba en la poesía e inventó, para descargar en ellos sus
juegos y caprichos de pensador y poeta, primero, a su
acomodadizo maestro Abel Martín, después al jocundo
y estrafalario Juan de Mairena. Ellos expondrían lo
que él ideara entre burlas y veras.
Emprendía así nuevos caminos y se alejaba de su pa-
sado. No desechaba de éste nada sin embargo. Hubiera
querido, sobre todo, mantener vivos los recuerdos y la
pena de su amor a su «niña»; pero la vida se los iba
apagando insensiblemente con las impresiones y las
distracciones de cada momento. En las primeras pá-
ginas de las Nuevas Canciones (1925) ya se patentiza,
con los Apuntes sobre Andalucía, con los comentarios
Hacia tierra baja, con las Canciones de tierras altas,
el contraste de lo que le entra por los ojos y lo que
se le sale del corazón. Son notas finas y rápidas, que,
por su brevedad, parecen ligeras, y que, sin embargo,
al menor estudio, sorprenden y admiran, las unas con
la nítida agudeza de la visión, las otras con el pun-
zante sentir que las inspira y se calla, algunas con su
ironía amarga o con su gracia ingeniosa.
La manera de Antonio Machado se estiliza en la
sutileza. Insinúa o alude más que dice.
Pasa el poeta, en sus vagabundeos, frente a una re-
ja donde una mujer está a la espera. Sueña ella acaso
con aventuras pasionales; pero a la postre habrá de
contentarse en casamiento juicioso con alguno de los
que por allí discurren, — un escribano, un boticario,
un lisurero, un devoto. Y termina el poeta:
[7«]
MOTIVOS DE CRITICA
También yo ptso, viejo y tristón.
Dentro del pecho Uero un Icón.
¿Es un'candidato más? ¿Un partido mejor? Por su-
puesto y sabido que no puede serlo, porque agrega:
Aunque me ve por la calle,
también yo tengo mía rejae,
mis rejM j mis rosales.
(Poesías Completas, CVL, Hacia tíerra baja).
Estas rejas y estos rosales son meras figuraciones de
su amor perdido : son cosa de su alma y no las trocaría
por otra ninguna del mundo; pero él es criatura sen-
sual y, a pesar de su noble propósito, experimenta los
ciegos impulsos del instinto dormido. Lo detiene un
momento, en su andanza arrabalera, la algazara de
un festín de borrachos a quienes sirve una moza varo-
nil que desdeña los requiebros y a nadie mira. La mira
¿1 con viva atención, y exclama para sus adentros,
con erótica sed repentina:
i Oh, mujer,
dame también de beber!
(Id., CVL. Hada tierra bafa).
Nadie contará estas dos pobres composiciones entre
las mejores páginas del libro. Son ligeras y hasta anec-
dóticas; pero la anécdota en ellas no es más que un
recurso para llegar a su remate: en el primer caso, la
persistencia de la vieja llaga amorosa (algo cicatrizada
ya: «tristón» es menos que triste) ; en el segundo caso,
el fácil urreboto «rótioo al azar de teotacionea callej»'
rafe
[77]
LAUXAB
En la poesía Los ojos reproduce Antonio Machado,
con más viva emoción, con desgarramiento más dolo-
roso, el tema que él mismo había tratado, unos veinte
años antes, en Elegía de un madiigal Es ]a cuita del
enamorado que en vano intenta representarle, allá el
cabello de la ainada sumida en el olvido, aquí los ojoa
de la amada muerta. Allá es el perfume de una rosa,
casualmente respirado, lo que resucita la impresión
de la cabellera rubia; aquí son los ojos de olra mu-
jer, vistos de improviso, andando por la calle, lo que
realiza el milagro de una súbita reaparición pasmosa:
Salió a la calle uii día'
de primavera, y paseó en silencio
BU doble luto, el corazón cetrado. ,.
De una ventana, en el sombrío hueco,
vio unos ojos brillar. Bajó los suyos,
y siguió su camino... {Cómo ésos!
Es de toda evidencia que Antonio Machado sólo ha
podido escribir estos versos pensando en su esposa
muerta, porque de ella están llenas las Nuevas Caucio-
nes y no es creíble que hiciera así, a un lado, su re-
cuerdo, para confundir, con lo vivido, una invención
incongruente. Puede haber, y hay sin duda en la com-
posición, detalles inventados, que no provienen de
lo que ha podido ocurrir efectivamente. Del color de
los ojos no se olvida al cabo de unos años quien de
veras ha amado aunque no pueda ya representarse
aquéllos con viveza. Tienen que ser, en cambio, ver-
dad la ineficacia dolorosa del esfuerzo en que se obsti-
na por reanimar la borrada imagen de la muerte
y la resistencia que opone a la seducción sentida
a su pesar ante la belleza análoga — o distinta — de
otras mujeres encontradas al acaso. No son culpables
[781
MOTIVOS DE CRITICA
ni el involuntario deatanechnienlo de la fisonomía er
los recuerdos ni la honda conmoción que se debe a
una presencia subyugante no buscada. Lo que más
enaltece la actitud de Antonio Machado en la poesía de
su viudez, lo más sentido en ella, es precisamente ese
dolor por el recuerdo que se pierde. Lo llama, con es-
tupendo acierto de expresión vivísima, «doble luto»,
porque a la pena de la muerte se añade la pena del
olvido.
Ese dolor inspira otras dos páginas del libro. El amor
y la sierra y, la más admirable entre ellas. Los sueños
dialogados. No es la ejecución de la primera mayor-
mente feliz. Choca en ella, por su artificio, la trans-
formación del retumbar de los truenos con los ecos
de la serranía, en balón que rebota de monte en monte.
Esa imagen ni realza ni siquiera consigue el efecto de
espanto que se atribuye a la tormenta: es inútil y de
mal gusto; nada gana el repetido estallar del trueno
en resonancias lejanas, con esa idea de una pelota
que va y viene por el espacio a través de enormes dis-
tancias. (La tormenta se convierte así en confusión en
un partido footballero o de balompié, como diría Ma-
riano de Cavia) . Quitada esa nota inconveniente, y con
ella algún otro defecto (rima de caballo con ravo, una
desinencia verbal impropia, las cuatro últimas pala-
bras del verso final), el soneto sería un prodigio. Lo
es su idea madre. Cabalga el enamorado por unas sie-
rras abruptas; estalla una tormenta horrorosa; cuan-
do aquél costea un precipicio, el relámpago encabrita
al caballo, que está a punto de rodar al abismo. En
los peligros extremos, ante la amenaza de la muerte
inminente, se recurre a Dios, la idea de Dios se pre-
senta, sorpresiva, a la mente: ¿será eso lo que se pro-
duzcta en este caso ?
£79]
LAUXAH
Y hubo visto la nube desgarrada,
y, dentro, la afilada crestería
de otra aierra máa lueñe y lavantadi,
—relámpago de piedra parecía. —
¿Y vio el roatro de Dios? Vio el de ra aniadi.
Gritó: ¡Morir. . . !
No se dice en el soneto ni que el enamorado no vea
corrientemente a su amada, ni que ésta haya muerto, ni
que él haya perdido su recuerdo; pero lo sobreentien-
de cuanto el poeta ha expuesto en olrag partes de su
libro, y sin ese antecedente, que se calla, la conclu-
sión del soneto se menoscabaría: si fuera habitual la
presencia de la amada, o nada o muy poco de extra-
ordinario tendría su aparición visionaria en el supremo
trance. Para que ella sea una sorpresa entonce?, hay
que suponerla difícil, e inesperada. Ella surge de lo
más hondo y oculto del alma, de allí donde sólo se es-
peraría encontrar, en la tremenda angustia a Dios.
Fue espléndida invención del poeta cerrar el soneto
haciendo que la imagen de la amada sustituyera a la
cara de Dios anle la muerte, y que después de esa vi-
sión, ya el enamorado sólo pensara y quisiera morir.
Había al fin podido ver impensadamente a la que en
vano buscaba, con desesperado ahinco, en sus perdidos
recuerdos. Ya nada más podría la vida ofrecerle, y co-
mo quien ve a Dios, siente que ha llegado su hora. No
menos admirable que el pensamiento es la sencillez de
la expresión final, (i Lástima que en el verso último
sobren las palabras necesarias para llenar con siete
sílabas el metro, y cmnplir con la rima ! )
Son Los sueños dialogados la poesía más fina, más
exquisita, que Antonio Machado haya dedicado a la
memoria de su esposa. No figura ella, en ellos, como
[«0]
MOTIVOS DE CRITICA
SU «niña»; no es aquí la criatura menuda a quien pa-
seaba, con mimo, de la mano, por el campo. La muerte
la ha retraído y alejado. Es ahora un fantasma de gra-
cia y de ternura, que vive en el misterio y que visita
al poeta en sueños de recuerdos. El la llama «dueña
de ia faz velada» y «señora». El cariño se ha converti-
do en adoración y culto, y el sentimiento se impregna
de religiosidad fervorosa. El canto, como decía Lámar-
tine, como repetía Antonio Machado, acaba en rezo.
No es ésta, aquí» una fórmula vacía de sentido.
Con los versos que enuncian cosas claras, perfecta-
mente definidas (aspectos del suelo, especies de árbo-
les, rasgos característicos de las cercanías y lejanías
de Soria, nombres propios de regiones, ríos y monta-
ñas), hay otro3 de significación espiritual imprecisa
o indirecta, que sugieren más que dicen (Nadie elige
su amor ... Mi corazón está donde ha nacido, no a la
vida, al amor ... El incendio de un amor prendido al
turbio sueño. . . Tomar no puedo. . . Soledad, mi sola
compañía. . , Este que soy será quien sea. . . El ínti-
mo espejo. . .), y de unos y otros emana y se difunde,
por secreta correspondencia, una emoción dolorosa
que llora lo perdido y se complace en la pena, y evoca
el espíritu de la esposa muerta como un ?er vi\o y
misterioso. La composición no describe ni cuenta: alu-
de a lugares y hechos que supone sabidos. Quien igno-
re que Antonio Machado está en Andalucía, que en So-
ria conoció a su amada, y allí se le murió y fue se-
pultada, que él va perdiendo su recuerdo, y antes ha-
bía concentrado en sí mismo toda su atención de poe-
ta, y ahora la dirige y quiere darla toda a lo que de
su dicha desvanecida le queda, que es sólo una imagen
borrosa de mujer, mal podrá descifrar esa.poesía enig-
mática. Para su intelieíencia es necesario el conoci-
[81]
LAUXAR
miento previo de la situación en que el autor se en-
cuentra, porque una disimulada influencia que se ha
impuesto en la literatura excluye a la vez, de ella, lo
narrativo por un lado, y por otro, los desenvolvimien-
tos lógicos.
No es, sin embargo, poesía que deba o pueda cada
uno interpretar a su modo. Es poesía que tiene un sen-
tido único para lodos, pero se resiste a la facilidad,
se hace difícil, por cierta incoherencia aparente de las
partes que la constituyen, y por el estilo trabajado,
que desecha lo vulgar o prosaico y acendra la expre-
sión con palabras y giros de que sólo es capaz el verso
culto. No vale citar, como ejemplo de esto, partes aisla-
das. Fuera del contexto que. las precede y las sigue,
ellas perderían mucho de su eficacia. El lector hallará,
verso por verso, frase por frase, en la composición
entera, materia abundante para entretener su curiosi-
dad. Esto es decir que Los sueños dialogados son, al
mismo tiempo que poesía de alma, obra de artista con-
sumado, como toda la producción de Antonio Macha-
do. Nada hay de raro en eso. La sinceridad no es in-
compatible con el arte y con el artificio.
No se canta cuando se está bajo la opresión del
agobio, pero se puede cantar después el dolor sufrido.
Hacía trece largos años que había muerto su esposa
cuando Antonio Machado publicaba, en 1925, las Nue-
vas Canciones. Era ya tiempo de que se hubiera resig-
nado y consolado. ¿No confiesa él mismo que se le ha
borrado ya de la memoria la imagen clara de la que
fue su «niña»? Lamenta ahora, con el amor perdido,
la apatía en que se va sumiendo a su despecho, contra
su voluntad. Querría sufrir todavía y siempre y tiene
que reanimar la pena que se le extingue a manera de
fuego que Be apaga.
[S2]
MOTIVOS DE CRITICA
Creí mi hogar apagado
y revolví la ceniza:
me quemé la mano,
(Id. CLXI, Proverbios y Cantares, CVHI).
Sí bien se mira, en an lamentación, la amargura de
la soledad sustituye a la pena de la pérdida experi-
TTiRntarla. Lo que llora a] fin e? el dolor de no seguir
sufriendo. No se le podría pedir mág.
Había hecho feliz, en vida, a su esposa. La había
cantado, muerta, en versos que serán inolvidables. Ha-
bía -cumplido asi, doblemente, con ella. Ella será, pa-
ra siempre, en la poesía espaííola, una figura hecha de
gracia y de cariño. La sabiduría griega llama dichoso
a quien muere joven» Leonor Izquierdo Cuevas, la hu-
milde niña criada en apartado lugar de Castilla, debe
a Antonio Machado una dicha de amor que la sublima
y la inmortaliza con la gloria de la po^ía.
V
-Antonio Machado, poeta, se aficionó mucho, desde
1910, al estudio de la filosofía. Había sido siempre
algo afilosofado, pero no fue nunca un filósofo. Solita-
rio y reflexivo, razonaba su desilusión y su poesía. A
fiierza de analizarse, acababa por no saber segura-
mente si eran verdaderos los sentimientos que experi-
mentaba. Dos composiciones de su primer libro, So-
lelades, — Fue una clara tarde... y ¡Oh, dime, nO'
che amiga — son bien significativas en tal sentido.
Cuando creyó haber agotado la poesía del ensimisma-
miento, quiso descubrir la que se le había ocultado en
la realidad que lo rodeaba, y miró hacia fuera, con
LAUXAR
•cnio? cargados de razón», como él mismo dice. Cantó
asi lo más hondo, lo permanente, lo «esencia!» de Cas-
tilla, que fue otra manera de hacer filosofías, con nuev
asunto. En eso estaba cuando la desgracia, con la
muerte de su esposa, lo volvió al tema personal mo-
mentáneamente. Llevó después su canto, de la admira-
ción comprehensiva de la naturaleza en Castilla, al vi-
tuperio de lo desleznahle en el espíritu de Andalucía
y de toda la España contemporánea. Es verdad que
puso en ese acometimiento más pasión que filosofía;
pero al mismo tiempo troquelaba aparte su idealismo
irónico y escéptico en Proverbios y Cantares, porque
ro podía resistirse al placer de jugar con la intelí^^en-
cía. Aunque era sentimental, era también más que
medianamente ingenioso y chancero. Lo era sobre todo
en cuestiones metafísicas y ab.«tractas, pero no deja-
ba de serlo a veces para lo afectivo y lo íntimo. Kn las
Nuevas Canciones, tan llenas de su amor lastimoso,
y precisamente junto a versos qae recuerdan a su
«niña» muerta, ¿no canturrea, jocoso, que
A las palabras de amor
Ies sienta bien su poquito
de exageración?
La vida es buena y mala, prodiga y niega sus fa-
vores, trueca las alegrías en penas, y ella misma cica-
triza frecuentemente las heridas que hace. Todo esto
es filosofía barata, de sensatez juiciosa, en apotegmas
de Perogrullo. No es, por cierto, la filosofía que in-
teresaba la mente de Antonio Machado ; pero sin que
él lo quisiera, se verificaba en su existencia.
Desde la primera reedición de sus Poenns Co--> nie-
tas, en 1928, figura en esta obra la glosa De un Can-
[84]
MOTIVOS DE CRITICA
cionero Apócrifo, que él atribuye a un «poeta y filóso-
fo», Abel Martín, de tal manera parecido a él mismo
en el pensamiento, que si no es su retrato, es a lo me-
nos su caricatura. Dice y repite allí que Abel Martín
era «en extremo, erótico» y «mujeriego», y aun agrega
a esto, sobre ese personaje inventado, algo que no es-
taría bien que se consignara acá por su crudeza inde-
corosa. De la supuesta filosofía de Abel Martín hace
Antonio Machado una exposición sumaria, que es un
tanto ligera y por demás festiva, acerca del imposible
conocimiento de la realidad. Eso no es más que un
eco, intencionalmente deformante y cómico, de la es-
cuela existencialista, que está de moda y que él acep-
ta sin angustia y, al contrario, con regocijo eaccptico.
Algo de eso trasciende a lo que expone sobre el
amor, a cargo siempre de Abel Martín. Nada tienen
de halagadoras para el ser amado las ideas que él
presta a su maestro sobre este punto. Ellas derivan,
en parte, del idealismo absoluto, que niega al espíri-
tu humano toda aprehensión extraña a sí mismo, y en
parte, de la teoría sobre la «cristalización» amorosa
creada por Henri Beyle, que tanto se difundió, más
o menos libremente, de una u otra manera, entre no-
veli='-ti:s y poetas. Nace el amor, no del efecto que pa-
rece producir quien lo recibe, sino de un exceso de
vida en quien lo experimenta, y nunca el enamorado
llega a conocer a ía persona amada. Antes de haberla
encontrado, ya tiene en sí, aunque no lo advierta, la
propensión a amarla. Amará necesariamente a la cria-
tura, cualquiera y como quiera que ella sea, sobre quien
proyecte una ilusión de cuerpo y alma que responda a
su deseo ansioso.
Quien así piensa o de esta manera entretiene su in-
teligencia con juegos sutiles^ parece, más que un aman-
[85]
I.AUXAB
te ferv'oroso o desesperado, un espíritu recalcitrante, y
sin embargo cuando Antonio Machado exponía, a
cuenta de Abel Martín, esa ideología irónica, se ha-
llaba entre dos amores, el de su esposa muerta, a
quien había llorado amargamente, y el de una mujer
oculta a quien llama Guiomar en cartas y poesías. No
es esto decir que la filosofía o el canto de amor han de
ser, en la obra de Antonio Machado, sospechosos de
falsedad. Los más extremados idealistas, que niegan
el conocimiento del mundo exterior, viven de éste y
en él, como cualquier criatura de barro humano, por-
que la inteligencia puede muy poco sobie el cora-
zón y el instinto.
Es indudable el escepticismo ideológico de Antonio
Machado, establecido sobre sólidas bases, con exce-
lente argumentación, pero acaso no irrebatible, y no
hay motivo valedero para poner en duda el claro sen-
timiento de su poesía, aunque no se olvide que a él
no le parece mal, en las palabras de amor, su tantico
de exageración.
Son poquísimos los versos dedicados a Guiomar,
peroi en cambio, no escasean las cartas que le escri-
bía. De ellas ha dado a luz, en fragmentos, una buena
parte, la Sra. Concha Espina, con farragosos comen-
tarios, bajo el título De Antonio Machado a su Gran-
de y Secreto de Amor. (1950).
Según la Sra. Concha Espina, las relaciones amoro-
sas de Antonio Machado y Guiomar habrían comen-
zado hacia 1928 y fueron rotas o interrumpidas, tras
siete años de asiduo trato platónico, a fines de 1935 o
principios de 1936. Primero una desinteligencía, des-
pués la desastrosa guerra española (1936-1939) ha-
[86]
Mqrivoa vs critica
brian sido causa de la separación definitiva*. Guio*
mar, refugiada en las provincias del norte o fuera de
España, no habría logrado comunicarse con el poeta, y
habría sufrido la tortura de no poder, por eso, desen-
gañarlo, cuando él lamentaba, sin fundamento serio,
su desvío, y hasta renegaba de su amor, en estos
versos:
Cuíomar, Guíomar,
mírame en tí castigado:
reo de haberte creado^
Ta no te puedo olvidar.
Habría sido, su amor, un secreto para todos: los ena-
morados se encontraban a escondidas, y tenían, para
ello, un «rincón» fijo. Muerto el poeta, ella le habría
sobrevivido unos cuatro años, hasta 1943. No da más
noticias la Sra. Concha Espina, aunque seguramente
algo más sabría y ha querido sobre ello ser reservada.
Aunque nuestra curiosidad lo resienta, es justo reco-
nocer, en esa prudencia, una actitud respetable. Con-
fiemos en que, descubierto ya el secreto, no ha de fal-
a Es error Indudable de la Sra. Concha Espina decir que
la guerra española transformó en senaraci-Sn rfefi'^i-"'!» tm
desacuerdo entre Antonio Machado y Guiomar producido por
motivos de poca Importancia. Lro que ella misma reproduce
de las cartas patentiza, al contrario, que si hubo primero una
desinteligencla entre ellos, debió disiparse ésta antes de la
guerra. No ae explicaría de otro modo la última carta da
Antonio Machado, escrita según la Sra. Concha Espina, cuan-*
do la guerra los separó ya para siempre, al eallr Guiomar
de Madrid; porque esa carta supone una relación actual y
porque en ella se alude a un encuentro inmediatamente an-
terior de loa enamorados. La Sra. Concha Espina, por otra
parte, parece no haber conocido ni el pequeño poema de
acercamiento amistoso publicado en Juan de Mairena junto e
Jas Canciones ni el soneto nostálgico aparecido en la revlata
«Hora de España» Ni XVni. de junio de 1938, al que pertene-
cen estos dos versos:
Acaso a ti mi ausencia te acompafia.
A mí me dude tu recuaordob dloM.
[ft7]
LAtJXAR
tar quien lodo lo ponga en claro, o por lo menos am-
plíe esos informes.
Hay en el amor de Antonio Machado y Guiomar al-
gunos puntos muy oscuros. Desde luego la ocultación
induce a considerarlo irregular. ¿Sería casada la da-
ma? Las cartas se han publicado truncas. Se dice que
fisí estaban cuando llegaron a las manos de quien las
publica. Poco importa saber quien las haya mutilado,
pero no es explicación satisfactoria que la destinataria
debió de eliminar de ellas, con recelo de peligros, par-
tes que podrían ser comprometedoras en la bárbara
guerra de España. Las cartas eran anteriores a la gue-
rra, y no es de creer ni que en ellas la política fuera
tema corriente, ni que, por lo mismo, pudieran ellas
prestarse a aquel temor. La explicación, que es mala,
refuerza los motivos de sospecha. ¿Habría, en las car-
tas, indicios de conducta libre o desarreglada? No da
fundamento seguro a semejante conjetura lo que se
conoce; antes, al contrario, parece rechazarla, y esto
es otro problema delicado en el asunto.
Según la Sra, Concha Espina, el amor fue «platóni-
co» siempre. Hay buenas razones para admitir que,
por lo menos durante algún tiempo, acaso largo, no
fue carnal. Habla una carta de cómo, cuando Anto-
nio Machado conoció a Guiomar, estaba elaborando
la comedia La Lola se va a los Puertos y agrega que
el primer acto, que ya estaba, en gran parte, escrito,
fue modificado para personificar en la protagonista
a Guiomar. Dice más todavía: que a no haber cono-
cido a ésta, nunca al poeta se le habría ocurrido «san-
tificar» a una cantadora: «Escrito estaba ya gran par-
te del primer acto antes de conocerte. El propósito de
sublimar a la Lola es cosa mia. Se me ocurrió a mí
pensando en mi diosa. . . A tí se debe, pues, toda la
[88]
MOTIVOS DE CRITICA
parte transcendente e ideal de la obra. Porque yo no
hubiera pensado jamás santííicar a una cantadora». Y
se lee en otra carta: «En todo lo que escribo y escri-
biré hasta que me muera estás tú, vida mía. Todo lo
que en la Lola aspira a la divinidad, todo lo que en
ella rebosa del plano real, se debe a tí, es tuyo por
derecho propio. Mío no es más que la torpe realización
de una idea que tú y sólo tú podías inspirarme». Aho-
ra bien, la Lola, en la comedia, es un dechado im-
poluto de castidad, y mal sentaría que el amante la
presentara, como su retrato, a una compañera que en
eso, precisamente, desmereciera del personaje inven-
tado.
En el mismo sentido abundan otras cartas. Desgra-
ciadamente ninguna es bastante clara y ninguna tiene
fecha, y no es imposible que las que interesan al caso
correspondan todas a una misma época. A medias pa-
labras, entre despechado y conforme, se queja el poe-
ta de que algo falte a su amor, de que una renuncia
obligada lo haga incompleto. Puede entenderse que se
trata sólo de las dificultades que una situación vi-
driosa opone al deseo de una intimidad menos estor-
bada, más Ubre, en sus manifestaciones afectivas, sin
que en ello entre para nada la sensualidad; pero no es
temerario presumir que la delicadeza ha velado, en
esas palabras, el descontento de la carne. Así, dice una
carta: «Cuando en amor se renuncia — aunque sea
por necesidad fatal — a lo humano, demasiado huma-
no, o Bo queda nada — es el caso más frecuente en-
tre hombres y mujeres — o queda lo eterno» ¿Nece-
sidad fatal? ¿Renuncia a lo demasiado humano? No
parece que haya aquí lugar para la menor incertidum-
bre acerca de lo que sea lo «demasiado humano»;
pero esa renuncia impuesta por la fatalidad ¿qué sig'
[89]
LAUXAB
nífica? ¿La hace fatal, o sea ineludible, para uno de
loa enamorados, la resistencia inexorable del otro?
¿O media, acaso, otra clase de impedimento? Las dos
frases que siguen de corrido a lo transcrito son inquie-
tantes: «¡Ay! Yo no dudo de mí. Pero tú, reina mía,
¿no serás tú la que algún día se canse de este pobre
poeta?» Dice otra carta: «... somos demasiado bue-
nos. ¿Tendremos que arrepentimos de ello algún día?
Arrepentirse de la virtud. ¡Extraña paradoja! Las ver-
dades vitales son siempre parad ógicas y absurdas. Sólo
tú, con tu gran talento, comprendes lo que quiero decir,
y aun lo perdonas en el fondo de tu corazón. Porque
todo es amor, diosa mía: lo que te digo y lo que me
callo». Y dice otra carta: «A pesar de Homero, el ciego
y maravilloso poeta, los poetas necesitamos de los
ojos, aunque yo alguna vez reniego de ellos.
Porque más vale no ver
fruta madura y dorada
que no se puede coger>.
No prosigamos solicitando textos. Otros hay concor-
dantes con los transcritos, pero bastan los aducidos
para tener por cierto que, si el amor no fue «platóni-
co» en el deseo, fue, de hecho, retenido en su impulso
carnal, por lo menos, durante algún tiempo. ¿Fue
siempre así? La Sra. Concha Espina lo asegura, y
nada hace que eso fuera imposible. Para las personas
maduras que han conocido los tormentos de las pa-
siones sensuales, el amor casto puede tener el encanto
de una voluptuosidad noble y tranquila que sabe defen-
derse de la intemperancia y la monotonía del placer ya-
imposible o gastado'. Bien hubiera podido ser ése el
oaao d« Antonio Machado con Guiomai:.
[SO]
MOTIVOS DB CMUCA
No es argumento de fuerza decisiva en contra que los
enamorados tuvieran bu «rincón» fijo para encontrar-
se. Ese «rincón» de las citas pudo ser, lo mismo que
una pieza reservada, un sitio elegido en algún café
oscuro. La Sra. Concha Espina publica una fotogra-
fía en la que se ven el ángulo formado por dos pare-
des, una mesa con un botellón, dos tazas y dos vasos,
dos sillas y un calorífico y. , . nada más. Las paredes
lucen un zócalo decorativo y el piso es de baldosas. En
las cartas se habla del frío que molesta a Guiomar y
de una estufilla que se podrá encender para confor-
tarla. Cuadra bien con tales indicaciones la fotografía,
pero no deja de sorprender ese rincón, así aislado,
sin ningún otro detalle del lugar. Hay en las cartas
dos líneas desconcertantes: Guiomar acaba de mar-
charse del «rincón» después de una entrevista dicho-
sa; Antonio Machado se ha puesto a escribirle en se-
guida, allí mismo, porque de ese modo prolonga su
alegría del momento, contra la impresión de soledad
que lo asalta. Las últimas palabras de la carta 80n
éstas: «Son las diez y media. Comienzan a venir gen-
tes alegres. Es día de moda — me ha dicho el mozo —
en esta casa. Yo me voy a la mía». ¿Qué especie de
sitio puede ser ése que tiene, para la gente alegre, sus
días de moda?. . ,
Vivían Guiomar en Madrid y Antonio Machado en
Segovia. En Madrid estaba el «rincón» de los encuen-
tros, pero alguna vez iría Guiomar a Segovia para vi-
sitar al poeta. «Tengo unas matas de romero que aro-
man la habitación y me han puesto un brasero en la
camilla, que no calienta demasiado. Pero todo se arre-
glará. Tú no dejes de venir un momento a hacerme
compañía. Si vieras cómo me consuela esta ilusión.. .
Aquí, en esta loledad, con este lilencio, «oy feliz a
veces pensando que estás realmente a mi lado, Muchas
veces, pudiendo quedarme en Madrid, he venido a Se-
govia sólo para esperarte aquí, para pensar en tí en
este rincón. Porque es aquí donde pienso que me quie-
res más, que es más mío el corazón de mi diosa».
No le bastan al enamorado las citas convenidas;
quiere ver siempre a su amada, y pasea disimulada-
menle su calle a «la hora del último sol», con la espe-
ranza de sorprenderla en el balcón; pero debe al fin
desistir de esta ventura furtiva, porque ella no se la
permite, para prevenir toda sospecha. «Es otra ima-
gen adorada para el recuerdo, y sólo para el recuer-
do; el balcón de la diosa. Pero fiel a tu mandato, no
he vuelto a pasar por allí. ¡Adiós, altar de mis oracio-
nes, donde, a mi manera solitaria, tanto peregriné!
Compadece a tu pobre poeta, siempre luchando con
la distancia».
Gomo lodos los que aman, y mejor que el vulgo de
ellos, sabe Antonio Machado acompañarse imagina-
riamente con su amada cuando está solo. La lleva siem-
pre consigo en sus vagabundeos de solitario. La au-
sencia, cuando no median motivos de inquietud, se le
puebla de buenos recuerdos e ilusiones halagadoras.
Evoca, a solas, su compañía en el cuarto que habita
en Segovia. «Adiós — le escribe, al cerrar, con la des-
pedí aa, una carta — . Me voy a soñar contigo por esas
calleg de Segovia», y en otra: «Sueño con tener aquí
a mi diosa y pasear con ella, con lo imposible. . .».
Sueña £on Guiomar, despierto, y sueña también, por
supuesto, con ella, dormido. Despierto, se forja y esco-
ge a su gusto las imaginaciones que más lo contentan;
pero dormido, el sueño se las compone, buenas o ma-
las, y él nada puede contra lo que su propio espíritu
le ofrece. «Lo maravilloso del espirita ea el poder mi-
[92]
MOnVOS DE CRITICA
lagroso de elegir entre las imágenes y cambiar a vo-
luntad unas por otras. Claro está que esto no siempre
es posible. Sobre todo en los sueños y en los estados
de abatimiento, nuestras imágenes son más impuestas
que elegidas».
En la más extensa de las cartas publicadas, refiere
un sueño de casamiento imposible con Guiomar, que
le trae recuerdos tristes de su casamiento verdadero
con Leonor, pero no acaba el relato: lo corta con la
expresión «de alegría y de orgullo» que le proporcio-
na la ceremonia soñada, porque ella hacía público su
amor secreto. «El resto del sueño» — termina — «no
te lo quiero contar. Es demasiado feliz, aun para sue-
ño».
Romeo, enamorado instantáneamente de Julieta, a
primera vista, después de haberse mostrado loco por
Rosalía, se pregunta a si mismo, atónito y perplejo,
¿si amó antes jamás? Shakespeare hace a Romeo jo-
ven, apenas más que adolescente, pero Antonio Ma-
chado contaba ya más de cincuenta años, cuando co-
nocía a Guiomar, y enamorado en el umbral de la
vejez, piensa y dice, como Romeo, que no pudo haber
fm^Ho antes nunca. Es fama que el amor es ciego y
loco: hace perder, con el juicio, la memoria, y cuando
no puede tanto, procura por lo menos^ engañar y en-
gañarse con sofismas y paradojas: «...yo no he te-
nido más amor que éste. Ya hace tiempo que lo he
visto claro. Mis otros amores sólo han sido sueños a
través de los cuales vislumbraba yo la mujer ideal,
la diosa. Cuando ésta llegó, todo lo demás se ha bo-
rrado. Solamente el recuerdo de mi mujer queda en
mí, porque la muerte y la piedad lo ha consagrado».
Hubo, entre los más devotos admiradores del poeta,
quien se indignara contra esta aparente renegación
LAUXAR
del hondo y largo culto profesado, con ternura angus-
tiosa, a la «niña» de Soria, y hasta haya supuesto que
la última frase transcrita debía de ser una interpola-
ción falsaria. Es una impertinencia. La letra es,
desde luego, idéntica en esas palabras y en lo demás de
la carta. Por otra parte, sin esa frase, las precedentes
dirían lo mismo, y lo que es peor, desaparecería la dife-
rencia que ella hace entre el amor de la esposa y los
otros amores o amoríos. No está bien que se exija del
amor lo que no consiente la vida. Antonio Machado ha-
bía cumplido omnímodamente con su esposa. La había
hecho feliz, en TÍda, con su cariño callado. La había
atendido, con solicita abnegación, durante su lenta en-
fermedad. La había encumbrado, muerta, al honor de
las raras criaturas que la poesía eterniza en la memoria
de los hombres. No pudo hacer por ella nada más. Poco
a poco, imperceptiblemente, había el tiempo realizado
su obra desgastadora. £1 había desvanecido, en vagas
lejanías, la imagen de la amada. De ésta no le quedaba,
al corazón dolido, más que un vacío inmenso. La ines-
perada aparición de Guiomar vino a colmarlo de pron-
to con irresistible avasallamiento. Antonio Machado
amaba de nuevo, y de otra manera, como no había
amado antes. Podía sinceramente decir que no había
amado así nunca, porque era ahora su amor muy otro.
Había sido para Leonor, un sentimiento, casi pater-
nal, de protección, de amparo, de condescendencia. Era
para Guiomar, de subyugante admiración, de sumiso
acatamiento. Leonor había sido su «niña» : era, Guio-
mar, su «reina» y su «diosa».
No sabe Antonio Machado cómo explicarse este
amor, que es toda su vida. Piensa que, sin conocer
' Guinmar. la estuvo esperando hasta que dio, al fin,
con ella en bu camino. «Toda una vida esperándote,
MOTIVOS P» CRITICA
sin conocerte, porque, aunque tú píenaee otra cosa,
toda mi vida ha sido esperarte, imaginarte, soñar con-
tigo». Una fuerza fatal, soberana, un poder avasalla-
dor, al que ni siquiera puede suponer resistencia algu-
na, lo ha entregado rendidamente a ella: «¿Cómo has
conquistado a tu poeta? Tú tan serena, tan suave,
Jtan fuerte! ¿De qué sustancia invisible es la cadena
que me echaste al cuello? Y todo ain pretenderlo. Esa
es la diferencia entre la mujer y la diosa. La mujer
se propone atraer, a la diosa le basta ser para domi-
nar. En verdad que ya podría yo morirme, porque
¿qué más puedo yo esperar de la vida?» Y entonces
comprende o cree sentir que no es lo que experimenta
un afecto nuevo que simplemente se infunde en su
exisíencia, y se posesiona de ella, y la acrecienta en
lo presente, con perspectivas de futuro, sino que tam-
bién 86 vuelve a su pasado y le da un sentido cierto de
vacío, de preparación, de espera, en la ausencia del aer
qué ha de amarse, que se ama ya sin advertirlo «Por-
que esto tiene el enamorarse de una mujer, que nos
parece haberla querido siempre. ¿Cómo te explicas tú
esto? Yo me lo explico pensando que el amor no sólo
influye en nuestro presente y nuestro porvenir, sino
que^ también revuelve y modifica nuestro pasado. ¿O
será que, acaso, tú y yo nos hayamos querido en otra
vida? Entonces, cuando nos vimos, no hicimos sino
recordarnos. A mí me consuela pensar esto, que es lo
platónico».
Suele acompañar a las grandes pasiones eróticas
una ansiedad que se hace atormentadora, particular-
mente si el amor no es bien correspondido o concibe
desconfianzas, tropieza con dificultades o recela peli-
gros; porque el enamorado vive pendiente del arbi-
trio ajeno, d«] capricho, del azar, de las drcunstan-
f 96]
LAUXAR
cias. Antonio Machado atrituye esa inquietud de su
amor, que puede acaso deberse, como un remordi-
miento oscuro, a las disipaciones o ligerezas de sus
desarreglos anteriores, a una causa menos vulgar. Ella
sería el agobio que le resulta de no haber encontrado
antes a Gui ornar, de no haberla podido amar siempre.
«Esta teoría del recuerdo en el amor puede también
explicar la angustia que va siempre unida al amor.
PoríTue el amor verdadero — no lo que los hombres
llaman asi — empieza con una profunda amargura.
Quién no ha llorado — sin motivo aparente — por
una mujer, nada sabe de amor. Así el amante al ena-
morarse, recuerda a la amada, y llora por el largo ol-
vido en que la tuvo antes de conocerla. Aunque te
narezca absurdo, yo he llorado, cuando tuve concien-
cia de mi amor hacia tí, por no haberte querido toda
mi vida».
El no acierta a decir la impresión que la presencia
díT Guiomar le produce. Es probable que ella le escri-
biera una vez que había notado, como a él se le cam-
biaba la fisonomía de pronto en algún encuentro, de-
lante de otras personas, que hubieran podido observar
esa transformación, porque él le contesta: «Sí, es ver-
dad, se me ilumina el rostro cuando te veo». Estar
con ella es revivir, renovarse, acopiar fuerzas, para
sobreponerse al abatimiento er que lo postra la sepa-
ración: «Después de tantos días de esperarte, diosa
mía, al fin te he visto, y de ese modo vuelvo a plena
vida cuando ya se me iba acabando . . . Después de
verte, salí de nuestro rincón como hombre nuevo . . .
¿Qué mágica virtud hay en tí, diosa mía?» «No es-
toy bueno, dicsa mía. Sólo a tu lado me siento vivir
intensamente, con olvido de todo. Sí, en estos momen-
tos soy feliz, fuerte, joven, sano... Después empiezo
[96]
MOTIVOS DE CBIMCA
a decaer y recaer en mi abatimiento». Por eso, y para
atraerla a ai más y más, le repite que ella es el mejor
remedio para todos sus males y dolencias, y le ruega
que no deje de visitarlo cuando sepa que está grave-
mente enfermo: cY de toda terapéutica, es la tuya,
diosa de mi alma, la única eficaz, la de tus letras y la*
de tus palabras ¿Sabes? Sobre todo, la de tu presen-
cia». «Si algún día sabes que estoy enfermo ~ muy
enfermo — no dejes de venir a verme. Será para mí
un gran consuelo. Porque tú eres, no dudes, el gran
amor de mi vida. No dejes de recordarme en tus ora-
ciones, como yo te tengo siempre en las mías».
Ajna Antonio Machado a Guiomar con fruición de
los sentidos, pero sobre todo la ama de corazóü, con
toda el alma. Le estalla la sensualidad repentinamente,
con palabras ardorosas: «Todo es amor, diosa mía:
lo que te digo y lo que me callo». «A tí, y a nadie más
que a tí, en todos los sentidos ¡todos! del amor, pue-
do yo querer». «Lleno estoy de tí, diosa mía. Abrasa-
do me tienes en un fuego de que tú eres inocente. En
él quiero consumirme». Pero más que estas explosio-
nes de la sangre encendida, sorprenden y asombran,
por su índole y por su intensidad, los arrobos y dea-
mayos de la entereza viril, los deliquios sentimentales,
bajo la fuerza avasalladora de la pasión que lo sub-
yuga: «,..a tu lado, apenas hablo; te miro, nada
más. Aparte de eso, sólo sé llorar o besar tu mano
de diosa» «¡Ay! Tú no sabes bien lo que es tener tan
cerca a la mujer que se ha esperado toda una vida, al
sueño hecho carne, a la diosa... Ahora que estoy
solo, quiero llorar un poco, de amor, de gratitud, si
no se me rompería el corazón». Contemplar a la ama-
da, en éxtasis, entretener con ella la imaginación con
recuerdos y quimeras, — cosa propia de todo amante
£«]
T-4t.
cumplido — es, para Antonio Machado, una manera
de culto religioso: a eso le llama él «rezar».
El amor, que es toda su vida, hace, naturalmente,
qufi él piense en la muerte; «Sin tí, hace ya tiempo
cpje yo no viviría, y asi, mi vida no es más que un
homenaje a mi diosa», t ¡Tantos días de ausencia! . . .
La hora del último sol * es hoy para mí la más triste
de todas. ¡ Dios mío! Otra vez vuelvo a pensar en mo-
rirme». c...Haa de perdonarme que yo más de una
vez haya pensado en la muerte para curarme de esta
sed de lo imposible».
Vive así, en adoración perpetua. Es un esclavo de-
voto y contento, que sólo pide, como gracia inmere-
cida, la presencia de su «reina» y de su «diosa», y está
siempre dispuesto a contentarse con lo que ella le con-
ceda. Por ningún lado se descubre, en las cartas, ni
el más leve indicio de altivez o de impaciencia. Es
cierto que las cartas publicadas pudieron ser escogi-
das pata que en ninguna apareciera Gui ornar en situa-
ción desfavorable, pero de cualquier modo, lo que re-
mita de lafl cartas conocidas está fuera de toda smpe-
cha o duda.
Las cartas, que tanto abundan sobre lo que siente
y piwisa Antonio Machado, sobre su intimidad fervo-
rosa y triste, apenas exponen algo sobre lo que es efec-
tivamente Guiomar. Quisiera uno conocerla en su as-
pecto, en su vida, en su alma. La Sra. Concha Espina,
que no la vio nunca, informa, por referencias^ que era
de origen andaluz, «alta, esbelta, de arrogante apos-
tura, morena clara, de cabello negrísñno, grandes y
4 Era la hora «i que, pasando frente a bu casa disimuli-
dnnrarte, BtíUm. wla en el balcón, haita Que ella le negó que
Ifi taJdera.
[08]
MOTIVOS DB carricA
belkjs ojos, labios de encendido color, fina mano se-
ñoril». Se sabe, por una carta, que ella vivía con per-
sonas de su familial, y se nos dice qae estuvo sola du-
rante loa cuatro años que precedieron la muerte del
poeta, P^ffisto que él la llamaba «reina» y «diosa», hay
que iroagimarla de estampa soberbia y de temple gallar-
do. Alaba Antonio Machado en ella el pelo negro,
«úbíco* y, por eso, «inconfundible», que le permite'
recosMceiia de espaldas, en la concurrencia de un tea-
tro. Pondera su voz, que se le queda en los oídos y
qae recuerda como si lo estuviera oyendo, con la que
también, sueña (como soñaba con Li vor de sn espo-
sa). Lo» oyoa, «preciosos», «maravillosos», se le ha-
cen cindefinihles.. No encuentra elogios suficientes
para ellíja y para los labios; los nombra, nada más,
con exaltación y pasmo: «¡Ojos y labios de mi dio-
sa!»- Habla, cott mirao gracioso, de su cuerpo, que no
condente en separar de su alma: «Cuida tu cuerpeci-
to, diosa mía, que aunque tú eres sobre todo el alma,
él es también de Dios, y por cierto de los que hace
catando está de buen humor y se esmera en sus obras» "
«Su cuerpo tan precioso y tan defendido por el ahna
^oe lleva dentro». A veces la llama «salada» y «sala-
dita» y «jimciil», en celebración de su gracia, y le
encarece el talento.
Tres únicas preoci^aciones de Guiomar, — fuera de
su interés en ocultarse—, descubren las contestacio-
nes que recibe ella de Antonio Machado. Es una el cui-
Comitárese coa lo que se dice de la Lola en la comedia:
ío qoB hace Dios cuando está
dfe buen humor, y se esmera
una miajita en sus obras.
(Acto I, escena IH).
[09 3
dado que le causa la mala salud del poeta, y otra, el
disgusto de verlo siempre descompuesto en su indu-
mentaria. Más que éstas, importa la que se debe a la
condición de mujeriego de su enamorado. La había
confesado él en su Retrato y se la atribuía a su cari-
catura Abel Martín. Ella no podía ignorarla, y sabía
además que, al tiempo de entablar relaciones con ella,
mantenía trato íntimo con otra mujer. ¿Qué pensaba
acerca de las explicaciones, un tanto estrafalarias, de
su amigo, sobre la inconsistencia de los amores y amo-
ríos que precedieron a su gran pasión actual? ¿Podría
acaso creer que en todas sus aventuras no hacía más
que buscar a la mujer que no encontraría hasta co-
conocerla a ella? ¿Qué efecto le produciría la idea de
que era su amor de ahora la necesaria prolongación
de un amor concebido en una existencia olvidada? Es
muy probable que todo eso le pareciera a la vez hala-
gador y ridículo. No estaba mal para homenaje de la
«reina» y de la «diosa», pero la mujer «salada» segu-
ramente sonreiría para sus adentros, y aun reiría con
donaire burlesco, a esos requiebros filosóficos. Lo que
no le sentaba de ninguna manera bien era que su poe-
ta pudiera solazarse con la daifa de sus desahogos an-
teriores. Antonio Machado protesta contra semejante
sospecha: «No, preciosa mía, ni por un momento pien-
ses que hablé con esa mujer, que no es nada para mí.
¿Lo fue alguna vez? Mal me conoces si piensas otra
cosa. En mi corazón no hay más que un amor, el que
tengo a mi diosa. Tu poeta no te miente, no podría
hacerlo aunque quisiera. Tampoco tu poeta es capaz
de acompañar un amor verdadero con caprichos de la
sensualidad. Esto es posible cuando el amor verdadero
no tiene la intimidad que el mío, su hondura, su carác-
ter sagrado. Yo te agradezco tu poquito de rabia, sala-
MOnVOS DE CRITICA
dita mía, porque es señal que me quieres, pero no la
tengas».
Es posible que entre Antonio Machado y Guiomar
haya habido, como en todos los amores largos, sus
diferencias y altibajos, aunque el absoluto dominio de
ella y el entero rendimiento de él hayan favorecido la
buena armonía en su trato difícil y espaciado. No de-
latan las cartas ni la menor desavenencia. Separó defi-
nitivamente a los amantes la guerra española. «¿Qué
va a ser de mí cuando te vayas?» preguntaba Antonio
Machado en ocasión de un alejamiento pasajero, y
apenas separados, al quedar solo después de una de las
acostumbradas entrevistas, se ponía a escribir en segui-
da a su amada: «¡Adiós, mi diosa, mi vida, mi gloria!
Aquí se queda tu poeta con la ilusión . . . con la con-
ciencia de que es una ilusión el tenerte todavía a su
lado ... Y cuando pasen estos momentos del tránsito
de tu presencia a tu recuerdo, que son los verdadera-
mente trágicos, volveré a ser feliz con tu imagen, reme-
morando y recordando una por, una tus palabras y tus
labios ¡y tus ojos!» El cuenta, para aliviarse el tor-
mento de la ausencia, con el consuelo de los recuerdos,
que reanima, y de las ilusiones que se forja. Sobrepuja
así, con au imaginación, a la realidad, y se compone
una dicha con lo imposible mientras puede alimentar
la certeza de reunirse a ella tras una pausa más o me-
nos larga. Pero llega el momento de la separación que
puede ser final, de la que no hay motivo razonable pa>
ra esperar que cese pronto o que termine algún día.
Guiomar abandona a Madrid amenazado por la gue-
rra; Antonio Machado queda con el presentimiento,
o por lo menos con el temor, de haberla perdido para
siempre. Escribe entonces la última carta que de él
recibe su amada. £n eUa quiere mitigar la pena de la
[101]
despedida. Procura infundir una confianza dudosa,
que él no tiene. Calla y guarda para sí la tristeza que
lo abruma. Apela malamente a bus filosofías de soña»
dor escéptico para dar ánimos contra la adversidad.
¿N© puede acaso revivirse imaginariamente la dicha
que se ha gozado? ¿IVo está el amor hecho de quime-
ras? «Ya se fue la diosa: ¿la volveré a ver? Quisiera
apartar de mi pensamiento toda tristeza para que mis
letras no lleguen a tí impregnadas de una melancolía
que por nada del mundo quisiera yo que fuese, conta-
giosa. Hay que buscar razones para consolarse de lo
inevitable. Así pienso yo que los amores, aún los más
«realistas», se dan en sus tres cuartas partes en el re-
tablo de nuestra imaginación. Por eso la ausencia tiene
también bu encanto, porque al fin es un dolor que se
espiritualiza con el recuerdo de las presencias. . . Mien-
tras podemos recordar — recordamos - — viviremos, y
la vida tiene un valor, el de nuestras imágenes. Ahora
te veo diciéndome adiós con la mano, el día de nues-
tra última entrevista, y tras esa imagen se me va el
corazón tantas veces como la evoco. Adiós, mi diosa,
Dios contigo y el corazón de tu poeta». ¡Pobre con-
suelo para un amor desesperado es aconsejarle que
sueñe su felicidad perdida — Dante hacia del recuerdo
feKz ea la desgracia la pena más dolorosa, pero Mueset
protestaba contra esa ingratitud del corazón ulcerado.
No sabía Antonio Machado inventar, para su enamo-
rada, otro recurso, y alguno tenía que ofrecerle. Se-
ría indudablemente decepcionante eso del amor redu»
oid« casi todo a vanos suiaíos si no se viera en ello
la sola intención de confortar a una criatura desespe-
rada, con lo único posible, en su pena irremediable.
Mucho nos hemos extendido con las (»rtas de Anto-
mo Medudo a Guxonar, porque está en ellas, más
[X021
MOTIVOS SB CRETICA
que en log versos que le dedica, la expresión de su
amor. Son muy pocos los versos, y además no son cla-
ros, ni de loa mejores del poeta. Los conocieron los
admiradores de éste, como invención caprichosa de so
ingenio, en varias ediciones de su obra (1933, 1936),
sin que en ellos advirtieran ni llegaran a vislumbrar
la pasión que allí se esconde con sutil artificio. Es
posible, pero no probable que hubiera otros versos
que no han sido publicados y que pudieron perderse
con la guerra. En las cartas dice Antonio Machado que
necesita dos años de vida para preparar, entre otras
cosas, un libro que consagra a Guiomar, y ge declara
insatisfecho con lo que ha producido hasta ese momen-
to: c quisiera hacer algo que no se parezca en nada
a lo escrito hasta aquí. Porque tú me has hecho otro
hombre con tu carino, y ese otro no ha cantado toda-
vía». Confiesa, como au más alta ambición, el deseo
de cantarla dignamente: «¿No soy tu poeta? Con ese
titulo quisiera yo pasar a la historia».
Ese propósito de hacer «algo que no se parezca a lo
escrito hasta aquí» es lo que da a los últimos versos
de Antonio Machado, a partir del Cancionero Apócrifo^
una fisonomía desconcertante de enigma difícil o in-
descifrahle. Parece cosa más de la inteligencia que del
corazón, más para escrutada que para sentida. Tiene
con frecuencia el aire de una paradoja irónica, porque
envuelve y revuelve un conceptismo filosófico en for-
mas — imágenes y locuciones — de sentido inmediato
llano, que apenas corresponden a lo que se quiere sig-
nificar en ellas. Es evidentemente una poesía ardua y
que se propone serlo. Aunque Antonio Machado haga,
con Abel Martín y Juan de Mairena, la más entusiasta
apología de lo folklórico y lo popular, y prodame que
«en poesía — sobre todo en poesía — ^no hay giro o
[103 1
LAUX AR
rodeo que no sea nna afanosa búsqueda del atajo, de
una expresión directa», es lo cierto que él se ha esfor-
zado hasta el extremo límite de lo posible, que raya
con lo imposible, para rehuir loda llaneza en el estilo
e intrincar el pensamiento en fórmulas oscuras. No
se vale, para ello, ni de palabras desusadas ni de fra-
ses retorcidas. Su vocabulario, preciso y exacto, no
ofrece tropiezo alguno a las personas cultas; la sinta-
xis que emplea se permite escasas libertades que el más
severo buen sentido y una sobria elegancia toleran
cuando no justifican y aplauden plenamente.
La dificultad estriba en que todo lo dice a medias,
lo insinúa apenas, y sobre todo lo figura con represen-
taciones que, siendo o pudiendo ser ellas mismas per-
fectamente claras, sólo denotan de modo incierto lo
que es su objeto. Desecha, como antipoético, el dea-
arrollo lógico de la composición, porque la poesía es
razonable y razonada, pero no debe ser razonamiento-
Rechaza, pues, lo explicativo para que la poesía se
reciba, como afluencia del fondo emocional que la cons-
tituye, por obra y gracia de estímulos imaginarios. El
exponía en las Nuevas CancioTies que la poesía es
«canto y cuento>, que es una manera de sostener, con-
tra las exageraciones de la pretendida poesía «pura»,
que no la hay de ninguna clase cuando se elimina de
ella todo acaecer humano. En la época de su iniciación,
con las primeras Soledades, anotaba cómo en los can-
tos de los niños, la historia se hace confusa, pero se
advierte, clara, la pena, y el mismo, en sus composicio-
nes de entonces, ya aplicaba esa manera de esfumar
lo anecdótico en la expresión del sentimiento. Con las
Canciones a Guiomar, esa técnica se extrema. Del todo
elude el poeta la historia, el «cuento», y hasta la simple
mención del hecho, real o ficticio, que presta asunto
[104]
MOTIVOS DE CSmCA
O sirve de pretexto a su poesía; o cuando los índica,
hace esto en forma tan ligera y rápida, que ello pasa
inadvertido o se confunde con lo que fragua y agrega
la imaginación para producir el efecto perseguido so-
bre la sensibilidad. Queda así la poesía desvinculada,
como flotante en el vacío, sin arraigo ni enlace apa-
rente con situaciones o hechos conocidos que la moti-
ven y, por lo mismo, faciliten su inteligencia. Tiene
uno que adivinar o suponer, sobre conjeturas dudosas,
a qué ha de referirse lo que se dice. Y, por otra parte,
lo que se dice no es explícito ni llano. Así, pues, siem-
pre la expresión es indirecta, y sugiere más que declara,
y alude vagamente a ideas o cosas que sobreentiende.
Eso es, en la obra de Antonio Machado, el reflejo
de las nuevas tendencias literarias hacia lo raro, lo
difícil y lo recóndito. El no se doblega a las novelerías
de la moda, pero quiere mostrar que sabe y puede
satisfacer el gusto exigente que huye de la facilidad.
A su manera, sin descartar de su poesía el interés
primordial del sentimiento, de la emoción fina y deli-
cada, se ha hecho difícil con dos técnicas radicalmente
distintas: Por un lado, infunde en su obra de poeta un
pensamiento filosófico impreciso, que no se pone de
manifiesto, pero en todo se injiere y de todo trascien-
de; por otro lado, se vale de una forma caprichosa, de
un estilo hecho de imágenes inventadas lo más lejos
posible y fuera del orden que, en la naturaleza y en
la vida, ofrecen las cosas. Algo, por no decir mucho,
de barroquismo nuevo hay en ésto. Es seguro que no
lo aplaudiría Juan de Mairena, porque, para éste, «la
dificultad no tiene en sí misma valor estético, ni de
ninguna clase. Se aplaude con razón el acto de atacarla
y vencerla; pero no es lícito crearla artificialmente pa-
ra ufanarse de ella».
[106]
LAUXAB
Las Canciones n Cuü»mar . están divididas en dos
grupos. El primero de sólo tres composiciones, fue in-
cluido, con ese mismo título, en las Poesías Completas
de 1933; el segundo. Otras canciones a Guiomar com-
prende ocho composiciones publicadas en 1936. Son,
tanto unas como otras, pocas y breves; caben todas en
seis páginas. Las llama el autor «canciones», con nom-
bre impropio, porque realmente no cantan; más bien,
discarrm poéticamente acerca del amor y de Guiomar.
A esas composiciones bay que agregar una estrofa
de ocho versos que figura en Jwm de Mairena y un
snnelo, admirable entre lo más admirable de cuanto
salió de manos de Antonio Machado, que es parte
de la producción inspirada por la guerra española.
El primer grupo, Canciones a Guiomar^ corresponde
según lo revela su contenido, al momento inicial del
amor. En el segundo grupo, Otra^ Canciones a Guio-
mar, puede entenderse que se ha producido un distan-
ciamiento, y después de una ruptura, entre los enamo-
rados. El soneto lamenta, en el amor que persiste, la
separación obligada, que había de ser definitiva.
Canción L El poeta ha visto a Guiomar, que tiene
en la mano algo que parece un limón o un ovillo y ella
le sonríe largamente. Eso es todo lo que él recoge de la
realidad, o todo lo que inventa con elementos de ella,
— ai la escena es fingida — , como origen o punto de
partida para el poeta. ¿Es el primer encuentro de los
amantes? O si ellos se conocían ya ¿arranca de ese
momento el interés recíproco del uno con el otro? Así
lo indica lo que sigue y constiluye el tema conjetural
de la composición. En lo que puede ser un ovillo en
las manos de Guiomar el poeta imagina o presiente que
está encerrada la suerte del amor que ei^nces le nace
[1«1
MOTIVOS DE CRITICA
y que todavía no sabe cómo eerá. Ese oviUo inseguro
recuerda el que las buenas liadas entregan a algunos
ahijadlos para que ellos vayan desenvolviendo a su
antojo su vida, y puede también ser el símbolo de los
hilos con que las parcas tejen el destino de los hom-
bres. ¿No será con él urdida la trama del amor in-
cierto que se anuncia en la sonrisa de Guioraar con la
promesa -de «na ventura indefinida? El poeta querría
naturalmente que se le descifrara ese enigma.
¿Es Guiomar una mujer hecha para darse toda,
como fruta madura, al amor? ¿O sólo ha de esperarse
de ella el entretenimiento ligero de un trato vano?
¿Se abandonará ella a la pasión compartida, o al con-
trario, el encanto que en ella seduce y hechiza tienta
engañosamente una esperanza irrealizable? ¿Es ella
una ilusión elusiva, defraudadora, o trae para bu ena-
morado un verdadero renacimiento a la vida y al
amor?
Yo pregunté: ¿Qué me ofrecca?
¿Tiempo en frnto que ta mano
eligió entre madureces
de tu hnexta?
¿Tiempo vano
de una bella tarde yerta?
¿Dorada ausracia encantada?
¿Copia en el agua dormida?
¿De monte a monte encendida
la alborada verdadera?
¿Rompe» eo sus turbioB eepejoa,
amor la devanadera
de ras ccepúaculos viejos?
(Poeáas Cojttjdeka, CLXXm).
Tales son las preguntas que el poeta se hace y que
interiormente dirige a la mujer que le sonríe ooh algo
LAUXAR
que paretíe nn limón o un ovillo en la mano. Tengamos
por sabido que no era un ovillo, sino un limón eso.
que ella tenía y no creamos que el poeta no lo ha visto
claramente. Lo que él necesitaba para su poesía en
las manos de Guiomar no era ese limón desconcertante,
incongruente, sino el ovillo de las conjeturas sobre la
naturaleza del amor que se le ofrecía. Así pues, si lo
ha puesto en los versos, no es porque lo haya inven-
tado, sino porque en efecto lo ha visto en las manos
de Guiomar y ha querido introducirlo en la composi-
ción como un detalle curioso de la escena verdadera.
El limón, que no era indispensable, no resulta de este
modo un desacierto en la invención del poema, puesto
que es, al contrario, un recuerdo vivo de su verdad.
El poeta ha trasmutado en ovillo de la suerte el as-
pecto del limón, y éste en las manos de Guiomar es el
AÍnibolo que representa la acción decisiva de las par-
cas y de las hadas sobre el destino de los hombres. La
mitología griega y los cuentos orientales autorizan así
con preclMos antecedentes, que no se enuncian, pero
se sobreentienden, la imaginación poética. Tiene, pues,
Guiomar en sus manos la ventura del poeta.
Con esta idea callada elabora él, en su nuevo estilo,
el pequeño poema de la esperanza y la incertidumbre.
Lo inspira la primera impresión de inquietud amorosa
que experimenta, fascinado, ante la subyugante sonrisa
de Guiomar. Es todo esto demasiado sencillo para que
Antonio Machado bajo la influencia de una literatura
que no quiere ser fácil, consistiera en exponerlo y ex-
plicarlo. Lo pasa por alto, y sus lectores o lo suplen
con su pizca de ingenio, o lo admiran, — o dicen que
lo admiran — , sin comprenderlo. No escribe ahora
Antonio Machado, ni escribió nunca, para los cortos
de inteligencia y de cultura.
[10«]
MOTIVOS DE CBITICA
Lo esencial de la poesía, es decir toda la poesía,
está en las preguntas que el poeta se formula con imá-
genes de «tiempo», de «ausencia», de «espejos» y
«copia en el agua», sobre la índole del amor que le
brinda Guiomar sonriéndole. Es una poesía de interro-
gaciones fluctuantes. El tiempo significa en las filoso-
fías de Antonio Machado lo vivido, lo sentido, lo
«auténtico», en contraposición a lo abstracto y pura-
mente conceptual, a las entidades lógicas. La ausencia
referida a la amada no es la mera separación de he-
cho, sino la falla de intima y efectiva correspondencia
entre los amantes, la imposible compenetración recí-
proca del uno en el otro, la fatal inadecuación de la
criatura soñada, a la que va el amor, y el ser de carne
y hueso que lo recibe («La amada no acompaña: es
aquello que no se tiene y vanamente se espera». Abel
Martín.). El espejo y la copia en el agua simbolizan
el engaño que, en las apariencias percibidas mediante
los sentidos, figuran las fantasmagorías de la esperan-
za y el deseo: es la proyección del sujeto sobre las co-
sas que lo interesan. Es claro que en lo poético ha
de atenuarse y corregirse un tanto el radicalismo de
esas concepciones filosóficas; pero algo más que una
sombra o un eco de ellas hay en los versos, que sin ta-
les presupuestos no se entenderían".
6 Pretendía Paul Valéry, 7 repetía Antonio Machado, con
Stephane Mallarmé, que sólo es bueno en verso lo que de
nlniún modo puede ser algo en prosa. Es probable que ellos
estuvieran en lo cierto respecto de su poesía. No he Intentado
reducir a prosa la esencia de las Canciones a GuiomaT. Serla
lo que bago un atentado indiscutible a esa obra si con mi «k-
pUcación prosaica me propusiera sustituir tí «hechizo» de los
versos. Nada ha sido más extraño a mi propósito. Sólo pre-
tendo faciUtar la inteligencia de una poesía oscura o dlttcU
con mis puntualizaciones aclaratorias. Para el público pro-
fano puede no ser inútil znl empeño. I<os entendkioa, y sobre
todo los que xtresumen de tale», harán naturálmenta uieoe e
[109]
Canción II. Tiene la segunda canción dos partes ex<
tima» }a tina a la otra, lo mismo por su fondo que por
su forma. Hasta la métrica es en ellas diferente, — de
octasílabos en una y de endecasílabos en otra. Más
que dos partes diversas de una misma composición,
se diría que son dos composiciones independientes. Tra«
ta la primera del amor, que es para Antonio Macliado
soñar lo imposible; la segunda elogia hiperbólicamen-
te cómo todo en el mundo se transforma y embellece
por Guiomar.
Está ya d poeta hondamente enamorado y es correa*
pondido en su pasión, pero no logra ésta arranccrlo
a sus filosofías. Ama ñlosofando: filosofa su amor con
hnágenes poéticas de sentido Enigmático. Hace de
Guiemar la criatura de un sueño despierto: sueña con
ella el amor, en doble sneño, como la' fusión de sus
do» vidas separadas, en las que ellos quisieran compe-
netrarse, p«o piensa al misnao tiempo que sólo una
etnbrii^uez de sueño puede permitirle esa dicha de
sentirse unido a la que es una persona aparte, con
exiateneáa propiai y distinta, de la que en verdad nada
sabe, a pesar de que ds hecho todo lo sepa. Juntos los
eiMimoradoa, sueñan la unión imposible de sus dos
aknas' y es cada uno fatalmente una alma secreta y
cerrada en soledad iaquebrantable, contra el vano em*
peño mutuo de abrirse y darse una a la otra por en-
tero.
^leña dr peeta a Guiomar en mi jardín «alto», de
mi tacM^ odoAa par» eilog. Bs bien sablido que itada rnt^li
aa oonv«iitekt«menta. en laa gleeas de la crUiea, éi conMl-
■ilentcr disccto da una obra de arte, asi sea éLla ttaa jowfn.
una» múHGa, un euadro o un monumanto cseuItárlcD » ar-
«tiiteetáiiteo. No lo «s meaaoa, tampoco, q/aa A blea eada nao
atente- caBi«> puede las olueaa úfi arte, aljM» o mucho «tuda
pan g uaiTl a a ami«iM r pw cwiptetMiaBlas.
[110]
MOTIVOa PB CRITICA
«tiempo cerrado» con verjas de hierro, sobre un río.
Desde un árbol del jardín, junto al agua, canta una
ave «insólita», que es «toda sed y toda fuente». ¿No
será ese jardín alto, de tiempo cerrado, la parte de su
vida interior y extjerior que los amantes separan de sus
menesteres y trajines onlinarios, para su amor? ¿No
69 símbolo de su amor esa ave insólita que eo el jardín
canta y es al mismo tiempo sed y fuente, como la vir-
gen esquiva y compañera de la composición de Sole-
dades, señalada con el número XXIX en las Poesías
Completas? Del jardin el mismo poeta dedara que es
invención de los enamorados para unirse, y agrega
todavía que, juntos en él, exprimen «los racimos de un
sueño» en «limpia copa», con palabras que recuerdan
una expresión idéntica también de Soledades, Poesías
Completas, XXVIII, para indicar otra vez que el amor
todo es sueñe. Aquí esa indicación, puesto que se dice
que la copa es «limpia», para referirse al efecto es-
piritual incontanúnadí) con goces, de la carne, según
pretende la Sra. Concha Espina que fue siempre el trato
amoroso de Antonio Machado con Guiomar, y según
resalta de las cartas que lo fue a lo menos al princi-
cipio. Ese amor que los amantes sueñan hace quei, en
sa embriaguez, olviden que es imposible la dicha que
anhelan y persiguen:
No pneda ser
amor de tanta fartana:
dofr ioledades en mu. . .
La segunda parte del poema, enteramente ajena a la
idcffilogia filosófiea, repite el consab^b tópico de la
reverberación que, a los ojos de los enamoTadoB, pro-
duce la presencia de la amada sobre todas las cosas.
A travéa de las gennraciones y de los siglos, los poetas
tlM]
I.AUXAR
han cantado, unos tras otros, cómo la mujer querida
irradia, a cuanto la rodea en el mundo, resplandores
d« belleza, Antonio Machado no se queda corto en ese
encarecimiento acostumbrado. Lo hace en pocas pala-
bras, con espléndidas figuras amplísimas de olas y es-
pumas en el mar," del iris en el cielo, de canto y colo-
res en la aurora, y de asombro en la inteligencia. Estas
imágenes raras, de preciosismo estudiado, absolutamen-
te fuera de lo común, son la nota distintiva de su ori-
ginalidad en el tipo corriente de la composición. Es
una manera nueva de repetir lo gastado. Bien merece
destacarse, en el esfuerzo por salir de lo conocido, có-
mo representa la sorpresa de la admiración, con el
buho de Minerva, que para Guiomar agranda con asom-
bro loa ojos:
Por tí, la mar ensaya olas y espamae
y el iris, sobre el monte, otros colores,
y el faisán de la aurora canto y plumas,
y el buho de Minerva ojo* moyoies.
Por tí, ¡oh Guiomar!
Canción III. E^tá constituida también por dos par-
tes la canción tercera, que parecen de igual modo com-
posiciones independientes, porque no las unifican ni
el tema ni la forma, que son distintos.
En la primera parte el poeta va de viaje. Se aleja de
Guiomar, pero la lleva consigo, en su corazón y su
mente. Corre el tren hacia la mar y lo infinito devo-
rando tiempo y espacio. Van quedando atrás las cosas
del camino y de la tierra; en el cielo sigue a los ena-
morados que huyen juntos e -inseparables, una luna
llena y jadeante. Dios mismo, asi cabalgara «a lomos
del mejor corcel del viento», no podría alcanzarlos.
Puede — si quiere — pensarse que está aquí infusa,
[112]
MOTIVOS DE CRITICA
inexpresada, aquella idea de la imaginación acerca del
amor que hace innecesarias la presencia y hasta la exis-
tencia de la mujer, porque al enamorado lo acompaña
siempre, en la soledad, la imagen de ella, más eficaz
para las soñaciones que ella misma si ésta pudiera lle-
garse a conocer; pero sin ese ingrediente filosófico,
nada pierden los versos, que se bastan solos como hi-
perbálica explosión de contento en el amante dichoso.
El jadeo de la luna y Dios montado en el viento son las
notas un tanto estrafalarias del buen humor ingenioso
a que Antonio Machado se entregaba con gusto desde
que se dio a las filosofías con Ahel Martín y Juan
Mairena.
La segunda parte de esta canción es una carta bre-
ve. El poeta, que está lejos de Guiomar (recuérdese
que viven ella en Madrid y él en Segovia) , se recoge
en su «celda de viajero> a la hora que él llama «de
una cita imaginaria», y se pone a escribirle. Anota
unos pocos rasgos del lugar y del momento. Es una
tarde «viva y quieta» de abril. Llueve con sol; el iris
rompe, en el aguacero, la tristeza «planetaria» del
monte. Se oyen las campanas de la ctorre vieja». Todo
parece detenido en el tiempo. A la idea de Heráclito
sobre el constante fuir de cuanto existe, opone ese es-
tancamiento de las cosas la impresión de una inmuta-
bilidad permanente. Eso es lo que rodea al poeta, lo
que está fuera de él, a su alrededor. Cuando lo ha con-
signado en sus versos, vuelve la atención a su intimi-
dad, que es toda su vida y se resume toda en la nos-
talgia del amor que lo lleva a la amada ausente:
Todo a esta luz de Abril se transparenta;
todo en el hoy de ayer, el Todavía
que en sua maduras horas
Á tiempo canta y caenta,
[113 3
LAUX AR
se f ande en una Bola múodíat
qne es un coro de tardes y de auroras.
¡A ti, Cuiomar, esta nostalgia mía!
^ El final es admirable. En él hace el poeta, de su
vida^ entera y de su alma, una sola efusión pasional
espléndida hacia la mujer que ama y en quien se arro-
ba. Esta canción última tiene, por supuesto, como las
otras, su entresijo filosófico y sus galas de rareza y de
oscuridades. Ahí están las filosofías del «panta rhei»
heraclitano y la permanencia del pasado en lo presente,
a que tan aficionado se mostró siempre Antonio Ma-
chado (Poesías Completas, CI, CXLIV, CLXI VIII y
XXXIII; LXXJX, VIL De mi Cartera^ etc.). Ahí están,
para que el lector entretenga su ingenio y su paciencia
en descifrarlas, expresiones como ccelda de viajero»
(sin viaje o ¿en el viaje de la vida?, «rompe el iris al
aire el aguacero» (¿quién rompe a quién?), «tarde
niña» y «día adolescente» . . . «cuando pensaste a
Amor, junto a la fuente, besar tus labios...» (¿?)
No es imposible que haya quien prefiera estas ideólo-
gías «apócrifas» y este lenguaje trabajoso a la emoción
y al pensamiento límpidos y al claro estilo de Soleda-
des y Campos de Castilla. Es máxima bien sabida que
sobre gustos no hay nada escrito ni lugar a disputas,
(pero también se dice que hay gustos que merecen pa-
los ).
Las Oirás canciones a Guiomar parecen inspiradas
por un dislanciamiento, y finalmente por una rup-
tura, de loa enamorados. En la primera exalta el poeta
el recuerdo obsesionante de la amada, que lo persigue
siempre, en el sueño y en la vigilia, como «a traición» :
«¡siempre tú» !
[114]
MOTIVOS DE CRITICA
Reo de haberte creado
ya DO te puedo oHdar.
(Id., CLXXIV).
No está del todo claro en lo que dice, pero a lo meros
algo indica allí que el recuerdo, en vez de halagar co-
nio antes al poeta, lo aflige ahora y lo apesadum-
bra como un castigo ( «mírame en ti castigado» ) . Algo
denuncia además una sensualidad que irrita y amar-
ga con remembranzas de «carne rosa y morena» y de
beso en el «nácar frío» de la oreja.
Es cierto que en la Canción II se dice que
Todo amor es fantasía,
pero esa frase no se aplica a los detalles menciona-
dos, sino al amor mismo, como si todo hubiera sido
nada más que uí^ sueño con la sola realidad verdadera
del sentimiento en el amante, sin que importe lo que
fue, — ni si fue — , la amada:
No prueba nada
contra el amor que la amada
no haya existido jamás.
Evidentemente no es un requiebro para la mujer
eso de que ella no cuenta para nada en la pasión de su
enamorado. Es ima manera despectiva y maligna de li-
cenciarla y anularla por completo, y puede ser lo mis-
mo una chanza ligera del buen humor extremado que
una ofensa cruel del malo que sabe ser hiriente y di-
simularse.
Juega en seguida el poeta, en las Canciones III a
VI, con la idea que hace del olvido una purificación
[115]
LAUXAB
del amor en el recuerdo. El tono es aquí ÍTÓnico y
amable a la vez. Se figura escrita esa idea en el aba-
nico de la amada y puesta en boca de un papagayo
para que se la cante en el balcón, y así no sería apa-
rentemente razonable entender sin más ni más, con
esas particularidades, que se trata de un motivo serio:
Escribiié en tu ábanico:
te qniero poza olvidaTte^
para quererte te olvido.
Te abanícaráe
con un madrigal que diga:
ea amor el olvido pone la caL
Te mandaré mi canción
<Se cania lo qae se pierde*
con nn papagayo verde
qae la diga en tu balcón.
Pero Antonio Machado era muy capaz de las tretas
más endiabladas, (Quien lo ponga duda consulte a su
/liara de Mairena) , y no es cosa de creer fácilmente
que la artimaña en él no llegase a convertir la apa-
riencia del chicoleo en befa sarcástica. Eso que parece
festivo por su tono puede ser, al contrario, malinten-
cionado y rencoroso. ¿No es la más altiva contesta-
ción de un desengaño el desprecio demostrado con ale-
gría?
En Juan de Mairena (parte VIII) se atribuyen esas
coplas a los años juveniles de Abel Martín, y se agre-
ga que estén dedicadas a una señorita «o que lo fue,
en su tiempo». La intención de estas palabras, si no
es del todo inocente, es venenosa. No cabe en ellas
término medio. ¿Las pudo escribir Antonio Machado
en ese libro de travesuras y donaires sin pensar que,
publicadas sua Canciones .en esa obra y en las Paesms
1116]
MOTIVOS DE CRITICA
Completas el mismo año, llegase alguien a presumir
o entrever una posible correspondencia entre la que
fue su «reina» y su «diosa» y la señorita de quien se
dice que pudo serlo, «o que lo fue, en su tiempo»?
No incurramos en juicios temerarios con suspicacias
de poco fundamento, ni confiemos demasiado en la fa-
mosa «bonhomía» del poela. Bueno era éste de cora-
zón, pero también era chusco y seguramente sabía in-
dignarse, Cuando él entregaba a la prensa en Madrid
los originales de Juan de Mairena, allí vivía Guiomar,
y no es posible que no le pasara por el pensamiento
que ella leería esa obra y que para ella a lo menos,
tendría que ser afrenta y escarnio lo que para el públi-
co desentendido podía ser mera chanza.
Más dudas y perplejidades ocasionan todavía las dos
últimas de las Otras canciones a Guiomar, que apare-
cen con las Poesías Completas de 1936 y no forman
parte de Juan de Mairena. Es difícil o imposible com-
prenderlas en todos sus detalles, aunque es claro, en
su forma contradictoria, el sentido amplio, general,
de la composición. Cantan ellas el amor en el olvido
que, para sentirse incólume y puro, desecha lodos los
recuerdos particulares de su historia — inclusa en ellos
la amada — , y sin embargo de esos mismos recuerdos
hay algunas figuraciones ingratas, crudas, que deno-
tan repugnancia y encoDo.
Deja Antonio Machado a los poetas de voz engolada,
a los cantores «baratos», el triste oficio de cdebrar
sus pesares con lira enlutada cuando «apenas de amor
el áscua humea». El sólo quiere cantar el amor en su
«destello», con estrofa que sea, como la fuente del
monte, «anónima y serena», «Bajo el azul olvido»,
ni siquiera dirá «el agua santa» los nombres de los
amantes:
C117]
I.AUX AR
Sombra no tiene de su turbia escoria
limpio metal: el verso del poeta
lleva el ansia de amor que lo engendrara
como lleva el diamante sin memoria
'—frío diamante — el iuego del planeta
trocado en luz, en una joya clara.
¿Será esto, en verdad, lo que hace ahora Antonio
Machado? Puesto que él lo proclama, querría ha-
cerlo, y es cierto que hizo aún mucho más, después,
porque volvió, con tristeza desesperada, al amor de
Guiomar; pero entretanto mezcla a su poesía, como
si las rechazara, imágenes de una pasión que se exa-
cerba recordando al mismo tiempo que se ufana con
alardes engañosos de olvido. ¿Cómo, si hubiera olvi-
dado realmente, menciona la «escoria» del metal en
que representa su amor, y la califica además de «tur-
bia»? Contra lo que él pretende, le emponzoña toda-
vía el alma el resentimiento de su malaventura amo-
rosa.
-^^c"' y pésimo, de esa «turbia escoria» asoma y se
muestra en la postrera de estas Otras canciones. De
la podredumbre y la inmundicia puede brotar la be-
lleza: en la «carroña» da su flor el rosal; del fondo
mismo de la sepultura sale volando una mariposa: de
igual modo abre el olvido, «con mano creadora», un
«abanico de milagros», cuando consigue deshacerse
de los recuerdos afligenles, porque así lo quiere cel
ángel del poema». Hay un paralelismo riguroso y re-
dundante de términos opuestos en esa triple enuncia-
ción. Se contraponen la flor v la mariposa, por un la-
do, a la carroña y la sepultura de que ellas emergen,
por otro, y esto no es más que el antecedente nece-
sari'o que prepara y condiciona el verdadero motivo de
ia poesía, el «abanico de milagros» que nace do «la
[118]
MOTIVOS DE CRITICA
mano creadora del olvido». Nada raro ni — menos —
chocante habría en esta correspondencia sencillísima
de analogías si a ella se limitasen los versos. Pero
eso no es todo ni lo que más importa. Jamás habría
Antonio Machado escrito cosa tan pobre de sentido
como esa mera correlación de semejanzas forzadas. Lo
que importa es precisamente lo que se da por olvidado
y sin embargo se indica en representaciones extrañas,
sorprendentes, enigmáticas:
Coa el terror de víbora encelada
junto al lagarto frío,
con el absorto sapo en la azulada
libélula que vuela sobre el río,
con los montea de plomo y de ceniza,
sobre los rubios agros,
que el sol de mayo hechiza,
se ha abierto un abanico de milagros
— el ángel del poema lo ha queñdo —
en la mano creadora del olvido...
No se ve, desde luego, ninguna afinidad posible en-
tre «los montes de plomo y de ceniza» convertidos en
visiones de belleza, y las dichas y desdichas de los ena-
morados. Solía Antonio Machado transformar así en
Campos de Castilla, los montes y las sierras en espu-
mas y lejanías tornasoladas, azules o violetas, pero eso
no hace al caso ahora. Se comprende en cambio que,
— aun rompiendo el orden propio de la naturaleza y
de la sintaxis — , presente al sapo absorto en la con-
templación de una libélula, que puede ser una manera
irrisoria de figurar al amor imposible o absurdo. Son
frecuentes en la poesía las invenciones análogas, que
exhiben, por ejemplo, al ruiseñor y a Pierrot enamora-
dos, aquél de una estrella o de una rosa, y éste, de la
luna. Antonio Machado, que se refiere evidentemente a
[119]
LAUXAH
SÍ mismo, y no a los hombres en general, ha querido
por extravagancia que el enamorado sea aquí un sapo.
No puede esto causar mayor asombro a quien sabe que
él desdeña altivamente las preocupaciones de aliño en
su aspecto personal y manifiesta que los años han he-
cho de su cara una «fúnebre careta» (Recuerde el lec-
tor el Retrato de Campos de Castilla y Glosando a
Ronsard en las Nuevas Canciones). No está mal que el
poeta divierta de ese modo su talante abandonado en
imaginacioneg caprichosas. ¿Pero cómo no advertir
que es otra, radicalmente distinta, la intención que
lo inspira cuando muestra a la «víbora encelada» junto
a un «lagarto frío»? Si él es el lagarto, ¿quién es la
víbora? Y ¿por qué, sobre todo, llama «encelada» a la
víbora, y dice del lagarto que es «frío»? -Podría ser,
y se desearía que sólo fuese, una simple figuración
de ánimos contrapuestos, apasionado y vehemente en
ella, tranquilo y apático o despectivo en él; pero nada
puede la mejor voluntad contra el sentido sexual que
estalla en esas palabras demasiado crudas . . . ^ Sea
pues, de esto lo que fuere, aunque Antonio Machado'
cante insistentemente el olvido y sus depuraciones se-
renadoras, así bien claro que él no olvida y que, al
contrario, lo irrita aún cl resentimiento de su amor
malaventurado.
Es curioso que no haya recogido en sus Poesías Com-
pletan uh poema corto y delicado que aparwe en Juan
de Mairena precisamente junto a varías de ks Otras
canciones a Gidomar y con cl nombre de ella. Habla
también de olvido y hace de éste una purificación pa-
ra el sentimiento definitivo del amor que ha de sub-
7 Se omiten aquí áigaan cotialdaraelonsB que en nada otea-
den la memoriA <le Antcmio Machadt^ pero vuoden noleatey
a personas vivas. —««oi-r
[120]
MOTIVOS DB CRITICA
sistir y prevalecer en ella cuando el poeta haya muerto.
Son apenas ocho versos que dicen:
Sé que habrá» de llorarme, cuando muera,
para olvidarme y luego
poderme recordar, limpios los ojos
que miran en el tiempo.
Más aÜá de tas lágrimas y de
tu olvido, en tu recuerdo,
me siento ir por una senda clara,
por un cAdiós, Guiomar», enjuto y serio.
Mal se concierta sin duda, con los denuestos de la
canción últimamente referida, ese deseo, hecho espe-
ranza, de un recuerdo amable en la mujer ultrajada.
Parecería natural que sólo después da pasado algún
tiempo, y ya desvanecidos los resquemores del rompi-
miento, pasara Antonio Machado que, lo mismo ^en
ella que en él, su afecto recíproco de siete largo anos
sobreviviera a los agravios y las injurias de su trato
final. Pero esos versos que fían al futuro la reconcilia-
ción de Guiomar con su amor desdichado son estríete-
mente simultáneos con los otros. Es que el enamorado
experimenta a la vez, conjuntamente, la aversión de
la amada, contra quien se indigna, y la tristeza vo-
luptuosa de su amor perdido, que lo enternece. «NesBUn
maggior segno d'essere poco filosofo e poco savio
che volere savia e filosófica tutta la vita», según es-
cribía Giacomo Leopardi. Eran distintos y contrarios
pero se daban juntos y confundidos en el corazón del
poeta, esos dos sentimientos de atracción y desvio por
Guiomar. Por eso quiere olvidar y espera del olvido
para sí y para ella el contento melancólico de sentirse
en la ausencia unidos todavía por su antiguo amor.
Lo anuncia para Guiomar en los versos transcriptos
de Juan de Mairena, Lo dice de sí mismo, como cosa
[121]
ya cumplida, en los sonetos inspirados por la guerra
española. Uno de loa sonetos está dedicado a las «tie-
rras de Soria», donde vivió Antonio Machado con su
esposa, pero no se recuerda allí a ésta, o se disimula
y se calla su recuerdo. Otro soneto recuerda a Guio-
mar con nostalgia penosa y angustias de muerte por
«Ja sonada miel de amor tardío», que se ha convertido
en «sombra infecunda de llama» y en .flor imposible»
de tronchada planta. Quisiera el poeta enamorado creer
que su amada, en la separación, piensa en él con dul-
zura. El amor se le ha hecho a él doloroso:
De mu* a mar, entre loa dos, la guerra,
mas honda que la mar. En mi parterre,
miro a la mar que el horizonte cieira.
Tú, aaomada, Guiomar, a un {ínistene,
mira» hacia otra mar, la mar de España,
que Camoene cantara, tenebrosa.
Acaso a tí mi ausencia te acompaña;
a mí me duele tu recuerdo, dioaa.
La guerra dio al amor el tajo fuerte.
Y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda do la llama
Y la soñada miel de amor tardío
y la flor fanpoaible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.
Es la poesía más rica de sentimiento y menos com-
pilcada en el estilo de cuantos compuso Antonio Ma-
chado para Guiomar. El pedía dos años de vida para
poder cantarla dignamente en libro que eternizara su
amor. «¿No soy tu poeta» — le escribía—. Con ese
titulo quisiera yo pasar a la historia». No habrá sido
necesario todú un libro, bastará un soneto para que
[122]
MOTIVOS DB CRmCA
sea inolvidable en la poesía española su amor hecho
pasión, con el doble sentido de esta palabra, las Coft-
Clones y Otras canciones a Guiomar quedarán proba-
blemente, sólo porque son obra de Antonio Machado,
como cosa rara en él y corno signo de una época lite-
raria caracterizada por el gusto del artificio y de la ex-
travagancia.
No pueden estos versos dedicados a Guiomar paran-
gonarse a los que dicen los amores juveniles y la pena
de la viudez inconsolable. Apenas si hay en ellos, co-
mo perdidas en el fárrago de la expresión atormenta-
da por el gusto de lo raro, algunas palabras sencillas
y lúcidas con al<ro de la hondura y la delicadeza de
alma que eran antes la nota característica del poeto. No
es por cierto que se le hubiera secado a éste la fuente
de las emociones vivas, porque en sus cartas de ena-
morado ella se derrama con abundancia espléndida. Es
que de ningún modo convenía a su idiosincrasia emo-
tiva el aparato de las sorpresas buscadas y rebuscadas
en el estilo trabajoso y árido. Ni la dicha ni la des-
dicha de este amor de su última edad consiguen ver-
dadera eficacia poética en ese derroche de imagina-
ciones revueltas. Fuera de unas pocas explosiones pa-
sionales citadas en los versos transcritos, ¿qué hay en
las Canciones y Otras canciones a Guiomar que deleite
y satisfaga el gusto menos exigente de los espíritus jui-
ciosos? En vano pondera Antonio Machado las mara-
villas que espera de su olvido en el amor. El «abanico
de milagros» que él tanto encarece no se abre en sus
composiciones: es un abanico cerrado.
Ll canió t'iimero en blandas efusiones de ternura
y de halago los amores de su juventud, que fueron
como un sueño indistinto con fantasmas cambiantes
y diversos. Cantó después con angustia campaaíra el
[123]
L AUX AR
amor de su esposa muerta, la «niña» que se le desva-
neció penosamente en los recuerdos y acabó por no ser
más que una somhra, la «dueña de la faz velada».
Cantó por último, intrincando caprichosamente el pen-
samiento y el sentimiento en formas de extremado ar-
tificio, bajo la influencia de una literatura extrava-
gante, a su enamorada oculta, Guiomar, la «reina» y
la «diosa», a quien amó con devociones de idolatría,
con despecho hiriente y con nostalgia atribulada. «
8 Quedan fuera de estas glosas las composiclonea De un
SfiÍ?^°~ lo meíor producido por el poeta. Otras, oue
í?*?*** -CoTweíos. Coplas, Apuntes y «cciSos^de
íueíto, nebre y áuzrme-vela — importan sin embargo mucho
lU^,^t^^ personallsimo de amores y amoríos coiSi^d£i
y revueltos en remembranzas y pesadillas. v««,«*«uao.
[124]
AZORIN*
I
Alude Azorín a las dificultades y los tropiezos de
juventud literaria en Las confesiones de un pequeño
filósofo. «¿Qué importan — pregunta — y qué podrían
decir los títulos de mis primeros libros, la relación de
tnis artículos agraces, los pasos que di en tales re-
dacciones o mis andanzas primitivas a caza de edi-
tores?» La verdad es que la primera producción de
Azorín, si acaso descubría una inteligencia inquieta y
batalladora, no denunciaba ni su temperamento ni su
carácter. Había hecho en su provincia, antes de radi-
carse en Madrid, una violenta campaña anarquista
en la época del anarquismo intelectual, en gran parte
inspirado en la influencia lejana de Nietzsche y en el
convencimiento de que el régimen capitalista sería fá-
cilmente barrido y aventado por una revolución rápida
y continental del proletariado europeo. Había tradu-
cido a Hamon y a Kropotkin. Había dado en breves
opúsculos varios estudios ligeros y virulentos sobre
literatura {Moratin, 1893, Buscapié, 1894; Anarquistas
literarios, 1896; Literatura, 1896; ChaHvari, 1897; La
evolución de la crítica, 1899), y sociología (Notas so-
ciales, 1895; Pecuchet demagogo, 1898; La sociología
criminal, 1899; El alma casteüana, 1900) , un librito de
* Texto tomado de la revista «Híspanla» VoL XIV. N» B.
Callfomla» U.BU^., noviBmbE» da Uai.
[126]
LAUXAR
cuentos (Bohemia, 1897) y un esbozo de novelita
(Diario de un enfermo, 1901 1 . Nada hay que buscar en
ellos si no es la vacilación, la incertidumbre, el des-
concierto de u« espíritu desordenado y mal avenido con
la apatía imperante en su medio. Es fácil, como lo han
hecho Julio Casares y Julio Cejador, pero también de
mal gusto, señalar contradicciones palmarias y des-
templadas osadías en el instable y desasosegado pen-
samiento que no había encontrado aún su orientación
personal y se agitaba y debatía contra las ideas y las
tendencias corrientes. Puede afirmarse que Azorín no
existía, que no se había formado aún. Transcurrieron
diez largos años desde sus primeras publicaciones, an-
tes de que apareciera su nombre en La voluntad
(1902), y en esta novela tampoco él es el personaje
que figura poco después en los dos líbrilos deliciosos
Amonio Azorín (1903) y Las confesiones de un pe-
queño filósofo (1904).
Es cierto que hay contradicciones y osadías en
aquella producción juvenil; pero, ¿qué otro periodista,
que otro escritor de su tiempo y de su edad entre los
españoles tenían la viva inquietud que denota La evo-
lución de la critica, el apasionado interés ideológico
de ¿o sociología, criminaly el tino, la agudeza de cri-
terio y la amplitud de miras que informan El alma
castelktTia? La evolución de la crítica parece princi-
pal, casi exclusivamente fundada en La critique scien-
tifique de Emile Hennequin, y baraja muy a la ligera,
con las doctrinas francesas de Sainte-Beuve, Taine,'
Prudhon, Guyau y el mismo Hennequin, algo, muy po-
co y no lo más fuerte, del criterio español sobre la
literatura. (A D. Marcelino Menéndez y Pelayo ni
siquiera se le nombra). No es más que un bosquejo
Bomerísimo de lo que significa la producción literaria
[126]
MOTIVOS DE CRITICA
para algunos pensadores y tratadistas finos, perspica-
ces y estudiosos. Hay en ella — lo reconoce el autor —
escasa ponderación, excesivo apresuramiento. («La Re-
volución Francesa abre nue\'a vida en la historia de
Europa. ...El libre arbitrio no existe»). A pesar de
iodo, el librito patentiza un interés agudo y hondo por
las cosas más importantes, más humanas, más íntimas
de la creación poética. Ese mismo interés por la vida
psicológica del hombre alienta con más intensidad, con
afanoso ardor, en La sociología criminal; entre todas
las ramas de la ciencia jurídica obligadamente cursa-
das en la preparación profesional de la carrera de
leyes, la sociología, que no es definidamente nada y
que puede serlo todo, y la criminología que está remo-
viendo, con la escuela italiana, los más trascendentales
problemas de la conciencia moral, solicitan y dominan
por completo la inteligencia ávida y vigorosa de este
espíritu revoltoso y combativo. Las concepciones más
revolucionarias sobre la vida biunana son por él ar-
dientemente sustentadas. De esas concepciones, atraí-
da la atención por el contraste crudo que hace con
ellas el estado presente de España, pasa en El alma caS'
teÜcma al estudio histórico de la situación española
durante los siglos XVII y XVIII, que son la época de
la tan debatida y maltrecha decadencia nacional. Con
esta obra ya está el escritor en su tema personalísimo
y constante: La decadencia española, España decaída
será en lo sucesivo, siempre, con. múltiples variaciones,
el motivo único del literato que acaba de formarse.
Se ha recordado con frecuencia, a manera de anti-
cipación sagaz sobre la justa celebridad literaria de
Azorín, que Leopoldo Alas, cuando él era todavía un
desconocido, lo señalaba a los circunstantes como jo-
ven de mucho talento y grandes promesas. No fue en
[127]
L. A U X A R
esto Leopoldo Alas una excepción: todos experimen*
taban frente a Azorín el estupor de una diferencia, de
una superioridad, imprecisada aún, pero no por eso me-
nos sensible. La buena gente, si alguien declaraba que
él tenia mucho talento, asentía con discreción y, me-
neando la cabeza, agregaba que era «un hombre raro».
Así lo refiere en Las confesiones de un pequeño filósofo
el mismo Azorín. En el libro pone con irónica modes-
tia que él no cree tener ese gran talento que le atri-
buyen; pero la salvedad burlona y engañosa no apa-
recía en la publicación originaria del texto que hizo
antes Alma española.
El 22 de noviembre de 1903 encabezaba este perió-
dico esas Confesiones con. un retrato del autor. Amplia
y despejada la frente, bajo el pelo echado hacia atrás;
fina, pequeña y un tanto respingada la nariz; apenas
una sombra leve de bigote sobre la boca de labios cur-
vos y cerrados; los ojos vagos, que parece que no mi-
ran porque ^tán perdidos en la meditación que tra-
baja un pensamiento distante, la cara tiene una expre-
sión apacible de serenidad reflexiva y melancolía de-
licada. Las órbitas ciliares levantadas en el entrecejo
y suavemente caídas hacia las sienes, forman arriba
un arco de tristeza, lo mismo que, abajo, la boca. Sólo
un rasgo incongruente, discordante, anómalo, rompe
la armonía de las facciones agraciadas: las orejas vuel-
ven hacia adelante sus pabellones abiertos. No era a la
verdad esa fisonomía dulce y reposada la que podía
naturalmente suponerse en el escritor por sus artícu-
los audaces y ruidosos. En la cubierta de Los "pueblos
el excelente editor Leonardo Williams reprodujo en
colores un hermoso retrato de Azorín ejecutado por
Sandia. ¡Qué otra es aquí su estampa! Él ceño mar-
cado por un pliegue vertical, la mandíbula recia con
[128]
el mentón partido al medio, la Tiariz fuerte, la cabe-
llera aleonada y lacia, alisada contra el cráneo, la fir-
me actitud de la cabeza nietzscheana que emerge de
un alto cuello blanco almidonado y de un ropaje os-
curo y se adelanta .-igoroso, todo acusa un aplomo
enérgico una voluntad incontrastable, una decisión im-
penosa, tn el ojo derecho un monóculo enorme, suie-
to con ancha cinta, acentúa con cierta agresividad, con
cierta insolencia, la arrogancia del gesto. «Un hom-
bre que gasta monóculo es desde luego digno de la
consideración más profunda» ha escrito J. Martínez
Ruiz a propósito de Azorín. El pintor debe de haber
realzado con un poco de artificio la intención natural
de semblante para ajustaría mejor al espíritu del mo-
délo. En la intención del semblante, en el espíritu del
modelo hay, bajo el empaque señorial, un deseo de es-
pectabilidad pasmosa.
Azorín era periodista. En La voluntad de J. Martínez
Kuiz se cuenta cómo ejercía tal oficio con indiferencia
y ligereza cuando aún estaba en provincias. En el «pe-
queño libro» que el mismo J. Martínez Ruiz dio en
seguida sobre Antonio Azorín se copian varias carias
de este, amenas y curiosas, donde él mismo refiere
jubilosamente a una buena amiga cómo ha provocado
un gran escándalo en Madrid haciendo en la prensa
la historia de una crisis ministerial de la que nada
sabe. ¿Puede acaso el periodista apremiado por una
labor diana impostergable investigarlo todo concienzu-
damenle? «Las historias de las cosas que no sabemos
son las mejores historias» —declara. «Hice la histo-
ria: revelé detalles atroces: todos los periodistas, y
los pohticos se quedaron estupefactos. Estos políticos
y estos periodistas, he de advertirte que son una gente
muy mócente: con un adarme de ingemo y otro de
liAUXAB
audacia se les asombra a todos.. Y Azorm, satisfecho,
halagado con su triunfo, concluye en son de burla:
— «indudablemente yo soy un hombre terrible*.
Efectivamente era terrible de ingenio y de auda-
cia. Puede no ser más que una invención novelesca
esa divertida historia de la crisis ministerial; pero,
fabulosa o verídica, ella representa bien la despreocu-
pación y el temple que Azorín demostraba en sus co-
mentos de la actualidad social y política. Quien desee
apreciar por sí directamente ese desenfado travieso y
malicioso lea los artículos titulados «La ü-adicion» y
«Siivela trabaja» del libro Fantasías y devaneos, o
en el libro Parlamentarismo la chistosísmia crónica
sobre «Romero en el robledal».
El señor Vázquez Mella, católico eminente, se pre-
para a debatir sobre el Concordato. Azorín le envía
un visitante imaginario e importuno que lo distrae de
sus cavilaciones oratorias y declamatorias con la mas
precisa y decisiva relación de los antecedentes desta-
vorables que, a pesar de esto, son la verdadera y pre-
clara tradición de la iglesia española; uno tras otro,
el visitante va espetando esos antecedentes aplasladores
para la tesis de su correligionario, como quien apoya
y aprueba resueltamente sin titubeos, una opinión co-
mún e indiscutible, y cuando por fin ha terminado,
se retira cortésmente, dejando sin palabra al señor
Vázquez Mella. Es una lección admirable y socarrona.
«Silvela trabaja» una Hi^oria de las ideas eticas
en España. El cronista, que no tiene acerca de esta
obra ningún dato particular, hace con ella lo mismo
qup Anatole Franco acometió con el discurso que pro-
nunciaría Leconte de Lisie en su ingreso a la Acade-
mia Francesa: idea y expone lo que sera; solo que
Anatole France infería exactó e insidiosamente, de su
[1801
MOTIVOS DE CBmCA
conocimiento sobre Leconte de Lisie, cuanto él pudie-
ra decir en su discurso, mientras que Azorín, descar-
tando por completo la idiosincrasia del señor Silvela,
da la materia y el plan de un libro que parece un
mero desarrollo de varios capítulos pertenecientes a
El alma castellana, y sin embargo lo pone todo en
boua del señor Silvela. Pidió el señor Silvela que Azo-
rín descorriese el velo, y Azorín, complacientemente, así
lo hizo: no se trataba más sino de que «un modesto
e ignorado cronista» había supuesto, *en un momento
de alucinación, que todas estas ideas, y toda esta eru-
dición, y todos estos puntos de vista — con los cuales
el señor Silvela no está conforme — pudieron tener
su génesis en el espíritu cultísimo, ponderado y ático
del ilustre orador».
El señor Romero Robledo, presidente del Congre-
so, se ha marchado, por contratiempos de política, le-
jos de la Corle, a un lugar de Andalucía. Azorín lo ha
seguido, en misión de periodista, para trasmitir a Ma-
drid las ocurrencias del suceso. Azorín visita al pre-
sidente^ que lo recibe con la cordialidad, con la efu-
sión, con la llaneza del mejor tono, y lo sienta a su
mesa, frente a su hija. Seguramente espera el prohom-
bre que Azorín le pida trascendentales declaraciones y
haga con ellas, congraciado con su amable recibimien-
to, un articulo rotundo y altisonante. Azorín calla y
observa. No se publica de inmediato nada; van pasan-
do los días» contra toda conjetura y costumbre, sin
que se produzca la información del caso. Por fin apa-
rece la crónica demorada. En ella se retrata carica-
turalmente de cuerpo y alma al señor Romero Robledo;
se describe su despacho claro y limpio, «sin trazas de
trabajo ni afanes» ; se cuentan varias incidencias comu-
nes; se elogia a Pepita, la hija del gran sráor, que
[ 131 ]
LAUXAR
tiene el rostro «suavemente ovalado, lleno, encendido»
y que, sonriendo con exquisita cortesía, descubre, «en-
tre las dos pinceladas rojas de la boca», «unos dientes
simétricos, nítidos, marfileños», y se anota cómo, a
las palabras solemnes del político sobre la situación,
responde a la distancia el graznido estrepitoso, alegre
de unos patos alocados y joviales. ¿Nada más? ¿Esto
es todo? No, no: falta ima frase, una sola frase, una
frase brevísima, que_ es precisamente la razón de ser
de todo lo demás. Azorín, durante la entrevista, había
insinuado con aire de ingenuidad poco discreta que
el viaje del señor Homero Robledo parecía debido a
las artimañas del señor Villaverde, presidente del Con-
sejo de Ministros, y el señor Romero Robledo, tal
vez un poco herido en su amor propio, ha replicado
al punto que «Villaverde es un desgraciado». He aquí
la grande, la formidable, la estupenda manifestación
del señor presidente del Congreso sobre el señor presi-
dente del Consejo de Ministros: [Villaverde es un
desgraciado! Con esto le sobra al terrible, al tremendo
pmriodista para sacudir en agitación alborotada el
pequeño mundo aparatoso de los grandes hombres va-
nos. No ha puesto en su artículo nada oficial, nada
espectable. En el cuadro íntimo, familiar del conspi-
cuo personaje de gobierno en su retiro, esa impensada
apreciación personalísima estalla como una bomba que
escandaliza y alboroza a la Corte, a Madrid, a España
entera. Naturalmente el señor Romero Robledo, pre-
sidente del Congreso, se apresura a desautorizar la
especie mediante un telegrama que se hace público en
la prensa, y Azorín, con la misma desenvoltura pacata,
responde insistiendo, comprendiendo, explicando, ex-
playándolo todo.
Ya hemos visto que usaba un monóculo enorme. Te-
[132]
MOTIVOS MS CRITICA
nía también «una caja de piala llena de fino y oloroso
polvo de tabaco, un sombrero grande de copa y un
paraguas — éste puramente imaginario — de seda
roja con recia armadura de ballena». ¿Podía Azorín,
con es las cosas tan ostentosas, tan llamativas, y con
aquellos procederes tan sorprendentes y pasmosos, pa-
sar inadvertido? Iba incuestionablemente a la celebri-
dad; la merecía por su espíritu, según la predicción
auspiciosa de Leopoldo Alas, y se ayudó a conquis-
tarla con su aspecto insólito y soberbio y su conducta
descoicertante y revoltosa. Fue así doble y distinta-
mente popular por su prestancia y por su carácter.
II
Azorín es un personaje novelesco en tres libros de
J. Martínez Ruiz: La voluntad (1902), Antordo Azo-
rín (1903) y Las confesiones de un pequeño filósofo
(1904). Estos tres libros están comprendidos bajo el
título común de Historia contemporánea, como las
cuatro novelas de Anatole France que describen la so-
ciedad francesa convulsionada por el proceso Dreyfus.
Como en esas y otras novelas de Anatole France, casi
todo el interés de La voluntad reside en las conversa-
ciones de sus personajes. ¿Será acaso extremar una
coincidencia exterior y fortuita el decir que en La
voluntad hablan largamente sobre filosofía, sobre his-
toria, sobre moral, sobre política y sobre literatura
un maestro y un discípulo, y que estos largos parla-
mentos recuerdan un poco las amables y decepciona-
das pláticas del abate Jérome Coignard con el ingenuo
v obsecuente Jacques Tournebroche? En todo caso ha
de permitirse a lo menos señalar que, de una o de otra
[133]
LAUXAB
manera, aunque en diferente medida, los dos autores,
Anatole Franca y J. Martínez Ruiz, llenan de sí mis-
mos sus obras y en ellas son, por la inteligencia y la
sensibilidad, su valor más preciado. Podría también
agregarse que ambos son escépticos y taimados; y am-
bos se complacen igualmente en adoptar, con mani-
fiesta afectación irónica, la apariencia más sencillaj
más cordial, más efusiva y candorosa. Las confesiones
de un pequeño filósofo están hechas con delicados re-
cuerdos y reflexivas impresiones de infancia, como Le
livre de moii ami Fierre Noziere. Kl incesante des-
vanecimiento de las cosas domina la mente de Azorín
de continuo, y es tópico general de sus mejores pági-
nas, con la misma intensidad y frecuencia que se
repite bajo la pluma insinuante y persuasiva de Anatole
France. El parecido, el parentesco de los dos escrito-
res llega alguna vez hasta la identidad en la idea o
la sensación como ocurre en el capítulo IX de La «o-
luntad, por ejemplo, con lo que opina Yuste contra
la originalidad rebuscada y sobre el trabajo anónimo
de los pintores primitivos, que es lo mismo que Ana-
tole France explica por boca de su personaje De-
chantre en el capitulo X de ¿e lys rouge; ocurre tam-
bién con lo que Azorín dice de las puertas en el ca-
pítulo XLI de Las confesiones y Anatole France hace
decir de ellas a Chouletle en el mismo capítulo de la
novela citada.
Es indudable que Azorín ha practicado atentamente,
por natural simpatía y con provechosa admiración, la
obra insigne de Anatole France. Ya en las últimas lí-
neas de La sociología criminal («Nada es eterno: todo
es mudable . . . » ) reproducía, casi a la letra, fragmen-
tos sueltos del estupendo cuadro sobre el fin del hom-
bre inserto en Le jardín d*Epicure («L'espéce humai-
MOTIVOS PE CRITICA
ne n'est pas susceptible d'un progrea indéfini. . .»). No
procedía Azorín a ciegas, ni con mal gusto; no anda-
ba descaminado, no exponía gu espíritu a una influen-
cia perniciosa o deletérea cuando buscaba en la desen-
gañada filosofía de Anatole France el divino secreto
de la pacificación frente al vano tumulto de las ideas
y de las pasiottes. ¿Qué otro maestro hubiese podido
convenirle mejor? Contra sus truculencias y turbulen-
cias juveniles, Anatole France le brindaba la sereni-
dad encantadora de un pensamiento . rico de cultura
y sutil de gracia. £n él recogía la más alta enseñanza
de la inteligencia más. atrevidüi sobre la mezquina suer-
te del hombre: la sonrisa irónica y la piedad compa-
siva para todos los extravíos. Dejaba como comba-
tiente la arena del circo para situarse como especta-
dor en el palco del gran teatro que es el mundo. De
los otros lo había aprendido todo Anatole France con
paciente diligencia benedictina: ¿Por qué no había
Azorín de recibir de Anatole France ese legado vivo
de ciencia y de experiencia, de cordura y locura?
Poco tiene de Anatole France La voluntad, que es
un libro amargo y tétrico; apenas algo más que el
gusto de filosofar con escepticismo anárquico sobre
el mísero destino del hombre y algunos pensamientos
escogidos en los diálogos y soliloquios del maestro
Vusté y su discípulo Azorín. Yuste, que se va mu-
riendo, y Azorín, que no vive sino pensando, son
como la voz y el eco de una misma crítica acerba
contra la vida. Yuste ha sido escritor «brillante» en
el estilo de una moda pasada, y comprueba con triste-
za que BU reputación ha sido efímera (pág. 63). Azo-
rín cree haber sido «brillante» alguna vez, y reniega,
con descontento y pesadumbre, del vano empeño que
desconcertaba la naturalidad y la exactitud de su ex-
[135]
LAUXAB
presión literaria (pág. 252). Yusle ha visto omitido su
nombre con malicia, por envidia, en la crónica de un
viejo conipanero sobre el tiempo de m actuación famc
sa (pag 3/}. Azorín lee en el periódico del día la resé-
na que hace un camarada suyo, del banquete habido la
noche antes, donde él habló entre varios otros oradores
y advierte con sorpresa que deliberadamente calla
su discurso por malquerencia insidiosa (pág. 202)
iuste y Azorín lamentan la inanidad fatal de todo es^
tuerzo de toda voluntad, de todo pensamiento. Sumi-
dos en la vetusta Yecla, ciudad paralizada en la rutina
.persistente y reacia de una edad remota y atrasada,
sufren la opresión asfixiante de un mundo ajeno a su
modernidad personal y cerrado a sus aspiraciones,
i U3te diserta con desesperación resignada contra la me-
tafísica mcierta, contra la sociología incapaz de im-
plantar una justicia ideal, contra la literatura velei-
dosa en sus gustos cambiantes, contra la reaUdad ina-
prehensible bajo la apariencia de los fenómenos, con-
ira ia existencia pasajera y angusHosa. Nada somos
nada podemos, nada sabemos, Azorín, atónito, escucha
en silencio ese nihilismo absoluto o le hace coro en re-
peticiones acordes. Por fin Yuste acaba de morirle
y Azonn se casa, que es, para el autor, como si tam-
bién se muriera. -
Entre las ideas generales de ese pesimismo un tanto
ligero y farragoso, interesa particularmente, para co-
nocer bien al autor que las expone y sustenta, lo que
concierne a la literatura. La actualidad, agitada y re-
vuelta en las complicaciones de un progreso mecánico
y eíenrescente, impide el reposado desenvolvimiento
del arte. Hace renombres falsos, difunde torpea aficio-
nes, divulga necios prejuicios una prensa diaria mal
dirigida, entregada a gentes sin competencia y sin rcc-
[136]
MOnVQg DI: CRITICA
tiíud. Los escritores profesionales son tan frivolos y
ruires como los más hueros políticos. La novela y el
teatro desconocen y quebrantan a cada paso la psico-
logía y el orden natural de las cosas humanas: todo lo
contrahacen, todo lo arreglan y componen forzada-
mente según designios que persiguen a cualquier costa
un efecto determinado. En la vida no hay plan, ni
acción aislada, ni desarrollos lógicos; pero la novela
y el teatro, que debieran reproducirla con entera ver-
dad, se hallan, sin embargo, sometidos artificiosamente
a esas convenciones arbitrarias. La coherencia y la co-
rrección, — dígase lo que se quiera, — son recursos
contrarios a la naturalidad y por lo mismo, a la verda-
dera belleza. Descripciones y conversaciones son igual-
mente absurdas en las obras de más celebrada maes-
tría. Se hace dialogar a los personajes de cualquier
condición con la misma regularidad retórica y rígida.
Hay un elemento, el paisaje, que es la piedra de to-
que indefectible para la sensibilidad estética, y nada
mueve a sentir la naturaleza en los cuadros librescos,
de repetición gastada, sin exactitud y sin plasticidad.
Los escritores, incapaces de exprimir directamente una
sensación nueva, una forma, un matiz, acuden sin es-
crúpulos ni miramientos a las comparaciones: Compa-
rar es sustituir, es traicionar un sentido único y pre-
ciso con otro borroso y vago. No es la novedad fácil
ni el estilo pulcro lo que se impone y perdura a través
de las generaciones y los siglos, sino la concepción
original, el «secreto encanto de la idea», la «idealidad
sugestiva y misteriosa». El Arcipreste de Hita, primi-
tivo y tosco, Cervantes, el «ingenio lego», Larra, in-
quieto y afiebrado, con todas sus irregularidades e in-
correcciones, importan más que todos los atildados li-
teratos de la España antigna y moderna.
[137]
LAgXAB
Descartada la exageración propia de toda actitud
revolucionaria, muy poco o nada es nuevo en estos
principios simplistas. La exigencia ¿e una verdad ple-
na y minuciosa, respetada con celo fanático hasta el
detalle incongruente, pertenece a la doctrina francesa
del realismo proclamada a todos los vientos y difun-
dida estrepitosamente por el mundo entero en la se-
gunda mitad del siglo XIX. El rebuscamiento punti-
lloso de la expresión peculiar, genuina, plástica ea el
afán que distingue a la «escritura artista».
No es del caso ahora discutir esas opiniones litera-
rias, que Yuste y Azorín recogen y explayan en sus
pláticas y razonamientos. El mismo Azorín las ha im-
pugnado en cierto modo, con sus obras posteriores, re-
clamando para el arte el derecho de evadirse a toda
limitación aprisionadora y prefiriendo en el estilo
una mesura sobria, equilibrada, clásica, de lo típico y
esencial En lo que nunca ha variado es en el desdén
por la fábula y en la estimación de los paisajes.
^ Casi puede afirmarse que en La voluntad no hay
fábula; en cambio ella prodiga paisajes y visiones de
modestas casas, de iglesias ruinosas, de pequeños lu-
gares y viejos pueblos. En ellos encuentra el autor el"
alma de la raza y pone la suya personal, que es emo- .
liva, delicada, mansa, melancólica.
¿Cómo ha podido con esas propensiones, con ese
carácter, admitir y preconizar decididamente los prin-
cipios de la escuela realista? Disipemos lodo engaño:
lo que él aplaude en el realismo no es la obra reali-
zada, sino la crítica vigorosa contra el gusto falso
gastado, facticio; lo que él pide es vida, sinceridad,
inteligencia abierta a la filosofía contemporánea. Por
eso, a despecho de au aparente adhesión al realismo,
no tiene su libro ni una sola mácula de grosería bes-
C1883
MOTIVOS DB CRITICA
tial, y es, o quiere ser, todo pensamiento y sentimien-
to. En La voluntad no ha logrado todavía la madurez
necesaria para la empresa que germina inconsciente,
confusamente en su espíritu. No conoce aún bien su
propia originalidad y el fruto que ella prepara; sabe,
con todo, sin ninguna vacilación, que ella no lo con-
duce por caminos trillados a lo que ya está hecho por
otros. De ahí, en gran parte a lo menos, su declarada
oposición a los escritores que inmediatamente lo pre-
cedieron, — Valera, Pereda, Campoamor, — y su in-
condicional aplauso para los nuevos del momento, y en
particular para el más revoltoso de todos, Bar o ja.
A Baroja están dirigidas las últimas páginas de
La vohmtiad. Incomparablemente superior a esta no-
vela juzgamos a Antonio Azorín, «pequeño libro en
que se habla de la vida de este peregrino señor». Nó-
tese que este- largo y desacostumbrado subtítulo avisa
con exactitud que no se cuenta una vida, sino que se
habla de ella. Contar una vida es intento imposible o
falaz; porque no puede relatarse punto por punto
cuanto ella comprende, y componerla como completa
con estos o aquellos episodios escogidos atentaría con-
tra la verdad y produciría una impresión falsa de en-
cadenamiento y conjunto en lo que es instable, disper-
so, discontinuo.
Con manifiesta ironía y con el evidente propósito
de que sus lectores entiendan lo contrario, previene
el autor en la dedicatoria que «Azorín es un hombre
vulgar, aunque Xa Correspondencia haya dicho — co-
sa que él repite con clara complacencia — que tiene
no poco de filósofo». «No le sucede — agrega — nada
de extraordinario, tal como un adulterio o un simple
desafío; ni piensa tampoco cosas hondas de ésas que
oomnueven a loa sociólogos». Que Azorín no incurra en
113»]
aduUeiio escandaloso ni actúe en duelos cómicos o dra-
máticos, bien lo debemos admitir; pero él, que esta-
ba tan hecho a remover su pensamiento, en los gran-
des y transcendentales problemas, contra todo y contra
todos, ¿podá haber renunciado a ese vicio placente-
ro? ¿No se nos ha repetido que el hábito de pensar,
una vez adquirido, es un mal incurable? ¿Cómo, pues,
nos afirma ahora J. Martínez Ruiz que Azorín no agi-
ta en su mente las profundas cuestiones que preocupan
a loa hombres? Seamos cautos: no confiemos demasia-
do en esa advertencia recelosa. Ya veremos, leyendo
el librito, que Azorín, recogido en su cuarto, «pasa
8US graves meditaciones y sus tremebundas tormentas
eapiriltiales» (cap. VI de la Primera Parte) ; ya sabre-
mos que profesa, «como no podía ser menos, una es-
tética teatral, que algunos críticos han encontrado exa-
gerada* (cap. XIV, íbid.) ; ya le oiremos un brevísimo
discurso irónico sobre la incapacidad y la contradic-
. ción de los doctos y el buen sentido expeditivo de la
pobre gente (cap. XIX, íbid.); ya recibiremos de sus
labios y de sus cartas a una dulce amiga sus opiniones
sobre el arle de escribir (cap. XVIII de la Segunda Par-
te) y sobre el periodismo (cap. I a III de la Tercera
Parte) ; pero no será esto ciertamente lo que más cau-
tive y encante.
J. Martínez Ruiz, en la dedicatoria ya citada, recor-
dando a Montaigne, declara que en la existencia de
Azorín lo que importa no son sus acciones, sino sus
fantasías, y el mismo Azorín, leyendo también a Mon-
taigne, piensa que no vive, como este amable filósofo,
más que estudiándose a sí mismo, cavilando, reflexio-
nando atentamente sus impresiones de las personas y
las cosas que lo rodean (cap. XXI de la Segunda
Parte).
[140]
MOTIVOS DE CRITICA
Tiene el autor el buen gusto de callarnos ahora dis-
cretamente cuanto Azorín diacurre sobre los mis ar-
duos tópicos filosóficos y entretenernos sólo con sus
andanzas y meditaciones vulgares. Lo hallamos de este
modo más confonne a su medida con su mundo, más
atrayente y simpático en su ingenuidad y en sus com-
plicaciones. Nada era nuevo o personal en su actitud
cuando afrontaba en La voluntad las ideologías pesi-
mistas y asoladoras de Schopenhauer y Nietzsche ; aho-
ra, en cambio, todo es ameno y curioso, todo es ori-
ginal y gratísimo en su modesta existencia retirada y
reflexiva. Nos place íntimamente penetrar en su es-
píritu y ver en él reflejada y sentida la humilde rea-
lidad, "que es unas veces un tanto cómica y otras veces
casi trágica, y siempre seduce o conmueve con la
gracia de un rasgo ingenioso o el suave dejo de un do-
lor o una tristeza sin quejidos. Tiene Azorín la virtud
inexplicable de hacer interesantes las cosas más comu-
nes. Todo es claro y sencillo a su rededor, y basta que
él- fije su atención en algo para que, sin engrandeci-
miento ni transfiguraciones, lo percibamos distinta-
mente.
¿Es novela Antonio Azorín? Desde luego que no
tiene acción: su personaje central hace apenas más
que sentir la vida en las gentes, en los lugares, en la
naturaleza con que está en contacto un momento y
que pasan para no volver. El paisaje de Levante y una
casa de campo en él; Monóvar, la pequeña ciudad leja-
na y tranquila, con sus buenos viejos apáticos; Petrel,
un claro pueblecillo Ihnpio, con Pascual Verdú, en-
fermo, desengañado, pesimista, que se parece bastante
a Yusle, y con Lorenzo Sarrio, que es sano, glotón y
alegre, y tiene tres hijas, — Pepita, Lola y Carmen, —
elegantes, discretas, encantadoras; Alicante^ Orihuela;
tui]
LAUXAR
breves y ligeros días de Madrid, con su periodismo
ruidoso, con 9U literatura vana y con su política ora»
toria y estéril; Torrijos, «n pueblo castellano muerto,
donde lo más vivo que hay es el recuerdo antiguo de
una gran dama que renunció al mundo, fundó una
iglesia y repartió sus riquezas entre los pobres ; Infan-
tes, otro pueblo castellano, «sin agua, sin árboles,
con las puertas y las ventanas cerradas, ruinoso, vetus-
to», donde murió Quevedo; y en todo esto, el alma
de Azorín, que medita hondamente bajo la impresión
de esa realidad aflígente y se enternece en la emoción
dolorosa de lo pasajero y de la muerte.
¿Es novela Antonio Azorin? Evidentemente no es
la novela tal como la forjó primero el placer de lo ma-
ravilloso, de las aventuras extraordinarias, de los ca-
sos imprevistos, y después la curiosidad por los con-
flictos pasionales, por los dramas de conciencia, por
la gestación y el estallido estruendoso de las catástro-
fes individuales. Pero hay otra clase de novela que
miró siempre a las raíces del espíritu humano y quiso
expresar qué es la vida moral. Para ella nada signifi-
ca o no es más que un recurso de exposición el lance
personal. Lo que ella persigue y procura es la sustan-
cia íntima, el secreto oculto, la hondura esencial y vi-
tal del ser. En el paisaje, en los pueblecitos apartados,
en los tipos apocados, encuentra Azorín el latido si-
lencioso, lento de la raza, y ésta es la revelación pro-
funda que él da en sus breves cuadros minuciosos,
exactos, límpidos, con arte prolija y certera, de pene-
trante observación y fina sensibilidad.
Esta sensibilidad exquisita de Azorín, mezclada a
ratos con cierta ironía ligera que juega con las apa-
riencias engañosas y no hiere nunca seriamente, es el
mayor encanto dd librito delicioso.'
[142]
MOTIVOS DE CRITICA
Ella se muestra más clara, más vivamente, con la mis-
ma ironía, en Las confesiones de un pequeño filósofo.
Esta obra está hecha con la evocación de unas pocas
impresiones de infancia y otras, máa abundantes, de
la adolescencia. ¿Será necesario consignar que la re-
gularidad sistemática y rigurosa de la escuela y del
colegio fue un tormento incomportable para la niñez
de Azorín, que era inquieto, distraído, ensimismado y
algo lunático? ¿Puede acaso chocarnos que, recluido
y sometido a un régimen severo y monótono, él se con-
solase mirando por las ventanas un pedazo de campo
libre y una casita misteriosa, escondida y cerrada
siempre, y se deleitase leyendo a hurtadillas recortes
de periódicos sobre sucesos extraordinarios? Más cu-
rioso es, indudablemente, comprobar que, ya en sus
primeros años, atraen sus ojos con simpatía los hu-
mildes talleres que hay cerca del colegio, donde oscuros
obreros trabajan en los más viejos oficios. ¿No es ésta
una inclinación personaKsima, distintiva, característi-
ca, de su genialidad literaria? Esas «vidas opacas»
de los trabajadores anónimos han de infundir, con su
perseverancia secular, un sello de estabilidad perma-
nente, de perdurabilidad, a los cuadros que trazará
después el escritor experto. Entre tanto la realidad
que él va poco a poco descubriendo, insinúa en el
muchacho reflexivo, en el mozo reconcentrado, inquie-
tudes y aficiones de artista. A pesar de su retraimiento
y de su gusto por las soñaciones, no tendrá nunca la
invención fácil y diversa. Es cierto que ahora quiere
sólo recordar; pero, gracias a estos recuerdos, sabe-
mos que el pintoresco y rebullente Sarrio de Antonio
Azorín es el tío Antonio y que las tías Agueda y Bár-
bara sirvieron de modelo para la figura de la débil
r 1^3 1
LAUXAR
viejecita que en aquel libro anda siempre suspirando
y gimiendo «¡Ay Señor!»
Si es natural que la propia existencia haya puesto
en Azorín el germen de su obra literaria, no lo es
menos que en ésta lo haya incitado el ejemplo y la
admiración de algún poeta queTÍdo. El cita a Baude-
laire cuando habla de la emoción secreta que le pro-
ducen las ventanas vistas a lo lejos en mansiones des-
conocidas. «Celui qui regarde du dehors á travers une
fenétre ouverte ne voit jamáis autant de dioses que
celui qui regarde une fenetre fermée, II n'est pas d'ob-
jet plus profond, plus mystérieux, plus fécond, plus
ténébreux, plus éblouissant qu'une fenétre éclairée
d'une chandelle» ha escrito Baudelaire. Un asombro
análogo, de obsesión presagiosa, de presentimiento
aflictivo embarga a Azorín frente a las ventanas re-
motas. Azorín. como Baudelaire, aunque no lo confiesa
con igual orgullo, tiene el contento maligno de sen-
tirse y hacer- que lo sientan «raro». Tiene también, co-
mo él, un desasosiego súbito y hondo ante ciertas mu-
jeres que pasan al acaso y que por una mirada, por
un movimiento, por un gesto, por un rasgo de sn fi-
sonomía, por una línea de su cuerpo, tal vez sólo por
el aire indefinible que emana de ellas, revelan de
pronto una concordancia, una afinidad que fascinan,
que subyugan, que anonadan.
O toi qne j'eusae aimée, 6 toi qm le aavaia!
exclama Baudelaire. Idénticas sacudidas interiores ex-
presan en sus versos varios otros poetas sutiles. No es
necesario haber leído a Baudelaire ni a poeta alguno
para expei'imentarlas; sin embargo la poesía A une
Passaníe y quizá también con ella el poema en prosa
[144]
MOnVOfl DB CIUTICA
Le Désir de Peindre, debieron probablemente inducir
a Azórín a sus consideraciones tan efusivas y a la vez
tan discretas sobre ese tema sentiraenUl y escabroso.
Es posible que estas indicaciones sobre probables o
manifiestas influencias de Baudelaire en la producción
de Azorín escandalicen a las personas ajenas al trato
del arte y de los libros. Anatole France y Baudelaire,
de muy distinto modo, han ejercido, a mi juicio, una
acción clara en Azorín: la de Anatole France, ya ano-
tada antes, concierne al espíritu; la de Baudelaire,
más precisa y más limitada, se reduce a los motivos
puramente ocasionales de unas pocas notas sueltas,
que nada importan al carácter y nada quitan a la ori-
ginalidad personal del autor. Hay. como un esfuerzo
constante en Azorín por asociar una ligereza alada y
sutil de la inteligencia al profundo sentimiento de las
cosas: parece que jugara, sonriendo con burla bonda-
dosa, comprensiva, escéptica, ante la inanidad trágica
de la misma vida que mueve a sus personajes con ilu-
siones engañosas y los condena fatalmente al dolor y
a la muerle. Eso es de Anatole France; pero no es una
actitud filosófica aprendida lo que hace a un gran
escritor. Con eso, otro que no fuera Azorín habría
intentado una obra vana, sin trascendencia y sin v
lor. Sólo Azorín pudo acometer, bajo la influencia de
Anatole France, la empresa de traducir en su obra una
.idiosincrasia que es al mismo tiempo individualísima
y de raza. España, en su estancamiento, en su resig-
nación, parxia de formas y recia de espíritu, asoma en
La voluntad y llena las páginas de Antonio Azorín. Las
confesiones de un pequeño füósofo cuentan cómo el
autor va despertando a la vida, al pensamiento, al arte,
en el ambiente secular de esa España, que no es de
un día, iino de siempre, y que eitá en los paisaje»
[1411
I.AVXAII
desnudos y en las costumbres inveteradas, más que en
las llamativas figuras y en los acontecimientos ruido-
sos de un momento pasajero.
III
Un gran problema plantea en la crítica Azorín; es
lo que él llama la revisión de los valores literarios.
Esta consiste en someter a la prueba de nuestra sen-
sibilidad contemporánea la producción consagrada por
el juicio favorable de las generaciones precedentes. No
se trata ni de acumular sobre cada asunto una erudi-
ción vastísima, ni de promover con grandilocuentes
elogios admiraciones infundadas, ni de perderse en
menudos análisis de retórica y gramática. Lo que Azo-
rín quiere es más sencillo y más hondo que todo eso.
Desde luego desembaraza de prejuicios ia distancia que
la tradición ha creado entre las obras ilustres y no-
sotroa; pero esto no es más que una preparación pre-
via indispensable para acercarnos sin tropiezos, libres
de extrañas sugestiones a las cosas. Lo esencial es per-
cibir directamente la impresión que nos causan ahora
a nosotros los libros clásicos, sentirlos con la sensibi-
lidad que en nosotros ha formado el tiempo transcu-
rrido, — afí os, siglos, — desde que ellos fueron escri-
tos. Sólo con este procedimiento podrá saberse qué ea
lo que, en la antigua literatura, responde a nuestros
gustos, a nuestras necesidades, a nuestras exigencias,
lo que en ella está vivo todavía, lo que de ella perdura
y vale. «No existe más regla fundamental — escribe —
para juzgar a los clásicos que la de examinar si están
de acuerdo con nuestra manera de ver y de sentir la
realidad; en el grado en que lo estén o no lo estén.
MOTIVOS DE CBmCA
en ese mismo grado estarán vivos o muertos» (Clásicos
y modernos, «Los clásicos»). En el prefacio agregado
a las nuevas ediciones de Lecturas españolas repite
sobre los clásicos la misma idea que Anatole France
ha desarrollado cien veces paradógicamente acerca de
todos los libros. «No han escrito las obras clásicas sus
autores; las va escribiendo la posteridad. No ha escrito
Cervantes el Quijote, ni Garcilaso las Eglogas, ni Que-
vedo los 5zzereos. El Quijote, las Eglogas, los Sueños,
los han ido escribiendo los diversos hombres que, a
lo largo del tiempo, han ido viendo reflejada en esas
obras su sensibilidad. Cuanto más se presta al cambio,
tanto más vital es la obra clásica».
Nuestra sensibilidad se erige así en arbitro soberano
de la apreciación estética. ¿No se priva de este modo
a la crítica de todo fundamento firme y seguro? ¿No
es esto abandonar a las inclinaciones del momento, a
la moda pasajera, a la novelería el juicio literario? La
sensibilidad cambia continuamente, según el mismo
Azorín lo repite casi a diario. ¿Cómo, pues, entregarle
una decisión transcendental sobre el destino de la cul-
tura? La sensibilidad cambia, en efecto, según Azorín;
pero el cambio que produce la civilización es un afi-
namiento, es un progreso, y por lo mismo nada sirve
mejor que ese cambio para averiguar en qué medida y
con qué eficacia la vieja producción ha contribuido y
puede aún contribuir a desenvolver el espíritu de las
generaciones sucesivas. «Un poco más de sensibilidad:
eso es el progreso humano; es decir, un poco más
de inteligencia» escribe Azorín cuando se ocupa de
«la evolución de la sensibilidad» en el libro Clásicos
y modernos. El no aisla esas dos facultades; en el vo-
lumen citado, comentando «La inteligencia de Feijóo»,
[147]
LAÜXA»
dice: *Una sensibilidad deUcada supone ana inteli-
gencia viva».
Se ha dicho que eso es el subjetivismo y que sobre
éste no puede levantarse una concepción cxenliñca de
la literatura. Todo es subjetivismo en las valoraciones
de preferencia; es gubjetivismo el buen gusto clasico;
lo es de igual manera cualquier tendencia contraria;
pero, más profunda que las variedades propias de las
escuelas y las épocas, persiste una corriente constante
de fuertes sentimientos que, en esas mismas diferen-
cias accidentales, componen lo que llamamos huma-
nidad. . j, .
Ese fondo humano perenne es lo que interesa y din-
ge en su labor crítica a Azorín. En brevísimos artícu-
los, de unas diez páginas a lo sumo, ha procurado se-
ñalar, ha señalado agudamente, sin amplios desarro-
líos, sin complicadas consideraciones, las notas funda-
mentales de los escritores y de sus libros. Sus artíru-
los más parecen delineamientos y esbozos que estu-
dios. No pretenden comprender lodo lo que el asunto
requeriría para ser agotado. Un solo aspecto, una sola
particularidad, en cada tema, absorben toda la inten-
ción de cada trabajo, ^ ^
Por eso vuelve siempre sobre unos pocos tópicos
preferidos. ¿Cuántas veces no ha escrito sobre Cervan-
tes, sobre Saavedra Fajardo, sobre Gracián, sobre La-
rra' Es cierto que frecuentemente se ha repelido acer-
ca de ellos porque la ocasión o las circunstancias^ lo
obTi'^aban; pero, independientemente de todo motivo
extrlño. Larra, Gracián, Saavedra Fajardo y Cervantes
han sido tratados por él según diferentes propósitos,
sin que nunca el ensayo demostrara que el autor se
disponía a establecer conclusiones definitivas y de con-
junto. En el volumen Rivas y Larra, el estudio consa-
[14fi]
MOTIVO» DE CRITICA
grado a éste no es más que una colección de cédulas
dispuestas en orden alfabético, sobre sus ideas y opi-
niones. Es evidente que Azorín publica ese inventario
ideológico para ahorrarse la tarea de componer su
contenido con las trabazones lógicas necesarias a una
síntesis cabal.
Su crítica es fragmentaria^ dispersa, caprichosa, in-
coherente. Acaso no le es posible o le pesa el esfuerzo
constante y largo de los esludios acabados y prolijos,
y por eso limita su acción a las vistas ligeras y pers-
picaces. «Ver» un autor o un libro es para Azorín el
deleite de penetrar su espíritu y darse a las sugestio-
nes placenteras de un ensoñamiento vagabundo con
las cosas leídas. Así «ve» lo misrao una obra lítetaria,
El licenciado Vidriera, que Un pueblecito o un pai-
saje; así ha visto, leyendo Él lazarillo de Tormes, a
«Un hidalgo» de Los pueblos^ y en las admirables pá-
ginas escritas como discurso para el centenario del
Quijote y después recogidas en Lecturas españolas,
«El caballero del Verde Gabán». ¿Crítica? ¿Puede
esa reconstrucción de una escena antigua, desbordante
de sensibilidad modernísima, reputarse verdadera crí-
tica? No, sin duda; pero ella supone y encierra un tra-
bajo de análisis puntual y fino discernimiento, y comu-
nica ona impresión de exacta verdad, que son el fun-
damento más sólido y el efecto más vivo do la crítica
mejor.
Mucho ha insistido Azorín sobre la indispensable
revisión de los valores literarios. Tal vez no ha realiza-
do él mismo personalmente gran cosa de ese progra-
ma; pero ha difundido en el ambiente español sus
ideas, y se debe innegablemente a su influencia buena
parte del empeño general que se está aplicando a la
investigación y el examen de la vieja literatura caste-
.[140]
LAUXAR
llana. Atacó desconsideradamente la opinión divul-
gada sobre el realismo en la novela picaresca y la
nobleza del teatro clásico, y escandalizó con ello al
público dormido en la ignorancia a la sombra gloriosa
de los incultos laureles. No babía motivo para el es-
cándalo. Estaba ya dicho y bien dicho por Menéndez
y Pelayo cuanto Azorín aducía contra la íarragosa
complicación de la fábula y contra la falsedad e in-
verosimilitud de las aventuras cómicas y trágicas. En
lo demás se equivocaba Azorin; pero su error ni era
del todo infundado ni merecía la grita violenta que
se produjo. Son exactas las observaciones particulares
formuladas por él sobre imposibles lances de las nove-
las y costumbres disolutas o bárbaras del teatro. Su en-
gaño estriba en que edifica sobre esos detalles, — abun-
dantísimos y enormes si se quiere, — conclusiones que
no armonizan con la clara impresión que dejan la
novela y el teatro, ¿Qué importa que en aquélla sea
absurda una incidencia, cuando, a pesar de este defec-
to, se respira y palpa la vida típica y lozana de la épo-
ca, en el aire de la sociedad y en el carácter de los in-
dividuos? ¿Qué importa que en el teatro ae acumulen
y barajen desmanes, villanías y atrocidades, si por
sobre todo impera absoluto, indiscutido e irrefragable
el sentimiento del honor? No hay tragedia sin calás-
trefe y sin crimen, y la tragedia es hunaana porque
apiada y enternece con el dolor compadecido. Se equi-
vocaba Azorín, al deducir, con más o menos lógica,
abstractamente, de ciertos hechos, —incongruencias
en la novela picaresca, ruindades morales en el tea-
tro, que ni aquélla es realista ni éste es honorable.
Ni 'los imposibles de la novela ni las groserías del tea-
tro empecen que España esté viva en la primera y que
[150]
MOTIVOS DE CRITICA
en el segundo aliente y campee su hidalguía pundo-
norosa.
Se equivocó también contra las grandes figuras li-
terarias que inmediatamente precedieron su aparición,
— contra Campoamor, contra Valera, contra Pereda,
contra 'Menéndez y Pelayo. Ciegamente negó la impor-
tancia de su obra, por insustancial y fofa la de los
unos, por incomprensiva y reaccionaria la de los otros.
La destemplanza revolucionaria de sus primeros años
no respetó ni valla ni medida. A toda fuerza quiso
echar abajo lo que estorbaba su marcha presurosa. Lo
irritaba que una generación ilustre formada en otro
ambiente social y con otros principios estéticos no ce-
diese rendida al impulso de la juventud nueva y ava-
salladora. Fue el movimiento que él llamó de la «ge-
neración de 1898». Schopenhauer y Nietzsche en la
filosofía, Gautier y Baudelaire, e! uno por su técnica
pictórica y el otro por su refinamiento cerebral, Tolstoy
y el, realismo francés en la literatura, apartaban de
las fuentes nacionales a los recientes escritores de Es-
paña, que se constituían en banda para arremeter,
por enemigos del espíritu moderno, contra los repre-
sentantes de la tradición y del orden establecido. Era
natural que el público ilustrado resistiese como ex-
tranjerizo y antipatriótico ese advenimiento. No todos
podían explicarse, como después lo haría el propio
Azorín, con las ideas de Rémy de Gourmont, que no
hay renovación fecunda sin germen extraño, sin le-
vadura espiritual de otra raza o de otro tiempo. Azo-
rín, templado con la madurez de la inteligencia y tran-
quilo en el goce de una celebridad bien lograda, ha
vuelto sobre sus pasos para rendir justicia a aquellos
adversarios duramente combatidos antes. De ellos ha
dicho al fin que no fueron superados por la genera-
Z»AUXAA
cíón de 1898. No es inútil, para sondar su ánimo en
este asunto, el «Epílogo» que cierra su libro Los
Quinteros y otras páginas.
Sobre los autores que pertenecen a su época, ex-
cepción hecha de Pío Baroja, apenas se ba ocupado.
De Baroja ha escrito siempre con amistosa pondera-
ción; ha dedicado a Rubén Darío una sola página,
aunque magistral; se ha referido alguna vez a Juan R.
Jiménez y Antonio Machado con palabras evasivas,
de sincero y delicado elogio, pero de escaso discerni-
miento y poca hondura; sobre Jacinto Benavente, Ra-
món del Valle Inclán, Ramón Pérez de Ayala, Eduar-
do Marquina, Manuel Machado, Gregorio Martínez
Sierra, Enrique de Mesa, nada ha hecho que le mere-
ciese la gracia de ser recogido en libro, ¿No sería un
regalo inapreciable para los venideros la galería de
estudios finos y precisos que Azorín puede trazar de
sus contemporáneos más distinguidos?
Ella valdría seguramente mucho más que sus «nue-
vas obras» y los últimos volúmenes de sus críticas. Ha
cambiado radicalmente en éstas su manera. Daba an-
tes breves, pero profundas, vistas sobre el fondo esen-
cial de cada tema; alarga ahora en consideraciones
accesorias, de poca monta, sus artículos, y descuida o
pierde con ellas el interés vital, el espíritu que anima
y diferencia con privativo carácter a un escritor o una
obra, ¿Qué sabe sobre la intimidad personal de Luis
de Granada o Luis de León y de Emilio Castelar quien
haya leído atentamente las apuntaciones y las glosas
de Azorín?
Su principal labor crítica ha sido, hasta ahora, con
la propulsión dada a las inquisiciones sobre la anti-
gua literatura española, un corto número de retratos
apacibles, sencillos, sin gesto, de actitud y expresión
MOTIVOg DI CHITICA
embargados por el pensamiento ausente o reconcentra-
do. Los más pertenecen a personajes del siglo XVIII
o principios del siglo XIX; ninguno es de figuras pri-
mordiales.
Tampoco son de primera importancia las ideas esté-
ticas de Azorín. Siempre se mostró con ellas más de-
cidido y seguro que juicioso y firme. Así, al mismo
tiempo que Yuste, el maestro de La voluntad^ conde-
naba en su nombre la comparación por equívoca y
engañosa (Primera Parte, cap. XIV), él acumulaba com-
paraciones sobre comparaciones con la más despre-
ocupada y libre indiferencia («algo así como uno de
esos mercaderes que se ven en los cuadros de Mari-
ñus, o como un orfebre de la Edad Media, o como
un judío que practica el cerrado arte de la ciropeya».
Segunda Parte, cap. VIII) ; y contra sus propias censu-
ras a la artificiosidad literaria de los diálogos en la
novela (Primera Parte, cap. XIV), hacía que un senci-
llo sacerdote y una muchacha de su casa conversaran
familiarmente con latinazgos, largas citas literales de
los Evangelios y extraños conceptos (Primera Parte,
cap. II).
De la verdad rigurosa hasta el detalle mínimo, que
exigía Yuste (La voluntad. Primera Parte, caps. IX y
XIV), a la caprichosa indeterminación del superrealis-
mo que ahora propaga Azorín con sus «nuevas obras»,
hay una distancia enorme, que él ha recorrido insen-
siblemente, como sin darse cuenta del cambio.
Evidentemente Azorín no es un doctrinario: ni moti-
va su crítica en principios fundamentales, ni discute
los programas y las tendencias de las diferentes escue-
las. Sabe seguramente que eso no es más que un ejer-
cicio de pedantería o un juego de ocio infecundo. Lo
que en lealidftd le interesa es la obra viva, y para
liAUKAR
apreciar ésta su única pauta es la sensibilidad. Sobre
este punto no ha variado nunca. «¿He hecho crítica?
— se pregunta. — no sé: he intentado expresar la im-
presión que en mí producía una obra de arte. Toda
crítica, aun la más imparcial, aun la más objetiva, es
una impresión. He buscado siempre en un libro la
claridad, la exactitud y la lógica. Nadie roe podrá con-
vencer de que tales cualidades son desdeñables en li-
teratura» {Págiruts escogidas, «La crítica»). Es lo mis-
mo, exactamente, que siempre dijo Anatole France.
Para Azorin, como para Anatole France, las grandes
cualidades son la sencillez, la exactitud y la claridad.
No contienen, sobre el arte de escribir, otras ideas sus
volúmenes de crítica. Hay en El político una página
sobre «La lectura de los clásicos» muy inteiesante para
conocer el gusto de Azorin; ella no ofrece cosas nue-
vas, pero encierra, en cambio, y resume toda su esté-
tica en el amor de la mesura y la elegancia,
Azorin no es un teórico, sino un sensitivo intelec-
tual. Con todo parece que ha sido llevado al superrea-
lismo, que ahora practica a su manera, más por el
afán de no rezagarse en el movimiento contemporá-
neo, que por natural propensión o espontánea afinidad.
En el fondo, sus «nuevas obras» son meros bosquejos
informes y profusos de lo que, cernido y trabajado, hu-
biera podido ser una de sus obras anteriores. £1, que
tanto reprochaba a los grandes literatos de su juven-
tud la indiferencia y el desdén para las inquietudes
y aspiraciones recientes, ni ha querido parecer ajeno a
las novedades actuales, ni ha sabido interiorizarse en
las más hondas y delicadas orientaciones del momento.
No las desprecia; antes al contrario hace manifestación
de que las estima; pero tampoco las estudia. No es,
por cierto, el suyo, el superrealismo que intenta ex-
MOTIVOS DE CRITICA
plorar, oculta o secreta en la realidad conocida, una
realidad ignota. Azorín se contenta con exhibir en
forma confusa el esbozo de una escena imprecisa en
la novela, y descomponer absurdamente en el teatro,
con recursos mágicos o arbitrarios, la marcha regu-
lar de la vida. Habla de la subconsciencia por alusio-
nes y como de oídas, con escasa o ninguna concien-
cia de la materia y peor que lo hacía Valera, septua-
genario y medio ciego, sobre las últimas novedades fi-
losóficas y literarias cuando él se indignaba contra la
socarrona ligereza del insigne escritor cordobés.
IV
En Las confesiones de un pequeño filósofo, después
de recordar que su primera obra literaria fue un dis-
curso trabajosamente preparado en el colegio, cuenta
Azorín que, si le ocurre pasar delante del Congreso,
baja tristemente la cabeza y piensa en esta horrible
paradoja de su vida: haber comenzado haciendo un
discurso a los ocho años para acabar siendo un hom*
bre vulgar que no ha podido lograr una acta de di-
putado. En el prólogo de la primera edición, J. Mar-
tínez Ruiz informaba que Azorín hubiera deseado pre-
sentarse en las primeras elecciones para diputado y
que sus amigos lo disuadieron de esa idea extraña pi-
diéndole que hiciese en cambio un libro; porque no
le convenía la atmósfera artificiosa del Parlamento y
seria de más gusto leer unas páginas libres salidas de
su mano que verlo andar estérilmente por los pasillos
o voceando como un hombre vulgar en. el hemiciclo;
su palabra, que es sencilla y tranquila, no llenaría las
exigencias de la oratoria ; su cultura no es de tratados
C166]
LAUXAH
generales y libros fácilmente accesibles a las media- -
nías ilustradas, y él, cuando razona, sigue su propio
impulso y no sacrificaría sus conclusiones justas ni a
las conveniencias políticas ni a los prejuicios de la
muchedumbre ^. Esto se decía en 1904. La segunda edi-
ción, que es de 1909, suprime ese prólogo y está dedi-
cada a D. Antonio Maura, «a quien debe el autor de
este libro el haberse sentado en el Congreso, deseo de
la mocedad».
Es curiosísima la historia que se ha dado acerca de
este suceso. Se había alejado Maura, de la Corte; tras
él, como sagaz periodista, para que trasmitiera cual-
quier novedad sobre el político, había sido enviado
Azorín. Desde el primer instante la policía comisiona-
da para asistir al jefe del partido conservador había
advertido que un sujeto extraño, de aire misterioso,
había aparecido en el lugar y seguía y observaba al
patricio . ilustre en todos sus pasos. La vigilancia po-
licial se interesó naturalmente en esta situación equí-
voca y sospechosa. ¿No se estaría bajo la amenaza de
un alentado anarquista? Un día de mal tiempo en que
el presunto criminal, con la cara enfundada en su
abrigo, se hallaba como en acecho, guarecido en el
atrio de un edificio frente a la mansión de Maura,
fue previsoramente aprehendido y llevado ante las au-
toridades superiores para el esclarecimiento del caso.
El desconocido se negó con firmeza a toda explica-
ción y quedó así detenido varios días. Se comentó apa-
sionadamente el hecho. Entre tanto fue notada la dea-
aparición de Azorín. Al fin todo fue aclarado me-
dicante algunas' comunicaciones rápidas con Madrid, y
1 Estas referencias están extractadas casi a la letra del
tescto original. No van pueitas entre comlUas porque ban
■ido ligeramente variadas para la adaptacióa.
MOTIVOS S>H CSITICA
Maura, siempre atento y cortés, quiso hablar con el
periodista obstinado que había sufrido una encerrona
a causa de él. De esta entrevista resultó Azorín diputa-
do por el partido conservador.
No se equivocaban los buenos amigos a quienes se
refiere J. Martínez Ruiz que el prólogo de Las confe-
sioíies de un pequeño filósofo: Azorín carece de las
dotes necesarias a la oratoria y fue un parlamentario
silencioso. Acompañó adictamente, primero, la acción
de Maura y, después, la acción de La Cierva.
Sus enemigos le han reprochado su aparente incon-
secuencia: ¿No era antes un revolucionario? ¿Cómo
pudo convertirse al conservalismo? Vicente Blasco Ibá-
ñe2 pensó un día aniquilarlo enrostrándole que, de
mozo, había hecho una campaña de anarquismo en
la prensa. Pío Baroja, que es su amigo y que se ex-
plica siempre lodo con facilidad y sencillez, dice de
él que «tiene la debilidad de creer grandes hombres
a todos los que hablan fuerte y enseñan con pompa los
puños de la camisa en una tribuna». De periodista
anárquico a político tradición alista, Azorín ha cam-
biado mucho menos de lo que parece. No hubo en su
actitud reacción violenta, sino progreso evolutivo. En
el ardor inquieto de la juventud, sintió con rebeldía
la injusticia del orden social y protestó contra la des-
igualdad entre los hombres, contra la propiedad par-
ticular de la tierra, contra la esclavitud del matrimo-
nio y de las cárceles. Lentamente fue entrando, con su
continua observación de literato, en la entraña de la
vida y en el alma de España. Frente al vano tráfago
y al tumulto ruidoso de las gentes espectables, vio la
existencia callada y oscura de la humanidad anónima,
sometida a su destmo ineluctable. El necio alboroto de
la política rio fue para él más que un «epifenómeno»
LA VX AB
estéril sobre la intensa e inconmovible realidad vital,
¿Qué pueden los discursos y las reglamentaciones de
unos pocos personajes de comedia, que se consideran
piimordiales y majestuosos, contra el incontrastable
impulso de las fuerzas cósmicas y naturales? En lo
más hondo, en lo más íntimo está lo que verdadera-
mente vale, y nada o muy poco importa el juego exte-
rior y aparatoso de la organización artificial. No es
una ley humana cambiante, sino la fatalidad irresisti-
ble, lo que hace y gobierna, bajo las apariencias delez-
nables, la corriente de la vida. «No lo ocultamos, por-
que somos sinceros: — está escrito en el capítulo XIV
de la Tercera Parte de Antonio Azorín, — la entraña
de un país no puede renovarse de un día para otro
con un simple Real decreto». «Es absurdo creer que
un puñado de hombres pueden cambiar en breves años
la faz de un pueblo: la obra lenta de los siglos no pue-
de ser deshecha en un momento» se repite en el ar-
ticulo de Fantasías y devaneos^ «La melancolía incu-
rable del señor Costa», que es de 1904, ¿Hay de esto
mucha diferencia a lo que se aconseja en el capítulo
XXVII de El político, «Innovador dentro del orden»:
«Contra lo que el tiempo ha ido estratificando, sólo
con el tiempo se puede luchar»?
Era para Azorín la política española una contienda
confusa de bajas concupiscencias, malas ambiciones y
estúpidas fatuidades, movida entre pillastres y tontos,
con aire de majestuosa teatralería sobre un fondo real
de ignorancia y egoísmo. A pesar de esto, y contra to-
do lo que por esto mismo debería esperarse, ella atra-
jo y fijó su atención, Azorín fue durante largo tiempo
cronista de las sesiones parlamentarias. Las Cortes fue-
ron a sus ojos el escenario de una tragicomedia impro-
visada, sin plan y sin desenlace impuestos, donde los
[1S8]
MOTIVOS DE CRITICA
figurones y los comparsas de la representación vivían
con todas las pasiones y todos los instintos de la hu-
manidad. Aquello era todo un pequeño mundo, y a
fuerza de estar metido en él como espectador irónico
y escéptico, empezó por complacerse en los trajines
y las peripecias del momento, para acabar interesado
sinceramente con la suerte de los actores y el espíritu
de los partidos. ¿No había acaso diferencias entre
unos y otros hombres y unos y otros principios? ¿Có-
mo no preferir los combatientes dignos, arrogantes,
íntegros? ¿Cómo no reconocer la eficiencia saludable
de las ideas firmes, claras, profundas?
En los cuadros y comentarios de ParlameTitarismo
español, son, primero, los grandes jefes conservadores,
por su brío contenido y su reposada serenidad, lo que
gana la simpatía del autor; después, con ellos y por
ellos, la tradición, que es el pasado vivo en marcha
segura hacia lo porvenir, penetra y se afirma en su in-
teligencia y en su voluntad. Azorín, revolucionario
contra el desorden y el atraso, y conservador por amor
del orden y del progreso factible y efectivo, es uno
mismo. «Si hay algún amor intenso, es este amor a la
tierra» dice Yoste en el capítulo VI de La voluntad.
El verdadero amor de España, sin falso patrioterismo
ni declamaciones hueras, anima en Antonio Azorín
la pintura de los paisajes, de los puebleciUos, de las
gentes modestas, que son, con el espíritu que de ellos
emana, lo estable, lo permanente, lo esencial en e! alma
de la raza. Toda la obra literaria de Azorín atestigua
su profundo arraigamiento en la vida, en la historia,
en el pasado secular de España. No podía serle ajena
la causa del partido conservador.
En éste no repudió el ideal de mejoramiento propug-
nado con intempestiva impaciencia durante su juven-
LACrXAB
tud "rebelde. El «nuevo Maquiavelo» de H. G. Wells,
fatigado por la intolerancia y la desinteligencia de sua
correligionarios los socialistas, se vuelve a los conser*
vadores, y al fin halla entre ellos la posición más li*
brc, más cómoda, más propicia para su programa de
reformas sociales. Azorín había de ver establecido por
la decisión de un ministro conservador, contra el des-
concierto y la mala voluntad de sus adversarios, un
régimen preciso de protección obrera (Un discurso
de La Cierva, cap. XI, «Una obra reformadora»).
«Política: no devaneo, no inconciencia» pide A20-
rín. Aplaude en Maura la dignidad, la rectitud, la
mesura; en La Cierva, con la entereza del carácter,
celebra la competencia, el trabajo, la perseverancia.
Hace de Mariano José de Larra, a quien todos miran
como un aimple costumbrista divertido, la cabeza de
un movimiento social, y con él se identifica en la con-
denación de la desidia 7 el desgobierno. Larra quiere
desesperadamente que se ponga todo en orden; pero
no es más que un literato y sólo puede lamentar la rui-
na do España y requerir sin resultado las reformas ne-
cesarias. D. Antonio Cánovas del Castillo, entorpecido
poi el marasmo y la confusión de la época, lucha con
toda su energía heroica, por encauzar en acción común
y disciplinada las fuerzas dispersas y perdidas en mez-
quinas querellas y componendas. Cánovas formula en
España la «doctrina conservadora» con principios que
Azorín recoge de sus discarsoa y confirma con refe>
rencias filosóficas de Auguste Comte, Charles Mau<
rrag y Maurice Barres, ¿Por qué no cita sobre lodo las
dos grandes obras, fundamentales sobre la cuestión,
de Renán y de Taina, La ré forme intellectueüe et mO'
rale de la France y Origines de la France contempo-
raine? Ellas son, con las de.Maurras y Barres, la xnáa
[liO]
MOnVQS, DB CRITICA
fuerte defensa de la tradición conservadora en los
pueblos de lenguas latinas.
La evolución política de Azorín ofrece una semejan-
za rara y significativa con la actitud de Barres: ambos
parten del anarquismo intelectual más absoluto, y am-
bos, por inclinación personaÜsima extraña a toda in-
fluencia dogmática y a todo respeto servil, entroncan
finalmente en el pasado y acatan la dependencia que
61 exige de la vida actual para que se haga y consoli-
de el progreso normalmente, sin convulsiones ni tras-
tornos. Barres proclama su divisa de tradicionalismo:
«la tierra y los muertos». La tierra, que forja al hom-
bre y lo vincula a "su dominación permanente y conti-
nua, y los muertos, que prolongan su vida en las gene-
raciones sucesivas con el espíritu de la raza lentamente
desarrollado, son las dos fatalidades supremas y favo-
rables de las sociedades hiunanas. Rebelarse contra
ellas seria esterilizarse en propósitos vanos y renegar
la propia individualidad. Ya, antes que Barres, decía
Comte que la humanidad se compone de muertos y de
vivos y que los muertos son, por mucho, los más nu-
merosos. Antoine Bauman, citado por Maurras, agrega
que lo que llamamos humanidad no es la masa de los
hombres separados sobre el haz de la tierra en deter-
minado momento, ni el simple total de loa vivos y los
muertos, sino la cadena de los que han cooperado a
la gran obra humana, de los que se prolongan en no-
sotros y que nosotros continuamos. Este grupo esco-
gido no es una imagen vana. «El forma lo que hay de
más real en nosotros, y nosotros lo sentimos siempre
que descendemos a lo secreto de nuestra naturaleza».
Anatole France, a quien Azorín se ha parecido siem-
pre en muchas cosas, repetía y aclaraba majestuosa-
mente a Comte con e&tas palabras: «La htimanidad ae
U-4t
[161]
LAUXAB
compone casi entera de muertos, ;ian poco son los
vivos ante la multitud de los que han vivido!» «Por su
multitud y la grandeza del trabajo cumplido, ellos son
los más potentes. Son ellos quienes gobiernan; nosotros
los obedecemos. Nuestros señores están bajo tierra.
He aquí al legislador que ha dictado la ley a que yo
me someto hoy, al arquitecto que ha construido mi
casa, al poeta que ha creado las ilusiones que nos tur-
ban todavía, al orador que nos ha persuadido antes de
nuestro nacimiento. He aquí a todos los artesanos de
nuestros conocimientos verdaderos o falsos, de nues-
tra sabiduría y de nuestras locuras. Ahí están los je-
íes inflexibles a quienes no se desobedece. En ellos
están la fuerza, la continuidad y la duración, . Bien
es verdad que el mismo Anatole France acabó por opo-
ner a la voz de nuestra conciencia, «que es la voz de
los muertos que hay en nosotros», el balbuceo indis-
tinto de nuestros descontentos y nuestras esperanzas,
que será un día. la voz nueva de las generaciones fu-
turas.
Azorín fio puede menos que reconocerse a si mismo
en el paisaje español y en los tipos castizos de los vie-
jos pueblos. Su acción política es, sin duda, mucho
menos importante que la de Barrea: él no levanta ban-
dera, no dirige campañas, no arenga muchedumbres;
se limita a apoyar en la prensa el programa de los
jefes y a prestarles, lo que no es poco, el ennobleci-
miento de su filosofía y la seducción de su inteligencia
lúcida. Diputado mudo, fue un escritor de fibra y de
garra, y suplió con sus páginas de polémica y de infor-
mación lo que no dio en discursos. La primera parte
del libro Devaneos y fantasías. Parlamentarismo espa-
ñol El político. Un discurso de La Cierva y El chi-
rrión de los políticoSf amén de otros muchos artículos
[162]
MOTIVOS DE CRITICA
pertenecientes a diversos volúmenes, importan cierta-
jTiente más que una jefatura de ministerio para la di-
rección del espírilu público.
No parece que Azorín sea ministeriable a pesar de
que en El político, entre burlas y veras, intentó alec-
cionar sobre el arte del gobierno a loa dirigentes del
Estado y en máa de un punto se tomó de modelo a sí
mismo. La cadena de reloj que el político ha de llevar
según sus consejos ¿no debe ser delgada, con «alon-
gados eslabones» como la que luce el consejero D.
Diego de Corral en el cuadro de Velázquez y como
la que el mismo Azorín ostenta en el capítulo IV de
Antonio Azorín? El político ¿no ha de ser cortés, pero
recogido y reservado, como el mismo Azorín, para
guardar una distancia «invisible e insalvable» con
quienes lo tratan y mantener su consideración y fama
con la perplejidad y la in certidumbre de la gente?
¿No ha de cuidar también, como el mismo Azorín, de
no contrariar siempre a los demás y de seguir de cuan-
do en cuando la corriente? ¿No ha de consentir la
variación de las ideas en los hombres como la admite
y practica Azorín? Como Azorín ¿no debe permane-
cer impasible ante el ataque injusto y malintenciona-
do? ¿No debe ser cualidad eminente en él la astucia
de la vulpeja, y no ha demostrado Azorín que es hábil
y preparado en esta materia que ya en 1903 pensaba
tratar en próximo hbro, según se anuncia en la pá-
gina sobre «obras del autor» que precede a Antonio
Azorín? ¿No ha de ser, por último, arrogante, leído,
afecto a los buenos clásicos y despierto con las nove-
dades, como Azorín lo es?
A pesar de que él reúne en sí todas las prendas y
destrezas y primores que, a su juicio, acreditan con
plenitud y gallardía la eminencia del perfecto políti-
[163J
LAT7XAB
co, no parece que Azorín sea ministeriable. Sólo ha
desempeñado hasta ahora, además de varias diputacio-
nes, la subsecretaría de Instrucción PúbHca. Estuvo
una vez a punto de ser gobernador civil de Murcia.
Estaban algunos murcianos preocupados sobre quien
había de ocupar ese cargo. No se atrevían ellos a indi-
car ningún candidato al Sr. La Cierva, que podía lograr
fácilmente un nombramiento satisfactorio, Azorín de-
cidíó entonces, para tranquilizarlos, ofrecerse para el
puesto vacante y hablar en seguida al Sr. La Cierva.
A todos agradó la solución repentina; sólo que el
Sr. La Cierva no quiso pedir nada, y nada se hizo,
«Y de esta manera, — concluye Azorín, — quien es-
cribe estas líneas, que tan sólo por complacer y servir
a unos amigos hubiera aceptado ese cargo, no llegó
a ser gobernador». Preceden el relato estas líneas, que
son el único reparo, la sola tacha, que él opone a La
Cierva: «Ün poco de inhabilidad, otro poco de apatía
y otro poco de indiferencia a la tierra y a los hombres
pueden hacer que, siendo el ocupante del gobierno una
bellísima persona, todo un caballero, venga a ser in-
fructuosa o lastimosa su gestión».
Azorín, que ha citado a menudo a Montaigne, que
se ha comparado con él y que efectivamente se le pa-
rece algo de lejos, invoca, para disculpar sus propias
ligerezas, las palabras del maestro: «II fault avoir un
peu de folie qui ne veult avoir plus de sottise». El ha
sido siempre, con gusto y alegría, un poco alocado:
eran alocados sus juegos de infancia; lo fueron des-
pués sus travesuras literarias. No podía dejar de serlo
por completo su intervención política. Todos sus li-
bros sobre la materia, menos Un discurso de La Cier-
vOf son jocosos; a todos vence por su ironía, El chi-
rrión de los poUticos. En él, Azorín, que es un intelec*
[ 164]
MOTIVOS DE camcA
tual, ha dicho que no puede ser político ni, menos,
ministro quien tenga tal condición; pero ha dicho
también que la verdadera política, la más eficaz y la
más honda, consiste en adelantar con el pensamiento
el espíritu de la nación. «La vida de un hombre, la
vida sola, sin palabras, sin hechos, puede ser una po-
lítica; puede ser la más alta política, y la más alta
estética». «Estamos gobernando hace años sin estar en
el poder: (No es él quien habla así; pero así habla
por él su personaje D. Pascual). Creamos una llamita
de civismo, de cultura, de independencia mental, que
esparce sus resplandores en la noche de nuestra pa-
tria».- «Y si nunca podemos sentamos en un sillón
miniateriál, ¿qué habremos perdido? Nuestra obra de
difusión de la cultura, de avivamiento del amor a Es-
paña, estará hecha*. «Las ideas mueven al mundo. . , ;
las ideas son las más poderosas de las acciones. No hay
acción sin ideas. . . Los verdaderos hombres de acción
son los hombres de pensamiento». «Toda la política
de los humanos es adoctrinamiento». «La justicia es
cosa etérea, sutil, impalpable. La justicia es la sensi-
bilidad de los mejores. Justicia es poesía».
La sátira que El chirrión de los políticos desenvuel-
ve contra la farsa oficial a aparatosa del gobierno eg
nada más que una síntesis caricatural de las críticas
formuladas en las crónicas parlamentarias desde 1904.
En éstas declara Azorín que, al pisar la calle, termi-
nada la sesión, experimenta el mismo cambio que sien-
te al salir del teatro. Dentro del recinto parlamenta-
rio son otros el espíritu, el movimiento, el ambiente;
de fuera, todo eso resulta «absurdo». La posición de
Azorín, contra lo que podría fundarse en rotundas
apreciaciones aisladas, no es muy resuella. Todo lo
ríe y lo vitupera en el formidable desorden general
[165]
del Parlamento y el Consejo de Ministros. Un discurso
de La Cierva parece la condenación categórica del ré-
gimen parlamentario: allí se pregunta Azorín cómo
puede Barres, frente a las claras conclusiones de Mau-
rras, negarse a reconocer la ineptitud irremediable del
sistema. Sin embargo Azorín no se decide plenamente,
y aunque se muestra convencido con Maurras, perma-
nece perplejo, vacilante, irresoluto. Ese libro es de
1914. Dos años más tarde, en 1916, pregunta en son
de incontestable defensa: «Privada de la fiscalización
que se ejerce en el Parlamento» ¿qué sería la política?»
(Parlamentarismo español, «Escuela de maneras»).
La cuestión es embarazosa, y no sólo Azorín, sino
todos los tratadistas contemporáneos se la plantean con
desconcierto y angustia. Tal vez para consolarse, afir-
ma Azorín que «las sociedades tienen una interna y
formidable fuerza de conser\'ación, y que los pueblos
marchan necesariamente hacia un objetivo de justicia
y de progreso, por encima de todos los artificios polí-
ticos» (Parlamentarismo español, «Prólogo»),
Quiero para concluir este capítulo, señalar una opo-
sición que asemeja singularmente las actitudes contra-
rias de Anatole France y Azorín. Quien haya leído
atentamente al escritor francés no habrá podido menos
de percibir en lo mejor de su obra, más extensa que
variada, lo mismo que la de Azorín, que, bajo el ata-
que omnímodo y perpetuo al orden actual, se infiltra
y mantiene vivo un espíritu conservador apegado al
fondo irreductible del hombre y a las formas determi-
nadas por la historia y la civilización. Jacques Roujon
ha dedicado al examen de esa peregrina dualidad todo
un libro, que es acaso lo más exacto de cuanto se ha
escrito sobre el carácter de Anatole France. Charles
Maurras llama a éste su maestro, no sólo por el ma-
[166]
MOTIVOS DE CRITICA
ravilloso arte del eslilo, sino también por esa oculta
fuente de tradicionalismo innegable. En Azorín se pro-
duce el mismo fenómeno en sentido inverso. El sigue
siendo siempre el agitador revoltoso de su juventud,
aunque sinceramente se afilie al partido conservador
y se afane por llevar al orden las cosas de España. Bien
lo ha visto su amigo, el más penetrante poeta de su
patria en su tiempo, Antonio Machado, que lo define:
im poco libertario
de cara a la doctrina,
¡admirable Azorjn!, el leaccionaño
por asco de la greña jacobina.
Amor del orden y el sosiego en cuanto lo rodea,
placer de la comodidad y el bienestar, escrupulosa
exactitud en la existencia exterior, para que sea más
libre, más dueño de sí mismo el espíritu instable, in-
quieto, vagabundo, anárquico, tal parece Azorín en
la política. Quienes, juzgando con ligereza, creyeron
que renegaba en el partido conservador sus juveniles
ideales", vean cómo le sir^^e Ihi discurso de La Cierva
para augurar en la «Vieja España» una «patria nue-
va», y cómo Andando y pensando se dirige todavía al
comunismo.
V
Tengo ante mí, bajo mis ojos, al alcance de mis ma-
nos, sobre la mesa en que escribo, las obras de Azorín,
Son veinte, treinta, cuarenta volúmenes, y no están
completas. Me faltan algunas que se me han extravia-
do, — Literatura, Los hidalgos. La tragicomedia del
amor, — y otras, que nunca he visto, — Anarquistas
literariosy Notas sociales, Soledades, Pecuchet demO'
C1671
LAUXAB
gogo. Los hidalgos era un librito delgado que inme-
diatamente formó parte de El alma castellana. Lo ten-
go, pues, en éste, aunque lo haya perdido en su tirada
primitiva. De los que no he tenido nunca hay uno que
me atrae con la secreta seducción de su título suges-
tivo, ¡Soledades! ¿No estará en él, todavía incierta,
apenas insinuada, la primera revelación de ese recon-
centrado espíritu manso y reflexivo que fue después
el carácter eminente de Azorín?
Quiero precisar, definir ese carácter: voy a buscarlo
en sus obras. Por eso las he reunido a mi lado. Ellas
me recuerdan viejas impresiones de entrañable simpa-
tía, de cordial admiración. Yo conocí en mi juventud
a Azorín por el «pequeño libro en que se habla de la
vida de este peregrino señor». El fue para mí un se-
gundo Anatole France, un France naturalmente más
sencillo, a pesar de sus voluntarias complicaciones in-
geniosas. ¿No había en él casi la misma ternura son-
riente y compasiva del otro para la inanidad fatal de
las aspiraciones humanas, casi la misma piedad iró-
nica para el dolor inseparable de la vida? Yo adoraba
a Anatole France, y Azorín me encantó con Las coU'
festones de un pequeño filósofo, parecidas por su in-
genuidad y su malicia a los recuerdos, a un mismo
tiempo melancólicos y rienles, de Fierre No2Íére.
La producción de Azorín es vasta : comienza en 1893
con un folleto sobre MoTaún, cuando el autor tiene
veinte años; se desarrolla lentamente, en cortos libri-'
103, hasta 1902, y desde entonces prosigue sin descan-
so, continua, abundante, múltiple, diversa, a más de
un volumen por año. Es cierto, sin embargo, que ella
es más extensa que variada: Azorín ha cambiado poco
y se ha repetido mucho. Ha escrito sobre sociología
Y política y sobre literatura; ha hecho — y ésta es la
[1883
MOTIffPa DE CRITICA
mejor parte de su labor — cuadros de vida española,
que él llama Historia contemporán&i, últimamente co-
medias.
^ De SU9 opiniones sociales y políticas y de su crítica
literaria he expuesto ya lo que estimo esencial y más
importante» El mismo ha repudiado sus primeros tra-
bajos. Más que suyos, los últimos son de la corriente
general que en estos días todo lo revuelve y trastorna
con deseos de novedad y sin cosa nueva. Ni en los pri-
meros ni en los últimos está,, seguramente, la produc-
ción más genuina de Azorín; pero no desdeñemos nin-
guno entre todos; porque puede cualquiera, aun el más
descuidado, aun el más artificioso, descubrir impensa-
damente una propensión, un aspecto, un matiz que tal
vez nos pasara inadvertido o no manifestase toda su
transcendencia en los otros. Concedamos, sí, la prefe-
rencia que merecen para indagar la idiosincrasia per-
sonalísima de Azorín, a sus libros más originales y
curiosos.
¿Cuáles son éstos? ¿Cómo elegirlos? Mucho se ha
repetido Azorín, y sus repeticiones delatan una cons-
tancia de temperamento, una permanencia de carácter.
¿No son lo mismo, en el fondo, Antonio Azorín, Los
pueblos. La mía de Don Quijote y Castilla? ¿No es-
tán ellos todos hechos con breves cuadros sencillos de
escenas comunes colocadas en viejos o- humildes lu-
gares de España y sentidas, honda y sutilmente senti-
das, en la repercusión oculta de su intimidad humana?
¿No es en todos ellos el alma de Azorín un espejo de
emoción y de inteligencia que refleja las cosas con el
mismo sentimiento de perenne melancolía y el mismo
pensamiento sobre la incomprensible fatalidad que
incesantemente aniquila y perpetúa la vida efímera de
los hombres? En España, en Lecturas españolas, en
i mi
LAUXAR
El licenciado Vidriera y Al margen de los clásicos,
¿no revive Azorín, de igual modo, el amor de la be-
lleza y el dolor de la existencia que los grandes escri-
tores de España más queridos por 61 nos comunican
a través del tiempo y del espacio, con palabras que
resuritan y hacen presente lo pasado en el desvane-
cimiento incesante de las generaciones?
Hay diferencias de valor entre esos libros; pero
ellos son, por su contenido común, la típica representa-
ción de Azorín. Con ellos deben citarse en primera lí-
nea, aunque aparentemente ofrezcan otra contextura,
otra composición. Una hora de España y Don Juan;
que también éstos, si es amplísimo el cuadro en el pri-
mero, toda España en su apogeo, y si en el segundo
es grande la figura central, un Don Juan viejo, sere-
nado y naelancólico, están, como los otros, .hechos de
cosas pequeñas y vulgares sublimadas por el arte mo-
doso de Azorín.
Azorín habla frecuentemente de sí cuando escribe.
Los que personalmente lo han tratado le reprochan su
mutismo, BU falta de expansión, su reserva. Alberto
Guillen, que lo visita con su chispeante Linterna de
Diógenes, buscando al hombre que hay en todo lite-
rato, anota en su conversación «un silencio, otro si-
lencio, otro silencio» ; «posa de parco y de frío» —
añade; — «tiene el alma desnuda como una llanura
manchega y almenada como un castillo», y anonada-
do, exhausto de recursos contra la apatía de Azorín,
se pregunta: «¿Cómo destapar a este hombre que no
habla?» Eti La verbena de Madrid donde, aunque in-
justa y duramente formuladas, están las observaciones
más hasta ahora, sobre Azorín, Ventura García Cal-
derón ve a éste como «un reo plácido inconfeso» y lo
califica de «hermético» y de «isleño sin salida al con-
C170]
MOTIVOS DE CRITICA
tinente». El mismo Azorín aconseja en El político la
eubolia, que es discreción de lengua, y recomienda
que^ no se prodigue ni se exhiba el grande hombre.
¿Cómo, pues, a cada paso lo encontramos de pronto
en su obra? No inquiramos ahora inoportunas expli-
caciones para esta singularidad contradictoria que pue-
de ser más sencilla y natural de lo que tal ycz presu-
mimos. Aprovechemos, si es posihie, las apariciones
directas del escritor en sus libros para conocerlo me-
jor. ¿A qué interviene? ¿Qué nos dice de sí? «Yo
veo. . .» «Yo pienso. . .» «Yo siento. . En la des-
cripción del paisaje, en el desenvolvimiento de la esce-
na, irrumpe inesperadamente con el gesto que señala
y destaca una particularidad significativa oculta o di-
simulada entre los detalles indiferentes, o resume y
acendra, con pocas palabras personales, íntimas, la
emoción o la idea esencial de la pintura objetiva. Na-
da más. Todo lo que al momento podríamos inferir
es que Azorín siente, piensa y ve sus propias creacio-
nes. ¿Nada más? ¿No hay otra cosa en ese procedi-
miento habitual del estilista experto? ¿No revela de
ese modo que, en la exterioridad precisa y clara del
cuadro, es una impresión subjetiva lo que él persigue
y trasmite a sus lectores?
Hubo un tiempo en que Azorín llamó insistente-
mente sobre sí la atención distraída y ligera del pú-
blico. Fue cuando luchaba por abrirse camino y con-
quistar una posición de espectabilidad segura y per-
manente. Recurrió entonces como a arbitrio escanda-
loso y decisivo, al rojo paraguas que lo acompaña en
Las confesiones de un pequeño filósofo. En todos sus
artículos se mostró, durante una época de virulencias
agresivas, con el rojo paraguas imaginario. Azorín
fue para todos el literato del monóculo enorme que to-
[1713
I.AtTXAB
dos veían y del paraguas rojo que nunca vio nadie.
La falta de corbata en Miguel de Unamuno, el abando-
no astroso de Pío Baroja, la melena merovingia, los
quevedos y los cuellos de grandes foques en Ramón
del Valle Inclán no fueron más célebres en Madrid y
toda España que ese monóculo y ese paraguas subver-
sivos. A pesar de esto y de las raras confidencias que
hay en Las confesiones de un pequeño filósofo, Azo-
rín, personalísimo por su arte, no es un autor de fá-
ciles franqueos. Le gusta insinuarse a la curiosidad,
como lo prueban acabadameiíte muchos capítulos de
El político y mil asomos entre discretos e indiscretos
de sus libros. ¿No es un aliciente de suspicacia la nota
de sensualidad, — repetida a propósito de Juana la
Larga en España, y en Lecturas españolas sobre la
esposa del Caballero del Verde Gabán, — acerca de
las mujeres maduras que hacen soñar y enloquecen a
los muchachos encerrados en los colegios? Esa nota
vuelve una y otra vez, cuando la ocasión lo permite,
y como ella pueden otras ser indicadas sobre la verda-
dera elegancia y el buen tono, sobre la cultura profun-
da, sobre la inteligencia sutil y el sentimiento delica-
do. Azorín no se olvida ni consiente que se le olvide;
pero no es él mismo el objeto de su arte. Le basta
con ser el artista maravilloso que estampa en su obra
eí sello inconfundible de una personalidad rara.
Siempre es su objeto España. Cuando, por excep-
ción, escribe sobre cosas de algún país extranjero, —
ps decir de Francia, porque no se ha ocupado jamás
de otra nación extraña, — o él lo dice abiertamente, o
sin que él lo diga advertimos nosotros que está pen-
sando, sintiendo y viendo lo que España es para él
contrastada con la visión, el sentimiento y la idea que
recibe directamente de lo que trata-
[172]
Di<=austado por la situación presente, arremete con-
inquietud y el fervor de su^^^^^^^^
batalladora; en sus ataques opone a ^
IWe V aparatosa de la vida política y literana, el ca-
"do suf rUemo del pueblo y U
de la poesía antigua. U buena gente humUd^^^^^^
chipreste de Hita. Juan Ruiz, y Gonzalo Berceo son
la. armaa que esgrime contra el mundo oficial de su
too"lJd), Aparte en -guida su atenc^^^^^^^^^
niií. ¿1 íuzca falto de ínteres, para cen
L'rlo" ntaTv^r» la perd.rJ,le España, que
alKnU en los tipos seculares y en los pa*los_ ramo-
jos r^„,:i ZrinJ. España, la España d. .>««P«.
Tle va m<«lr».do en loa paisajes, y acaba, una vez
/„r„bierta pot imponerse, única y exclunya, a su
a e que Be hace ya deíinitívamente d«cripc.ón emo-
S.a de la naturalla y de la vida cotid»». JL" PJ^
blos La ruta de Don. Quipu, Espam, Casulla). M
U iiíía España bucea en la antigua y moderna lite-
ratea Üsimpr«i«»ea e inUipietacioncs ajenas que
desentrañan sS feonomU y pl«».n su -pmtu íi«
Zta de Don Quijote, Lecturas espanoUa. Al morge»
veces con revivir e«cta>nente, ^^^g f,,!^,
lizada por su autor, una escena típica (-Un "'^"'S^
de Los pueblo.; «Don Q»i)««« en ^^fj^''"
Verde Gabán., de Lecturas españolas), y «"^^
del yerae iiaua" > , consWiccion
t a Lnciado Vidriera), sus retratos de
Castillas, de r^i ntí^hos escrutinios
escritores no son más que sondeos, atisbos, escru
de la conciencia nacional.
[1731
serena hondta d Tu .LVía'cTt'* T
.rVieH F - ^'P""' España nueva
a Ip'f^-T^j""'"" ^^"'^ ^" aquieta frente
contemplativo Vrer,o .n ™ "''^'»
Montaigne o mejor dVSorPr nTeTnST eí
Wes y de los hombres agitado, por vanos sueño,
icvcs y magistrales en que resume
[174]
MOTIVOS DE CRmCA
SU filosofía y su arte. Sea, en Los pueblos, «La novia
de Cervantes». Se dirige Azorín a Esquivias, la patria,
el lugar de la novia; sube al tren que lo lleva; anota
y repite unos pocos detalles que, por un lado, preci-
san la vulgaridad inherente a la situación, y, por otro,
infunden el sentimiento de lo misterioso y de lo eter-
no: parpadean los faroles cerca, lucen las estrellas en
lo infinito. Ha llegado Azorín a la posada de Esquivias,
y charla un momento con el mesonero. ¿Podría no
hacerlo? Seguramente Cervantes hablaría también de
igual modo en parecidas circunstancias. Desde su cuar-
to, en lo alto, cuando se recoge, ve los tejados próxi-
mos bajo la luna, y la campiña remota, y oye a los
perros, que aullan plañideramente, y a las lechuzas,
que chistan. A la mañana lo despiertan las campanas;
vuelve a dormirse y vuelven las campanas a desper-
tarlo. Se asoma hacia fuera; ¿Qué gente ha vivido en
esa casa de tres balcones cerrados? Esquivias fue un
pueblo «señoril y guerrero». Acude a las Relaciones
topográficas ordenadas por Felipe II, y allí encuentra
lo que necesita para excitar su imaginación sobre el
pasado. Sale de la posada: todo es común; pero los
nombres castizos de las calles tienen sugestivo encanto,
y son también ensoñadoras las viejas mansiones, las
callejas, todo el pueblo. Ha dado, por fin, con la casa
de Cervantes; entra en ella, una anciana lo recibe cor-
tésmente, a poco una muchacha «linda y gentil» lo
agasaja con modestia. ¿No estaba dispuesto desde la
nebulosa del caos que estas cosas ocurrieran para sa-
tisfacción del pequeño filósofo silencioso (que era en
el viaje un hombre hablador y reidor) ? En la casa de
la novia de Cervantes, ¿no es la moradora, «discreta
y esbelta», de 1904, la misma Catalina de Salázar y
Palacios que allí moraba en 1584? Recorre Azorín
[175 1
liAUXAB
can el cura, digno sucesor del presbítero que casó a
Cervantes, el camino de la fuente, que es el paseo de
los enamorados. Se va haciendo la noche; hay un gran
silencio en la llanura «inmensa, monótona, gris, som-
bría» ; «las estrellas fulguran como anoche, como en
toda la eternidad de las noches». Azorín piensa «en
las palabras que durante estos crepúsculos, en estas
llanuras melancólicas, diría el ironista a su amada,
— palabras simples, palabras vulgares, palabras más
grandes que todas las palabras de sus libros».
Todo es ligero y superficial en el primer término de
esta narración, quiero decir en lo que está más próxi-
mo a nosotros, en lo inmediato. Todo es grande y trá-
gico en su repercusión indefinida. El autor visita la
casa en que probablemente vivieron la novia de Cer-
vantes y éste mismo, algún tiempo, después de casado.
Han pasado tres siglos; pero la casa, el pueblo, el si-
tio, la naturaleza perduran. Son otras las personas y
tienen la misma vida; parece que prolongaran o repi-
tieran la misma existencia, los mismos gestos, con la
misma alma. ¿No hablaba Cervantes con el mesonero
de igual modo que Azofín ¿No era la novia de Cer-
vantes como la joven que ahora reside en su casa? En
el camino de la fuente, que es el paseo de los enamo-
rados, ¿no pronunciaba Cervantes junto a su amada
las misma» palabras que el amor pone en todas las
bocas, las mismas que están pronunciando lodos los
días, las mismas que pronunciarán siempre los enamo-
rados? ¿Qué fue Cervantes aquí para todos, que lo
trataron y conocieron como a uno entre tantos? El pue-
blo yace pobre y ruinoso en la- llanura seca y árida
que lo envuelve y aisla. Sobre él, como sobre la ciu-
dad kjana, cuando el tren iba a partir, brillan las ea-
trdiaa inmutables, en el cielo indiferente.
[176]
MOTIVOS DB CRITICA
Hay un paralelisrao de contraste que precisa, por un
lado, una escena vulgar, y por otro, evoca el misterio
angustioso de la existencia y de la muerte, Ea una ac-
tualización de' lo pasado que eterniza un momento pa-
sajero. Más sencillo y máa claro, puede encontrarse
el mismo procedimiento en muchas otras páginas de
Azorín. «Í7ra« ciudad y un balcón»^ *La^ nubes*, *üna
flauta en la noche», en sólo un libro, Castilla, repiten
la misma idea, con la misma técnica de composición,
tres veces. «Una preocupación por el poder del tiem-
po compone el fondo espiritual de estos cuadros» de-
clara Azorín. El desvanecimiento continuo de las ge-
neraciones y la permanenpia^de la raza o del hombre
■ constituyen el doble pensamiento del autor en su obra
entera.
Por eso, para que esta constancia resalte mejor, de-
secha todo lo exlraordinaiio, todo lo heroico, todo lo
sorprendente, y se atiene a las más comunes o triviales
ocurrencias de todos los días. Nada tan significativo
a este respecto como sus dos libros excepcionales, y sin
embargo superlativamente característicos. Una hora
de España (entre 1560 y 1590) y Don Juan. Presenta
el uno a España bajo Felipe II; retrata el otro al se-
ductor mujeriego; aquél es toda una época intensa,
honda, trágica; éste es un personaje pasional, aventu-
rero, novelesco. No puede concebirse un asunto menos
apropiado que ésos para la idiosincrasia apacible y
reflexiva de Azorín. ¿Cómo va a desenvolverse con su
inveterada parsimonia en el Siglo de Oro, desbordan-
te, magnífico y diverso? ¿Cómo va a afrontar con su
despaciosa apatía al calavera infernal que gana los
corazones y fuerza las voluntades, que mancilla las
honras y destroza las vidas, que deprava a la inocen-
cia y desespera a la abnegación? Hay entre el autor y
tma
u-«t
LAUXAB
SUS temas enonne desproporción; no puede él medirse
con la magnitud imponente del gran siglo español ni
entenderse con la complejidad turbadora del liberti-
no diabólico. Tiene, pues, que ingeniarse para salvar
su posición difícil. Azorín es hábil Las grandes figu-
ras de la historia viven, fuera de su actividad gloriosa,
momentos oscuros y corrientes. Esos momentos son los
que él fija en sus retratos. Deliberada, sistemática-
mente omite el nombre de los grandes personajes; con
pocas y vagas alusiones los individualiza; en algún
caso es necesario adivinar por conjeturas de quien se
trata. Lo que él dice de los proceres más ilustres, qui-
tadas unas cuantas palabras, hubiera lo mismo podido
aplicarse, con plena exactitud, a cualquier persona co-
mún. De esta manera el cuadro que, por su objeto
pudo ser majestuoso, tiene la sencillez — delicada,
sutil, primorosa, — inherente al estilo del artista.
Con Don Juan recurre a un expediente análogo. En
las dos primeras líneas del prólogo escribe de él que
fue un gran pecador. Esta es la sola frase en que está
compendiada toda su leyenda tradicional de pasión
cruel y de vicio implacable. Después Don Juan es ya
otro hombre, dechado de sensibilidad fina y exquisita,
y su vida resume la más pura esencia del espíritu de
Azorín.
- La sensibilidad es, en efecto, para Azorín, el más
alto atributo del artista y del hombre. Por ella estima
el atraso o el progreso de las naciones y el valor de
las obras literarias. No sale de su pluma elogio más
íntimo y noble para los otros escritores que la nota
de sensibilidad sutil o refinada. Es seguramente su
nota más característica. Sentir las grandes cosas, lo
extraordinario, lo sublime, lo desconocido, lo estupen-
do, es poco: no extravasa las medidas generales de la
[17«3
MOTIVOS DE CRITICA
meJiocndad humana. Es cierto que en todo hay grados
y maneras, y que ]as almas superiores reciben 'de lo
excepcional impresiones que los seres mezquinos o
groseros no alcanzan; pero, más que en estas diferen-
cias de índole o de intensidad, lo que denota, para Azo-
rin, la más singular delicadeza es la reacción emotiva
ante las cosas corrientes, comunes, ordinarias.
De estas cosas, que no llaman la atención, que no
despiertan el interés de la geafe, ha querido Azorín
que estuviese hecha toda su obra. Por eso espera que
JJon Juan se cambie en hombre igual a todos los hom-
bres, para ocuparse de él; por eso disimula o elude la
grandeza particular de las personalidades fuertes cuan-
do estudia la gran época de España y ni siquiera cita
sus nombres, él que lanío se complace en nombrar a
los pobres sujetos de los pueblos humildes. Este proce-
diraiento habitual, de las enunciaciones inacabables,
de as repeticiones continuas, aplicado a los nombres
de las personas, de las calles, de los sitios, lo mismo
que la insistencia sobre los gestos acostumbrados lo
mismo que la afición a los oficios modestos, ¿qué es
sino el signo inequívoco de una voluntad aferrado a
lo oscuro, a lo vulgar, a lo minúsculo? Siempre que
puede acude a la estadística, a las relaciones o guías
de viajes, a los antiguos libros de memorias para su-
ministrar datos sobre el estado o la situación general.
Llegado a Petrel para asistir a los últimos días de
Verdu, que se muere, ¿qué es lo primero que Azorín
consigna? «Hay en él calles que se llaman de CanU-
ranas, del Horno de la Virgen, de la Abadía, de la Bo-
quera; hay. gentes que llevan por apellidos Broqués,
Boyé, Bellot, Ferriz, Guill, Meri, Mella...» (Antonio
Azorín, Primera Parte, cap. XIX). El mismo señala
como rasgo típico de su manera de ser la curiosidad.
ri7fl]
LAVXAR
el amor de las * vidas opacas» gastadas en las profe-
siones primitivas (Las confesiones de un pequeño füo^
sofo, cap. XVIII), Dice de sí, con evidente ironía, pero
también con el gusto de las apariencias veladas, que
es tan sólo un hombre vulgar {Antonio Azonn, Pro-
logo y Primera Parte, cap. VIII). «Yo soy un pobre
hombre que, en los ratos de vanidad, quiere apareritar
que sabe algo, pero que en realidad no sabe nada^
{La ruta de Don Quijote, «La Partida»). Si ha de si-
tuar lo que trata o describe, en algún punto, amigo
como es de la precisión y la exactitud, multiplica las
reíerencias de lugar para que, sin que desaparezca en-
teraraénte la ubicación, lo que importaría descuidar un
íactor indispensable para la verdad completa, se en-
tienda que no es el localismo, sino el fondo humano,
lo que él persigue (Fantmías y devaneos, «La deca-
dencia», «Los árboles y el agua»).
Ese fondo humano; que es siempre el objeto de su
arte, no lo busca en los acontecimientos de gran con-
sideración, ni lo convierte en vagas generalidades. Lo
extrae parsimoniosamente de los actos comunes y lo
infunde en sus relatos y descripciones con sobrias pa-
labras. El sabe que a todo se prestan los pequeños
hechos. *Son —escribe — como las diminutas piezas
de los mosaicos: se puede formar con ellos mil com-
binaciones y figuras. . . por sí no dicen nada; el art«
está en escogerlos, agruparlos, generalizarlos, hacerles
decir lo que el historiador quiere que digan* (El alma
castellana, «Siglo XVIII, La crítica»). Se refiere de
este modo a la estadística; pero su reparo comprende
también a la creación poética. Azorín, radicado en Ma-
drid, no ve más que fúnebres cortejos fia voluntad.
Segunda Parte, I) ; no hay, para él, ^ según se ha ob-
servado,— ni bodas ni bautizos. Una predisposición
[1101
MOTIVOS DE CRITICA
melancólica lo inclina a percibir exclusivamente el
acabamiento de las cosas, los dolores de la vida, el mal
irremediable de la condición humana. -
Por eso indudablemente fijó los ojos en el paisaje
árido y hosco de Castilla hasta descubrirle, escondido
en ía monotonía de las llanuras y en la aspereza de su
esterilidad, el secreto de las almas castellanas, la exal-
tación súbita y violenta en la abstracción austera. Allí
donde las secas formas de la naturaleza o no halagan
o afligen los sentidos, vio levantarse, libre y apasio-
nado, el espíritu de la raza, con los más locos sueños
y las rebeldías más heroicas.
En sus primeros libros se atiene, por lo general, a
una sencilla escena de la vida común, y la desarioUa
lentamente, repitiendo una y más veces, con las mismas
palabras, tal cual circunstancia ocasional, e insistiendo
modosamente, con ligeras variaciones, sobre algún
punto significativo. Con esas repeticiones e insistencias
recalca la nota de naturalidad en las personas, en los
dichos, en los gestos, en los actos, y da a su estilo un
aire de ingenuidad prolija y un tanto forzada, que
llega hasta el amaneramiento sistemático. Trasmite así,
de las cosas que describe o relata, impresiones que
siempre son más claras y sencillas que nuestra expe-
riencia ordinaria, y convierte la psicología de sus per-
sonajes a esa inocencia cómica de la infancia que no
sabe ni quiere disimular sus debilidades, sus inten-
ciones o sus desvarios. Hay siempre en su concepción
o en su forma una especie de candor fácil y como pue-
ril. En Castilla acentúa y transfigura el procedimiento.
Ya no pone la repetición de los actos y de los gestos
en las mismas personas; ya no insiste sobre las cir-
cunstancias de un solo momento: con personas distin-
tas, en momentoa diferente», rehace ú mismo cuadro,
[181]
LAUXAB
y de esta manera un hecho que, aislado, es perfecta-
menle natural, adquiere, con la repetición exacta, un
aspecto extraordinario, un sentido simbólico.
Al mismo tiempo que modifica de este modo la téc-
nica de la composición, cambia también la técnica de
su estilo. Al principio, y sobre todo cuando quiere
describir algo, hace largos inventarios de sus impre-
siones ante la realidad que observa menudamente y
abandona a las mismas impresiones acumuladas repe-
tidas con más o menos frecuencia, el efecto del con-
junto. Poco a poco va después depurando su forma,
eligiendo con mejor discernimiento los elementos más
adecuados, más expresivos para sus propósilos. Logra
por fin la maestría certera de una elegancia infalible
en la invención de los detalles precisos e irremplaza-
bles.
Después de haber escrito en lenguaje correcto y puro
sus primeros trabajos, dio en el prurito de emplear
vocablos franceses y cometer galicismos voluntarios.
Sin desechar por completo los galicismos, procuró for-
marse un estilo fuerte y claro. En Diario de un en-
fermo (1901) dice de su propia forma con plena se-
riedad: «La prosa vibra, canta, gime bajo su pluma;
enamorado de los clásicos, de ellos tomó el vigor del
estilo y la sobriedad en la pintura». Abandonó la so-
briedad muy pronto, y fue más bien prolijo y profuso.
Con. El político (1908) había de volver a ella más
tarde, bajo la influencia de Gracián, a quien imita,
en ese libro, la gallardía de la frase, el gusto de la
bre\'edad, el tono sentencioso de los apotegmas- Re-
huye sistemáticamente la complicación de la sintaxis
y la ampulosidad del período, contra la tendencia en
boga en la época de su juventud. Mucho tiempo siguió
el uso francés que obliga a la expresión del sujeto en
[182]
MOTIVOS DE CRITICA
la conjugación del verbo. Esta costumbre, tan opuesta
a ia española, particularmente respecto de la primera
persona, fue la nota distintiva de su personalidad; casi
en cada hnea eslampaba un «yo» insólito, con aire
de impertinencia; .Yo no sé si escribir.. Yo soy
un pequeño filósofo; yo tengo una caja llena de fino
y oloroso polvo de tabaco... Yo emborrono estas
paginas. [Las confesiones de un pequeño filósofo,
1). Del francés proviene también la preferencia que
tuvo y mantiene todavía, por la forma compuesta del
pretérito perfecto, sobre la forma simple del pretérito
indefinido. Con este procedimiento logra imprimir a
los actos qne refiere, una prolongación o estabilidad
que los actualiza: .Yo he llegado a media mañana. . .
Yo me he detenido un instante. . . Y luego he llamado
en la casa...» {Los pueblos, .Sarrio,). Desaforada-
mente, sin medida, transforma en adverbio a los adié-
tivos: «Lna campana loca lenta, pausada, melancóli-
ca U cielo comienza a clarear indeciso. {U volun-
íorf, Prunera Parte, I). De sus continuas andanzas por
los pueblos y de sus lecturas clásicas recoge las pala-
bras viejas apegadas a las cosas de otros tiempos/den-
sas de sentido y ricas en dejo castizo.
Ha contado en "La Prensa" de Buenos Aires que ha-
lio una vez entre varias otras palabras de un texto
viejo aplicables a las distintas elevaciones del suelo
un termino raro cuya significación nunca pudo averi-
guar, y a pesar de esto, porque era antiguo y no
quiso dejar que se perdiese, porque le gustaba, acaso
para que alguien más afortunado que él pudiera des-
cifrarlo un día. lo incluyó en la descripción de un
paisaje de España.
Por amor de la exactitud, de la sencillez y de la
eísndad, simplifica extraordinariamente la constrac
[183]
CTÓn, y parece desalmado, porque es, al contrario, exi-
gente y celoso, hasta el punto de sobreponer la frase
incorrecta pero expresiva al giro corriente menos efi-
caz A fuerza de empeñarse en permanecer natural,
produce el efecto de un preciosismo ingenuo, de cierta
artificiosidad candorosa y un poco pueril. Es lo menos
oratorio que se puede. En el Ateneo, para el centena-
rio del Quijote, y en la Real Academia, para el acto
de su presentación, leyó las páginas sobre «la casa del
Caballero del Verde Gabán» y el librito Una hora de
España, que nada tienen de semejanza con los dis-
cursos. Singularísimo en la expresión, cultiva, sin em-
bargo, las cualidades más comúnmente recomendadas:
la exactitud precisa y la sencillez clara. Le ocurre en
esto lo mismo que a Anatole France se distingue entre
los demás escritores por lo que parece más natural.
Como France, quisiera que el artista no se afanase
por la moda y por lo nuevo y escribiese, como pinta-
ban los antiguos, sin ambición de originalidad perso-
nal. Yuste, el maestro a quien Azorín hace eco en La
voluntad^ repite exactamente en el capítulo IX de la
Primera Parte, lo que enseña France en Le jardin
d'Epicure, en la página que empieza: «Tout ce qui ne
vaut que par la nouveauté» ... y lo que dice Dechar-
fre, a propósito de la pintura, en el capítulo X de
le lys rouge. Como France, estima y practica Azorín
sobre todo la sencillez y la claridad. Es cierto que
esmalta su estilo con raros vocablos antiguos y nuevos;
pero, más que en éstos, su originalidad consiste en
que, extremando el culto de la concisión, produce bre-
ves 'frases desligadas, enunciativas, sin más nexo que
el sentido. Tal vez deja en largas lecturas una impre-
sión de monotonía; pero él no escribe para ser leído
a la wírrera y <te seguida- Todos sus libros son cortos
MQnvoa PB CBmcA
y están compuestos de partea o capítulos independien-
tes No llenan diez páginas sus mejores creaciones. Las
tendrá por joyas preciosas, como pequeñas obras maes-
tras, quien sepa gustarlas como él supo concebirlas.
Hay en su naturalidad, un poco forzada, el encanto
de una elegancia grave y sutil, becba de emoción y de
inteligencia; ella es fina y discreta; en ella late, reca-
tada, el alma de España. „ , ,
En el retrato que le hizo Juan Echevarría aparece
Azorín, como quien interrumpe una lectura, sentado,
con un libro abierto entre las manos y apoyado sobre
las piernas; la cabeza alta; la mirada perdida en el
vacío; el pensamiento distante, fijo en profunda medí-
tación; por fondo, un paisaje en que se levanta sobre
la cresta de un monte, bajo el cielo anubarrado, una
ciudad vieja circuida por una muralla enorme con
grandes torres. España al fondo; un libro en las ma-
nos sobre las piernas, la cultura reposada y sugerente;
en la cara, la expresión del espíritu concentrado en
lejanías ideales: está bien el retrato: asi es siempre es-
piriluabnente Azorín; así lo imagina y lo ve su lector.
Sin embargo esa expresión de inteligencia y de sensi-
bilidad que le atribuye la pintura no es copia del mo-
délo, —que no la tiene,— sino primor del artista,
aue supo vi^áficar laa facciones apáticas o indiferentes
con el secreto fuego de la personalidad bien caracte-
rizada. No dice nada el físico de Azorín; sus fotogra-
fías, — las que figuran por ejemplo, al frente áe ima-
ginas escogidas y Andando y pensando -- son del to-
do insignificantes. Ventura García Calderón y Alberto
" Guillen señalan con patente animosidad la falta de na-
tural viveza en la fisonomía; con los justos miraraien-
tos y el respeto debido, Antonio Machado msinua dis-
cretamente esa impresión de atonía, -que el Uami
CW»1
LAÜXAB
de candor y hastío, - en este soneto, maravilloso de
remate de mi estudio para que, en su clara brevedad
compendiosa y sugerente, sirva de compensaciry des
canso a mi prolija y fatigosa crítica: ^
7 del habar florido la fragancia,
y el Imdo cáliz de azafrán manchego
amo, sm mengua de la lia de Francia.
¿Cuya es la doble faz, candor y hastío
y la trémula voz y el gesto llano, *
y esa noble apariencia de hombre frío
que comge la fiebre de la mano?
^''^^^ í« espesura
de aborrascado monre o selva huraña,
smo, eo la luz de U mañana pura,
lueñe espuma de piedra, la montaña,
y el dimmuto pueblo en la llanura,
lia aguda torre en d azul de España!
nn que en 1960 unos vecinos de Monóvar, la ciudad en
que naco, hablan incidentalmente de él de cu
b.er o acaso .¿Qué quiere dec'esto de'
Azo in?> pregunta uno de ellos; otro supone que
Po, alli; pero uo acierta a precisar auien era v
vano busca un libro de él qíe antes 2^ l^do'eo u
bib loteca. Hablan de Azorín cuatro amigos- Rafael
lo Ignora en absoluto; D. Pascual sospecha que era
veÍLs i """" "u"''^'^ " "^^^"^«^ bacía
versos. Por fin se marchan todos sin haber aclarado
ÍZ88]
MOTIVOS DE CRITICA
el asunto. Faltan treinta años ahora para 1960. Tiene
Azorín, desde el año pasado, un busto en el jardín del
Casino o la plaza de Monóvar. Mis noticias no preci-
san bien el sitio. Tiene además la consagración mun-
dial de una eminencia incontestable por su labor lite-
raria.
Juan R. Ramírez y Antonio Machado han cantado
su gloria en La fiesta de Aranjuez (1913) con los más
sutiles y más vigorosos versos. José Ortega y Gasset
le ha consagrado en El Espectador (1917) un largo
estudio rico de observaciones agudas y exactas. Desde
1924 lo cuenta entre sus más ilustres miembros la
Academia Española.
Ha escrito novelas, como sospechaba D. Pascual;
ha compuesto piezas de teatro, como decía D, Andrés;
sólo falta que haga versos, como presumía D. Fulgen-
cio. Aunque no los haga, no será desconocido en Mo-
nóvar ni el año 1960 ni muchos años después. Mien-
tras se conozca lo mejor que España ha producido a
principios del siglo XX, será admirado Azorín, por su
condición de artista hondo y fino, en ¿05 pueblos y
Castilla, y en la geografía espiritual de España, Mo-
nóvar ostentará con orgullo el título que le confiere
su gloria. Los curiosos de lo raro mencionarán tal
vez, de siglo en siglo, el teatro y las Nuevas obras, que
serán muy viejas entonces, de Azorín.
Montevideo
E187]
GUSTAVO ADOLFO BECQUER *
I
Es Gustavo Adolfo Bécquer el más querido y gustado
entre los poetas del romanticismo español. Otros de
sus predecesores y contemporáneos, como José de Es-
pronceda, José Zorrilla y Ramón de Campoamor, go-
zaron en vida una celebridad ruidosa que el transcur-
so del tiempo ha ido acallando, mientras, al contrario,
la fama de aquel sólo empezó tras su muerte, y lejos
de menguar, después, aunque en el vulgo haya perdido
mucho de su primera resonancia, fue siempre creciendo
más y más entre las personas cultas. Ya las mujeres no
cantan, como antes, la rima de las golondrinas y las
madreselvas, pero la crítica estudia y valora cada vez
más la obra entera del poeta.
Es poco lo que cuenta, y menos lo que se sabe, de
"su corta y oscura existencia. Nació en Sevilla, de fa-
milia andaluza, el 17 de febrero de 1836. Fueron sus
padres José Domínguez Bécquer y Joaquina Bastida.
El apellido Bécquer, de remoto origen alemán, pro-
bablemente Bécker en su forma primitiva, fue adopta-
do por su padre, que pudo recibirlo de sus abuelos de
acuerdo con lo que era antigua costumbre española.
Lo mismo hizo el poeta a su vez, suprimiendo el que
• El texto que se publica proviene de la «Revista Na-
cional». Monte^deo. 2? ciclo. T VIH Nos. 215 Vj!». Ene-
ro-junio de 1963. Los originales de este trabajo póstumo es-
taban en proceso de redacción final. Figuran algunaB Indica-
ciones no resuelta» por el autor, que se mantienen.
LAUXAR
le correspondía por su padre. Era éste pintor de es-
cenas y tipos andaluces, que vendía a ingleses visitan-
tes del lugar; de modo que sus cuadros, más que en
España, han de conservarse en Inglaterra. El tuvo de
su matrimonio siete u ocho hijos, todos varones; fue-
ron el tercero y el cuarto de ellos Valeriano y Gustavo
Adolfo, que se dedicaron al dibujo y la pintura aquél,
y éste a la poesía.
Contaba Gustavo Adolfo pocos años cuando murió
su padre, a los treinta y cinco de su edad, y, poco
tiempo después, niño todavía, a la muerte de su ma-
dre, quedaba huérfano. Fue amparado, lo mismo que
sus hermanos, por un tío de su madre, Juan de Vargas.
Aprendió las primeras letras en el colegio de Srai Juan
Abad, y en condición de huérfano pobre y de supuesto
noble linaje, fue admitido, con beca del Estado en el
Colegio de Náutica (marzo de 1840), destinado a pre-
parar pilotos de altura.
Allí había de ingresar a poco, y relacionarse ínti-
mamente con él, Narciso Campillo, que fue uno de sus
más queridos y constantes amigos. Se dice que, jun-
tos, proyectaron cierto plan de novela a imitación de
Walter Scott, desde luego sin ningún estudio, y i\i\-r
efectivamente compusieron un drama «espantable»,
Los Conjurados, para una fiesta escolar. Suprimida la
escuela, Gustavo Adolfo fue recogido por su madrina,
Manuela Monahay, señora culta y en posición econó-
mica desahogada, que había leído y poseía buenos y
abundantes libros. En ellos encontró su ahijado pro-
vechoso caudal literario para su formación: fueron sus
lecturas favoritas las odas horacianas traducidas por
un sacerdote y la poesía de José Zorrilla, que, lo mis-
mo aquéllas que ésta, le servirían de mouclo en su ini-
ciación poética. Recuerda Campillo el comienzo clási-
[190]
MOTIVOS DE CRITICA
co de una epístola laudatoria en verso blanco. Los ver-
sos no son malos y no parecen de Bécquer:
más gratos que el murmullo de la fuente,
May más sabroMs que la miel hiblea,
me son, Narciso, tas herniosos veisos.
(¿No los habrá inventado con generoso egoísmo, ya
en lá madurez, la vanidad jactanciosa del antiguo co-
autor de Los Conjurados? . . .)
Desde 1849 ó 1850, durante dos años, asistió Béc-
quer, para ejercitarse en el dibujo, al taller de pintura
que juntcF al Museo de Bellas Artes, dirigía Antonio
Cabra] Bejarano, «persona inolvidable poi su talento,
y tal vez más por su gracia, delicia de cuantos le tra-
taban». Por natural deferencia de su madrina, dejó ese
maestro para seguir el mismo aprendizaje bajo la di-
rección de su tío Joaquín Domingo Bécquer, y éste
que supo y estimó la fuerte inclinación de su aprendiz
a la poesía, lo indujo a que hiciera los estudios necesa-
rios para dedicarse a ella, y le pagó unos cursos de la-
tinidad.
En sus largas horas libres de poeta en ciernes, vivía
entretanto su adolescencia, perdido en sueños. Dentro
de la ciudad, los monumentos del pasado le hablaban
de grandezas desvanecidas; en las afueras, la tierra
ilimitada y el cielo abrían su alma a lo desconocido y
lo infinito. Con su compañero Campillo paseaba en lan-
cha por el Guadalquivir «entre márgenes cubiertas de
álamos, sauces, palmas, cipreses y naranjos llenos de
penetrantes perfumes de azahar y alumbrados por un
sol de fuego o por la redonda y ancha luna, que hacía
brillar el río como si fuera de plata»; y a través del
campo solitario, siempre con su acompañante, iba a las
£191]
ruinas de Itálica, y allí se entretenía «imaginando le-
yendas improvisadas, vagando por laa gigantescas na-
ves de la desierta catedral y contemplando en la som-
bra los sepulcros de sabios, santos o guerreros y las
innumerables figuras de ángeles, vírgenes, profetas,
salmistas, reyes y apóstoles en las hornacinas y en
las vidrieras». El mismo Bécquer, ya hombre, recor-
daría, en la tercera de sus Cartas desde mi celda, las
andanzas y los fantaseos de su edad vagabunda y qui-
mérica. «La orilla del río ha sido siempre [en Sevilla],
el lugar predilecto de mis excursiones» — escribe en
La Venía de los Gatos.
No toda era, para él, disiparse en vanas imagina-
ciones. Una ambición de grandes empresas trabajaba
su espíritu inseguro. Iba así componiendo, con la co-
laboración de Campillo, un poema heroico sobre La
conquista de SeviUa, del que se dice que llegaron a
terminar los tres primeros cantos. Tenían otro compa-
ñero de ilusiones y esperanzas, Julio Nombela, y de-
cidieron los tres que Sevilla era campo demasiado es-
trecho para el ansia de gloria que los animaba y que
sólo en Madrid, la capital del reino, podrían realizarla
dignamente. No podían presentarse en ella con las
manos vacías y resolvieron ponerse a trabajar de lle-
no, aparte cada uno, en la obra que debería abrirles
el camino y darles, a los tres juntos, una fama repen-
tina. Las composiciones que hicieran serian, y fueron,
leidds y sometidas a juicio común, sea en casa de
Campillo o de Nombela, y guardadas en cofre las que
merecieran aprobación, para publicarlas reunidas cuan-
do sonase para ellos la hora triunfal de su llegada a
Madrid. Tuvieron pronto un centenar de poesías apro-
badas. Era ya tiempo de partir, con ese talismán, a la
conquista a^uxa de la fortuna y de la gloría.
MOTIVOS DE CRITICA
Regresó Nombela sin dificultades al seno de su fami-
lia madrileña; pero Bécquer tropezó con la natural
resistencia de sü madrina, que estaba dispuesta a pro-
tegerlo, como a un hijo, en su casa, para que se hiciera
hombre de provecho con algún oficio productivo y le
consentía el entretenimiento de su afición poética, pero
no podía ni quería ayudarlo a que se extraviase, lejos
de ella, al a^ar engañoso de una existencia inútil. Fue
entonces afortunadamente más fuerte, en el futuro poe*
ta, la audacia de su vocación que los consejos de la
prudencia. Renunciando, con apariencias de ingrati-
tud, a las ventajas materiales que le brindaba el afec-
to de la buena señora, y sin más recursos que el escaso
dinero que le dio su tío Joaquín Domínguez Bécquer,
emprendió el viaje que lo conduciría a la anhelada
gloria a través de la miseria y de la muerte- Bien es
verdad que la brillantez de una gran esperanza lo ce-
gaba a las tribulaciones de su porvenir incierto. Gas-
tada, en la galera y en las ventas del camino, una bue-
na parte de su corto peculio, le quedaba, cuando es-
tuvo en Madrid, apenas lo suficiente para pagarse dos
meses de alojamiento en el cuartucho de una mala pen-
sión amueblado con un catre, una meaa, dos sillas,
una jofaina con pie de hierro, un jarro para agua y
una cuba de zinc. Se hallaba así, a los dieciocho años,
(1854) hundido en la más sórdida realidad, sin poder
valerse por sí mismo y sin probable socorio de nadie.
Llegó después Campillo, con las poesía» preparadas
para imponerse a la a^uiración púhUoa y prodigar,
con las ganancias íabuiosRs de »n- venta, más que lo
bastante a una existencia de lujo y; derroche. Esta con-
fianza en el libro que sería fuente inagotable de ho-
nor y de oro para los tres amigos se desvaneció en
seguida como el humo en el viento. No había editor
1198]
U-4t.
para loa versos, ni pagaban por ellos nada las revistas
que sólo excepcíonalmente los admitían de autores re-
nombrados.
Se ignora lo que fue entonces de Bécquer. Un amigo,
después actor y autor de teatro, Luis García Luna, tam-
bién desafortunado poeta sevillano, a quien alojaba
caritativamente, en su casa de huéspedes, ima buena
viuda llamada Soledad, lo vio gravemente enfermo y
se lo llevó consigo a compartir la generosa compasión
de esa mujer providencial. En su extrema pobreza» tu-
vo a lo menos Ja rara suerte de recibir cordiales aten-
ciones de varias amas de hospedajes. Una de ellas se
alternaba con su hija, que era peinadora, para velarlo
durante las noches en el transcurso de una larga enfer-
medad. Se sabe por Ramón Rodríguez Correa que, pa-
gado en jornales como obrero, pintó las decoraciones
muíales al fresco de una casa particular. Su desvalí*
miento decayó a extremos de miseria y él sufrió en-
!f fermedades que en varias oportunidades amenazaron
su vida. Cuenta Campillo que lo vio, no sólo desaliña-
do sino desharrapado y sucio, como si fuera un men-
digo, y tuvo que cederle, para que se calzara, sus boti-
nes viejos. A las penurias de esa época ha de referirse
la rima LXV, que lamenta su abandono y su desespe<
ración:
Llegó la noche y no encontré un asilo;
Y tuve sed. . , Mia lágrimas bebí.
Y tuve hambre... Loa hinchados ojos
Cení púa moxir.
¿Estaba en un desierto, aunque a mi ofdo,
De las turbaa, llegaba el ronco hervir?
Yo era huérfano y pobre. . . ¡El mundo estaba
Desierto para ni!
[194]
MOTIVOS DE CRITICA
No se sabe cómo ni cuándo pasó del infortunio a
un bienestar relativo. Es probable que, a falta de me-
jores recursos, trabajara entonces para el teatro, con
traducciones y arreglos de piezas ligeras. Hizo algu-
nas, más o menos originales, sin ninguna importancia,
en colaboración con Luis García de Luna y Ramón Ro-
dríguez Correa entre los años 1856 y 1863.
Tenía, desde la época de su residencia en Sevilla,
el proyecto de una magna Historia de los Templos de
España, realizada por la colaboración de historiado-
res y poetas, pintores y escultores, arquitectos y ar-
queólogos y eruditos en toda materia. En ella se uni>
ría, a la descripción de las iglesias y los conventos,
reproducidos en láminas magistrales, un cuadro com-
pleto de la vida religiosa, con sus tradiciones, creen-
cias, prácticas y cuanto más le concierne. Es probable
que le haya inspirado esa idea El Genio del Cristianis-
mo de Chateaubriuid, conocido por la biblioteca de su
madrina. En requerimiento de apoyo para esa empre-
sa, era recibido en audiencia por los Reyes el 21 de ju-
nio de 1857. La impresión de. la obra, que se repartía
por entregas, fue lenta y quedó interrumpida en su pri'
mer volumen. En 1861 se fallaba un pleito contra los
editores, que pretendían reducir el texto literario y
modificar detalles en la presentación del libro. Béc-
quer no hizo, para éste, más que la introducción, un
largo artículo sobre la Catedral de Toledo, San Juan
de los Reyes, y varios dibujos, entre ellos, el más im-
portante, de la portada.
Estando él enfermo de gravedad, Rodríguez Correa
se dio a buscar, entre los papeles de su amigo, algo de
que se pudiera obtener dinero para subvenir a sus ne-
cesidades, y asi descubrió la primera de sus leyendas
publicada, El Caudillo de Uu Mano» Rojas, que apar»-
ClIS]
LAUXAB
ció en el periódico «Lr Crónica» (mayo y junio de
1858)..
Cuando ya no le era indispensable, porque diapo-
nía de otros recursos, le conaiguieron, por fin, sus
amigos un puesto de escribiente supernumerario en la
Dirección de Bienes Nacionales, Aunque aburridas, no
eran abrumadoras allí sus tareas; le sobraba para
días el tiempo de oficina y él entretenía sus ratos de
ocio con lecturas de Shakespeare y dibujos que hacía
y daba a sus compañeros. Sorprendido una vez por
el director, que se le acercó por la espalda cuando él
trazaba, distraído unas figuras, a la pregunta del jefe:
«¿Qué es eso?», contestó sin volverse ni sospechar
quien lo interpelaba: «Psch... Esta es Ofelia, que
deshoja su corona; este tío es un sepulturero». . . Per»
dio así el cargo inútil para él y para el Estado.
A eee tiempo (1858) corresponde lo que se cuenta
de un amor imaginario con Julia Espín Colibrán. ^
Salía Bécquer de una enfermedad que lo tuvo postra-
do en cama con peligro de muerte. En su convalescen-
cia hacía, con su amigo Nombela, que es quien infor-
ma sobre el caso, lentos paseos a pie, hacia las afueras
de la ciudad, para ir poco a poco recobrando su que-
brantada salud. Un día la ve el poeta asomada a un
balcón e impresionado por su belleza, no sólo se detie-
ne y ae vuelve una y otra vez para contemplarla, sino
que siempre rehace después, con ese propósito, el
1 Julia pertenecía a una familia de músicos; su padra
Joaquín £spin Pérez o Gulllén dirigió en el Teatro Real de
Madrid una sinfonía dedicada a la reina Isabel II, y distin-
tas orquestas de ópera en Francia. Italia y Rusia. Era étta.
además, nieta por linea materna, de Isabela Angela Colbrand.
actriz cantante, que actuó en Francia en presericu de Nano-
león. Ambos, padre y abuela, debieron probablemente bq des-
tacada posición al patrocinio de Glacn Rossini, casado con
.«na hermana de la Collbrand y tío. pcditico de Bgpín.
[196]
MOTIVOSDE CBITICA
mismo camino. Tendrían ella entre diecisiete y diecio-
cho años, y él unos veintidós. Se le brindan ocasiones
de conocerla y tratarla, y él las rehusa, porque no
quiere perder, al contacto de una probable realidad
prosaica, el sueño del amor imposible que lo arroba.
Ella sería «su Julieta y su Ofelia de Shakespeare y su
Carlota de Goethe». Julia Bécquer y Coghan, Sobrina
del poeta y además ahijada suya, confínala ese relato
sorprendente y dice que ella fue precisamente bauti*
zada con su nombre, Julia, en homenaje a su tocaya,
por exigencia de su padrino, Julia Bécquer y Coghan
ya anciana, tenía, en su casa dos retratos pareados,
uno del poeta y otro de Julia Espín Colibrán, hecho
en Rusia, con dedicatoria de ésta <Á mi bueno y que-
rido amigo Correa recuerdo cariñoso de Julia Espín
CoHbrand». Según Nombela fue entonces cuando Béc-
quer empezó a escribir sus rimas amorosas (1858-
1859) y «todas» ellas estarían inspiradas por ese amor
ideal.
Contrasta con esta poética timidez amorosa lo que
Francisco Giner de los Ríos cuenta de Bécquer. Ha-
bría éste andado en amores — que no serían puramen-
te contemplativos — con cierta irlandesa mal entraza-
da, «ni bonita ni fea, ni inteligente ni vulgar», de re-
vuelta cabellera «dorada cobriza», algo pariente de los
Bécquer. Solía el poeta llevarla a comer a una pensión
que tenía la esposa del pintor Antonio Gálvez, ex dis-
cípulo de Joaquín Domínguez Bécquer, reducido a res-
taurar viejos cuadros maltrechos. De- esa pensión ha-
brá siáo huésped el poeta y seguía siéndolo Giner de
los Ríos, y allí era voz corriente que era esa «rubina»
quien inspiraba «las más delicadas poesías del vate,
log melancólicos acentos pesimistas de sus rimas im-
pregnadas de lágrimas».
LAUXAR
Por otra parte recuerda Campillo que el autor de
las rimas sentimentales y lastimeras gastaba ain mira-
mientos, con mozas venales, hasta en la época de su ex-
trema penuria económica lodo el dinero que recibía
de sus trabajos literarios.
A fines de 1860 apareció el diario <E1 Contemporá'
neo», de tendencia radicalmente conservadora en época
del más ominoso absolutismo. Lo funda y sostiene Jo-
sé Luis Albareda, «famoso en los anales de la corte-
sía, él desprendimiento, el amor y la elegancia, que
había sido uno de los más afortunados pretendientes
de Eugenia Montijo», la futura emperatriz de Francia.
Figura entre sus redactores Ramón Rodríguez Correa,
y a instancias de éste, se llama a Bécquer en carácter
de colaborador a sueldo fijo. En el primer número del
periódico se publica la primera de las Cartas literarias
a una mujer, a la que, en el transcurso de cinco años,
siguen las más de sus leyendas, artículos sobre lite-
ratura y música, — entre ellos uno sobre el libro de
Augusto Ferrán, La Soledad — , las Cartas desde mi
Celda y alguna rima, todo o casi todo anónimamente,
con muchas crónicas y notas sobre política, teatro,
fiestas sociales, etc. Mezclaba así, a las tareas profesio-
nales del periodismo, su producción literaria. Se sabe,
por sus Cartas desde mi celda, que frecuentaba las se-
siones parlamentarias, y aunque no fuese muy dado
a los ajetreos de la política, algo le interesarían ellos
por BU trato constante con sus compañeros en la redac-
ción del diario. Rodríguez Correa, que es de los que
mejor debían conocerlo, escribe que miraba «con pre-
dilección todo lo aristocrático e histórico» poi su gus-
to artístico y su «miedo al vulgo ignorante».
Lo histórico y lo aristocrático le servirían de lenitivo
para las contrariedades y menesteres de su vulgar exii-
[198]
MOTIVOS Pg CIUTICA
tencia. Veía aquello a ]a distancia y lo imaginaba, por
eso, mejor que lo présenle y lo inmediato. No signifi-
ca esto que fuese un misántropo; tenía buenos amigos
y era él mismo buen camarada. No desdeiíaba las char-
las en las mesas del Café Suizo ni los paseos de mayor
concurrencia en la ciudad. Algunas de sus rimas lo
presenta en salas de fiestas mundanas. Julia Bécquer
y Coghan lo recuerda vestido ceremoniosamejite de
frac para las reuniones, y habitualmente de chaquet o
levita con pantalón a rayas. Entre sus amigos debe
señalarse particularmente a Ramón Rodríguez Correa,
Narciso Campillo y Augusto Ferrán, De los dos pri-
meros algo se ha dicho ya. Por mediación de Nom-
bela conoció al tercero, que había residido mucho
tiempo en Alemania, y en seguida escribió, para su
libro de cantares La Soledad, un prólogo que se pu-
blicaría en «El Contemporáneo» el 20 de enero de 1861.
Eran los tres más o menos bohemios y turbulentos.
A Rodríguez Correa lo caracterizaban su buen humor
placentero y la mordacidad satírica aplicada a la po-
lítica; de lodo hacía chanza y mofa, con alegría líber-
tina, Campillo; en Ferrán el libertinaje no era cosa de
palabras y risas: consumió en poco tiempo desordena-
damente el patrimonio cuantioso que heredara de su
madre y se vino a América, para desaparecer, ignora-
do, en Chile. ¿Sería del caso repetir aquí el refrán
que enseña: Díme con quién andas y te diré quién
eres? Todo era en Bécquer «austeridad y virtud» si ha
de creerse a Nombela. Contra la citada referencia de
Campillo a las personas serias y juiciosas pueden
atraerlas y divertirlas quienes son, al contrario, de
temple ligero y costumbres desarregladas [desenfrena-
das]. «Siempre fue £erio> — escribe Nombela — , «No
rechazaba la broma, pero la esquivaba. Nunca le r£
[199]
LAÜXAB
reír: sonreír siempre, hasta cuando sufría. Tampoco
le vi llorar: lloraba hacia adentro. Era paciente, su-
frickr, resignado, amable, boiidadostf. Sabía compadé-
cer, perdonar, admirar lo bueno y ocultarse a sí mismo
lo mísero y lo malo». «Gustavo era un ángel», — es-
cribe Rodríguez Correa,-*. . . «sólo tenía voz para ex-
presar momentos de alegría». Francisco Giner de los
Ríos lo encontraba, a pesar de su desaliño y de su
falta de pulcritud, (se refiere a la mala época del poe-
ta), simpático y misterioso. Eusebio Blasco da la nota
discordante. «Era un hombre negro», — escribe. «Mo-
reno hasta la exageración y sombrío hasta la grose-
ría». Si era como su obra lo exhibe, tenía la sensibili-
dad impresionable y delicada; podía ser retraído y
callado, poco sociable, pero de ninguna manera rudo
o tosco.
Hacia 1861 se radica en Madrid Valeriano Bécquer.
Es probable que haya decidido su traslado a la capital
la posición acomodada que se había hecho el poeta.
Los dos hermanos son desde entonces compañeros in-
separables. Juntos vivieron siempre y trabajaron jun-
tos, de 1865 a 1869, para la más importante revist
española, *E1 Museo Universal», uno con su prosa y al-
gunas de sus rimas, y otro con dibujos de ilustración.
Gracias a Antonio Alcalá Gaicano, se otorga al pintor
una pensión para que viaje a provincias en busca de
asuntos sobre tipos y escenas populares, con la obliga-
ción de ceder, cada año, dos cuadros al Estado. Suele
el poeta acompañarlo en tales andanzas, que ofrecen
motivos a dibujos y comentarios para «El Museo Uni-
versal».
«El Contemporáneo», que se había iniciado con ex-
tremo celo conservador, se hizo después moderado. Hu-
bo entonces de intervenir en él, joven todavía, Juan
[2«0]
MOTIVOS DB CRITICA
Valera, no conocido aún como alto personaje, qae fue
así compañero de Bécqaer en las tareas del diario,
sin trabar con él amistad. No estaban hechos para com-
prenderse y estimarse recíprocamente. Tem'an el uno
la ingenua admiración de lo aristocrático, y el otro la
sangre y \aa ínfulas. Uno era idealista y soñador, en-
tregado a lo íntimo, lo maravilloso y lo imposible; el
otro era realista y mundano, apegado a lo iimiediato
con ávida concupiscencia. Es lo más probable que ni
siquiera se trataran. Ellos serían después el poeta más
delicado y el mejor prosista de la España de su tiempo.
A loa ataques de cEl Contemporáneo» contra el preai«
dente del Consejo de Ministros Luis González Éravo,
respondió Bécquer, sin romper con sus amigos, hacien-
do la defensa de aquél, en otro periódico. Eran de antes
o fueron desde entonces buenos amigos el ministro y
el poeta, a quien se dio el cargo de censor o fiscal de
novelas (1366), con buen sueldo y funciones poco o
mal avenidas can su carácter bondadoso. Debió de ejer-
cerlas con preocupación y desgano. Nombela, según
él mismo refiere, tuvo entrada libre al despacho de la
censura, en casa de Bécquer, para sellar sin previo
examen del Censor, los ordinales que deseara pu-
blicar.
Decide Bécquer publicar en libro sus versos, que,
a excepción de unos pocos dados en revistas, perma-
necen, hace tiempo, inéditos. Escribiría para ellos un
prólogo su amigo y protector, el presidente del Con-
sejo de Ministros Luis González Bravo. Debió son-
reírle al poeta con esa presentación de su obra, la más
auspiciosa esperanza de rápida celebridad. Reunidas
las poesías en cuaderno titulado El Libro de loa Go-
rriones, las entrega a quien tenía que prologarlas; pe-
ro la misma importancia del personaje desbarata ese
C Wl]
LAUXAK
proyecto. Se produce la revolución que en setiembre
de 1868, destrona a la reina achulada Isabel II y
obliga a huir, con amenazas de muerte, a sus más
adictos servidores y partidarios. González Bravo se
había llevado consigo el manuscrito a Lequeito, en el
norte de España, para cumplir, durante su descanso
de verano, el compromiso contraído. Lo sorprenden
allí los acontecimientos, y abandonándolo todo, emi-
gra, oculto, a Francia. La turba popular saquea y que-
ma BU casa, y entre sus papeles se extravía o se hace
humo la obra del poeta. Este, que no conservaba copia
de ella, tendrá que rehacerla trabajosamente después,
j la titula entonces Rimas.
Entre 1859 y 1861 debió el poeta de residir en To-
ledo. Era esta vieja ciudad, venida a menos y como
aletargada en su pasado, uno de los sitios que más
admiraba y quería por sus monumentos y tradiciones.
De ella tratan muchas de sus leyendas. Allí vivía una
dama, natural de Valladolid, de alta alcurnia, tal vez
marquesa, llamada Elisa. A Elisa están dedicados unos
versos, no incluidos en las Rimas, y por ellos se sabe
que la amó y la cantó en otras poesías. De Toledo
escribe a su amigo Rodríguez Correa, en carta fecha-
da en diciembre de 1859, que ha estado con ella «en
el sitio de todos los días» y que siente «cada vez más
fuertes las ligaduras que acabarán de dejar comple-
tamente indefensa mi libertad>. Podría pensarse que
se resiste a ese amor que lo avasalla, según dice que
su libertad no está aún del todo «indefensa», como si
pudiera y quisiera defenderla todavía; pero esto sería
dar a esa frase redactada quizá al correr de la pluma,
un alcance ajeno a la mente de quien la formulaba
sin tal intención. Es lo cierto que cedió al hechizo de
esa atracción dominadora, porque, en otra carta al
[202]
MOTIVOS DE CRITICA
mismo amigo, expresa, con hondo quebranto, en manso
de 1861, que tiene el alma hecha «un guiñapo insen-
sible» y ha_ quemado, la noche anterior, «todas la» car-
tas» de Elisa, cuya mano «hoy estará prisionera de
otras». Apenas dos meses después de esa ruptura, en
mayo 18 de 1861, se casaba él con Casta Esteban Na-
varro. Ella era nacida el 17 de setiembre de 1841, hija
de un médico especializado en la cura de malas enfer-
medades, que ejercía su profesión en Madrid y se re-
tiraba, en las vacaciones de verano, a una finca situada
en Soria o sus proximidades. Son confusas las refe-
rencias que se dan acerca de la esposa. Campillo y
Nombela dicen que el marido no les habló nunca de
su matrimonio y es opinión común que éste fue des-
graciado. Nombela sólo vio a la esposa una vez, y
esto fue debido a una casualidad: había preguntado
por Bécquer en su casa y como éste no estaba allí, salió
a atenderlo su esposa. Ella le pareció de veinticuatro
a veinticinco años, agraciada, «como la mayoría de las
mujeres», sin nada extraordinario, «como hay tantas
por el mundo, que desempeñan en una casa funciones
útiles, que pueden ser y son fieles esposas y excelen-
tes madres, sin perjuicio de pasar un buen rato conver-
sando, con las amigas, de las contrariedades domésti-
cas, de las torpezas y picardías de las criadas y de
otras cosas por el estilo», y de todo esto y del carácter
de su amigo, dedujo que él «no se casó, sino que lo ca-
saron». Sin embargo, Julio Cejador y Frauca, funda-
do en informes particulares del mismo Nombela, hace
de ella una moza de servicio; originaria de Soria, a lo
que agrega que no era guapa. A Blasco se le ocurre
que ella era torpe y vulgar, porque, junto a Bécquer
moribundo, en la alcoba desordenada, halló una mu-
jer que no se mostraba parlachina y bachillera para
[203]
divertir a los compañeros del pobre eníermo agonizan-
te. Gerardo Diego recoge tardíamente, en Soria, re-
cuerdos que los parientes de Casta y oíros vecinos le
trasmiten sobre ésta. Ella no habría sido una belleza,
pero sí «atractiva, graciosa y desenvuelta». El, sin em-
bargo, la considera inculta y grosera, porque ba visto,
en cartas del poeta, unas pocas palabras, escritas por
ella a sus padres, de la más pobre redacción, con faltas
de ortografía. (Pocas serán las cartas de mujer, de
antes o de ahora; que haya leído ese poeta y profesor
de literatura, pues de no ser así, no le chocarían tales
menudencias. jSi escribir mal es una gracia femenina!
Y basta el mismo Bécquer, no en cartas de familia,
sino en el autógrafo de sus versos, y en la prosa de sus
mejores páginas, padece algunos descuidos). El casa-
miento apresurado, que se realiza tras la reciente rup-
tura de ün amor pasional, se presta a las más tristes
cavilaciones: ¿Se casaba el poeta por torpe despecho?
¿Pretendía así mostrarse indiferente a la traición su-
frida? ¿O más bien pensaba, con juiciosa intención,
poner fin, de ese modo, a las fáciles aventuras de su
juventud enamoradiza? Hay, fuera de las Rimas, una
octava de Bécquer, dedicada a la novia o la esposa,
A Casta, que sólo ofrece «un corazón para el amor,
ya muerto», y esto aun dicho en verso, es triste y de-
primente. -
Sea coincidencia casual o efecto del cambio que el
matrimonio y U compañía del hermano pudieron de-
terminar en su vida, la producción de Bécquer se inten-
sifica desde entoníjes. Publica en «El Contemporáneo»
las Cartas literarias a una mujer (1861), las Cartas
desde mi ceUa (1864-1865) y las más de sus leyendas,
y antes de que ese diario desaparezca, a fines de 1865,
y por lo tanto cese en él su labor literaria y periodís-
[204]
MOTIVOS DE CRITICA
hca, ya ha iniciado la que entrega a «El Museo Univer-
sal», donde tiene a su cargo la R^vUta de la Semana
sobre los sucesos más importanles del momento, polí-
ticos, sociales y artísticos, dentro y fuera de España
y, ademas de otras cosas, comenta las ilustraciones cos-
tumbristas de su hermano.
Hacen los dos hermanos excursiones, dentro de Es-
pana, a distintos lugares, que les sirven a la vez de
motivo para sus trabajos y de recreo. Madrid será
siempre el centro estable de su vida común, pero sa-
len de alh a las viejas ciudades, ricas de recuerdos his-
toríeos y artísticos, y a humildes pueblos, de pintores-
cos habitantes, aislados en el campo. Toledo, Avila,
Soria, Veruela y Fitero son los sitios de preferencia
para el poeta. Se cuenta que en Toledo fueron los dos
aprehendidos por la guardia civil y encarcelados como
sujetos sospechosos de peligro, porque estaban, a altas
horas de a noche, contemplando los monumentos y
discurriendo sobre ellos en términos de arquitectura
que parecieron de cuidado a la vigilante policía. En
Veruela tuvo el poeta celdas reservadas, a bajo precio
en el monasterio de Sania María. En Soria se conoce
y señala todavía la *casa de los Bécquer». Su oasa ma-
drilena, con jardín, estaba situada en las afueras de la
ciudad, pero en barrio decoroso, con frente a la calle
entonces de Valencia, 6, después de Pedro de Here-
dia. En ella se establecería, andando el tiempo, el Hos-
pital Evangélico, lo que indica a las claras que no era
pequeña. Existía aún, y fue objeto de curiosidad para
nn.'íí"'S' P*""^^^' centenario de éste
(iyd6). Hizo de ella una descripción Pedro de Ré-
pide, que la visitó acompañado por Juüa Bécquer Co-
ghan, la sobrina del poeta.
La prosperidad nunca fue completa para Bécquer,
[205]
LAUXAK
Hubo en su matrimonio desavenencias que determina-
ron la separación del marido con dos hijos, y la mu-
ier con otro de ellos. Se culpa de este desenlace a la
esposa, que habría tolerado y quizá admitido los galán-
teos de un pretendiente desairado cuando ella era sol-
tera Los atrevimientos del tenorio engreído habrían
llegado a provocar un incidente a golpes con el poeta.
Es siempre difícil discernir responsabilidades en los
disguatos y riñas de personas que se tratan de conti-
nuo. Bécquer, sentimental y propenso a la disipasion
amorosa (recuérdense las rimas y el «corazón, para
el amor, ya muerto» de la octava A Casta, ¿no habrá
ofendido, con aventuras deprimentes, a la que tal vez
sólo era para él una ama de casa, relegada a los servi-
cios de la familia?
En 1869, por desacuerdo entre sus propietarios y di-
rectores, sucede a «El Museo Universal», que desapa-
rece «La Ilustración Española y Americana», se funda,
en competencia con ella. «La Ilustración de Madrid» en
1870 y se designa a Gustavo Adolfo Bécquer para que
la dirija. Lo acompaña, naturalmente, su hermano en
la nueva revista; pero no sería ya, en lo futuro, de
larga duración esa compañía fraternal, que en lo pa-
sado contaba nueve anos de permanente convivencia y
trabajos compartidos. Los dos hermanos estaban con-
denados a muerte próxima. Murieron Valeriano el 23
de setiembre de 1870, y tres meses después, el 22 de
diciembre, Gustavo Adolfo, aquél de treinta y seis
años, y éste de treinta y cuatro. Los Bécquer no lle-
gaban nunca a los cuarenta, según había anunciado el
poeta, Nombela había encontrado a su amigo en la ca-
Ue, al atardecer de un día muy frío; juntos subieron
a ia imperial de un ómnibus para regresar cada uno
a ftu caía. El «níriamiento causó en el poeta una fiebre
MOTIVOS DE CRITICA
que, unida a la pena que lo tenía abatido y a gu yieja
tuberculosis, consumió en menos de cuarenu t ocho
horas, au vida.
La muerte, según datos de Jutía Bécquer y Coghan,
b sobrina del poeta, se produjo en casa de Ramón
Rodríguez Correa, a la que se habría mudado aquél
a la desaparición de su hermano. Cuidaba del enfermo
su mujer. ¿Habría ella vuelto espontáneamente a su
lado para asistirlo en la aflicción de su luto? ¿Habrá
sido llamada por su marido enfermo que presentiría
su fin?^ ¿Se habían buscado ellos, tiempo atrás, en
reconciliación afectiva? ¿Los había reunido, en mu-
tua indiferencia, el interés de los hijos o cualquiera
otra causa ajena al cariño recíproco? ¡Triste destino
del poeta que había soñado amores infínitos y pedido,
para su muerte, (en la rima LXI) una mano Amiga
que estrechara la suya!
Todavía insepulto su cadáver, resolvieron sus ami-
gos reunirse para acopiar su obra dispersa y publi-
carla Tuvo lugar la reunión al día siguiente. Manuel
Silvela, que era ministro de Estado, acudió, sin que
se le llamara ni avisase, a la comisión formada con
ese propósito, para contribuir a su cometido. Eulogio
Florentino Sanz proficiaba el requerimiento de fondos
recitando lás rimas dondequiera que se ofreciese opor-
tunidad para ello. Tanto fue lo recaudado que, una vez
cubiertos los gastos de la impresión, restó un sobrante
cuantioso, después invertido en socorros a huérfanos
y viudas.
. Publicado el libro en 1871, primero en sólo un tomo,
después en dos y en tres con sucesivos acrecimientos,
la fama del autor se extendió a toda España y toda la
América de habla española. A su influjo, surgieron,
de todas partes, imitaciones de las rimas, que ioima-
txm escuela. Muy pronto el nombre del poeta ae hizo
tan conocido y cékbre como los más populares y glo-
riosos de otros escritores de su tiempo.
En 1883, nuestro compatriota, el poeta oriental José
G. del Busto compone, y recite en la Academia sevi-
llana de Buenas Letras, un Canto a Bécquer para que,
en las márgenes del Betis, como lo había soñado el
autor de las rimas, se le dedique, a manera de lapida
t^pukral, «mía piedra blanca con una cruz y bu nom-
bre» :
Vanid conmigo, donde «xtúnde «A Bst»
Su plácida riben,
A grabar, en la piedra aolitaria,
Con ni nombre, su póstuma leyenda;
Venid « realSsiar, jomo a la orilla,
¿Oí suefios de su hermosa adolsBcenwa,
Cuando sintió surgir, en su cerebro
Las hijas de sus noches sin tiniebla,
y abrasado en la luz de su Sevilla,
{Se halló feliz y se aintió poetal
Cuatro años después, en 1887, realizaban los sevaianos
la idea que un poeta extranjero y becqueriano había
encontrado perdida en las Cartas desde mi Celda.
Sevilla erigió a Gustavo Adolfo Bécquer, a fines
de 1911, en uno de sus parques, un monumento, obra
del escultor Lorenzo Coullanl Valera, que ostenta su
busto sobre una columna, y tiene, a su pie, a un lado,
va grupo de tres mujeres, inspirado en la rima del
«amor que pasa», y a otro lado, la figura del Amor
caído, con el pecho atravesado por un puñal. Fue en
parle, costeado por suscripción del pueblo en toda
España; se debe la idea de ese homenaje a los herma-
■manos Serafín y Joaquín Alvarez Quintero, que, no
satisfechos con haberla proclamado con un discurso
[208]
MOTIVOS DK CRITICA
Zn^J i ^ Fl<'r*l« celebrados en d
IZnA^ 1 f ^'fí?* P""* representar,
en todos los teatros de España y, con su rendimi^
se pagase el precio de la obra. «'mieoio,
{ulZT''^ h^''"'^''' y Valeriano Bécquer
fueron trasudados en 1913, de Madrid a Sevilk y
guardados Ja iglesia de la Univei^idad. Abier^'J
el cemeiiteno de Madrid, el arca de los restos del7oete
anciana enlutada y llorosa, que había estado arro!
d liada, se acerco por entre la concurrencia sorpren-
dí-."* '''ir ^l^veles. Fran.
c^co Rodnguez Marín, el historiador ilustre de Z
TOdades seviUanas, tomó un manojo de esas florS
y lo echo sobre las cenizas del pintor, para que ese
tnbuto emocionante de amor y recuerdo' Ilegal ta "
bien a el. Un recuadro de cerámica señala, sobre la ea-
iíe la ca.a en que nació el poeta. La escultura de un
SiSd''" ^^^^ ^-^^í- - ^ «=^P- «Je la
II
Es opinión conaún que Gustavo Adolfo Bécqoer no
fue justamente apreciado en vida. Se incurre en error.
Debería decirse que no fue conocido. Su obra en prosa
estaba diseminada y en gran parte anónima en diarios
y revistas. De sus rimas apenas se había publicado
unas pocas también aisladamente y no siempre con el
nombre de su autor. Era imposible que en esas con-
diciones tuviera el púbUco ni la menor idea sobre el
poeta. INo podía, pues, ni apreciarlo ni menospreciarlo
porque no lo conocía. Pero de cuantos se sabe que lo
hayan conocido, .e .abe también que todos, meoot
l
14
LiAUXAH
uno, lo estimaron grandemente r^'^ ^J^'^'^.^^'^^Z
M bien significativa. Se trata de Eusebio B asco Con-
rigna éste que cninguno, repito, creíamos ni podíamos
sospechar que al ano de muerto nuestro amigo, su9
versos recorrerían el mundo y él figuraría en la in-
mortalidad. ^. Ensebio Blasco es palabrero, bmcha-
do, hueco. Es natural que no percibiera en Becquer
m su misterioso hechizo ni su delicada intimidad. ¿INo
si-nifica nada que todo un presidente del Consejo de
Ministro* estuviera dispuesto a escribir un prologo pa-
ra las rimas totalmente ignoradas entonces? Lso no
era para él ni un compromiso oficial ni la compla-
cenefa deferente con una gran figura literaria. Puede
otro tanto decirse de la espontánea actitud asumida
por Manuel Silvela, también ministro de Estado, con
la comisión formada para pubUcar los trabajos del
'^''pero más que el doble homenaie de esos proceres
de la política, importa el proyecto repentino de sacar
a luz en libro esa obra dispersa, que se forja entre
los amigos del poeta reunidos junto a su cadáver. JNo
hay mejor prueba de verdadera estimación que esa
idea. EUa surge de quienes son por su cultura y su
gusto los más capaces de justipreciar la obra becque-
riana y revela el pleno reconocimiento de su valor,
puesto que sólo quieren difundirla para que se la ad-
mire. Recuérdese a Eulogio Florentino Sanz recitando
las rimas en el Ateneo, en los cafés, en las reuniones
sociales, en cuantas oportunidades se le ofrecen, para
que los oyentes sepan quien es Gustavo Adolfo Bec-
quer y concurran, con su óbolo,, a sufragar el costo
del Ubro proyectado. Era un poeta empeñado en abnr
camino a la gloria de otro, parecido a él mismo. ¡Rara
avisi No son hombres de negocio en procura de lu-
[210 3
MOTIVOS DE CRITICA
ero sino tres poetas, Ramón Rodríguez Correa, Nar-
mo los trabajos, casi todos anónimos que se han de
publicar. En menos de un año fue llevada a cabo ^
labor; a un ano de la muerte se entregaba al público
en nítida y elegante impresión muy superior a las co!
mentes lo que pudo acopiare. ¡Y aún hay quienes
reprochan a los colectores falta de suficiente diligen-
cía! Es cierto que en ulteriores ediciones debió lo
colegido ampharse, con páginas de igual y más alto
perito que las comprendidas en la primera ; pero esto
nada supone contra la buena voluntad y el buen tino
uei anterior acopio.
Si en vida fue Bécquer bien quisto y aplaudido en
el corto circulo de sus compañeros, a penas reducida
a libro su obra gana todos los corazones y logra una
admiración unánime y forma escuela que se propaga
de España a América. Son incontables, como las estre-
llas, aunque de escaso brillo, sus discípulos en la poe-
8ia. Citemos de paso, con distinto carácter, dos únicos
nombres, los mas dispares entre sí. Juan Zorrilla de
i^an Martin descubre en Bécquer su personalísimo tem-
peramento y. tras las juveniles Notas de un Himno
realiza en Tabaré, con alma becqueriana, el más gran^
de poema de la América española. Rubén Darío, que
nada tuvo nunca de becqueriano, intenta, sin embar-
go, con las Otoñales, una imitación de las rimas. Son
dos maneras opuestas de comprobar la misma influen-
cía. Uno la recibe porque la siente conforme a su ín-
doie; otro pretende someterse a eUa, se la impone,
obedeciendo al gusto del momento.
No se entienda con esto que Bécquer ha inventado
una sensibilidad nueva en el mundo. El fue la voz
£211]
tnw dio ser, en palabras do beDeia, al alma SB
^«mto. Hiío para Esp«S» b q«e habían hecho Hem-
lieh Haine para Alemania y Alfredo de Musaet para
FraiM^
ra
Cqmprewde k oljra de Bécquer, además de las ri-
mas, que es lo más importante de ella, vanos artículos
sobre estética y poesía, un grupo de leyendas y otro
de cuadros e impresiones de la naturaleza, de costum-
bres y de viejos mouumentoa arquitectónicos. Quedan
fuera de esta enunciación sus trabajos ocasionales de
periodista sobre la actualidad política, social o mun-
dana, sobre teatro, etc. ^
Sus leyendas revelan claramente el carácter de su
esiuritii. Ella» proyectan sobre lo exterior, en quimé-
riea» inveDciones de personajes y hechos inverosímiles,
su gusto por lo misterioso y lo maravilloso en temas
de amor y melancolía. Nunca lo que ellas cuentan se
ajusta a Ua normas de la realidad. Esto es precisa-
Hiente lo que tienen de legendario. Las más y las me-
iom de dlaa no son propiamente leyendas, porque
lo que se designa con este nombre proviene siempre
de una tradición y es el relato de un suceso verdadero
o aupuesto verdadero, que trasmitido, largo tiempo,
de boca en boca, se ha trasformado, acomodándose a
Us creencias y los sentimientos de quienes lo reciben
y a su vez lo propagan. La leyenda es invención in-
voluntaria de Bucesivas generaciones: se quiere y se
cree decir lo que ha sido, se va, poco a poco, elabo-
rando imperceptiblemente lo que se piensa que debió
ser. Bécquer realiía a capricho, en su obra, esa adap-
taiáóa de la vida a su idealigmo. E» lo que hace, cada
[3»1
MOTIVOS pg c&rriCA
uno según su í«doIe, todo «rtor de cftenlos y tmélm.
A el le repugna la resistencia que la reaUdad eros^a
contrapone a la delicadeza de su atea, y « evade,
eso, de aquella, en alas del sueño. El mundo en mte
Z\ulC ™-
De algunag de sus leyendas asegura haberias reco-
gido, tal como las cuenta, de humildes campesinos, en
ugares apartados. Puede esto ser verdad, pen> c^mo
lo fabuloso es propio de esta clase de relatos, bien
puede ser también que ese origen popular que les atri-
buye sea una inexactitud más para autorizar su inven-
tiva Es indudable, en todo caso, que él mismo ha in-
ventado as mejores. Nada tiene de leyenda la narra-
Clon mulada Tres Fechas, que refiere lo que, íegún
dice, le aconteció a él en tres momentos de una ¿er-
manencia en Toledo. Los ojos verdes y El rayo de
tuna., son de tal manera becquerianas por su tema V
por su espíritu que nadie podría imaginarlas sino obra
suya en cuanto comprenden. Y esto, con fundamento
parecido puede naturalmente pensarse de todas laa
otras o de las más de ellas.
Excepción hecha de El cavdülo de las manos roms,
sus leyendas son todas breves, de acción sencilla, redu!
cida a muy pocos hechos, para los que sería suficiente
una o media pagma. Suelen, sin embargo, llenar has-
ta veinte o treinta, porque él se detiene y se extiende
mas en la descripción de los siiioa y en el retrato de
los personajes que en el movimiento del asunto
Lo extraordinario y lo misterioso, que rompen el
curso natural de la vida, son elementos indispensables
«n ellas, pero aunque siempre decisivos en la trama v
el desenlace de los sucesos, ellos no invalidan ni meuül
caban nunca, d interés de lo humano y de lo tciie-
[213]
LAUXAB
no. No son, al fin y al cabo, más que recursos curiosos
de enredos y soluciones. Desempeñan un papel jmpor-
tante, pero secundario, ya se trate del mismo Dios y
la Virgen o de genios y espíritus extraños a la religión
cristiana. « u„
Bécquer es siempre buen crisUano en su prosa, hn
verso duda; no acierta a decidirse ni a favor ni en
contra de las creencias más comunes. En la tan cono-
cida rima que llora a los muertos que se quedan so os,
— Cerraron sus ojos—, se pregunta, vacilante si eUos
son únicamente polvo que vuelve al po vo o almas que
vuelan al cielo; en la señalada con el numero Vlil,
Cuamío miro el azul horizonte, aun sintiendo en «an-
sias», «algo divino» dentro de sí confiesa dolorosa-
mente que vive «en el mar de la duda*, y en la sena-
lada con el número LXXVI, En la unpomnte nave,
sólo ve en la muerte un «amor callado» y un «suotio
tranquilo». Francisco Blanco García, que era sacerdo-
te agustino, reconoce en Bécquer un .instinto de lo
sobrenatural» «enfriado por el espíritu del siglo» y le
concede caritativamente la fe en la Providencia. No
era Bécquer un pensador, sino poeta. En sus leyendas
emplea lo divino lo mismo que lo humano con desen-
voltura respetuosa y hace del diablo, más que un de-
monio eficaz, un bandolero malparado, que pierde
siempre al fin la partida. En La Cruz del Diablo, aun-
que invisible, lo prenden, lo encierran a buen seguro
en calabozo y lo hubieran ajusticiado en la horca si
no escapa gracias a la excesiva confianza de su car-
Bécquer no extrema en sus leyendas lo horroroso.
Lo cultiva, ciertamente, porque es lo propio de esa
clase de literatura y porque es elemento esencial, para
todo el mundo, en cuanto se supone oculto a la cto»
[3141
MOTIVOS DE CRITICA
inteligencia y mezclado misteriosamente a la vida hu-
mana. No excluye de su obra los crímenes tremen-
dos ni las pasiones que enloquecen. Admite en ella la
acción nefasta de seres incorpóreoB e ineluclablei.
Siempre conduce los personajes simpáticos a inevita-
bles desastres. Basta, sin embargo, comparar sus leyen-
das con los cuentos de Emest Hoffman y Edgar Poe
para ver como en él la invención de lo fantástico se
restringe a límites que, ¡.i bien rompen el orden natu-
ral, sólo rozan lo macabro. Maese Pérez, el organista,
no permite, después de su muerte, que nadie, sino él
toque, en el convento de Santa Inés, el órgano para la
misa de gallo la Noche Buena. Los esqueletos de loa
Templarios defienden contra todo intruso, la noche
del día de los Difuntos, el Monte de las Animas, que
fue suyo. En El Miserere las abuas en pena recobran
sus cuerpos y vuelven, durante unas pocas horas, a la
vida terrena, para cantar su arrepentimiento y pedir
a Dios misericordioso la remisión de sus culpas. Son
éstas las tres leyendas más llenas con las cosas de ul-
tratumba y no es de creer que espeluznen con espanto
sino a quienes conserven el crédulo candor de su ni-
ñez. En Mae&e Pérez el contento de saber que el buen
músico triunfa de su engreído rival se sobrepone al
miedo que provoca su aparición. La feroz barbarie
de los Templarios interesa menos que el denuedo he-
roico del enamorado que los afronta y la vanidad per-
versa de la mujer que lo induce melindrosamente a esa
prueba de valor. En El Miserere, si es horrible la re-
encarnación repentina y momentánea de los frailes
muertos en pecado, ese terror se compensa con el feliz
hallazgo del peregrino errante que al fin descubre la
música sublime que buscaba, a través del mundo en-
tero, para poder expresar el anonad»miento de su al-
LAVXAB
ma culpable ante la tremenda justicia de Dios. Todo
acaba así, de cierto modo, en bien.
N* es esto decir que lodo lo sea. No podría serlo,
porque nuestro mundo es malo, como lo explica La
Creación, que es la más pobre de las leyendas.
En la Creación, «poema indio», atribuye el origen
de la tierra y de sus criaturas a unos genios torpes
y traviesos que, durante el cansancio y el reposo de
Brahama dormido, pretendieron imitar, en juego irre-
flexivo, el trabajo de la divina omnipotencia.
Brabama había llenado el cielo de mundos y seres
perfectos en belleza y felicidad; ellos sólo atinaron a
producir, revolviendo y confundiéndolo todo, un glo-
bo deforme, donde se mezclan bienes y males, penas
y alegrías, y es única esperanza que eso, mal hecho,
no pueda ser duradero.
Todas las leyendas tienen, pues, necesariamente una
buena parte de males. Es tema de las más de ellas el
amor desdichado. Para disimular lo increíble, lo ale-
ja el autor a un pasado remoto, pero al mismo tiempo
lo mantiene cerca, porque lo radica en España. Es la
España de otras edades el escenario de la vida legen-
daria que se nos ofrece con personajes y costumbres
de raro y pintoresco prestigio. Sin embargo la histo-
ria, propiamente dicha, no ocupa nunca el primer tér-
mino en las narraciones. Tal vez se nombra^ de paso
a un rey o se designa un gran hecho cualquiera para
fijar el momento, y en seguida se concreta la atención
a un suceso que se desarrolla siempre entre personas
inventadas para el caso. La invención es siempre ca-
prichosa; ella se somete libremente al propósito de la
leyenda, sin preocupaciones ni ataduras de exactitud
histórica sobre lo que pudo haber sido lo caracterís»
tico «fe ia é^raoa. P««d© Béoquet «ntretenersc en deecri*
MOTIVOS DE CRITICA
bir una escena «le palacio o de caEa y una armadura
de guerrero o una vestimenta de corte, pero es seguro
que no se informa para ello ni en viejos archivos ni
en piezas de museo, porque su imaginación le suple el
estudio, que no necesita, para figurar lo que no conoce.
El no es un Walter Scott; lo que le importa en sos
leyendas son las almas 7, sobre todo, gu alma.
Las hay de misterio sobrenatural, que son excelen-
tes (Maese Pérez el organista, La Craz del Diablo, El
Miserere), pero gustan más, son más becquerianas, las
que tratan de amores imposibles o infortunados (Los
ojos verdes. El rayo de luna. La rosa de la pasión, La
promesa, La Cueva de la Mora, La Venta de los Ga-
tos). De amores felices, no hay ni una sola.
Bécquer se complace en la melancolía. Piensa qui-
zás que el contento y la risa no son los signos de la
más alta nobleza en el hombre, porque nada asequi-
ble puede satisfacer una aspiración exigente y eleva-
da. Desdeña la realidad y busca en los sueños la dicha
de evadirse de ella y sentirse en otro mundo hecho a
su arbitrio 7 su gusto. Todas sus leyendas cuentan ca-
sos dolorosos. Sus personajes principales son todos sim-
páticos y desventurados. Causan admiración por la
delicadeza de los sentimientos que los animan, y pie-
dad por su infortunio inmerecido.
Dos leyendas, idénticas en el motivo que las inspira,
con distinto desarrollo, Los ojos verdes y El rayo de
luna repiten lo esencial y más característico de Béc-
quer en su vida y en su poesía, que es el amor impo-
sible o desgraciado. En Los ojos verdes^ Femando de
Argensola, primogénito de los marqueses de Almenar,
sale por primera vez de caza. Inútilmente recorre el
campo en busca de una bestia, porque no se descubre
ninguna. Por tia ooneigue Femando hezir un cieivo,
[317 3
LAUXAR
pero éste se refugia y desaparece de su vista en cierto
bosque de carrascas. A la voz del montero mayor, alü
se detienen de pronto loa cazadores, lo que natural-
mente indigna a Fernando, que no quiere perder su
primera presa. En vano explica el montero que no
puede seguirse adelante porque la dirección que ha
tomado el ciervo herido conduce a la Fuente de los
Alamos, que está hechizada: quien llega a ella no
vuelve nunca. Femando no sabe ni de hechizos ni de
miedos: abandonaría su alma al diablo antes que el
ciervo a una superstición. El entra en el bosque y lle-
ga a la fuente, pero queda cambiado. No es ya el
mismo: ha perdido el color, se ha puesto sombrío,
vaga solitario, pasa el día entero en la espesura. Es
que, procurando hallar el ciervo herido, ha visto, bajo
el agua en la Fuente de los Alamos, algo como una
mirada que se clavó en la suya y encendió en su pe-
cho el deseo absurdo, irrealizable, de encontrar una
persona de ojos verdes como aquéllos de la mirada
obsesionante. En vano ha esperado junto a la fuente
que se repitiera esa visión. Una tarde encuentra por
fin, sentada sobre las rocas, en el mismo sitio de sus
largas esperas, a un mujer imponderablemente bella,
«vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas
y flotaban sobre su haz . . . Sus cabellos eran como el
oro, sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre
sus pestañas volteaban inquietas las pupilas», vistas
antes, «de un color imposible. . . verdes». Habla, des-
de entonces, con ella muchas veces, (¿Qué se dicen?
No lo consigna el escritor. Resignémonos, pues, a ig-
norarlo.) El querría saber de ella, todo, y no se sabe
ni quién es, ni siquiera si es realmente una mujer,
pero, aunque fuese un demonio, la amaría. Ella cs un
«espíritu piKO», pero es también mujer, que vive ea
[218 3
MOTIVOS DH CRITICA
las aguas, «incorpórea como ellag, fugaz y trasparen-
te, y habla con sus rumores y ondula con sus plie-
gues», y premia con su amor «extraño y misterioso»
a los mortales que osan llegar a su retiro. En el lago,
su lecho 69 de esmeraldas y corales. Brinda allí a sií
amado una «felicidad sin nombre», la felicidad que
él ha soñado en sus horas de delirio. Y él, que se acer-
ca poco a poco, no puede ya ver en la noche más que
los ojoa verdea que brillan en la oscuridad como fue-
gos fatuos, siente que lo abraza y lo atrae, y recibe
en la boca «un beso frío de nieve» y cae en el agua
«con rumor sordo y lúgubre». Esta leyenda reproduce
la conocida figura alemana de Loreley evocada en
El Regreso por Heinrich Heine. Bécquer la españoliza
con personajes y costumbres de un pasado impreciso,
en la abrupta región del Moncayo, y cambia además
todas las circunstancias del caso. Fernando no es un
marinero, sino cazador; no lo atrae la ondina a una
isla de orillas rocosas que rompen las embarcaciones
de los navegantes seducidos; pero lo esencial es idénti-
co en el símbolo de la belleza femenina que halaga con
esperanzas mentidas y destruye a sus adoradores. Es
el amor que diviniza a la mujer y anonada al hombre
o, mejor dicho, que hace del ser amado un ídolo cruel
o indiferente, y del que ama, una víctima.
La otra leyenda mencionada. El rayo de luna, reilo-
ra, con poca diferencia, esa misma significación. Man-
rique es un joven de alta alcurnia a quien el tumulto
de la guerra y la vanidad mundana repugnan. Tiene
ahna de poeta y lo es de tal modo que no hay pala-
bras adecuadas para esEpresar lo que imagina. No ha-
ce, pues, más que soñar despierto. Cierra los ojos a
la realidad para entregarse mejor a su propio espíritu
o hace de ell* un motivo, ua aliciente de vagas quima-
[219 3
na y emociones deliciosas. «¡Ainar¡ Había nacido
para eoSar el amor, no para senlirlo. Amaba a todas
las mujeres un instante, a ésU porque era rubia, a
aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque
se «cimbreaba al andar, como un junco». En sus pa-
seos errabundos por el campo, creyó una vez divisar,
a la distancia, entre los árboles, bajo un claro de lu-
na, la blanca forma de una vestidura femenina. Era,
sin duda, la mujer misteriosa que él anhelaba para
llenar el vacío de su vida. Corrió hacia ella, pero no
pudo verla. Había desaparecido. No la conoce ni sabe
nada acerca de ella; sin embargo la busca sin des-
canso, hasta que, otra noche de luna, en el mismo si-
tio que pensó haber distinguido la tela flotante de su
ropaje, se reproduce el mismo fenómeno, y entonces
comprende que fue engañado por un reflejo de luna
en la arboleda. Todo lo apetecible será en adelante para
él una vana ilusión. «El amor es un rayo de luna».
cManrique estaba loco ; por lo menos todo el mundo lo
creía así. A mí por el contrario» — concluye Bécquer —
«se me figura que lo que había hecho era recuperar el
juicio». Y antes, en la introducción a su leyenda, había
escrito: «Yo no sé si esto es una historia que parece
cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo
decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad
muy triste. . .» Es la profesión de fe de un escepticis-
mo sentimental, que interpreta el sentido claro de la
leyenda, formulada con imágenes rientes o irónicas.
Todo es, en ésta, aéreo. Parece un juego de la imagi-
nación, sin transcendencia. Está, en efecto, ideada con
1a inconsistencia y la inverosunilitud graciosa de una
fantasía absurda. No hay ni un grito ni una protesta
contra la adversidad que opone el desengaño ineludi-
bls a las más queridas aspiraciones y llevan así, con
[220]
MOTIVOS DX CRITICA
promesas de ventura, a la desgracia. La obra entera
de Bécquer responde, sin embargo, a esa concepción
pesimista. En ella el amor del enamorado, busca el
ser amable a quien darse y no lo encuentra o lo pÍCT-
de o se equivoca en sn elección.
Es lo que también resulta de la página, de invención
más sencilla, titulada Las tres Fechas. Se trata de un
reíalo curioso, hecho de vagas aprehensiones, sobi« un
fondo incoherente de ocurrencias inconexas y apenas
entrevistas. Es, a mi jucio, lo mejor y más caracterís-
tico de su temperamento, que haya escrito Bécquer en
prosa. Habla de si mismo, pero lo que narra como
acaecido tiene bien marcado el sello de la irrealidad.
Esto no impide que sean verdaderos el gusto y el cul-
tivo de la soñación amorosa y de la emotividad me-
lancólica.
Se halla Bécquer en Toledo; todas las tardes, para
ir a tomar apuntes de San Juan de los Reyes, atraviesa
una calle estrecha, tortuosa, oscura, que está siempre
desierta ; nunca se ve a nadie ni en las puertas ni en
las ventanas. Bécquer, habituado al camino, lo recorre
distraídamente, sin fijar en nada la atención. Una vez,
sin embargo, se detiene a mirar una casona antiquísi-
ma y en ella repara en una ventana entoldada con
azules campanillas, las infaltables, las típicas, las que-
ridas campanillas de toda su obra. Detrás de la venta-
na hay una cortinilla blanca. Todo lo ha examinado
ya a su antojo y se aleja; pero vuelve todavía la mi-
rada a la ventana, y sorprende en la cortina un movi-
miento: [alguien la había levantado, seguramente para
verlo! ¿Alguien? ¿Quién sino una mujer podría ha-
berlo hecho Tras «aquella ventana, tan poética, tan
blanca, tan verde, tan llena de flores, sólo una mujer
podía asoBiuse», sólo una mujer indudablemente jo-
tail]
LAUXAK
ven y bonita. Y la mujer que el poeta no vio en la
ventana ocupa y exalta su imaginación mienlraa per-
manece en Toledo. El la adivina en su recogimiento
inviolable; la siente en su ausencia. Pasa el tiempo.
Vuelve a Toledo el poeta; hace «largos y solitarios
paseos entre sus barrios más antiguos», y cuando ya
ha de partir, da al azar con una plaza vasta, sola, ol-
vidada. Todo es en ella extraño y original. La cubren
por completo escombros y hierbas; tiene también, por
supuesto, campanillas, que esta vez son blancas. A
su frente se levanta un palacio árabe, que sirvió de
mansión a un principe castellano y está ahora transfor-
mado en convento. Guarda estampado en su arquitec-
tura el carácter diverso de sus destinaciones sucesi-
vas: está sellado con el amor del placer, de la grande-
za humana y de la religiosidad mística. Es pintoresco,
extravagante y espiritual. . En sus piedras perdura in-
movilizada la vida secular de varias generaciones. Béc-
qu« sueña con los ojos puestos en él. De pronto una
impresión inesperada lo arranca a sus figuraciones
fantásticas. Una mano, una mano blanquísima, ha sa-
lido por un hueco de los miradores y ha hecho en el
aire el ademán de un saludo cariñoso. ¿Para quién
BÍno para él? Esa mano distante, desde el encierro
del convento, ha sacudido el corazón del poeta con
una emoción inextinguible. Corre de nuevo el tiempo.
De nuevo torna el poeta a Toledo. Vagabundea allí
fsin camino cierto», sin dirección, sin propósito. Otra
vez sus vueltas perdidas lo llevan a la vieja plaza.
¿Habrá sido arrastrado, conducido, por algún desig-
nio secreto? El día es tristísimo: el cielo está anu-
barrado, gime el viento, hace un frío que hiela. En
el convento una gran campana sorda toca pausadamen-
te; otra, ligera y aguda, repica en clara y continua
MOTIVOS DX CRITICA
convulsión de risa alocada. Se oyen, con el acompa-
ñamiento confuso del órgano, las voces gravea de un
cántico solemne. El poeta se acoge a la iglesia y pie
sencia una ceremonia imponente. Sacerdotes revestídos
con sus pomposos mantos pluviales ofician junto al al-
tar mayor; escondidas en el coro enrejado, entonan laa
monjas un salmo. ¿No estará entre ellas la mano blan-
quísima que saludó al poeta desde los miradores? De lo
alio de las bóvedas, lámparas de vidrios coloreados en-
vían una luz tenue y matizada; se consumen las velas
con pequeñas llamitas pálidas; el incienso lo envuelvo
todo; no se distinguen más que bultos. De entre las reli-
giosas una figura blanca se adelanta hacia la rejáj
tiene sobre la frente una corona de flores: se la qui-
tan; su rubia cabellera se derrama en cascada sobre
los hombros: se la cortan; se tiende ella en el suelo,
y como si estuviese muerta, la cubren de flores. Es la
consagración de una virgen a Dios. El poeta contempla
aquéllo horrorizado: siente que le arrancan algo a su
vida, que le hacen un vacío en ella. Después sabe que
esa virgen pudo ser, que fue sin duda, quien levantó
la cortinilla una vez para verlo y quien otra vez lo sa-
ludó con la mano desde lejos, Y el poeta se pregunta,
si esa mujer suspira en su retiro solitario, a dónde irá
el suspiro de ella.
En este relato misterioso de tres momentos distintos
en que el poeta como aprisionado o perdido en la rea-
lidad siente que su alma se acerca, sin que él lo per-
ciba claramente con el conocimiento seguro de la ra-
zón, al amor imposible y necesario de la mujer inase-
quible, está expuesta la actitud esencial y característica
de su espíritu. Su posición permanente en la vida es
la del corazón que presiente o espera o busca o extra-
ña, 7 llora, en la confusión del mundo, al aer ideal
hecho para él y predestinado por secretas correspon-
dencias a compartir una dicha íntima, que la separa-
cióa malogra. Bécquer ea, en efecto, el poeta de la
soledad en el amor.
Las leyendas están hechas todas con el gusto de la
evasión a lo común y ordinario de la existencia huma-
na. Las hay muy diferentes unas de otras; pero en
todas lo misterioso, lo sobrenatural, lo imposible rom-
pen el orden regular de la vida y abren a la imagina-
ción una puerta sobre lo ignorado, lo indefinido y lo
caprichoso. Todas, iguahnente, comunican un senti-
miento de noble y tierna melancolía.
En algunas de ellas, entre las mejores, encontramos
un personaje que se retrae y aparta de los demás, en
busca de lo quimérico, mdiferente a los placeres y las
glorias del mundo, soñador, absorto en su pensamien-
to, enamorado por el encanto de un fantasma inasequi-
ble o apenas entrevisto. Así en los ejemplos citados
antes, Fernando de Argensola persigue, hechizado, los
ojos verdes que vio un día en el fondo claro de una
fuente, y Manrique recorre ansioso los abruptos alre-
dedores y las viejas calle de Soria, tras la imagen de
U mujer ideal que fingió en su mente, una noche,
el rayo de luna, entre el follaje al final de una ala-
meda. Como para ellos, para Bécquer, nada son las
cosas reales y sólo importa lo que éstas esconden y
separan de nosotros, lo que anhelamos y nos espera
máa allá del límite infranqueable, lejos o extemporá-
neamente, o cerca, muy cerca y en el instante mismo,
pero sin comunicación posible con nuestros sentidos
corporales.
No en vano es siempre un imposible el asunto de
cada leyenda. La realidad misma repugnaba a la deli-
cadesa de Bécquer. Sa coraaón insatisfecho en lo pre-
MOTIVOS DE CRITICA
ciso y definido, se perdía en la vaguedad libre de lo
inexistente y lo soñado. Se forjaba él, en consonan-
cia con la dulzura de su temperamento, un mundo sin
resistencias materiales. Sentimental e imaginativo, soña-
ba despierto aventuras maravillosas, y con ellas cohna-
ba las aspiraciones más íntimas y puras de su pecho.
Sus leyendas o son un sueño o se desenvuelven lejanas,
en tiempos y lugares remotos y propicios a lo fantásti-
co. La religión popular, supersticiosa e ingenua, le pres-
ta los recursos de su credulidad pronta siempre a alte-
rar con lo divino el curso ordinario de las cosas hu-
manas (Maese Pérez el organista. La ajorca de oro,
La Cruz del Diablo, El Cristo de la Calavera, La Rosa
de hi pasión. Creed en Dios, La Promesa, El beso.
El monte de las ánimas. El Miserere) ; pero no le es
indispensable nada ajeno a sí mismo, ninguna tradi-
ción, ninguna creencia, ninguna causa exterior, en ese
habitual estado suyo de vagueación. Todo lo que nece-
sita es libertad, quietud, reposo, alejamiento de la
vulgaridad corriente. Por ingénita propensión de au
carácter, se recoge y aisla, si de otra manera no lo
puede, en espíritu.
De aquí su amor de la naturaleza, de la noche y de
las ruinas. ¿Qué retiro mejor para el sueño imagi-
nativo que los viejos castillos y los templos derruidos,
poblados con fantasmas de recuerdos, o el misterio
de los bosques, llenos de recelos, bajo el cielo de la
noche tormentosa o estrellada? La soledad es un apa-
ciguamiento de la vida; en ella un sentimiento de so-
siego reduce la existencia a un bienestar sereno, sin
afanes, sin pasiones, sin contrariedades, sin fatigas.
En el seno de la naturaleza, el hombre de la ciudad
se abandona, libre de toda expresión extema, a las
más blandas solicitaciones de una felicidad inocente,
lS-4t.
LAUXAB
hecha de pacífica simpatía universal; su pensamiento
se adormece en la contemplación del mundo que lo en-
vuelve, tranquilo y misterioso, sencillo en sus varias
diversas apariencias e incomprensible en el desarrollo
de sus fuerzas ocultas* Se siente uno pequeño y débil
cuando se mira solo en la tierra inmensa; pero el co-
razón, desengañado ya de la dicha que ha perseguido
vanamente entre los hombres, se consuela, en ese alivio
del apartamiento, con su propia dulzura. No es otra
la actitud de Bécquer en la soledad y la naturaleza;
no va a ellas con graves preocupaciones de pensa-
miento o vivos intereses materiales, sino para confor-
tar su cuerpo enfermo y para sentirse a sí mismo en
el sosiego j la melancoHa de las cosas.
Bécquer no ea un casticista, pero le gusta esmaltar
su prosa^ a vece», con vocablos y giros de otra época.
Tampoco es siempre correcto en su lengua; suele re-
cargar su frase, hasta confundir al lector, con largos
miembros incidentales e incurre en algunas confusio-
nes de palabra (la más frecuente es la común en su
tiempo, entre «dintel» y «umbral»). Su estilo tiene to-
nos raros en varias leyendas, pero en general es el
de la narración fácil que tiende a la expresión noble,
aunque puede acercarse a lo popular cuando así con-
viene por el asunto. Se hace a menudo descriptivo sea
para suspender la atención interesada en la inminen-
cia de un pasaje impresionante, o para dar, en los
detalles, color de extrañeza a personas y cosas. Cambia
Daturahnente según las diferencias del tema. Así, es
Bolemne y medroso a propósito de la música en El
Miserere, y llano en La Venia de los Gatos. En El
Caudillo de las Manos Rojas ostenta la pompa y la
brillantez de la imaginación oriental, rica en imáge-
nes. Creed en Dios abunda en invocaciones líricas; la
[226]
.MOTIVOS DE CRITICA
llama el autor ccántiga provenzal», como ai fuera im
relato viejísimo. En Maese Pérez, el organista se hace
hai>Iar extensamente a una mujer de pueblo, con pro-
tusion de formas que no pretenden imitar las de otra
edad precisa, pero se apartan de las habituales ahora
y gustan como cosa ingenua y rancia.
IV
Se ha dicho antes cómo Bécquer de niño, gozaba
del campo en los alrededores de Sevilla y visitaba las
rumas de Itálica. Se sabe que, hombre ya, en k época
de su desahogo económico, solía pasar temporadas,
«a en Som o en Veniela. En Veniela están escritas
las Larias desde mi celda.
Si en sus leyendas entregaba su imaginación a lo
quimérico, en esas cartas se atiene casi siempre a la
realidad que se ve y se palpa en cuanto lo rodea. Es
,que se hallaba en un mundo extraño a su existencia or-
dinaria y, aunque alh' se complaciera todavía, a ratos
en caprichosas divagaciones sentimentales, no podía
menos de sentirse interesado, con irónica atracción
por costumbres y creencias populares. Sus cartas es-
tari, pues, hechas sobre impresiones de la naturaleza
y de la gente rústica y crédula que se ha formado en
ella, Jejos de la civilización contemporánea.
El espectáculo de la naturaleza lo absorbe cuando
esta solo. La pureza del aire, la frescura de la mañana
y de los atardeceres, los rumores de las aguas y del
follaje y la» voces de los pájaros en el silencio, las fio-
rccillas silvestres con sus manchas de varios colores
la inmensa amplitud del campo abierto en el valle á
lejama» interminaMes, la masa enorme de la montaña
£227]
el cielo radiante en las horas de fuerte sol y lleno de
estrellas en la noche, todo lo cercano y lo remoto dis-
trae y serena su espíritu y hace que el se abandone,
sin voluntad, sin inquietud, sin deseos, sm recuerdos,
a la sensación de un bienestar permanente. La sensi-
bilidad se le hace gozosa en la caricia de ese ambiente.
El pensamiento se le adormece en la contemplación de
esas cosas. Es dichoso porque nada le falta en esa paz
de que disfruta sin esfuerzo ni fatiga.
Es la suya una dicha sin historia porque no tiene
cambios. Las horas y los días transcurren para el im-
perceptiblemente en Veruela. Nada lo preocupa y poco
tiene que hacer. Su única obligación es borrajear li-
bremente, con lo que observa y lo que piensa, las cuar-
tillas que dirige a *E1 Contemporáneo» para el pubhco.
Sale al campo a distraerse. A pie, se deja llevar al
acaso por las sendas, sin rumbo fijo, o se detiene a
descansar en cualquier sitio, al abrigo de los arboles,
sentado sobre una piedra. Se entrega al pensamiento
o la emoción que despiertan las circunstancias del
momento y el lugar, y así entretiene su espirita vaga-
bundo. Sigue en el aire el vuelo de las golondrinas y
en el suelo el remolino de las hojas caídas. Para su
contemplación tanto valen, pegadas a la tierra, unas
pocas florecillas que le sonríen, como los millares de
estrellas que pueblan el espacio infinito. El susurro
del viento y el murmullo del agua lo halagan como
canturía de sueño. Hace, a caballo, largas excursio-
nes a los pueblos de la comarca, por mera curiosidad.
Dibuja, en el camino, ligeros apuntes de viejas casu-
cas, de tipos lugareños y escenas singulares. Se intor-
ma acerca de toda antigualla: escucha con placer las
tradiciones que se conservan de lo pasado y los cuen-
tos que inventa la credulidad sobre hechos fabulosos.
[228]
MOTIVOS DE CRITICA
La gente que él trata en su retiro no se parece a la
que ha estado vinculada a sus trajines de Madrid,
Pertenece a otra clase, vive de otra manera; es tosca
y ruda; no tiene con él ninguna afinidad. No traba
con ella relaciones cordiales. El ha ido alh', por su
organismo enfermo, en busca de salud y reposo. Su
estado físico y sug gustos de literato lo reducen a una
actitud contemplativa. No se entrega a hondas cavila-
ciones. Carece de la preparación que se necesitaría
para interesarse, a manera de moralista, en la buena
o mala suerte de los campesinos. Eso es, por otra parte,
cosa que él considera, como todo el mundo, nalurai
e incambiable, y que se mira, en su contraste con las
complicaciones de la ciudad, como sencilla, pura y í-.
iiz. El no hace más que observar lo que tiene delante,
y atiende únicamente, en los hombres y las mujeres,
a lo pintoresco, lo gracioso y lo bárbaro. ¿No estará
de más decir que ve lo bárbaro en los hombres y lo
gracioso y pintoresco en las mujeres?
Son los trabajos y fatigas de las mujeres, y no de
los hombres, los que una sola vez, por excepción, lo
inducen a pensar en las injustas diferencias de las con-
diciones sociales; pero aún frente a ellas, acaba por
mostrarse conforme con ese desorden aparente, porque
todo puede estar compensado en la vida, gracias al
gobierno de una Providencia oculta: «Francamente ha-
blando, hay en este mundo desigualdades que asustan.
¿Quién puede sospechar que a la misma hora en que
nuestras grandes damas de la corle se agrupan en el
peristilo del teatro Real, envueltas en sus calientes y
vistosos albornoces, y esperan el carruaje que ha de
conducirlas sobre blandos almohadones de seda a su
palacio, otras mujeres, hermosas quizás como ellas,
como ellas débiles al nacer, sacuden de cuando en
1239}
LAUXAR
cuando la cabeza de un lado a otro para desparcir la
níwe que se les amontona encima, en tanto que rodea-
das de oscuridad profunda, de peligros y de sobresal-
tos, haoen resonar el bosque con el crujido de los tron-
cos que caen derribados a loa golpea del hacha? Gran-
des, inmensas desigualdades existen, no <íabe duda;
pero también es cierlo que todas tienen su compensa-
ción. . . Dios, aunque invisible, tiene siempre una ma-
no tendida para levantar por un extremo la carga que
abruma al pobre. Si no» ¿quién subiria la áspera cum-
bre de la vida con el pesado fardo de la miseria al
hombro?»
Soñador y sentimental, como es, tiene, como buen
dibujante, la visión clara de lo que mira, y un liumo
risrao sagaz para lo que le choca o no armoniza con
sus preferencias. En el viaje de Madrid a Veruela,
son sus compañeros obligados en el ferrocarril, «un
inglés alto y rubio como todos los ingleses, pero más
que ninguno afeitado y limpio» y un buen señor «salu-
dable, mofletudo y rechoncho» y además no poco mo-
lesto con 6U inquietud y su empeño por entablar con-
versación a todo trance. A quien el poeta querría poder
hablar es una joven hermosa, de aspecto distinguido,
con d indefinible t<nio de la aristocracia, que va sen-
tada cara a él y que será, aunque no medie entre ellos
ni una sola palabra, su única verdadera acompañante,
porque, despierto o semidormido, no deja de soñar
con ella. Cuando él pasa del ferrocarril a una diligen-
cia, los pasajeros son otros, de condición modesta, y
la estrechez a que los obligan lo exiguo del espacio y
los tumbos del coche en la marcha los hacen bullan-
gueros. El no repara mayormente en los del «sexo
feo», pero ha conseguido situarse junto a una «mu-
chacha de OJOS retoBones», a quien acompaña su jna-
[230]
MOTIVOS DE CRITICA
dre, «con todo lo que a los cuarenta y pico de años
puede conservarse de una buena moza», V« cod ellos
«un clérigo entrado en anos, pero guapote y de buen
color», que lleva consigo a su ama, «de lo mejor con-
servado y apetitoso a la vista».
En el monasterio sirve al poeta otra muchacha «con
BU zagalejo corto y naranjado, su corpino oscuro, su
camisa blanca y cerrada, sobre la que brillan dos
gruesos hilos de cuentas rojas, sus medias azules y
sus abarcas atadas con un listón negro que sube, cru-
zándose caprichosamente, hasta la media pierna». Ese
prolijo examen de la ropa ¿nada le sugiere sobre lo
que elía encubre y a la vez revela en sus formas?
Puesto que así detalla su vestimenta con precisión mi-
nuciosa, es claro que ha tenido que verla bien. ¿Será
esto simple efecto de una presencia constante, sin piz-
ca o asomo de una voluptuosidad más o menos sola'
pada? Ella le cuida la celda y prepara su comida. La
asombra que él beba una «agua hirviente, negra y
amarga», que es el café. No desordena las cosas del
huésped; sus libros permanecen «cubiertos de polvo»
sobre una tabla; cuelga de un clavo la cartera de sus
dibujos; está arrinconada la escopeta que él lleva siem-
pre y no usa nunca en sus paseos. Es natural que él, cu-
rioso de tipos y costumbres regionales, también se in-
teresara por las ideas y creencias de los rústicos. Más
de una vez debió de tirar de la lengua a quien mejor
y más fácihnente podía ilustrarlo al respecto en las oca-
siones propicias de su trato cotidiano. Por una de sus
conversaciones con la moza que lo sirve, conoce de ese
modo «la maravillosa historia de las brujas de Tras-
moz».
Del asesinato de una de esas brujas había sido in-
formado, años antes, por los diarios de Zaragoza, y
[231 J
LAUXAR
ahora, perdido en su andanza a través del campo, da
con un pastor que ha sido por lo menos testigo del
crimen y que lo refiere en todo su horror, como la
cosa más natural y justa, con la insensata barbarie
del odio y la crueldad más despiadados. La «tía» Casca
era una bruja perversa. Dañaba con maleficios de
hechicería a hombres, mujeres y niños, al ganado y la
vegetación. Todos tenían, contra ella, iniquidades que
vengar. Al anochecer fue descubierta y acosada por
los pastores que la persiguieron con piedras, garrotes
y cuchillos, hasta lo más alto del monte y la acorra-
laron entre ellos sobre un despeñadero. En vano inten-
taba ella esquivar a saltos los golpes. De nada le va-
lían el llanto y las imprecaciones. Aunque seguramente
invocaba en secreto la protección de los demonios, no
pudo escapar a los atacantes. ¡Dios no lo quiso! Deses-
perada, besó los pies de unos y abrazó las rodillas de
otros. Pidió por fin que le permitieran rezar las úl-
timas oraciones e implorar el perdón de sus pecados.
Un mozo la tenía agarrada por las greñas mientras
pugnaba por abrir con los dientes, en la otra mano,
su navaja. Parecía que ella recitaba al revés los rezos.
El pastor que hace el relato confiesa que sintió miedo,
porque la vieja podía estar formulando conjuros y lla-
mando a los espíritus infernales. De pronto se volvió
ella contra los pastores con amenazas y mordiscos.
Uno le hundió su cuchillo en un costado; ella dio unos
pocos pasos vacilantes y rodó al precipicio. Tenía siete
vidas como los gatos; iba sosteniéndose en la caída con
los andrajos de su ropa, que se enredaba en las zar-
zas, y con las manos que se aferraban a las rocas,
hasta que, gracias a una piedra enorme que le despe-
ñaron desde arriba, desapareció en el agua. Ni muerta
ha cesado en sus maldades: su alma en pena espanta
MOnvOS DE CRmCA
a los que se acercan al lugar de su castigo ; hace ruido,
como lobo, entre la hierba; gime, escondida, con la-
mentos de criatura; los llama al abismo, con su mano
seca y amarilla; los obsesiona con la mirada fija de sus
ojos de buho; se les prende a los pies para precipi-
tarlos. Además quedan todavía, de ella, una hermana
que también es bruja, y una hija que va camino de
serlo. La hechicería es condición de casta y dura en
la familia siglos enteros. Se las aplasta como a vibo-
raSj pero no se acaba con ellas.
Contrasta vivamente, con ese cuadro horroroso de
estulta ferocidad, la risueña pintura de unas mozas
que Bécquer observa en su excursión a Tarazona.
Atraído al mercado por au alboroto, encuentra allí
los diversos tipos de las cercanías, que, instalados en
vistosos tenduchos, venden toda clase de objetos, — fru-
tas y hortalizas, carne y panes, ollas y pucheros, pa-
ñuelos y alpargatas, etc. Distingue entre ellos el grupo
que forman, con sus atavíos y maneras originales,
unas muchachas de Añón. Son varoniles, de movimien-
tos elásticos; recalcan su dicharacheo de fuertes vo-
ces, con ásperas interjecciones; ríen y contestan con
alborozo las zumbas y pullas que reciben. Parecen
incansables; hacen, alegres y cantando, tres ludaa le-
guas de marcha sobre suelo pedregroso, para vender
las cargas de leña que transportan a lomo de sus borrí-
quillos lanudos y llegan y se mantienen con despejado
buen humor, sin ningún signo de fatiga, horas y más
horas, a la espera de una paga mezquina. Añón es un
pueblecillo asentado en las faldas del Moncayo, con
escasas tierras de cultivo, que subsiste gracias al aco-
pio de leña hurtada en los montes, cuando el mal tiem-
po aleja a los guardianes del Estado. Son las muje-
res quienes realizan esa taiea. Ellas tíeaen como una
LAUXAR
primacía inexplicable sobre los hombres. Supone Béc-
qiier, a falta de otra explicación conocida para este
fenómeno, que puede éste deberse a que los hombres,
sin campo labrantío, se hayan dedicado a servir, en
época remota, a los caballeros de San Juan, señores
de la región, y así hayan aquellos abandonado a las
mujeres el gobierno de sus casas. Lo cierto es que en
ellas se ostenta una gallardía natural impropia de otras
campesinas. «Más esbeltas que altas, en lo erguido de!
talle, en el brío con que caminan, en la elasticidad
de sus músculos, en la prontitud, de todos sus movi-
mientos, revelan la fuerza de que están dotadas y la
resolución de su ánimo. Sus facciones, curtidas por el
viento y el sol, ofrecen rasgos perfectamente regula-
res, mezclándose en ellas, con ^traña armonía, la
volubilidad 7 ese no sé qué imposible de definir que
constituye la gracia, con esa leve expresión de la osa-
día que dilata imperceptiblemente la nariz y pliega el
labio desdeñoso. Nada más pintoresco y sencillo que
su traje. Un apretador de colores vivos les ciñe la cin-
tura y deja ver la camisa, blanca como la nieve, que
se pliega en derredor del cuello, sobre el que se levanta
erguida, morena y varonil, la cabeza coronada de ca-
bellos oscuros y abimdantes. Una saya corta, airosa
y encarnada o amarilla, les llega justamente hasta el
punto de la jáema en que se atan las abarcas con
un listón negro, que sube, serpenteando sobre la media
azul, bastante más arriba del tobillo. Acostumbradas
casi desde que nacen a saltar de roca en roca entre las
quebraduras del monte, su píe adquiere esa firmeza
peculiar de todos los habitantes de las montanas, has-
ta el punto de que algunas veces da miedo cuando se
las mira atravesar un sendero estrecho que bordea un
barraoco, empaiejadas con ú borriqoiUo que condace
[234]
MOTIVOS SB CHinCA
la lena y saltando de una piedra en otra de las que
costean el camino. Así andan las leguas, tal vez en
ayunas, pero siempre riendo, siempre cantando, siem*
pre de humor para cambiar una cuchufleta con sua
compañeros de viaje. Y no hay miedo de que so cabe<
za vacile al atravesar un sitio peligroso, o su ligero
paso se acorte al llegar a lo último de la penosa jor-
nada; su vista tiene algo de la fijeza del águila, acaso
porque, como ella, se ha acostumbrado a medir, indi-
ferente, los abismos; sus miembros, endurecidos con
la costumbre del trabajo, soportan las fatigas más
rudas, sin que el cansancio los entorpezca un ins-
tante».
Hay en las Cartas desde mi celda páginas de prosa
pintoresca en la descripción de las cosas más sencillas,
como ésas de las añoneras, dignas, por su perspicacia
y resalte, de los más hábiles costumbristas. En Béc-
quer, el sagaz dibujante de lo que se ve iguala en
maestría al soñador melancólico de lo misterioso. Es
un aspecto descuidado en su obra por la crítica. £1
paisaje y los cuadros de vida, reproducidos, sin per-
ceptible aparato literario, como al correr de la plu-
ma, pero no por eso menos trabajados, equiparan, a
la creación fantástica del poeta, la agudeza visual del
artista. Tiene para lo sensorial sorprendentes halláis
gos de expresión: así dice, de una estatua de plañide-
ra, que «llora con llanto sin gemidos», y habla de la
«memoria del olfato» cuando un olor de tinta fresca
en papel de diario le recuerda cosas que estuvieron
asociadas a una impresión parecida. De otra clase
más directa son las notas de forma y de color que
recoge y reproduce para dar aspectos o rasgos de per-
sonas y cosas. Sirvan de ejemplo los «borriquülos pe-
queños, huesosos y lanudos» y una lagartija de «ca-
[235 ]
I.AUXAB
beza triangular y aplastada» y «ojos pequeños y vi-
vos». Sorprenden esos toques puntuales de las apa-
riencias en quien es sobre todo poeta de ensoñaciones
e intimidades.
El dice que un pueWecito visto desde lejos lo atrae,
y cuando se le acerca, todo lo que imaginaba agrada*
ble y emotivo a la distancia se le hace vulgar y grose-
ro. Es que el contacto de la realidad suele ser rudo
y él tiene el temperamento delicado. Por eso en la
naturaleza prefiere los paisajes plácidos a los borrasco-
sos, y en lo humano rehuye las violencias del tumulto,
pn el recogimiento de la meditación- La campiña so-
litaria con su arroyo o su fuente de agua mansa y la
umbría de unos árboles frondosos, los castillos en rui-
nas, las viejas ciudades venidas a menos y aletarga-
das en su abandono encantan su imaginación. El se
aleja del pueblo que lo atraía y se refugia en su hu-
milde cementerio: ¿qué puede hacer allí sino soñar
despierto? Sueña, con reminiscencias de su juventud,
en ese lugar de muerte, lo que hubiese querido que
fuera su vida cuando todo le parecía posible, Su am-
bición de niño fue la gloria de poeta, pero siente o
simula que la ha perdido. Dice que las palabras *amor,
gloria, poesía» no le suenan ya como antes. Se contenta
ahora con dejarse vivir. «¡Vivirl . . . Seguramente que
deseo vivir, porque la vida, tomándola tal como es,
sin exageraciones ni engaños, no es tan mala como
dicen algunos; pero vivir oscuro y dichoso en cuanto
es posible, sin deseos, sin inquietudes, sin ambiciones,
con esa felicidad de la planta que tiene a la mañana
su gota de rocío y su rayo de sol; después un poco
de tierra echada con respeto y que no apisonen y pa-
teen los que sepultan por oficio; un poco de tierra
blanda y floja que no ahogue ni oprima; cuatro orti-
[2361
MOnVOB DE CRITICA
gas, un cardo silvestre y alguna hierba que me cubra
con su manto de raíces, y por último, un tapial que
sirva para que no armen en aquel sitio, ni revuelvan
los huesos». «He aquí hoy por hoy todo lo que ambi'
clono» . . . «cada día voy creyendo más que de lo qae
vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni un átomo
aquí».
Se cumplió sólo a medias la ambición de su niñez;
fue poeta, pero no tuvo en su vida la ruidosa gloria
esperada. Tuvo, mejor que eso, la admiración y el
cariño de cuantos lo conocieron personalmente. Recién
muerto, la amistad recogió su obra y la entregó a una
gloria postuma e inmarcesible.
V
Gustavo Adolfo Bécquer ha expuesto su poética en
el Prólogo para el libro de su amigo Augusto Ferrán,
La Soledad, y en las Cartas literarias a una mujer. De
él se ha dicho que es el único poeta español que ha
sabido tratar de la poesía, o por lo menos quien, en-
tre ellos, mejor lo ha hecho. El mismo ha escrito que
los poetas la crean y los que no son poetas pretenden
vanamente definirla: «Los críticos. la examinan, la
disecan, y creen haberla comprendido cuando han he-
cho su análisis». El, desde luego, no intenta definirla.
«¡Definiciones! Sobre nada se han dado tantas como
sobre las cosas indefinibles». Sólo se propone indicar,
decir, sugerir lo que ella es.
En el Prólogo de La Soledad señala dos clases de ella,
— la ciJta y la popular. Una es «magnífica y sonora» ;
«hija de la meditación y del arte», se engalana con to-
das las pompas de la Wgua ; se dirige «la imaginación»
[237]
LAVXAR
y la reduce ccon su armonía y su hermoeuTa». La otra
e» «natural»; «brota del alma»; promueve «el senti-
miento» apenas «con una palabra >, sin artificio, y
despierta «con una que las loca, las mil ideas que
daermen en el océano sin fondo de la fanta&ía». A ésta
Ib llama él «la poesia de los poetas». (¿Será la otra,
de los que no lo son?).
La poesia culta desarrolla prolijamente su tema, y
ra ^ecto sobre el espíritu acaba con ella; la poesía
popular no hace más que enunciar el suyo, pero cuan-
do ha terminado, repercute con resonancia emotiva
que se prolonga indefinidamente. Aquélla es arte y
fantasía; ésta es «sentimiento y pasión».
El pueblo es y ha sido siempre el gran poeta de
todas las edades y todas las naciones. En todas las
naciones canta el pueblo; en Alemania, los más gran-
des poetas cultivan esa clase de poesía; pero son acaso
lo mejor de ella los cantares andaluces. Han sido éstos
el modelo que Augusto Ferrán ha imitado con arte en
su obra, que infunde, como ellos, «una especie de vaga
e indefinible melancolía», «doloroaa y suave» al mis-
mo tiempo, y un «maravilloso mundo de ideas incom-
prensibles» y flotantes, con lo que siempre se espera
y no llega nunca, — «deseo quizá de algo divino, que
no está en la tierra y que presentimos, no obstante».
ResiRne esta frase, — en lo posible, con sus mismas
palabras—, cuando pondera Bécquer en el libro de
su amigo, y es eso que dice, de estricta aplicación
a sus propias rimas.
Las Cartas literarias a una mujer no limitan su ob-
jeto, eoimo aquel prólogo, a una clase de poesía, — la
popular. Hablan de la poesía en toda su amplitud, sin
ninguna restricción. Supone o recuerda el poeta que
una mujer le ba preguntado: ¿Qué es la poesía? Esa
[238]
MOTIVOS DB CRITICA
mujer e», naturalmenle, su amada: él, en efecto, le dirá
más adelante que antes de conocerla no había amado
todavía. La pregunta lo embaraza y confunde. Querría
poder contestarla y no sabe cómo hacerlo. No son su
fuerte las definiciones; en vano busca en su espíritu
una respuesta satisfaGtoria, porque no la encuentra
allí. Su mirada errante y distraída en el aturdimiento,
se fija de pronto en su interlocutora, y exclama él en-
tonces; La poesía eres tú. No han sido estas palabras
el fruto de una reflexión trabajosa; le han brotado,
como instintivamente, en su apuro, de lo que siente, al
descubrir en la mujer que ama el único o más hondo
motivo de su inspiración. No la contenta a ella esa
frase que le parece una galantería, y el asunto queda
así interrumpido por una circunstancia cualquiera. El
después medita a solas y comprueba que eao que no
era, cuando lo dijo, más que la expresión repentina
de un sentimiento, es, bien pensado, la idea exacta de
lo que esencialmente constituye la poesía. Para expli-
carlo escribe cuatro cartas.
En la primera insiste sobre lo dicho. Desdeñosa-
mente descarta del tema cuanto pueden haber opina-
do sobre él los pretendidos hombres de ciencia. Se
atiene a lo que sabe por sí mismo, que no es, en ver-
dad, sino lo que siente en el amor. «La poesía eres
tú, te he dicho, porque la poesía es el sentimiwto,
y el sentímifflito es la mujer. La poesía eres tú porque
esa vaga aspiración a lo bello que la caracteriza, y
que es una facultad de la inteligencia del hombre, en tí
pudiera decirse que es un instinto. La poesía eres tu,
porque el sentimiento, que en nosotros es fenómeno
accidental y pasa como una ráfaga de aire, se halla
tan íntimamente unido a tu organiiación especial, que
constituye una parte de ti misma. Ultimamente, k
[239]
LAUXAB
poesía eres tú, porque eres el foco de donde parten
sus rayos». En el poeta son afectos femeninos «la ter-
nura, la pasión y el sentimiento». Quizá los poetas y
las mujeres no se entienden bien sólo por lo mismo
que se parecen.
En el hombre la poesía es cosa del espíritu: «reside
en BU alma; vive» allí «con la vida incorpórea de la
idea». Por eso necesita darle una forma y la escribe.
La mujer, al contrario, es toda ella encamación de
la poesía. Son poesía su vida interior y su destino.
La «nvuelve «una atmósfera indefinible de idealismo»
que emana de ella. Ella es, en una palabra, «el verbo
poético hecho carne». Sin embargo se la acusa de pro-
saica, porque, si bien es poesía «casi todo¡lo que pien-
sa», únicíunente lo es «muy poco de lo que habla».
La poesia es, como el amor, un misterio. Como en
el amor, todo en ella son «fenómenos a cual más in-
explicable»; todo en ella es ilógico; todo en ella es
«vaguedad y absurdo».
La segunda carta vuelve sobre la semejanza de la
poesía con el amor. Es creencia común que el enamo-
rado y el poeta expresan mejor lo que sienten cuando
lo hacen de modo espontáneo, en el arrebato irre-
flexivo y tumultuoso que los inspira y no les permite
regir ni su pensamiento ni sus palabras. Sería eso ma-
ravilloso. Bécquer lo admite como posible para otros,
pero piensa que no siempre es verdad lo más sublime y
prudentemente aconseja: «Cuando mi poeta te pinte en
magníficos versos su amor, duda. Cuando te lo de a co-
nocer en prosa, y mala, cree».
No se produce en él ese prodigio de la inspiración
súbita y ciega que opera y realiza impremeditada-
mente obras perfectas. «Cuando siento, no escribo»
— declara. «Guardo, ai, en mi cerebro, escritas, como
[240]
MOTIVOS DE CBITICA
en uji libro misterioso» las impresiones que han dejado
en él su huella al pasar; estas ligeras y ardientes hi-
jas de la sensación duermen allí agrupadas en el fondo
de mi memoria hasta el instante en que, puro, tranqui-
lo, sereno 7 revestido, por decirlo así, de un poder
sobrenatural, mi espíritu las evoca, y tilden sos alas
transparentes, que bullen con un zumbido extraño, y
cruzan otra vez a mis ojos, como una visión luminosa
y magnífica. Entonces no siento ya con los nervios
que se agitan, con el pecho que se oprime, con la parte
orgánica y material que se conmueve al rudo choque
de las sensaciones producidas por la pasión y los afec-
tos; siento eí, pero de una manera que puede llamarse
artificial; escribo como el que copia una página ya es-
crila; dibujo como el pintor que reproduce el paisaje
que se dilata ante sus ojos y se pierde entre la bruma
de los horizontes». «Todo el mundo siente» — agrega.
«Sólo a algunos seres les es dado el guardar, como
un tesoro, la memoria viva de lo que han sentido». Son
los poetas, y c únicamente por esto lo son». Será tal
vez más hermoso imaginar que el genio crea en la
turbulencia pasional desenfrenada; pero ese impulso
del espíritu es incompatible con la atención cuidados.:
que requiere la elaboración de una obra de arte.
A propósito de la poesía ha mencionado Bécquer
el amor. Esta sola palabra evoca en su mente «un
mundo de ideas confusas y sin nombre», «una fantás-
tica ronda de visiones quiméricas». Si él pudiera «es-
cribir» lo que experimenta, no se cambiaría con ningún
poeta: él sería el primero entre ellos. Para que su
amada lo entienda, le pide que recuerde un sueño y
diga si, al despertar, ha podido alguna vez referir lo
soñado «con toda su inexplicable vaguedad y poesía».
[241]
16 - 4t.
LAUXAR
Tiene el espíritu «una manera de sentir y comprender
especial, misteriosa, porque él es un arcano».
£1 idioma, que es «grosero, mezquino, insuficiente»
para los menesteres ordinarios de la existencia, no pue-
de nunca ser\'ir de intérprete fiel entre dos almas. En
vano, pues, querría Bécquer decir lo que siente y sabe
del amor. Lo intentará a pesar de todo.
Es lo que hace, — intentarlo- — , en la tercera carta;
lo intenta, pero no lo consigue. Describe la tenue apa-
rición del alba en el momento final de la noche. La
han contemplado una vez, juntos, él y su amada. Ella
le ha preguntado: ¿Qué es el sol?, y él sólo ha podido
contestarle, señalándoselo: Eso. Es lo mismo y todo
lo que puede hacer respecto del amor. Amor es lo que
ella siente; amor es poesía. «Que poesía es, y no otra
cosa, esa aspiración melancólica y vaga que agita tu
espíritu con el deseo de una perfección imposible.
Poesía, esas lágrimas involuntarias que tiemblan un
instante en tus párpados, se desprenden en silencio,
ruedan y se evaporan como un perfume. Poesía, el
gozo improviso que ilumina tus facciones con una
sonrisa suave, y cuya oculta causa ignoras donde está.
Poesía son, por último, todos esos fenómenos inexpU*
cables que modifican el alma de la mujer cuando des*
pieria al sentimiento y la pasión.
«(Dulces palabras que brotáis del corazón, asomáis
al labio y morís sin resonar apenas, mientras el rubor
enciende las mejillas! [Murmullos extraños de la no-
che, que imitáis los pasos del amante que se espera!
¡Gemidos del viento, que fingís una voz querida que
nos llama entre las sombras! ¡Imágenes confusas, que
pasáis cantando una canción sin ritmo ni palabras,
que sólo percibe y entiende el espíritu! ¡Febriles exal-
taciones de la pasión, que dais colorea y forma a las
[242]
MOTIVOS DE currrcA
ideas más abstractas! [Presenlimienlos incomprensi-
bles, que ilumináis como un relámpago nuestro por-
venir! ¡Espacios sin límite», que os abrís ante los ojos
del abna ávida de inmensidad y la arrastráis a vuestro
seno y la saciáis de infinito! ¡Sonrisas, lágrimas, sus-
piros y deseos que formáis el misterioso cortejo del
amor! ¡Vosotros sois la poesía, la verdadera poesía,
que puede encontrar un eco, producir una sensación
o despertar una idea!»
«. , .yo creo, y conmigo lo creen todos, que las mu-
jeres son la poesía del mundo».
En la cuarta y última carta cuenta cómo en Toledo,
vagando por la ciudad, con la impresión melancólica
de su pasada grandeza, que sobrevive allí sólo en ves-
tigios, entró por fin al antiguo convento de San Juan
de los Reyes. Sentado sobre una piedra se pone a di-
bujar hasta que se hace ya noche y debe suspender
ese entretenimiento. No se marcha sin embargo; está
solo, sumido en la oscuridad, con la imaginación
abandonada a las sugerencias de su aislamiento; de lo
más íntimo le surge y le llena el abna el deseo de sen-
tirse acompañado, para compartir con alguien la emo-
ción que lo oprime, porque no le cabe en el pecho.
¿A quién busca a su lado? A una mujer. Las esta-
tuas del claustro representan vírgenes, cenobitas, már-
tires que vivieron, como él, «sin amores ni placeres»
y «arrastraron una existencia oscura y miserable, solos
con su pensamiento y el ardiente corazón bajo el sayal,
como un cadáver en su sepulcro». «¿Quién ha recogido
las emanaciones de amor que, como un aroma, se des-
prendería de vuestras almas?» — se pregunta. Una
luz «tibia y azul» de luna le permite ver que todas
las figuras tienen las pupilas dirigidas al cielo, y en-
tonces comprende que «sus miradas se perdían en el
[243]
infinito buscando a Dios». Dios erft el polo de su
amor. L« rdígián es amor, como la poesia.
No ea mucho, ni muy profundo, ni tampoco muy
i-aro, lo que Gustavo Adolfo Bécquer enseña acerca
de la poesía; pero es original y curioso y, más que
nada, interesante para apreciar su propia obra.
En el prólogo a los cantares de Augusto Ferrán está
claro que estima sobre todo, en el fondo, la emotivi-
dad verdadera y honda ante las manifestaciones más
importantes de la vida el amor y la muerte, la insufi-
ciencia de todo lo asequible, para los sueños de ven-
tura; en la forma, la naturalidad, la sencillez, la fuer-
za y viveza del lenguaje, que repercuten con resonan-
cias indefinidas en las almas. Las Cartas Uterarias a
una mujer reducen la poesia a la expresión del amor
el único objeto de la vida. Es cierto que lo extienden
a la religión y que lo señalan como ley suprema, lo
mismo en ta materia que en las almas; pero esto no
es más que una idea poética y tal vez un expediente
para salvar dificultades.
Hay una poesía que no es de amor^ y para dar con
ella no es necesario buscarla ni afanosamente ni lejos
del mismo Bécquer, porque ella está en su propia
obra. Recuérdense las primeras rimas y particular-
mente la señalada con el número IV, No digáis que
agotado su tesoro. El no era un pensador aunque, se-
gún dice, pensaba mucho. £n verdad, sólo pensaba
en sí mismo y confiesa que sus meditaciones siem-
pre son confusas. No se le exija, pues, la estricta ló-
gica de un doctrinario rígido. Era un poeta del amor
y escribía las cartas, — sea esto o no exacto < — y para
su amada. Se explica así doblemente que descuidara
lo que era ajeno o de poco interés. Lo que importa
[244]
MOTIVOS DE CRITICA
es que haya definido su poesía como nadie podría
hacerlo mejor.
Su poética distingue dos momentos en los inotívos
de la inspiración y dos órdenes o actitudes en el tra-
bajo de lo que será, una vez realizada, la obra de
poesía. En el motivo de la inspiración, el momento
inicial es, o por lo menos puede ser, completamente
extraño a un propósito poético. El poeta vive como
hombre: recoge impresiones de cuanto le ocurre, y
forma sin quererlo con eso que percibe y siente un
fondo caótico de recuerdos. Después en el segundo
momento, una causa cualquiera provoca la intención
creadora; ya no es el hombre común, smo el poeta,
quien se propone convertir en poesía esa materia amor-
fa de su vida. Es natural que esa decisión resulte siem-
pre, o las más veces, de un hecho que lo afecta hon-
damente y lo incita al canto, porque reanima en su
abna ana superabundancia de sentimientos y de imá-
genes que no podrían manifestarse de otro modo.
Empieza tras esto el trabajo afanoso que se necesita
para dar forma interior y exterior, a ese fondo intrin-
cado y confuso, que se ha acumulado sin esfuerzo ni
designio, sólo viviendo. El exige, cuando se le quiere
amoldar a la expresión conveniente, la más ahincada
ludia contra la insuficiencia del lenguaje, que está
hecho para los menesteres ordinarios y útiles, y se re-
uste a un tipleo que no le es propio. «Cuando siento
no escriimi», — declara Bécquer. Para escribir resu-
cita lo qus ba «entido antes y evoca en su memoria
lo que no es ya más que recuerdos.
Dice también: «Escribo como el que copia una pági-
na ya escrita»; pero esto es una verdad que engaña,
pues al miisno tiempo agrega que el idioma es <gro-
«ero, mezquino, insuficiente» para la comunicación de
LAUXAR
las almas, y reconoce que, en el trabajo del poema,
«hay una parte mecánica, pequeña, material» incom-
patible con el «arrebato» que lo inspira. Quien copia
una página ya escrita no tropieza con dificultades
( . . .si la entiende). En su frase la «página ya escrita»
representa el fondo, lo que se empeña en expresar, no
la forma adecuada que lo t>bliga a buscas y rebuscas
penosas.
Traducido todo eso a una ideología actual, ae iden-
tificaría la inspiración con el ciego impulso de la in-
consciencia que suministra la materia informe y con-
fusa de sentimientos y representaciones para la obra
hacedera. Es el movimiento inicial, el verdaderamente
creador, que surge no se sabe de qué fondo oculto, sea
espontáneamente o respondiendo a una solicitación VO'
luntaria. Sigue a ese afloramiento a la conciencia, de ~
lo que estaba como dormido en la memoria, la volun-
tad lúcida que lo coordina y lo exprime en la palabra
efectiva con estudio laborioso. No son dos momentos
sucesivos, porque al mismo tiempo se producen la efer-
vecencia de lo inconsciente que no cesa, y la atención
que rechaza o retiene y disciplina lo que gratuitamente
se le ofrece. ¿Qué hace el que piensa que no sea espe-
rar, en actitud pasiva, lo que le llega de modo impro-
viso a la conciencia? Tal vez lo busca, tal vez se le
aparece con sorpresa repentina; pero siempre, lo mis-
mo en aquel y en este caso, lo que logra es un hallazgo
fortuito. Es posible que lo haya presentido y solicita*
do; esto no habrá sido, en realidad, sino una premo-
nición, un acercamiento de . la idea o de la imagen
que ya afluían. Puede ese fenómeno compararse (no
identificarse) a lo que pasa en quien necesita una '
palabra que no recuerda: sabe que ella »iste (de
[248 3
MOTIVOS DE CRITICA
aquí arranca la diferencia), la Hama a su mente sin
resultado, y ella se le presenta después de pronto.
La antigüedad clásica, en Grecia y Roma, atribuía
a la inspiración un origen extraño al poeta mismo.
Era un dios o una musa quien incitaba a cantar e in*
fundía en el genio el ciego arrebato del canto. Esa
concepción parece más propia de sacerdotes y filósofos
que de poetas. Demasiado sabrían Homero y Píndaro
que no Ies llegaba de lo alto ni el asunto, que era
tradicional y de todos conocido, ni la forma, que su
buen trabajo les costaba; pero debieron considerarse
más dignificados con la asistencia divina que por su
personal aptitud y se declararon investidos de una fun-
ción privilegiada. £1 ejemplo fue edificante y no Hubo
poeta, así fuera escéptico y licencioso, que no lo si-
guiera. Hasta Lucrecio, que separa respetuosamente
a los dioses de los hombres, le pide a Venus que le
sea favorable y lo aliente en su difícil labor poética.
Nada pudo en la poesía, contra el magisterio de las
musas, la religión cristiana. Dante, que visita por gra-
cia divina el otro mundo, las reverencia a su modo.
Ni el subversivo siglo XVIH, que todavía las invoca,
renuncia a su presencia decorativa. Se desvanece al
fin su prestigio, con el romanticismo, que prefiere el
soplo misterioso de los espíritus ocultos en la natura*
leza a la voz clara de las musas que tien«i cuerpo de
mujer.
Bécquer, romántico, ni siquiera las nombra. La ins-
piración es en él un tumulto del alma incitada por el
amor. Su poesía es toda sentimental y, con la sola ex-
cepción de unas pocas rimas, también amorosa. A dUa
corresponde exactamente la poética expuesta en sus
cartas literarias, que son el fruto natural de una ex-
periencia vivida. Esto explica a la vez dos consecuen-
[247]
cías: «s una el acierto de lo que enseña, cuando esto
se apUcB sólo a su obra; otra, la insuficiencia de su
peneamiento referido a la producción ajena que trata
de temas diyersos. Parece haber sido su único propó-
sito definirse él mismo en su función de poeta, aunque,
do hecho, haya generalizado, extendiéndolo a todos,
lo que le era exclnsivaraente peraoiuiL
Es de lamentar, que. ateniéndose a lo más impor-
tante, haya descuidado y omitido cosas que eran, sin
embargo, de sumo interés. Nada podrá reemplazar
nunca, en el examen de bu poesía, lo que él hubiese
dicho sobre su trabajo de realización efectiva. Es lo
que él llama la «parte mecánica, pequ^a y material»
de la producción literaria. £1 la opone al impulso es-
pontáneOy irreflexivo, que da sin esfuerzo lo que se
siente y se imagina como raíz o fuente de lo que será,
con la forma adecuada qiie se le imponga en lucha
afanosa, la obra futura. No dice de ella más, sino que
es siempre difícil e insuficiente.
Hay autógrafos sueltos de sus versos que tienen los
márgenes llenos de figuras dibujadas; en otros los di-
bujos ocupan lo principal de la página, y la escritura
aparece, como cosa agregada, arriba, al costado y aba-
jo. Es evidente que , en este caso el poeta ha aprove-
chado, para los versos, los espacios libres de una hoja
dibujada antes; pero puede presumirse que en los
otros se haya distraído haciendo bosquejos mientras
esperaba Ib palabra o la idea rebeldes que no Acu-
dían a su llamado.
£» más «¡gpificativo qae en algún papel 90 vetm»
junto a k>f versos, las palabras previomentie elegidw
para rimarlos. Un estudio isteligmte podría estahls-
oar H «JJab «o» las más propáaa o afines al «sirato, oeia
[M8]
MOTIVOS DE CBITICA
que implicaría una «xigencia de buen gasto y cíe .acte
perspicuo.
La rima señalada con el número III, Sacudimiento
extraño, tiene el mismo tema de las Cartas literarias
« una mujer. Ella reduce a vivas imágenes relampa-
gueante» las ideas que 1e3 cartas desenvuelven larga-
mente en confidencias amorosas. El poeta no discurre
allí como el prosista: pasa repentinamente, o mejor
dicho vuele, de una a otra imagen inconexas, en lírico
frenesí, para detenerse al fin, de pronto, en el verso
que cierra esa enunciación rápida, con la palabra que
declara y precisa el sentido, basta ese momento vaci-
lante. Son ocho estrofas de cuatro versos cortos (se-
gún la tipografía; mejor sería decir cuatro de ocho
versos, de acuerdo con la rima) que se suceden sin
que se acierte o adivine la callada significación, que
sólo aparece después de ellas, en el verso adicional.
Se sabe así que se ha referido, primero, a la inspira-
ción y después, con otras tantas estrofas de igual
estructura, a la razón, que están «siempre en lucha» y
que sólo el genio es capaz de someter j acordar en
armonía. De la inspiración se dice allí que es inem-
pleada «actividad nerviosa» y «locura» (como consi-
deraban los antiguos al estro poético), y de la razón
se hace un «hüe de luz* y una «mano inteligente»
que enlazan peManúentes y palabrat.
VI
Cuatavio Adolfo Bécquer había reunido y preparado
sus versos para hacer con ellos un libro que se titu-
laría El libro de los gprriones. Perdido el manuscrito,
rehizo la colecciÓA con difici^tad, como pudo, y le
[949]
LAUXAR
cambió el nombre, que evidentemente no era ni apro-
piado ni poético, por la sola palabra Rimase incom-
parablemente superioi. Se conserva, escrita por su ma-
no, la nueva copilación, que a su vez también fue ex-
traviada y muy tardíamente descubierta en la Biblio-
teca Nacional de Madrid, Ella fue autográficamente
reproducida por la Editorial Iberia, S. A., de Barce-
lona, hacia 1953. En ella el autor consigna, al frente
de sus versos, que éstos son las «Poesías que recuerdo
del libro perdido».
Bécquer encargó a su amigo Narciso Campillo que
enmendara, con la más completa libertad, sus poesías,
lo que es sorprendente en quien estima su propia
obra. ¿Desconfiaría él de su personal competencia o
habrá que atribuir esa rara decisión al decaimiento de
su espíritu por quebrantos de salud? Las correcciones
están hechas en el manuscrito, con letra de Campillo.
Las ha juzgado pobres o malas Gerardo Diego. Algu-
nas son, al contrario, excelentes; otras^ tal vez inne-
cesarias; las más, por lo menos, razonables. £1 verso
final de la rima X, Los invisibles átomos del aire:
Dime. . . — lSiIenck>t Es d amor que pasa,
gana evidentemente mucho, en viveza e intensidad,
con la supresión de las dos primeras palabras, como
lo resuelve Campillo. Era absurdo imaginar, como di-
ce la rima XVIII, Fatigada del baile, que ima ñor dur-
miese en el pecho de la danzante, el «arrullo» de bus
labios entreabiertos; la corrección «al soplo» (en lugar
de al «arrullo») mitiga en lo posible esa impropiedad
chocante. Al fin de la rima LXVII, ¡Qué hermoso es
ver e¿ día. . en la última frase:
i y qu« desgracia
gnc wto solo no faute<
[260]
MOTIVOS DE CBrncA
Campillo sustituye, a la palabra «desgracia», la pa-
labra «fortuna» : seria un contrasentido para quien to*
mará esa frase tal como suena; pero puede entenderse,
y hay que entender, que el texto original eg sarcás-
tico, y así que, en su corrección. Campillo elimina el
equívoco y peligroso, por contrario al espíritu becque-
riano, de la palabra corregida. (La corrección de Cam-
pillo es más becqueriana que el original de Bécquer).
Bécquer hacía ya versos durante su residencia en
Sevilla, antes de trasladarse a Madrid, a los dieciocho
años. Algunos de ellos han sido recogidos, en su libro
Páginas Olvidadas, por Dionisio Gamallo Fierros. Son
remedos vacilantes del pasado, sin vislumbres de lo fu-
turo. Sólo interesan, como curiosidad, porque son del
autor de las rimas y no se parecen a éstas en nada. De
la época madrileña anterior a la verdadera poseía
becqueriana, se conservan dos composiciones, — una
«fantasía» A Quintana, compuesta para su corona-
ción (1855) y una especie de letanía A todos los San.'
tos. En la primera saluda el poeta, precisamente, la
poesía que desdeña, por su artificio y por au pompa,
cuando exalta, en los cantares de Augusto Ferrán, la
que es, al contrario, ingenua y sencilla. Tiene la se-
gunda, en sus reiteraciones de cantilena, algo que anun-
cia remotamente uno de los procedimientos caracte-
rísticos de las rimas; pero eso es poco y todo lo que
en ella puede apreciarse. Bécquer no está alli> Parece
que dejara de cultivar el verso, fuera del teatro, por-
que nada le revela todavía su originalidad, y acaso
también porque su penuria económica le exige traba-
jos menos improductivos y no le consiente el ocio
tranquilo de una poetización desinteresada. Otros, sin
embargo, han hecho las mejores obras en la miseria,
y él mismo pudo escribir, en su tiempo de agobio, una
[251]
LAUXAB
de sus leyendas más largas, El Caudillo de las Manos
Rojas,
Según su amigo Nombela, compone las primeras
rimas a fines de 185S y en el correr del año 1859. De
1860 es el Prólogo sobre los cantares de Augusto
Ferrán, donde manifiesta que prefiere, a la poesía
magnifica y sonora, de grandielocuencia y aparato,
la popular, que es breve y sincera, y brota del ahna
como «un aospiro, una sonrisa, una lágrima», de sen-
timiento «indefinible» y «vaga» tristeza. Se diría que
está definiendo su propia obra; ¿será que la prefi-
gura y la anuncia, o que la recuerda y la tiene pre-
sente como cosa ya realizada? Se refiere, claro e&tá,
a los cantares de Ferrán y de Andalucía y a las can-
ciones alemanas; pero si estima tanto esa clase de
poesía y él mismo se siente poeta y ha hecho versos
desde la niñez, ¿no habrá intentado aún producir eso
que admira, sobre cuanto conoce, en la obra ajena?
De ese mismo tiempo son las Cartas literarias a una
mujer (1860-1864), que sugieren idénticas reflexio-
nes, más claramente, si cabe, porque en ellas no com-
para ya la poesía culta, que se trabaja con atención
y estudio, a la que es natural y espontánea, sino que
sólo considera esta última, como si fuera única, sin
competencia de otra distinta. Tiene, pues, ya formados
sobre la poesía, por ese tiempo, un gusto y un criterio
firmes y precisos.
Se sabe, por otra parte, que en 1859 publica la rima
XIII, Tu pupila es azul y cuando ríes . . . , que es una
de las más características y mejores. Durante su vida
sólo salieron a luz otras doce: dos en 1861, una en
1863, ocho en 1866 y la final en 1870. Es, más que
difícil, imposible conjeturar, con fundamento razona-
ble, caándb fueipn producidas todas o un grupo cual-
[352]
MOTIVO» DE CaiTICA
quiera de ellas. La cronología de las rimas será siesn-
pre un problema insoluble. Podría suponerse que en
el manuscrito de Bécquer ellas aparecen ordenadas
según fueron producidas; pero esta presunción es dis-
cutible, primero, porque las trece rimas publicadas
entre 1859 y 1870 no están alií dispuestas según fue-
ron apareciendo (argumento inseguro), y segundo»
porque, perdido el texto primitivo de El Libro de los
Gorriones en el saqueo y el incendio de la casa de
Luis González Bravo (1868), el poeta lo rehizo como
pudo, al azar de la memoria. Recuérdese la nota que,
en la copia de las Rimas, precede a los versos «Poesías
que recuerdo del libro perdido».
No puede, pues, seguirse paso a paso ni por etapas
sucesivas, el desenvolvimiento de la inspiración poéti-
ca en Bécquer. Nada valen, para establecer una crono-
logía, las apreciaciones sobre excelencias y defectos
de fondo y forma, porque lo mismo pueden aquéllas y
éstos producirse en cualquier momento de una carre-
ra literaria. Así, por ejemplo, la rima XI 11, Tu pupila
es aziU cuando ríes, publicada en 1859, podría pre-
sumirse que es de las primeras, también es de las más
becquerianas y de las más perfectas. Es una Imitación
de Byron, y en ella Bécquer imitando es Bécquer en
la plena radiación de su personalidad poética. No gime
ni se queja en ella, pero tiene la dulzura acariciadora
de su temperamento sensible, capaz de las más sutiles
impresiones y, por eso mismo, propensa al dolor. Nó-
tese la diáfana transparencia de lo que dice y de las
figuraciones que inventa para significarlo: la risa da,
a la pupila azul, una claridad «suave» como el «tré-
molo» fulgor de la «mañana» reflejado en las aguas;
el llanto cubre la pupila azul con lágrimas «traspa-
rentes», que parecen «gotas de rocío» aobie una cvio-
[253]
LAUXAB
leta» ; en la pupila azul encienden las ideas un «punto
de luz» semejante a una estrella «perdida» (que es
decir solitaria) en el «cielo» de la tarde». Todo, cosa
por cosa, es delicioso. Cada estrofa se abre con la men-
ción de la «pupila azul», que es una manera de enca-
recer y alabar su belleza delicada. No hay en toda la
rima ni una sola palabra que declare el sentimiento
del poeta, y de toda ella emana calladamente la ínti-
ma adoración que le infunden los ojos que admira.
La estrofa, de treg versos largos, que. termina con otro
corto, se desliza pausadamente en aquéllos, después de
haber acentuado con fuerza, al principio, su motivo
(la pupila azul) , para acabar como detenida, en el úl-
timo, con la imagen creada para representarla. De es-
trofa en estrofa se reproduce paralelamente la misma
estructura con reiteraciones que repiten, como un eco
vago, un elogio cambiante de los ojos (a) Tu pupila. . .
(b) cuando o si... (c) me recuerda, se me figuran,
me parece. . . (d) fulgor de la mañana, gota de rocío,
estrella en el cielo. Y para que lo becqueriano sea más
completo, la diéresis descompone el diptongo en dos
palabras: suave y violeta.
El estudio atento de la rima XIII, Tu pupila es azul,
y cuando rieSf evidencia que en 1859 el poeta producía
ya lo más personal, como se verá después, de su poesía,
y con esto, es lógico admitir que él venía componiendo
las rimas desde algún tiempo atrás, aunque de nin-
guna manera pueda averiguarse en qué orden las hizo
ni cuáles fueron las primeras o las últimas.
En el manuscrito las rimas son setenta y nueve y
en la primera edición de las Obras sólo setenta y seis.
Una de las tres omitidas aparece testada en el manus-
crito, indudablemente por su indelicadeza: es la que
alude a las mujeres que envenenaron, una, el ahna y.
[254]
MOTIVOS DE CHTnCA
otra, el cuerpo del poeta. Las otras dos carecen de im-
portancia. Esas tres, con otras varias, igualmente in-
significantes, que fueron poco a poco descubriéndose,
pueden verse en la edición de los Clásicos Castellanos
hecha por José María Monner Sanz. De entre ellas sólo
se conoce el origen de una llevada a Chile por Au-
gusto Ferrán, y de otra recogida en Soria por Gerar-
do Diego. En Soria se dio a Antonio Machado, como
obsequio precioso, una hoja con versos de Bécquer,
en la letra autógrafa (desechados) que él destruyó, por-
que eran malos, para que no pudieran divulgarse nun-
ca. Merecen particular consideración, no por su méri-
to poético, sino por su interés biográfico, las dos que
se titulan A Elisa y A Cosía.
En la primera edición de las Obras, sin dividirlas
en partes o secciones separadas, las rimas están dis-
puestas según la semejanza o diferencia de sus temas
y ese orden fue después seguido siempre, menos en la
reproducción autógrafa del manuscrito hecha en 1953
por la Editorial Iberia, de Barcelona. Por supuesto
que muchas veces fluctúa, de una a otra de esas partes,
la materia de que tratan. Versan las rimas I y VIH
sobre el poeta, sobre la poesía, sobre las funciones de
la imaginación y el razonamiento en su génesis, sobre
su naturaleza y eternidad; se refieren al amor, que
empieza en la dicha, la^ rimas IX a XXIX, y a su fin,
que termina en la desgracia de una desinteligencia,
una ruptura o una traición, las rimas XXX a LIX; ex-
presan desesperación, tedio y ansias de muerte, las
rimas LX a LXXVI.
Lo que Bécquer piensa de la poesia está más clara-
mente expuesto en la prosa del Prólogo a los cantares
de Augusto Ferrán y las Cartas literarias a una mujer
que en esa primera sección de las rimas. En aquélla
[255]
LAVXAK
es más ordoiftda y precisa la exposición de las ideas;
en las rimas el arrebato lírico las exalta y viste de es-
plén(Kda3 imágenes. El pensamiento, libre de toda in-
tención didáctica, lo mismo en los Tersos que en la
prosa^ responde al solo deseo de sublimar la poesía.
No se propone el poeta enseñar lo que es ella, sino
hacer que se la admire y se la ame. Nada mejor para
conseguir ese doble objeto que hacerla admirar y
amar en las mismas rimas hechas con ese fin.
La rima I, Yo sé un himno gigante y extraña, pa>
rece, p«ro no es, tina introducción a todaa ellas. Alude
a otras composicionea que debieran de estar unidas
(«estas páginas») y dice de ellas que son partes suel-
tas («cadencias») de un conjunto («un himno»). Se
dirige la rima a una mujer amada y no es creíble que
a ella se brindase, como si para ella hubieran sido es-
critas, lag rimas que tratan de otros amores. Es más:
allí se declara que está por hacerse todavía la obra
proyectada («pero en vano es luchar; que no hay cifra
capas de encerrarlo» ) .
Habla del himno que el poeta sabe y no puede es-
cribir en el idioma común, que es rebelde y mezquino.
Necesitaría, para comunicarlo, palabras que no cono-
ce y que fueran a un tiempo
Snspbos y risas, eolorefl y notas.
Acaso, a pesar de todo, lograría cantárselo a su ama-
da a sola» y al oído, si tuviera en sus manos las de
ella. Ese himno secreto es el anuncia de una aurora
en la noche y son lo mismo todos los versos del poeta
(«estas páginas*):
Cadencüu qve el tire (Ulatt en 1m waabnM.
[256]
MOTIVOS títi dtmcA
Tiene la composición aciertos felices. Lo *s ante
todo su idea fundamental: la imposible comunicación
exacta de la intimidad, que no se traduce nunca en el
lenguaje corriente. Lo es además la fusión que se
deseariá, en la palablra, para cQaiito se junta y se com-
penetra en el arrebato lírico: el suspiro por lo que
se Anhela y no se alcanza; la risa (o la sonrisa) por
lo que se presiente y se espeta o se g02a; el color que
atrae en la belleza ; la nota que es una caricia del alma
en el oído. La emoción poética es siempre compleja
pot lo que la constituye y sencilla porque en ella todo
sé unifica.
Bueno e# indicar de paso cómo en Bécquer, sin des-
plantes ni pedanterías de escuela, se busca y se tirae
ya, no el intercambio absurdo, sino la indiscernible
asociación de lo visual con lo auditivo. El querría que
su verso fuera a un tiempo color y nota, y éste es ca-
dencia i^ue se dilata en las sombras.
(Dirá después Antonio Machado:
Los mirtos talares,
Que ves, sombreaban los claros cantaros
Que escuchas.
y
jTumulto de pequeños colegiales
Que, al salir en deBordea de la escuela.
Llenan el aiie de la plaza en sombra
Con la algazara de bus voces naefSi!)
Es uña mahera de atenuar, en lo indeciso de la som-
bra, toda eSccesiva sonoridad. Y por eso mismo im-
porta en lo que se dice, porque lo apaga y suaviza: la
cadencia que se difunde en la oscuridad se hace mue-
lle y, asi conviene más a la émocióli que fiolícita la
£267]
17 -4t.
liAUXAR
entrega de la mano y acerca la boca del enamorado
a la oreja de la amada, que lo escucha.
Pero ¿por qué llama Bécquer «gigantesco» a su
himno, que es inefable y amoroso? ¿Hay acaso en él
algo gigantesco? ¿No es, al contrario, delicado como
el cariño que lo inspira? ¿Y no dice él que lo canta-
ría a su amada al oído? El canto de un himno es
más propio de una plaza abierta al cielo inmenso que
del laberinto diminuto de una oreja femenina.
Pero ¿está bien que diga de su poesía, o de una
parle cualquiera de ella casi toda llorosa, que es un
himno? Los himnos celebran la majestad feliz de los
dioses, de los héroes, de las patrias, del mundo ente-
ro. En ellos el entusiasmo exulta con alegría clamo-
rosa. Las rimas tienen más de elegía que de himno:
ellas son reflexivas, íntimas, calladas; no es el júbilo
su nota característica, sino la tristeza. Por eso la pri-
mera rima no puede referirse ni a toda su poesía ni
a la parte, más personal de ellas. Su colocación al fren-
te de todas las otras la falsea, porque le da un alcan-
ce ilimitado, que es seguramente ajeno a la intención
del autor. La frase
Y estas páginas son, de ese himno.
Cadencias que el aire dilata en la» sombras
debieron tal vez aplicarse a un grupo de composicio*
nes concerjRÍentes a un amor venturoso, que suspira
todavía y puede ya sonreír a la esperanza de una co-
rrespondencia más completa.
La rima IV, No digáis, que agotado su tesoro, es,
aunque imitada, muy becqueriana por su espíritu y
su estructura. Ella anuncia gradualmente las distintas
manifestaciones de la poesía total y omnímoda. Las
señala, primero, en la naturaleza:
[258]
MOTIVOS DE CRITICA
Mientras las ondas, de la luz, al beso.
Palpiten encendidas;
Mientras el sol, las desgarradas nubes.
De fuego y oro vista;
Mientras el nire^ en sa regazo, lleve
Perfumes 7 armonías;
Mientras haya, en el mondo, ptímaTen,
{Habrá poesía I
después en el pensamiento humano ante el misterio del
mundo y la vida:
Mientras la ciencia, a descubrir, no alcance
laa fuentes de la vida,
Y en el mar o en el cielo haya an abismo
Que al cálculo resista;
Mientras la bumanidad, aiempte avanzando.
No sepa a do camina;
Mientras haya un misLerio para el hombi^
¡Habrá poesía! -
y finalmente en la sensibilidad secreta del alma:
Mientras sintamos que ae alegra el alma
Sin que loa labios rían;
Mientras «e llore sin que el llanto acada
A nublar la pupila;
Mientras el corazón y la cabeza
Batallando prosigan;
Mientras haya esperanzas y recnerdoi,
¡Habrá poesía!
y sobre todo en el amor:
Mientras haya unos ojos que reflejen
Loa ojos que los miran;
Mientras responda el labio, suspirando,
Al íahio que suspira;
[259]
LAUXAR
MieHtrás sentirse pú'edail, én nn beso.
Dos almas c^ñfimdidás;
Míehtias exista ima mujer htennosaf
(Habrá póestaf
[Lo siguiente está agregado en una hoja suelta,
aparte, numerada 8],
El por otra parte no la cante ni por su belleza ni
por sus misterios, sino sólo como envoltura o imagen
de su amor y sentimientos y como fuente de halagos
y requiebros en la exaltación de la mujer (rimas VIII,
Citando miro el azul horizonte; X, Los invisibles áto-
mos del álre; Xil, Porque jort, ñiña^ ñts ojos . .
XVIII, Hoy la tierra y los cielos me sonríen; XLI. Tú
eras el huracán, y yo la alta . . . ; LII, Olas gigantes,
que os rompéis, bramando, etc.).
Descattá 'de su enumeráéión el poéta los grandes
acontecimientos humanos: patria, libertad, guerra, ci-
vilización, justicia, progrésoj etc. Eso no es para él
poesía; lo excluye de ésta sencillamente, pasándolo
por alto en silencio. Todo lo hace emotivo en la natu-
raleza: en las ondas ve un «beso de luz»; el aire lleva
en su «legaSíO» petíumes y armóhias. Del mundo le
interesa ¿nicamente lo que apasiona y se niega al
hombre, lo que éste qüiere y no alcanza, es decir la
repercusión humana. Y en el sentimiento, que es rau-
dal poético más riéo, exalta, con extrema preferencia,
la ternura amorosa en la contemplación recíproca de
los enamorados, en el béso y el suspiro.
En las primeras y las últimas estrofas, Bécquer de-
fine lo más característico de su poesía. Tiene la com-
posición, como otras muchas suyas, una estructura pe-
riódica, repetida, acentuada con el Verso corlo que re-
pite insistenteipente su idea fundamental: Habrá poe-
sía.
MOTIVPS QE CRITICA
La rimg III, Sacudimiento extraño, distingue y opo-
ne, como fuerzas contrarias, en la creación poética,
dos pTincipios. Es uno la «actividad nerviosa», la
«embriague? divina» que todo lo suscita y lo revuelve
en el espíritu, memorias y deseos, ideas y palabras,
impulsos de alegría y de tristeza. Es otro «una rienda
de oro», un «hilo de luz» o una «mano inteligente»
que ordena esa confusión y síica de ella la obra. La
primqra es la inspiración, y la razón la segunda. Sólo
el genio domina esas dos fuerzas que están siempre
eií pugna la una con la otra.
Ofrepe la rima una particularidad característica de
1q becqueriano en la enunciación de algunas cosas que
56 presentan de por sí al poeta inspirado: es U nota
de imposibilidad: son «seres imposibles»,
MemoTÍaB j lecuerdoe
De cosas que no existen.
Adviértase que esa nota de imposibilidad no figura,
según Bécquer, en lo que el poeta pone deliberada-
mente en la poesía trabajada, sino en lo que le brota
de manera involuntaria, espontánea, de la enardecida
imaginajción. Ella no resulta de un razonamiento lú-
cido aperca de la esperanza que se defrauda en la rea-
lidad, sino que es algo más hondo, más íntimo, el des-
contento de todo lo posible, que pide lo imposible, la
esencia misma de la poesía bécqueriana, como se verá
después, en las rimas amorosas.
Alfred de Musget ha tratado en La Nuit de Mai
el mismo asunto de la inspiración que se despierta in-
voluntariamente en el poeta y lo incita al canto. Es
muy otrq el desarrollo de la composición, pero en
Mugset y en Bécquer es la mi^ma la raíz de la poesía.
LA1TXAR
En la rima HI, Sacudimiento extraño, se dice la pilo-
na del trabajo reflexivo, con el fondo oscuro y con-
fuso que nace, independientemente, del alma. En La
Nvit de Mai la Musa propone al Poeta, que se mues-
tra reacio, todos los motivos posibles y diversos del
canto indeciso que se geste y que irrumpe. En los dos
la inspiración es independiente de la voluntad y se
impone a ella. No es ciertamente cosa nueva; desde la
antigüedad más remota así la sintieron y la proclama-
ron todos los poetas. Poco importa de quien recibiera
Bécquer esa idea» que estaba en el aire y se respiraba
sin quererlo. Hay algo, sin embargo, que el antiguo
clasicismo o explicaba mal o no discernía bien. Para
el poeta clásico la inspiración, provenía de un dios
o de una musa, de un ser extraño al poeta mismo,
A Musset le habla también la Musa, pero ésta no es
para él más que la necesidad subyugante de cantar,
y eso mismo es, en Bécquer la inspiración tumultuosa,
impulsiva y confusa.
Más personal, más bccqueriana, que esa poesía de
las primeras rimas sobre la misma poesía, es la que
trata del amor. Se ha pretendido absurdamente que
todas cantan un solo amor y éste sería el que sintió
Bécquer por Julia. Así lo dijo Nombela y así lo re-
pitieron después muchos. El poeta no le habría habla-
do nunca; no conocería su voz. No habría consentido
ni el acercamiento que se le ofrecía con su presen-
tación a ella. No es, por cierto, ni imposible ni raro
el amor de esa clase. El adolescente, que ha perdido
ya los ciegos impulsos de la niñez, suele sentirse tími-
do y vergonzoso, en las primeras impresiones que lo
confunden y lo subyugan, ante la mujer que lo fas-
cina. Pero Bécquer tenía veintidós años cuando, según
se cuenta, se enamoró imaginariamente, no de la cria-
[262]
MOTIVOS DE CRITICA
tura de carne y hueso, con vida juvenil y atrayente,
sino de su forma hueca [rápida?] e inaccesible, y
se negó a un conocimiento menos ilusorio, para no
desengañarse, con la realidad que hubiera podido ser
prosaica o grosera, del sueño en que complacía. ¿No
ha escrito él mismo que «en la mujer es poesía casi
todo lo que piensa, pero muy poco de lo que habla»?
¿No ha dicho también que el silencio de una mujer
estúpida y hermosa vale «más que lo que cualquiera
otra le diga»? ¿y que la hermosura femenina disculpa
los defectos del carácter, la falta de sentimiento, y
hasta el corazón de víbora? Son estas malas razones
de pleito perdido. El sarcasmo de las rimas no puede
ser más claro; alaba la belleza para vilipendiar, por
contraste, la estulticia y la infamia. Y el poeta en esa
actitud de enamorado que teme decepcionarse con la
correspondencia de la amada parece todo un perso-
naje de comedia en el colmo de la ridiculez. Se com-
prendería que lo cohibiera y lo alejara de la mujer
querida una diferencia de clase, la falla de indumen-
taria decorosa ( ¿Y eso mismo ...!); pero no este tor-
pe miedo a una posible desilusión. Por otra parte,
¿cómo ha podido pensarse que están inspiradas por
un amor ideal, sin la más mínima relación entre el
enamorado y la amada, las rimas que hablan de inti-
midades amorosas, de manos que se entrelazan, de la
cabeza que se recuesta en el hombro, de alientos que
se beben, de besos pasionales, de enojos y traiciones
y rompimientos? Evidentemente la Julia vista en el
balcón y admirada siempre de lejos habrá podido ser
la musa de unas pocas rimas, pero no fue, ciertamen-
te, única la musa de todas las rimas diferentes unas
de otras por las situaciones que las determinan, por
[263]
X.A1IXAK
las vicisitudes que denotan y los sentimientos que re-
flejan.
Dionisio Gamallo Fierros opina que fue Elisa la
«musa mis influyente, imperativa y mortificante» de
Bécquer, pero no ha dado los fundamentos que sin
duda tiene para pensar eso. Lo que se sabe de Elisa
con certeza es poco. En diciembre de 1859 estaba el
poeta descansando en Toledo, la vieja ciudad que él
prefería a todas, llena de su pasado glorioso en rui-
nas; procuraba allí olvidar algo que se ignora lo que
fuese y que puede ser una aventura amorosa desdicha-
da. Entretenía su tiempo desocupado examinando los
antiguos monumentos, y todos ios días, siempre en el
mismQ sitio, hablaba con ella. El se decía casi «inde-
fenso» contra el amor que lo avasalla, como si lo re-
sistiese, pero es probable que al contrario se rindiera
a él gustosamente. De no ser así, ¿cómo explicarse los
encuentros cotidianos, siempre en el mismo lugar, que
parecen, más que otra cosa, citas de enamorados? A
ella se la considera persona de alta categoría social,
acaso marquesa. Se guarda en Soria una tabaquera
que se presume haya sido obsequio de la dama a su
pretendiente. Sus relaciones debieron de llegar, cuando
menos, a una intimidad cariñosa. Puede conjeturarse
que, en sus conversaciones, ella le abandonara afec-
tuosamente sus manos, porque él se la imagina despué.?
en esa actitud con su nuevo enamorado. En marzo de
1801 ella rompe su trato amoroso con el poeta y lo
traba con el rival que lo sustituye. Bécquer, anonada-
do por la ruptura, quema las cartas de ella, con el alma
hecha «un pobre guiñapo insensible», y se casa, en
mayo de ese año, apenas transcurridos unos dos me-
ses, con Casta. Se ha supuesto, sin el menor indicio,
que años mú tarde, tras los devaneos de Casta, ae rea-
MOTIVpS pg CRjnCA
nudaroq los amores del poela con Elisa. Se ha dicho
que la riinft XL, Su mano entre mis manos, puede re-
ferirse a Elisa, porque habla de una mujer astuta que
disimula, ep salones mundanojs, su amor recientesmeiitf
roto con el poeta.
A Elisa ^Sitán dedicados unos versos, de métrica irre-
gular, extraños a la colección de las rimas. Se sqbe
por elIoB que tenía los ojos grises, la voz clara, una
vitalidad juvenil y radiante y que él le habia hecho
antes otros versos de rendimiento amoroso, con ale-
grías y dolores. Es una poesía de mimo y entusiasmo
que celebra en la amada la juventud y el calor de vida
que Ip faltan al poeta. En su actual amor feljsí, él re-
cuerfi? aentíinentalraente, con dos únicas palabras, loa
«sueños Tolog» de su pasado. Es el recurso romántico
del enamoramiento que procura interesar el corazón
curioso de la mujer con el prestigio de la adversidad
sufrida. Bécquer tiene entonces algo más de veintitrés
años. En la forma es palmario el procedimiento habi*
tual del poela, que repite de estrofa en estrofa la mis-
ma construcpión de la frase (Para que. . .), acentuan-
en este caso con el verso final, idéntico en todas ellas
(Hice mis versos yo). La versificación es defectuosa y
no parece qye se pueda imputar eso a errores ije copia,
porque los dodecasílabos de hemistiquio mezclados a
ioB endecasílabos son nítidos y de sentido perfecto. El
error de copia sólo podría explicar el tercer verso de
la segu»d» estrofa. No es nepesario advertir que Péc-
quer versifjpaba correctamente desde mucho antes,
— con algunas deficiencias, sin embargo, bosta en las
rimas.
Francisco Giner de loa Ríos indica dubitativamente
una tercera imis^ posible de Bécquer. Es aquella ir-
landesa de pelQ ^otaáo cobrizp qpie a veces lo acom*
LAUXAR
pañaba a comer en la pensión de la buena Dolores
cacada con el ex discípulo de Joaquín Domínguez Béc-
quer.
No hay en las rimas ningún nombre propio y son
tres los nombres de mujer que aparecen asociados a
los amores de Bécquer, — Julia, Elisa y Casta. La pri-
mera habría sido una criatura ideal, un fantasma de
belleza, en las soñaciones solitarias; la segunda es la
dama señorial y frivola que lo atrae, lo apasiona y lo
desecha; la tercera es la esposa desgraciada a quien
él llega con el corazón gastado, — «para el amor, ya
muerto» — ^ que sufrirá probablemente los desdenes
del marido, con las cargas del matrimonio, y rechazada
por culpas ligeras o coqueteos, volverá a él cuando la
enfermedad lo postre y se acerque la hora de la muerte.
£s posible que Julia y Elisa y otras, pocas o muchas,
hayan inspirado algunas rimas; para Casta no hay en
ellas seguramente ni una sola palabra.
Ninguna mujer hubo que llenara el corazón y la
vida amorosa de Bécquer. Acaso fue su esposa quien
menos lugar tuviera en aquél y en ésta. Ella pudo ser
el ama de su casa y la madre de sus tres hijos. Algo
de su gusto y conveniencia hallaría en ella puesto que
la dio su apellido; pero la tuvo demasiado cerca para
poder convertirla en criatura ideah Los poetas suelen
elegir para formar familia, no a las que presumen de
entendidas en las cosas de su arte, sino a las que me-
jor los sirven en los menesteres caseros. Los ocho ver-
sos que dirige Bécquer A Casta, como novio o mari-
do, son malos y dolorosos:
Tu aliento es el aliento de las florei;
Tu voz es, de los cisnes, la armonía;
Es tu mirada el esplendor del día,
Y el color de la rosa es tu color.
[266]
MOTIVOS DE CRmCA
Tú prestas nueva vida y eapcranz»
A un coraa)n, para el amor, ya muerto»
Tú creces, de mi vida, en el desierto,
Como crece, en el páramo, la flor.
Aliento o perfume de flores, voz de cisne, cutis o co-
lor de rosa ... No son, por cierto, invenciones origi-
nales, sino imágenes gastadas en repeticiones de es-
cuela. A lo menos vale ese pobre elogio para que no
se piense, como se ha pretendido, que el poeta encon-
traba a Casta desagradable o grosera, porque sería,
de su parte, una vil irrisión que, siendo así, la com-
parase con las flores. Lo que sigue es más significativo
y no puede sospecharse que no sea sincero. El no le
ofrece un corazón novicio, pues lo tiene «para el amor,
ya muerto»; espera, sin embargo, un renacimiento;
«nueva vida y esperanza», gracias a la presencia de
la buena mujer que será a su lado como una flor en
un páramo. Desgraciadamente se marchitará muy pron-
to, en el trato diario, esa ilusión ligera. Es induda-
ble que Bécquer, acostumbrado a los amoríos fáciles,
volvió a ellos. En su lecho de moribundo, pidió a su
amigo Ferrán un paquete de cartas que guardaba es-
condidas, para quemarlas en la bujía que alumbraba
la pieza. Eran seguramente las cartas de un amor cul-
pable.
En los versos de Bécquer, tal vez son vanos fantas-
mas todas las figuras femeninas; pero indudablemen-
te no corresponden todos a una aola persona real.
Puede un poeta cambiar en sus versos el nombre de
BU amada para eludir o esquivar sospechas e indiscre-
ciones, y hasta es corriente que le de uno distinto sólo
para que sea con éste más privativamente suya; nunca,
sin embargo, consentirá el amor verdadero que se des-
figure en lo más mínimo la imagen de la mujer que-
[267 ]
LAV^A^
rida, con alter^i^iie* que $erían para é] una profana-
ción abominable. Y ¿quién rs^lniente enamorado aten-
taría contra lo. que es, ep el rostro de la amada, el
más visible reflejo de su alma, contra los divinos ojos
adorables? Canta una rima — la XII, Porque son,
niña, tus ajas- — ^ ojps verdes, húmedos e inquietos,
como
Tempranas florea de almendro
Qqe, al floplo del aire, tíemblan;
otras — las XIII, Tu pupila es azul, y cuando ríes, ,
XX J, ¿Qué es poesía? dices mientras clavas..,, y
XXVII, Despierta, tiemblo <d mirarte — cantan ojos
aaruIoB que tiaiien, cuando ríen.
El tcéon^lo fulgor de la m«ñana
sobre el mar, y son como violetas con gotas en [de]
rocío, cuando lloran, y parecen, con una lucecita en
EU fondo, estrellas en el cielo de la tard^; otra — la
XXV, Cuando en la noche te envuelven — , celebra ojos
negros, pasionales, que brillan con fuego líquido; y
en las malas composiciones de Páginas Desconocidas
se encuentra A Elisa, de ojos grises.
¿Cómo identificar, por otra parte, a la rubia, tan
minios^, de los ojos de esmeraldae con cerco de pesta-
ñas de org - — X{I, Porque son, niña, tus ojos — ; con
la rubia ffía semejante a un^ azucena hecha de nieve
— XIX, Cuando sobre el pecho inclinas . . .? y ¿cómo
conftmdir, sobre todo, a esas rubias suaves o impa-
sibles con la? morenas- pasionales y borrascosas — -
XXV, Cuando en la noche ie envuelven, y XXIX, So-
bre la jalda tenía. . , ? Ciertamente la vida moral de
la am94s se transfoima y altera en la imaginación
inquieta del enamorado, cort lofe sentimientos de éslé,
y autt siendo ella única y siempre igual, puede apare-
cer diversa y mudable y hasta contradictoria, unas
veces dulce y cariñosa, oirás altiva o dura, según las
círcunsteniíias favorables u opuestas de la ocasión, o
por simple efecto de los naturales cambios en el amor
del hombre. Con todo, ea de todas maneras evidente
que la mujer sin alma en quien ©1 poéta sólo admira
y adora la belleza material, que a9 estúpida — XXXIV,
Cruza ctüiada^ y son sm movi»nienios — y altanera,
vana y faltd de sentimiento — XXXIX, A qué me lo
decís? Lo sé: ea mudable— y la que le hace decir
que
una oda sólo es buena
De úh billete dé banco al doraft eactita;
porque prefiere la poesía que puede hacer cualquiera
en la vida con oro, a la que se esHJribe con genio ^
XXVI, Voy, contra mi interés, a confesarlo, — no
fueron nunca las que provocaron el inefable entet*
necimiento de las rimas humedecidas en llanto.
Las diferencias que descubren las rimas en las mu-
jeres reales o imaginarias que las inspiran, no són, por
lo demás, únicamente íisonómÍGas y morales. Descu-
bren situacimies incompatibles el canto puroi, candoro-
so de la niña dormida en su alcoba, ante el poeta
arrobado — XXVII Despierta, tiemblo ai mirarte— -
y ios versos que registran el disimulo de la mujer hi-
pócrita firmé en su aplomo de mundana^ cuando tiene
por no <>currida su aventura licenciosa — XL, Su ma-
no eiitre mis manos. Hay en tres o cuatro rimas —
XLII, Cuando me lo contaron sentí el frío, XLVI, Me
ha herido recatándose en las sombras, XLVII, Yo me
he asomxtéo ü las profundas simas, XLVIII, Como se
[ZB9]
LAUXAB
arranca el hierro de una herida, — la angustia amarga
de una traición que mata el amor con desesperaciones
de muerte; y hay, por otro lado, un recuerdo melan-
cólico, suave aunque doloroso, de virgen enclaustrada
en un convento — ¿LV?, Entre el discorde estruendo
de una orgía, LXX, ¡Cuántas veces al pie de hs mus-
gosas..., — y de amadas para quienes sobrevive el
cariño al enojo y la separación — XXX, Asomaba a
sus ojos una lágrima.
¿Cómo han podido referirse a una gola criatura real
y, por esto mismo, de carácter, de conducta y de con-
dición definidos, estables, precisos, las fisonomías di-
versas, las posiciones sociales distintas, los procederes
opuestos que denotan esas rimas inconciliables? Ru-
bia, o morena; ojiverde, ojinegra, ojizarca; senti-
mental, cariñosa, enamorada, o insensible, altanera,
odiosa; la amada a cuya alcoba penetra el poeta re-
ligiosamente; la virgen que encierra su pureza en el
claustro; la mujer soberbia a quien adora y quiere aún
después de la separación definitiva; la que mata con
traición infame toda su ternura; la que lo olvida; la
que, a pesar de todo, lo recuerda y sigue tal vez amán-
dolo; la que nunca pudo quererlo, porque es una esta-
tua de carne sin espíritu; tantas otras menos consis-
tentes, que pasan apenas como visiones de un sueño,
¿qué fueron para Bécquer? Nada sabemos de ellas;
no son ellas quien vive en las rimas, ni hallamos en
éstas más que la dulce y triste alma del poeta. Ella
sola es toda su poesía. «Poesía eres tú» decía el poeta
a la mujer, porque en ella ponía y sentía él su propia
vida; porque ella acariciándolo o hiriéndolo, hacía
vibrar las cuerdas silenciosas de su música interior,
que oía él solo.
No canta Bécquer sus amores diversos por las cir»
[270]
MOTIVOS D£ CRITICA
cunstanciag que los rodean, sino el único, igual, per-
manente amor íntimo suyo. Tenía una sensibilidad ex-
trema, sin fácil correspondencia con las cosas ordina-
rias, de imposible o muy rara satisfacción, y más pro-
pensa, por lo mismo, al dolor y a la pena, que al pla-
cer y al contento. Necesitaba, para su dicha, la plena
fusión espiritual con otro ser de naturaleza idéntica
a la propia, y sólo pasajeramente es dable en el mundo
esa ventura, que todo empece y turba en el orden ha-
bitual.
No se vive en perpetuo arrobo: a la esposa la es-
clavizan y gastan los quehaceres y preocupaciones de
la casa y la familia; con la novia y con la amante, a
quienes sólo se trata a ratos de corta libertad, la incer-
tidumbre de su doble existencia, que es sólo a medias
para el enamorado, envenena y destruye la felicidad,
que se quiere completa, constante, infinita.
Para Bécquer el amor fue uno, como se dice que lo
es para cada grande enamorado. La vida, las circuns-
tancias, las mujeres pueden hacer variar accidental-
mente su historia; pero en el fondo el gran amor se
debe todo, como la flor a la planta, a quien lo lleva
en sí. Por eso, a pesar de todas las indicaciones seña-
ladas sobre diferencias de personas y de casos en las
alusiones de las rimas, la impresión que el lector re-
tiene, cuando cierra el libro, es la de un solo senti-
miento invariable y continuo. Es la impresión que de-
ja el corazón del poeta, siempre dulce, siempre triste,
siempre suave, sea cual fuere la mano de mujer que
hiere o acaricia sus fibras.
Juan Valera ha escrito donosamente que de ser rico
y vestirse con elegancia, Bécquer hubiera tenido en
el mundo la buena suerte de un conquistador brillante
y ño habría producido la poesía blanda, melancólica,
[271]
seiiíiiüfental, que lo inmortaliza. Sin duda alguna la ri-
queza, lá facilidad para el trato de la gente acomodada
y üulta hubieran podido agotar en Bécquer el candor
natural del sentimiento; sus amoríos de intriga hu-
bieran podido arl-astrarld a una decepción apática,
indiferente, aÍ)soluta; pero es posible también, y pro-
bable, que, rico y elegante, hubiera sabido retraer y
preservar de las torpes influencias mundanas su deli-
cadeza ingenua, como la salvó de la común grosería-
Sería absurda imaginar que, desbordante de amor, co-
mo era, no haya tenido amores porque no pudo cau-
tivar, con deslumbramiento y munificencia, cabecitas
huecas y manos interesadas. ¿Qué habría podido él
recibir de las damas y las señoritas encopetadas que
no le hayan dado las buenas mujeres jóvenes de su
clase? Ciertamente es carga pesada soportar un amor
tonto y zafio; pero nada obliga a pensar que los amo-
res de Bécquer no fueron discretos y finos. Lo que él
pedía a la mujer, al amor, no era distinción, maneras
rebuscadas, buen tono: era lo infinito; y moza del
pueblo, niña mimada o señora aristocrática, ninguna
mujer hubiera conseguido apagar nunca esa impla-
cable sed de su corazón. No era posible que fuese
colmada una aspiración semejante. Irónicamente y con
alguna verdad, se ha dicho que los hombres ponen lo
infinito en el amor y que las mujeres no tienen la
culpa de ello.
Sufrió siempre Bécquer su deseo insatisfecho de be^
Ueza y de ternura. Su propio sentimiento delicado,
recogido en sí mismo, sin objeto, le fue dulce, aunque
adolcrtado y triste. No conoció, o por lo menos llegó
apenás, al abatimiento de la esperanza en la desola-
ción tnconsúlabté.
uornvow oír eHCTicA
Acaso habktdítf dv sí nmciroí c^«ndo escribía sobre
Manrique, en El rdfy& de Iwria; qtifc «había nacido pa-
ra soñar el amor, no para sentirlo». En el breve ca-
pítulo de l^ensamiaiios (íeclaca que «ha pasado los
días más hermosos de su existencia aguardando a una
mujer qiiie no llegh nunca ...» La ha esperado y la
es|>era. aún, trémulo de emoción... «Mil mujeres pa-
sa^i, . . todas' con promesas de ternura y melancolías
i«(£ínitaáy de plácetes y de pasión sin limite9>. Pero su
alma s0 aceroa al atea de la mujer que pasa, «jy no'
la conoce !>.
Es lo mismo que, de otra manera, canta en la ri-
ma — L, Lo que el salvaje gue, con torpe mano, —
diciendo que, ha dado formas reales en la engañosa
amaday a un fantasma creado por su mentí, y ha sa-
crificado ásí por ella su aiíior. El amor de Bécquer,
siempre idéníico, traspasa de una mujer a otra y de
xméb a otra situación, y llora su inconninicable ternura
con la melaneolía del cariño incompiartido en la solé-:
dad intima. Por eso las más de las rima» están inspi-
radas en el apartamicfíto, en la ruptura y en la muerte.
Sab« ei poeta que el mundo está lleno de belleza
y que, aun sia poetas que la canten, siempre «habrá
poesía». £1 la señala en la naturaleza, que etentaxmsnte
se renu&l^a con maravilkisas primaTeras» en el'iftiste-
rio- que envuelve el arcamo de la vida, en el dranía qse
el betnrtbre entabla entre su corazón y su cabeza ; pero
sobre todas sus enunciaciones, como corona de ellas
y más aíta eitpfrdsión de lo poético, levanta al amor.
£» vez de uii ^an amor constante son varios amo-
res pasajeros^ los que el poeta canta en las rimas. No
parece que hayan sido todos reales. El era soñador y
piuede haberlos soñado más que vivido. Los soñaba
dosgraoiados - porque era sentiimexital y románitico.
18 ' 4t.
LAUXAR
Eb cuestión de palabras, j no obstante
Ni tú ni yo jamás»
Despnés de lo pasado, convendremos
En quien la culpa está.
Tal vez no hay grandes amores felices. Los enamora-
dos pasionales lloran casi siempre desastres. Ellos mis-
mos ge torturan con exigencias desmedidas. Piden lo
imposible y convierten su trato en lucha cruel; nada
les basta en la sumisión del ser amado a un dominio
despótico; necesitan que sufra una esclavitud insopor-
table para convencerse de su total entrega a un amor
absorbente y así acaban transformando por fin en
desgracia la dicha que persiguen. Bécquer no hace más
que lamentarse, pero él no era de esa clase de ena-
morados. Era más lánguido que pasional y disipaba su
ternura en amoríos fáciles. Sus rimas son los rastros
de un corazón errabundo; en ninguna de ellas se des-
cubre la hondura de un arraigo capaz de fijar toda una
vida. No son grandes amores ni el que puede sentirse
por una mujer conocidamente estúpida (rima XXXIV,
Cruza callada y son sus movimientos) , o incapaz de
sentimiento (rima XXXIX ¿A qué me lo decís? Lo sé:
es mudable) f ni el que se rompe sin que medie un
agravio imperdonable (rimas XXX Asomaba a sus
ojos una lágrima, y XXXVI Si de nuestros agravios,
en un libro), por una simple «cuestión de palabras»
(rima XXXIII, Es cuestión de palabras y no obstante),
o por mal entendido orgullo (rima XLI, Tú, eras el
huracán y yo la alta. ..). Y sobre todo, no gime por
esos desenlaces de aventuras ligeras quien tiene el
alma destrozada por una pena inconsolable.
Para las almas nobles [En una de las copias, donde
dice: «Para las almas nobles» etc., hay algo agregado
MOTIVOS DE CRITICA
que no se entiende.] hay siempre algo dichoso, y esto
es lo que halaga en la melancolía nostálgica de las
rimas que lloran lo perdido. Bécquer es incuestiona-
blemente un poeta de tristezas, pero soQ de sus mejo-
res versos, de los más íntimos y delicados, los que di-
cen el descubrimiento del amor, los requiebros de los
ojos verdes o azules, el hechizo de las miradas que se
cruzan y el arrullo de la amada que duerme.
Hay en algunas rimas violencias pasionales y, en
otras o en ésas mismas, raptos de sensualidad. En casi
todas ellas el tono comiin es de cariño apacible y dulce
halago. Su impulso parte siempre del corazón y del
alma y naturalmente se inclina a los sentidos, con el
deliquio voluptuoso. La contemplación de la amada es
más frecuente en el recuerdo que en su presencia. Le-
jos de ella, el poeta enamorado imagina que pueden
comunicarse y reciben, a través de la distancia, los sus-
piros, los llamados y los besos que recíprocamente se
envían. £1 ensueño sustituye en él fácilmente a la rea-
lidad. Es un amor que se complace imaginando y que
vive de aspiraciones. Esto sería lo único posible en el
alejamiento, tras la ruptura, cuando ha cesado entre
los enamorados toda comunicación personal; pero es
curioso que sea también lo que distingue las pocas li-
mas en que se exhibe el acuerdo afectivo, la mutua
correspondencia. Es evidente una particularidad carac-
terística del poeta que prefiere en su poesía, a lo con-
creto, lo vago y, a lo material, lo inaprensible.
En su vida, no parece que tuviera esa inclinación,
según la referencia de Campillo mencionada antes, so-
bre su trato con rameras. La rima LV, Entre el dis-
corde estruendo de la orgia, lo presenta en holgorio
licencioso, disculpando, con los efectos del vino, la
tristeza que nota en él una compañcsra ocasional a
£275]
qíttérí WétMí' é^' ^Sébiaña de xíii día». Y es más claro'
¿án éi Veíst) áe la rima destecfcfada, que dice más de
te qué ate quisiera saber AéAi póeta: [Aquí hay una ad-
verKñcia qUe dite: «Carttóibf esto»].
Otara úinjet eníMiiMió mi cnezpoli
Quizás pedía a las soñaciones poéticas la delícadez^a
qoe deftdentfba en sus coBtumbves ordinarias.
Las rimas éstíert dispuestas de modo que pueden fá-
cilmente engañar a quienes, si'rt poner atención pers-
picaz en los detalies,' sólo perciben de ellas el senti-
do amplio, común a todas, má& o menos confuso, del
amor. Bajo la hnpresióir sentimeirtal del conjunto y
descuidadas sus' partieularidades,- puede imaginarse el
desarrollo progresivo de ün amor único, y así lo han
hecho siempre el pnbfico y la crítica superficial; pero
nada es más infimdado que süemejante fantasía, como
lo denÍLtiestra ctftegórieamente un ligero exaniien de las
innumerables indicaetoiíies precisas contenidas en las
mismasí rimas;
Sorpieaid^ en la poeda de Bécqner lá variedad que
Bfe descubre en leís diversas fisonomías Aé las amadas
reates o ffcticiaa. Bl las pcrefiere rubias, de ojos cláros
y de cafácter dctíce, pertf stt gusto no excluye a las mo-
rerías y pasionales. Todag le gustan; en todas en-
ctfcntra «promesas de ternura y melancolías infinitas»
y de «placéres y pasión sin límites^». El es sobre todo
sentímenlal, pero la sensualidad plactnftera, siír violen-
cias, taittbiéii )op atrae y lo deleita. El. cariño se le hace
naturalmente sensual. Nó le basta la pura contempla-
ción; pas* fáfeilmente de ella a la caricia de las ma-
rtes; al descanso' dé la cabeza en el hombro y al bes*©.
£s sienapre deUcado y se detiene, complaeido, en ló
[«61
MOTIVAS >i;>E CfilTICA
poético, imagiti^tivo.: en todo íoaoi kay ^^^^{vqb
V.ua pax^e ilusoria de ensoñan^ento, ,en el suyo, en los
suyo?, la ^efilüad pierde su consistencia y se hace vi>
3Íanaría y npi^steriosa. Dice que jao qnct^tíitró nunca a
la mujer ijue buscaba, y parece, en efecto, ;que no se
dio del todo a ninguna. Fue seguramente más ena-
moradizo que apasionado. En ye? de un gran amor
que le llenara o ¿e destrozara Ja .vi^a, tuvo amores pa-
sajeros que le gastaron la sensibilidad. Por eso en casi
todas Jí^s lupias se queja y en las últimas llora ,su apa-
tía. De los aix^ojes, él sólo cantó la esperanza q^e los
anticipa y la desesperación que los ha .perdid,o; |ioj-
cpie mujer «imposible» que hubiese querido no apa-
reció en ^u camino. La rima XI es un símbolo claro
de su actitud; ella expresa exactamente lo que i^esulta
de toda obra y paiticular^iente de sus veifips. tía
.podidp teiper» y sin duda Jia tenido varios amor^ pero
.en Ja^ mujcyres amó sólo un fantasma soñado:
— Yo floy ardiente, yo soy morena,
-Yo soy el símbolo de la paaión;
De anaia de goces mi idma ettá llena.
¿A mí me b^Bca8? — No es a tí, i^o.
— Mi frente es pálida; mis trenzas, de oso;
Puedo brindarte diclias sin fin;
Yo de ternuras, guardo un ICBoro.
¿A mí jne Jlamae? — No, no es a ,tí,
— Yo 8oy un BqeSo, un Impoaiblei
Vano fantasma de ní^la y luz;
Soy incorpórea, soy intangible.
No pinedo amarte. }0|i, vffii, .ven tál
El no canta a la mujer: cauta el amor. Lo que se
cpenta de Xulia no es más ,que una fábula inventada
^cpn jla ^es(^c|níiajiza q^e brota de .su permai^eaite 4es-
LAUXAR
contento amoroso. El decía que «los sueños son el es-
píritu ide la realidad con las formas de la mentira».
El supuesto amor de Julia es una ficción fraguada
con el desvío que lo apartaba de la vida vulgar y lo
entregaba al hechizo de las soñaciones vagas.
Cest qtte, mtdgré
la femme, on cst trop seid.
En casi todas las rimas habla Bécquer de sí mismo ;
sólo unas pocas tienen temas generales, — como las
señaladas con los números III, IV, VI, VII, IX y X., —
que están, sin embargo, siempre vinculadas estrecha-
mente a su personalidad. Hay algunas en que el asun-
to le es más particular, que no se refieren sino a lo
que él es, a lo que siente y piensa de su vida y su
destino. Ellas serían como un espejo que le devuelve
y nos trasmite la imagen de su intimidad si pudiera
creerse que el poeta no quita ni agrega nada a lo que
sabe de su alma. Es difícil admitir la absoluta fran-
queza de un autorretrato moral. Quien se contempla
y se examina puede verse y querer que lo vean, más
que en toda su desnudez, con la vestidura que le sien-
ta mejor o, a lo menos, que mejor disimula sus de-
fectos,
¿Será esto lo que el hace en la rima señalada con el
número II, Saeta que, voladora... , cuando nos dice
que vive al acaso y ni siquiera lo preocupa saber de
donde viene y adonde va? No parece esta actitud con-
ciliable, ni respecto de lo religioso o filosófico, ni pa-
ra los ajetreos de la existencia ordinaria, con la deli-
cada sensibilidad que le es propia. La indiíerencia
que así declara, más que suya, es de la bohemia de
su tiempo; no puede haberse conformado a ella aun-
[278]
MOTIVOS DE CBmCA
que lo pretenda y manifieste lo contrario. (Recuérdese
por contraste, Lo fatal de Rubén Darío). Por otra par-
le ¿no está él pensando precisamente en eso cuando
niega que lo piense?
La rima VIII, Citando miro el azul horizonte^ da
sobre él una idea más alta de su carácter. No lo mues-
tra impasible y despreocupado ante los enigmas de la
vida. El mira hacia fuera, lo inmenso de la tierra y
del cielo, y hacia dentro, el secreto impulso de su al-
ma. Hacia fuera descubre, en la lejanía del horizonte,
la inabarcable extensión de la tierra, que se pierde,
sin límites, más allá de lo que su vista alcanza, y ve
en el cielo de la noche, puntuando el espacio infinito
las estrellas que parpadean como pupilas de fuego. Es
más de lo que necesita para conmoverse con la im-
presión de una grandeza que lo estremece y lo exalta.
No pretende comprender el mundo; no razona sobre
el sublime espectáculo que admira. Siente, en su per-
sonal pequenez, que algo lo atrae a la cósmica belle>
za. Desearía palpitar, deshecho en átomos, en la do-
rada niebla que flota distante, como una gasa, ante
sus ojos. Querría poder levantarse en vuelo y fundirse
en la brillante luz de las estrellas. Y acaba, en una
estrofa más corta que las primeras, pero de su mis-
ma estructura, como era clásica norma hacerlo en las
canciones del Siglo de Oro:
En el mar de la duda en que bogo
Ni atin ú lo que creo.
¡Sin embargo estas ansiaa me dicen
Que llevo algo
Divino aquí dentro! . . .
Es el grito del alma frente a las maravillas de la tierra
7 del cielo, que las celebra y a la vez se duele, Insatis-
caTO3
ieabfi, coa la iosuiícíeAcia de su -destino. Goethe ha
pu«sto en baca de Fauslo análogas explosiones de arre-
bato y abatimiento. El bsiibIo es magnífico; quizás no
lo hay más grande ni equivalente en laa otras rimas.
La ejecución no es mala, pejo no parece que esté en
armonía ,con la gjan(;leza del -tema.
iPe esa jjisttfjcieijcia de su destino se lamenta Béc-
^jiier e«i la rima LXVII, jQué hermoso ts ver el día.
¡En ella expoíie lo que basta a un bienestar asequible,
que se contenta con poco, pero naíía vale para la ínti-
míi exigencia de las almas nobles que aspiran sin co-
nocerlos, a otra clase de bienes. Las tres primeras es-
trofas diam la her^osin^a (mejor sería el gozo) de
ver, cuando nace el día, cómo la nueva luz brilla en
el mar y enciende el aire, y respirar, tras la lluvia, el
periume de ks flores en otoño, y sentirse defendido,
al calor de un fuego llameante, contra el frío invernal,
mientras afuera cae en copos la blanca nieve silen-
ciosa. Son tres rápidos y eflbaces apuntes de tres mo-
mentos distintos, que expresan halagos de una volup-
rtuosidad fina. ,Con la cuarta estrofa cambia repenti-
namente el C£^áoter, que era antes delicado, entre fí-
sico y espiritual, y se transforma de pronto en exclu-
siva£neK\te orgániqo y grosero, para que resalle mejor,
en con^a^e oon lo que Uena los apetitos sensuales, lo
que necesita el corazón para su dicha, sin poder ni si-
quiera imaginarlo, porque es desconocido, imprecisa-
ble, tal Jfge impfmhh. Disuena «n la poesía becque-
riana la torpeza de la tíllima estrofa, que hace de la co-
mida que engorda y del sueño en que se ronca una par-
te de la única íelici4?d jjue ,«aitá a nuestro alcance en
la tierra. Es verdad que el sarcasmo de este final es
patente; pero no se aviene cqii la constante dulzura
íisi poeía -^se tí^po ¡flci,e -ni parecen bicíi, .por .eao n?is-
mp, en sus x^aos las ,eiq»resione$ vulgaires qt^e allí
emplea.
Traza 1? rima LV, EiUre d discorde estruendo déla
.(>rgíff, r\Ki cu^o de vida licenciosa q«£ ex:liibe a Béc-
,q,i^ej- ^toganiio, en los desórdenes de la concupiscen-
cia, la pepa 4* ^ amor ¡desgraciado . En el «turdi-
inifinto 4e la íríuacactela ruidosa cree ponsitbir ,que le
Uega el eco 4^ un suq>iro:
El eco de nn laipiro qne ooDoasco,
Formado de un aliento que he bebido»
Peiinnie de una flor que, ocolUi, crece
En un clanstio sombrío.
Ea .un T«cuerdo inesperado que lo turba y lo entristece
de pronto. Se ha dejado arrastrar al libertinaje bu-
llicioso con aire de fiesta, y la mujer que él ama y que
ha renunciado al mundo está encerrada en un con-
..veuto. Lo apesadumbra repentinamente la angustia de
;su íalsa poeición, y para disipar el recelo de su <ado-
rada de un día» que lo acompaña, atribuye bu cambio
a loa efectos del vino: -
Es que teR^o
Alegre 4ii í.m\^ 7 J^rjate ^el yi^.
Es ésta la única .yez .que fiésquer «e .presenta en situa-
ción desfavorable en sus rindas, cpn .desarreglos de
conduela y malas coijip^ñí^. debieron ser raros,
sin embaret>, loe p^ícqidos. (1# ^^cpresión «ale-
gre la tristeza», evidentemente, no ee feliz).
La rima LX¥, 'Llegó la npche y encentré un asilo,
recuerda la miseria, íin pan y ^.in .casa, (^^e sufrió en
su juventud, (¿Olvida el gene^ow) uníparo de su tío
abuelo Juan de Vargas, para él ^^ua iwafmauos huérfa-
LAUXAB
no9, y la noble acogida que le dispensara, como a un
hijo, su madrina Manuela Monahay?). Se refiere, sin
duda, al peor tiempo de su residencia en Madrid,
cuando, fallo de recursos y de trabajo, anduvo an-
drajoso y desaseado y pareció un mendigo. (Pero ka
buenas amas de modestas pensiones, Soledad primero,
después Dolores y tal vez algunas otras, ¿no fueron con
él compasivas y piadosas?). Hubo de pasar, antes de
abrirse camino, largos años de penurias e incertidum-
bre sobre su porvenir. Puede no ser más que una hi-
pérbole que entonces padeciera hambre y llorara su
desvalimiento en la turbulenta ciudad, como si estuvie-
se en un desierto. La composición es dolorosa y tiene
que ser verdadera, pero es pobre. (Ha sido publicada
siempre con la segunda estrofa mal puntuada).
Es mucho mejor, menos precisa en las indicaciones,
pero más poética, la señalada con el número LXVI,
¿De dónde vengoF ...El más horrible y áspero. . . La
constituyen dos únicas estrofas que responden a Jas
preguntas ¿De dónde vengo? la primera, y ¿A dón-
de voy la segunda:
¿De dónde vengo?... El mas horrible y lépero
De los senderos busca;
Las huellas de unoa piea ensangrentados
Sobre la roca dura,
Loe despojos de un alma hecha jirones
En las zarzas agudas.
Te dirán el camino
Que conduce a mi cuna.
¿A dónde voy? D más sombrío y triste
De los páramos croza,
Valle de eternas nieves 7 de etemu
Melancólicas brumaa;
En donde esté una piedra goHtoiia
Sin inscripción alguna.
Donde habite el olvido^
Allí estará mi tumbo.
C282]
MOTIVOS DE CRITICA
Buena ocasión es ésta para que se analice cómo trabaja
el poeta eso que él llama impropiamente la parte «me-
cánica» de la poesía. En las dos estrofas una serie de
imágenes, de estricta simetría, llevan, en la primera,
a la cuna, y en la segunda a la tumba. La correlación
es perfecta en una y otra. Son las primeras palabras
de cada una, la pregunta que se contesta precisamente
en la última palabra de ellas. El doble paralelismo de
la poesía becqueriana, de semejanza y de contraposi-
ción, aparece aquí verso por verso, con la más ra-
diante claridad. La semejanza reside en la forma in-
terna y externa de las dos estrofas; la contraposición
resulta de que una acaba en la cuna, que es el ori-
gen y está en el pasado; y otra, con el fin, que es la
tumba y se encontrará en lo futuro. AI fondo, que es
sencillo: la idea de una existencia totalmente desgra-
ciada, le da una forma que lo representa con la misma
significación, en dos direcciones opuestas: hacia el
punto de partida, que es el nacimiento, muestra los ras-
tros de sangre que han dejado en el suelo sus pies he-
ridos por las piedras, 7 los jirones de su alma arran-
cados por las zarzas; hacia su extinción en la muerte,
anuncia páramos sombríos y valles de nieves y bru-
mas eternas. De ese modo configura tétricamente lo
que fue y lo que será toda su vida, no con datos de
prosaica realidad, sino con símbolos de fuerte y am-
plio sentido. En la versificación, la asonancia con acen-
to en u, que ea sonido oscuro, crea una armonía eufó-
nica vaga, pero eficaz, de la palabra, con lo que se
dice. Se ve en esta rima que nada tiene de «mecánico»,
sino mucho de inteligencia y algo de artificio, el cui-
dado celoso de la forma. El lector puede no advertir
las complicaciones que sólo un examen atento descu-
hT»t iieio, wí darse cuenta de ello, redlüe el efecto úi-
sÁQuante de e&a fina laboir x>c\i^^.
Son jTiuohas lae xinaas en que Bécquer se queja de
&u.-mala suerte. Date,. por .ejeapaplo, de su vida que ,e;S
4in .enal (rima liX.), y de sí íuisíno, que es onda en
.fVffíX sin playaSi», qometa errante «en el vacío», «largo
lawento» que ge .pierde ,e,n el aire (rima XV, Cendal
Flotante de leve b^uma), y que, sin saber siquiera lo
qyte p,vdo peíQsar, develado con
La embriaguez horrible ^el dolor
se encontró, de la noche a la mañana, envejecido
(XLIII, De¡é la luz) Dice, de sus recuerdos, que en
vano quiere deshacerse de ellos, poríjue lo persiguen
y toi;turan
-Como enjambit! de abejas irritadas (fiima LXVIII}
Dice que se propuso guardar, a lo menos, au dolor
íCoBio guasda el xfvo «a Uatsrot
y lio Uai3;¡^ .en .va^, porque el tiempo ^ lo h» ,4^^va-
in«cido:
lAK ha.Tra miserable, eternamente
No podrás ni aun sufrir! (Rima LMV)
Dice que sus días son todos iguales^ bajo #;im cielo
gris», y dentro de un «horizonte eterno», y se reduce,
cuanto él hace, a «andar» y «andar», buscando «sin
fe» un .paraíso que no encuentra. Ha caído en la más
■radical apatía y llega a sentir nostalgias de las viejas
.peoas'iiue ha .perdido :
¡Ayl A veé^ me scnenfo, stopiípimdo,
Dd^ ma%qo sofzir. . .
¡Amuao es el dolor, p«ro fiiqpfra.
Padecer cb -v'vAtI (Hiáa tVl, Hoy como ayer,.J
Tiene, sin embargo un consuelo, porque soñando, ha
podido al fin Ilórar: se despierta con la angusíia de un
sueño olvidado y ve, en la almoliáda, la huella de sus
lágrimas:
Tifete cosa es sat&ó
Qiie Usnto noé amnea;
Mas tenga en mi Uifitezit una alegría. . .
jSé que aún me quedan lágrimaa! (Rima LXVIII«
No sS lo que he soñado).
Qitórría a lo irfénos aturdirse y pide a las conflagfa-
cionés de la naturaleza en las olas del mar, en las ráfa-
gas deí viento huracanadas, en las nubes tormentosas,
que ÍÓ eflVuélvan y lo arrastren y h arrebaten, para
arrancarse a la angustia de seíítirse viviendo inútil-
menle :
Lléf^adme; poi piedad, adtnide el véttiga/
Coin la razón, me arranque la memoria.
¡Por piedad!... Tengo miedo de quedarme
Coií mi dolor a solas (Rima LÍI, ¡Olas giganíes
4u« ós TóThpfti br(mittñd&}^
Yá no Ifr qu¿dá iiiió eapttái, la níueíte, m reposo
définitito? péft> fío sé résigntí todáVia a l* áofedad
qüe píefeieíiteí coit iftiedo, para eáe trance: Es lo qüfc
manifiesta efe la rima liXI, AÍ vér mis hofñs de fiebré.
En ocWo estrofas breves de versos cortos (tres octo»-
sílabo:^ seguidos por un exwsílabo), itftágina los pasos
prOgífesivos dé su fin, desdé" sü lecho de nrOíibundí)
Hásíar eJ aÜáikíóiío de su cadáver en \át sepultar». Golí-
LAUXAB
centradamente, cada estrofa evoca un momento dis-
tinto. La expresión es directa y nitida en todas ellas.
No hay en ninguna imágenes que distraigan el pen-
samiento, de las situaciones que se van sucediendo una
a otra y lo aparten del vacío en que el poeta se pre-
figura. A diferencia de lo que ocurre en la rima LXVI,
¿De dónde vengo?,.. El más horrible y áspero... ,
aquí no se representa idealmente la realidad, sino que,
al contrario, la imaginación se aferra directamente a
eUa, Así percibimos las horas lentas de fiebre y de in-
somnio, la mano trémula que busca una mano amiga,
los ojos vidriados por la muerte, la campana que do-
bla por el difunto, y la tierra que ciega, sobre el cuer-
po muerto, la fosa. Es que allá convenía la imagen
para representar la malaventura de toda una vida, que
es incorpórea y, en consecuencia, ínaprehensíble por los
sentidos, mientras aquí nada podria sustituir con venta-
ja, en los tres primeros versos de cada estrofa, para in-
dicar el desamparo en la hora de la muerte, la eviden-
cia inmediata de las cosas. En el cuarto verso final
de ellas, el procedimiento es distinto: el poeta pregunta
lo que sabe o piensa que no será; la pregunta, que su-
pone duda, equivale aquí, de hecho, a la negación: dice
que su tumba será «olvidada» e interroga, al mismo
tiempo, quién llorará sobre ella. Estrofa por estrofa,
la interrogación que las termina con sospecha de aban-
dono y olvido sugiere necesariamente la idea del más
desesperado pesimismo. (Recuérdese, contra tales su-
puestos presentimientos, que Bécquer estuvo, en su le-
cho de muerte, acompañado por su esposa y por sus
mejores amigos, y que éstos velaron sus restos y reco-
gieron su obra e inmortalizaron su nombre). En la ri-
ma la estrofa breve de versos cortos, con la asonancia
aguda, tiene el tono de una quejumbre dolorosa. La in-
MOTIVO» ETB CRITICA
sistencia del motivo emocional y, en la forma, el pa-
ralelismo constante de un extremo a otro son rasgos
típicos del estilo becqueriano.
La última rima en la colección de las Obras, señala-
da con el número LXXVI, En la imponente nave, es
una de las mejores y, a la vez, rara por su extensión
y por su carácter descriptivo. Hay en toda ella un aire
de apaciguamiento y serenidad que también la distin-
gue de las otras. No deja de ser, por eso, como casi
todas, melancólica. A la visión clara del sepulcro en
el templo, que presenta la escultura yacente de una
hermosa mujer, como tendida en su lecho, con un lugar
vacío a su lado, se asocia, en dulce armonía, un senti-
miento sin duda penoso, pero también grato, de tran-
quila resignación y reposo definitivo. La vida puede
haber sido amarga y ruda o trágica, pero la muerte se-
rá a lo menos el fin de todos los males. £1 poeta la
imagina, a su gusto, como un sueño dichoso. El con-
templa, en la efigie de la mujer que, muerta, parece
dormida con su última sonrisa, la promesa de una
paz segura, que no es el aniquilamiento, sino la imper-
turbable fruición permanente de lo infinito. El lugar
vacío en el sepulcro lo invita a un amor «callado», sin
objeto preciso. He dicho antes que Bécquer es el poeta
de la soledad en el amor. Aquí la soledad se trueca en
muerte y el amor se complace con la presencia de ima
mujer hermosa que es de piedra y que sonríe dormida.
El carácter becqueriano aparece, en la descripción,
con elementos de belleza plástica y misteriosa. Es el
principal la figura de la mujer dormida y sonriente
que infunde en el poeta el deseo de su final descanso
en la muerte. De la tumba se- dice que es gótica y está
en un templo bizantino, con doble indicación de anti-
güedadj que aleja a lo pasado una y otra cosa. La luz
liega, al réciilto en silencio, tamizad'a por los vidrios de
col^ATeá y da a'l sepulcro tm resplanfídor tibio, en arnw-
nía con la sonrisa que parece' wn rayo del gol que
mueíe. Soíi loqtres visuales de sugestión melancólica.
El e"8f?lo cl*rÍ9Íflix), insinúa, en todo lo que dice, un
sert^rtíitentó sua-fre y doloroso.
En todas las rimas ert que -Fécqaer hace de sí mismo
el ofcjetí) dé su poesía, resalta el giisto o la necesidad,
ai sé préfierft; de la: mentarse. Es indudablé que él fue
(iíésgrácíador: Le faltó el cariño de una madre; vivió su
juventud sin aféctos de familia; corioció todas las pri-
xñticnres la máxima pobreza; fue de organismo dé-
bil y estuvo- péíiAanenteíneAte enf eruto; tenía una sen-
sibilidad propéma al enamúramiehCo fácil y se aban-
den* a los amoríos ligeros fatalmente condenados a le
malavéTítÉfrA o a la apatía; no pndo o no supo consti-
tuirse un hogar, si na dicbírso, a lo menos seguro. Tu-
vo, sin emWgo, sus compen'saciortes. Fue la más
grande sa propia condición d* poeta soñador de impo-
sibles; se granjeó atanbtade^ verdaderas y fue querido
y aiislido po¥ su hertnano; se abrió, a fuerza de luchas
y tralbajos, camino en la ^-ida. Hasta su misiíia desgra-
cia ítít un bien para su dístino; sin ella no es proba-
bíé que hubiera podido realizar la obra que lo irtmor-
táliza y qt» n«eesaíriaAietat«, aóft en la angustia, debió
de sét «n lenitivo efíciénté contra su infortunio.
Se céféip^retide c^tíe, por niodcstia o simple buen jui-
cio, sólo haya dichó dé su capacidad poética lo que
aparece en íáa rima* V, EipírUu sin nombre, y VIII,
CuanSo miro él ttiid ktrriztmié; pero bien merecían a lo
iíieíii»& tín rasuérda agradecido las buenas amas de pen-
sión qúe lo ampararon generosamente, y su hermano,
que lo acompañó siempre, y los amigos que de seguro
no ésfeoédiéróA', h&stá verlo muerttf, 1* estiríwición que
MOTIVOS Pg CRITICA
le profesaban. La rima LXI, Al ver mis horas de fiebre,
que llora su abandono y su olvido eai la previsión de
su agonía y «u muerte, sería, tomada en su estricto
sentido, un desaforado insulto de tremenda ingratitud
contra cuantos lo quisieron y lo trataron. Entre todas
sus rimas, sólo una menciona la amistad; es la seña-
lada con el número XLII, Cuando me lo contaron, ícji-
ti el frío, y no lo hace por cierto, para encarecerla y
exaltarla, sino, al contrario, para prorrumpir contra
ella en queja irónica. Es claro que no se puede impntar
el silencio del poeta sobre lo que le fue, de una o de
otra manera, favorable en la vida, a injusto descon-
tento, malquerencia o misantropía. Acerca de su buen
carécler y su bondad, no cabe la menor duda; los tes-
timonios de sua compañeros son, a ese respecto uná-
nimes y decisivos. En otras causas debe, pues, bus-
carse la explicación de esa actitud retraída y llorosa.
No se confunda al hombre con el poeta. Aquél pudo
ser, y fue, amable y efusivo; éste, por su misma deli-
cadeza, por su extrema sensibilidad, tenia que ser ele-
gíaco. Fue sincero en su pesimismo, porque aspiraba
a lo imposible y lo infinito, que no se logran nunca
en la tierra. El no los exigía ni los esperaba de los
hombres; los hubiera querido en las mujeres. Los pi-
dió al amor, que no podía dárselos. De ahí su ado-
loramiento y su tristeza. No es de creer que no haya
encontrado nunca a su lado un corazón femenino dulce
como el suyo, y como el suyo, ansioso de ternura, y
sin embargo, ninguno asoma en su poesía. [Aquí una
indicación que no se comprende]. Se ha dicho que la
felicidad no es de este mundo, que no hay vidas feli-
ces, que sólo pueden serlo unos momentos. Esto no le
bastaba. Es, por otra parte, indudable que tenía el
gmto romántico de la •entimentalidad que se lamenU.
[9M1
If -4t.
LAUXAR
Por eso canta únicaraente, de sí Tnismo y de su vida, las
penas que lo afligen, y del amor, la esperanza que no
so reaíiza y la decepción que lo desespera.
Pueden las rimas clasificarse en varios tipos. (A)
Son algunas de ellas vivas explosiones del sentimiento
que estalla en arrebato lírico (rlmaa X, XVII y XXI) ;
(B) otras son, al contrario, reflexivas, de pensamiento
reconcentrado, que se resuelve en queja (rimas
XXXVII, XLIII, XLVII, LUI y LXI); '(cj la na"a!
Clon es rara en ellas (rima LXIII) ; (D) y también
el retrato (nma XXXIV) ; (E) en cambio, abundan
escenas y cuadros, a veces de lo presente, más a me-
nudo evocados en recuerdos (rimas XVIII XXVII
XXIX, XL, LV, LXX y LXXVI); (F) las'harque
son snnbolos, con su interpretación declarada (rimas
Vil, XI, L y LXXIÍ) ; por ultimo (G) la clase más
personal está constituida por una larga serie de símiles
o imágenes que se refieren, todos a una misma idea
o cosa (rimas II, III, V, XV y XXIV).
En muchas rimas aparece sistemáticamente un pa-
ralelismo de concordancia o de contraproposición, en
el desarrollo del pensamiento o en la estructura de la
frase, o en aquél y en esta a la vez. No es una clase
distinta de rima, sino un procedimiento de estilo íri-
ÍT/ ^\\.y"^» XXVIII, XLI.
LllyLIII).
La estructura o forma interior, es decir el ajuste de
los elementos de fondo en las rimas que son, en su casi-
totalidad, cortas, no requiere particular estudio. En
ellas suele haber la mención de un hecho o estado cir-
cunstancial amplio y sencillo (sea ocurrencia del mo-
mento o un recuerdo), y la expresión del sentimiento
que es su consecuencia natural (melancolía, nostalgia,
■«largura, «te). Aquello «s sólo un antecedents que
[290]
MOTIVOS DE CRITICA
explica o prepara la emotividad, que es siempre lo máa
importante. En las rimas largas, la mayor extensión
se debe casi siempre a lo que es secundario: traza el
poeta un cuadro o refiere un suceso con algunos por-
menores, y condena después, al final, brevemente, su
repercusión íntima (rimas LXXIV y LXXVI). No fal-
tan alguno8 casos en que los dos elementos se desen-
vuelven juntos o va implícito lo emotivo en lo que se
evoca o se refiere (rimas LXX y LXXÍII). Pueden se-
ñaiarse dos rimas en las que no existe o no se descubre
fácilmente la relación de esas dos partes de la poesía
(rimas LXXl y LXXV).
La forma exterior, merece, en cambio, atento exa-
men. Parece también sencilla y en efecto lo es por su
vocabulario sin rarezas, por la sintaxis natural de su
frase y por su versificación ceñida a las normas tradi-
Clónales [corrientes] de medida y acento. Apenas ge
podrían señalar en ella alguna palabra de sentido for-
zado o torcido; (¡in de simas del cielo, rima XLVII) ;
una construcción irregular. (Entonces que, rima
XXXVlI^)^^^unos pocos versos que no constan (rimas
Pero en la aparente sencillez de la forma, el análisis
desentraña, escondidas bajo la condición común del
lenguaje, extraordinarias notas de fino sentido, que
pueden no destacarse en la lectura descuidada y no de-
jan por eso de producir una insinuación de misterio o
de encanto.
Las rimas IIL Sacudimiento extraño, y V, Espirita
sin nombre, son, de un extremo a otro, un torrente de
imágenes que apenas se enuncian y que se suceden unas
a otras con rápidas fulguraciones deslumbrantes. Am-
mas quieren representar el trabajo del espíritu en la
creación poética y son ellas mismas ese trabajo, qna «-
[281]
LAtJXAB
talla en tumuluioso desorden y se ajusta a la estríela
diaciplina de la voluntad vigilante. La imaginación
desenfrenada se reduce a las normag del arte. Puede
creerse que allí mismo ha sido enteramente espontá-
neo y libre el arrebato lírico. No parece natural que
se produzca sin esfuerzo una afluencia vertiginosa de
múltiples representaciones, como lo aparentan las dos
rimas citadas.
En las otras rimas es menos visible o ni siquiera
se advierte esa oposición, por una parte, del impulso
imaginativo, que da la materia del canto, y por otra,
del señorío de la mente clara, que lo ordena y lo amol-
da a una forma precisa. Lo corriente es que la imagi-
nación se muestre menos revuelta, más apacible, en
mesurado equilibrio con la sensibilidad, que es siem-
pre delicada.
En la sorpresa de un encuentro inesperado con la
amada, que lo mira, puede el poeta hacer que la tie-
rra y los cielos le sonrían y que se le ilumine y en-
cienda el ahna con el sol (rima XVII, Hoy h tierra y
los cielos me sonTÍen). Otra emoción parecida, bajo el
hechizo del amor, que pasa, proyecta su alegría a
cuanto lo rodea, y hace que el aire palpite y se inflame,
el cielo resplandezca en luz dorada, la tierra se con-
mueva con alborozo y le acaricien el oído,
en olas de oimonía,
RnmoT de besos y batir de alas
(rima X, Los invisibles átomos del aire). La rima IX,
Besa el aura, que gime blandamente, hace del beso un
símbolo de amor en toda la naturaleza, como si a to-
da la animara una ansiedad voluptuosa de halago. Es
un juego ingenioso que cierra los ojos a las violencia»
[292]
MOTIVOS nS CRITICA
de las tempestades y los cataclismos, para poder com-
placerse, con espíritu becqueriano, en los aspectos ama-
bles de una visión edénica. El artificio es patente lo
mismo en el pensamiento que en la métrica; pero en
esa misma condición se revela el carácter muelle, sim-
pático del poeta, que es ajeno y se impone al objeto del
canto.
Considérese la rima VI, Como ¡a brisa que la sangre
orea. Ea breve: dos estrofas de cuatro versos cada
una. La se^nda es perfectamente clara: hace de Ofe-
lia un símbolo de ternura y dolor. La primera, sin ha-
ber indicado todavía a quién se refiere, la compara ¿a
qué?... Sin la menor duda, a una brisa. ¿Qué senti-
do puede tener esa comparación? ¿Se percibe la se-
mejanza entre sus dos elementos? ¿En qué y de qué
modo Ofelia, una joven trágicamente desgraciada, pue-
de asemejarse a un viento suave? No se trata, eviden-
temente, de un parecido visual, pues ni siquiera se men-
ciona que Ofelia esté envuelta en velos flotantes que
el aire mueva en leves ondas. La brisa, «cargada de
perfumes y armonías», «orea sangre», sobre un «cam-
po de batalla», que es «oscuro», en el «silencio de la
noche vaga», y Ofelia, «perdida la razón», «pasa»
«cogiendo flores y cantando». La semejanza reside en
lo que parece accesorio, — no propiamente en la bri-
sa y Ofelia, sino en los perfumes y armonías del aire
sobre la sangre de la batalla, y en la actitud horrenda
y graciosa de la virgen enloquecida por el «horrible
drama», que junta flores y canta. Nótese de paso cómo,
en la «noche vaga», el silencio innecesario intensifica
lo espectral del cuadro, y, sobre todo nótese el efecto
alucinante de la sola palabra «pasa», que muestra a
Ofelia enajenada como una figura ingrávida, sin ata-
LAUXAR
dura a las cosas de la tierra, que ya no pertenece a
nuestro mundo.
Nada le importa al poeta que los recursos de que
se vale para la idealización emotiva del asunto sean
naturales o facticiog, razonables o caprichosos. El sa-
be que la poesía puede romper sin desmedro tanto el
orden necesario de las cosas como el rigor del buen
sentido común. Así en la rima LUI, Volverán las os-
curas golondrinas, de éstas que fueron testigos de su
idolatría amorosa, dice que llamaban golpeando con
las alas en los cristales del balcón, y, lo que es
más curioso, en la rima X, Los invisibles átomos del
aire, hace que un rumor de besos, que de por sí, real-
mente percibido, sería peor que desagradable, produz-
ca un efecto de soñación vaga y dulce.
Pueden las imágenes dividirse en dos clases: unas
son las que sugieren la intimidad, lo que no tiene
cuerpo; otras, las que representan la percepción senso-
rial de lo que se ve y se palpa. La rima XVII. Hoy la
tierra y los cielos me sonríen, acaba con la exclamación
sorpresiva y absurda: ¡Hoy creo en Dios! Quien se
atenga al tenor literal de la frase yerra disparatada-
mente. No es una creencia religiosa o filosófica lo que
ella expresa: es la irrefrenable impresión de una dicha
inesperada y profunda, que no le cabe al poeta en el
pecho y le parece que le llena el mundo, y por eso la
convierte a lo infinito. Lo mismo ocurre con la rima
XXI, — ¿Qi^ 65 poesía? dices mientras clavas. . . El
no acierta a dar una idea satisfactoria de la poesía
y la personifica instantáneamente en la mujer a quien
ama, porque ella es todo para su amor y el amor es
toda su vida. En la rima XXXVIU, Los suspiros son
aire y van al aire, ¿tiene acaso contestación posible
la pregunta sobre el destino del amor que se olvida?
[294]
MOTIVOS DE CRITICA
Parecería que el paralelismo de los dos primeros versos
la exige de acuerdo con ellos; pero la imposibilidad
paralizante de encontrarla, que suspende el sentido,
transforma esa pregunta sólo en queja que llora lo
perdido, lo que ya no existe, el amor disipado en la
mujer a quien se sigue queriendo.
Contrasta con esa vaguedad que difunde y pierde
la significación precisa de unas pocas palabras, en la
ínaprekensible amplitud de lo indeterminado y lo in-
definido, la nitidez clarísima de las imágenes visuales.
De unos ojos verdes con pestañas rubias, dice el poe-
ta que son esmeraldas engarzadas en broches de oro
(rima XII, Porque íon, niña tus ojos): y de otros,
negros cerrados en el sueño, figura sus tendidas pesta-
ñas en arcos de ébano (rima XXV, Cuando en la no-
che te envuelven) . Para la pupila azul de una amada,
tiene las imágenes más halagadoras y espléndidas: ful-
gor de la mañana reflejado en el mar, violetas cubiertas
de rocío, estrella solitaria en el cielo de la tarde (rima
XIII, Tu pupila es azul y cuando ríes. . .) En los la-
bios sacudidos por la risa ve relámpagos de grana (ri-
ma XXVII, Despierta, tiemblo al mirarte) . En el rostro
de una amada que distrae su pensamiento en lo invi-
sible, adivina el «reflejo» de una sonrisa (rima XXV,
Cuando en la noche te envuelven, . .) ; de otra, pre-
siente, en la ausencia, que le llega «un beso en un sus-
piro» (rima XXVI ÍI, Cuando, entre la sombra oscu^
ra, . .).
Impresiones sutiles y deliciosas como éstas, no las
da sino Bécquer en el romanticismo español. Ellas se
encuentran siempre en las rimas de cariño correspon-
dido, nunca en las que lamentan o reprochan desvíos
y tradiciones. Nacen de la ternura que requiebra, con
mimo o deleite, la belleza o el afecto de la mujer amo-
[295]
LAUXAR
rosa. Las molivan el contento y la alegría. Son, por
eso, raras en las rimas de amor, que, en su casi totali-
dad, no hacen más que gemir las desventuras del poeta.
Su versificación es como su lenguaje. No llama la
atención con rarezas. Usa únicamente los versos más
conocidos. Si algo la distingue es precisamente una
condición modesta. Ella asocia al verso largo, de orí-
gen culto, la rima asonante, propia de los romances
y cantares, de origen popular. La habían relegado, con
desprecio, a las obras menores, todos los poetas clá-
sicos. Por ella mereció el Duque de Rivas que su largo
poema heroico El Moro Expósito fuera menospreciado,
fiécquer la recoge y la hace de tal manera suya que
en él parece nueva.
La consonancia es más vistosa. Implica más arte
porque ofrece más dificultades; con ella el arte se hace
a la fuerza artifícioso. £n vez de someter siempre la
palabra al pensamiento, que es lo juicioao, exige» a
la inversa, que el pensamiento obedezca a la palabra.
Es necesaria una maestría laboriosa para vencer y di-
simular ese capricho tiránico. No ha faltado, por su-
puesto, quien, por eso mismo, elogiase la rima difícil.
Para Theodore de Banville a ella se deben los hallaz-
gos más preciosos. En cambio, Verlaine la llama in-
vento de niño sordo o negro loco y joya barata que
suena a hueco y falso. Grandes poetas prescindieron
de ella, con el verso blanco o sueho, para la más no-
ble poesía. Bécquer no pudo ni siquiera pensar en esa
liberación absoluta. Adopta excepcionalmente en va-
rias rimas la consonancia; pero se atiene a la asonan-
cia en casi todas. [Hay una indicación en letra roja
que dice: <i4cá>, pero no se comprende qué es lo que
hay que agregar o cambiar; probablemente el autor
pensaba istrodiioir uita Taríante].
[2963
MOnVOa DE CRITICA
¿Es esto un bien o nn mal? ¿Gana o pierde algo
su poesía con ello? Es lo más probable que él sólo
haya buscado en la asonancia una facilidad para de-
cir mejor lo que se proponía, y esto es ya una ventaja^
porque nos da lo que ha querido, sin aditamentos más
o menos hábiles a los que habría sido llevado, no por
la inspiración o por designio libre [voluntario], sino
por la exigencia de la consonancia.
¿No será además otro beneficio que, de ese modo, su
obra se acerque más a lo popular? Ella es, por su
fondo, expiesión del alma, y le conviene más, para
mostrarse espontánea y sentida, la llaneza que la pom-
Hay todavía otra preeminencia, que importa mucho.
La asonancia mantenida sin variaciones a lo largo de
un poema produce una canturía apagada que se prolon-
ga desde el principio hasta el fin de la composición.
Es como una apoyatura leve que sigue el motivo de la
poesía y va poco a poco identificándose progresiva-
mente con éL £1 sonido se incorpora así, con esa re-
petición constante, al sentido, y se logra una armonía
más de la forma con el fondo. Es claro que este efecto
sólo se obtiene con la asonancia uniforme en poesías
algo extensas y que él llega a hacerse cansado en las
que son muy largas. Es claro también que la asonan-
cia común (a-a, a'O, e-a, e-o, i-a, i-o) es de eficacia
menor que la rara (a-e, e-e, i-e, o-e, u-a, u-e, u-o).
He aquí un cuadro de la versificación becqueríantt,
con algunas de sus particularidades:
VERSOS
I Emplea, entre los cortos, los de seis, siete y ocho
sílabás, y entre los largos, el decasílabo y el endecasí-
labo.
[»7]
L AUXAR
II Hace el decasílabo entero, con acento en terce-
ra, sexta y novena (rima VÍI), o partido al medio, en
hemistiquios, con acento en cuarta y novena (rima XI,
XV,LXXI1).
ni En el endecasílabo acentuado en sexta, acentúa
seguidamente la tercera, y termina el verso con un
miembro de cuatro sílabas, — con lo que produce un
efecto análogo al pie trisilábico acentuado en tercera
(rima LUI).
IV Emplea los pies Irisilábícos de acentuación en
segunda o en tercera (rimas I y VII, LXXII). [VIII].
COMBINACIONES DE VERSOS
V. Las más usadas son las del endecasílabo con el
eplasílabo o el pentasílabo o con ambos a la vez (ri-
mas IV, XVI, XVII, etc.).
VI. El endecasílabo con el bisílabo (rima XXVII),
VII. El octosílabo y el pentasílabo (rimas XII,
XIX. XXV, XXIX).
Vni. El octosílabo y el exasílabo (rima LXI).
IX. El octosílabo y el tetrasílabo (rima XIX).
X, El decasílabo de pie trisilábico acentuado en
tercera con el dodecasílabo de pie trisilábico acentua-
do en segunda (rima I).
X. [ver] El decasílabo con el exasílabo de pies
trisilikbicos acentuados uno en tercera y otro en se-
gunda (rima VII). [Puede ser imitación de Eulogio
Florentino Sauz en su traducción de Heine].
RIMAS
XII. La consonancia es excepcional (rimas IX,
XI, XV, XX, XXVIII, XLVIII, LVII, LX, LXIX y
LXXII).
[298 3
MOTIVOS DE CRITICA
XtlI. Usa la consonancia pareada (rimas XV,
XXVIIIl.
XIV. Emplea corrientemente la asonancia fácil en
a-a, e-a, e-o; pero también la difícil en a-e, e-e, o-o,
u-a (rimas XIX, XXVII, XL, XLIV, UCVI, LXVII,
LXXV).
XV. Mezcla la consonancia llana con la asonancia
aguda (rimas XI, XV, XLVIII, LXXII).
XVI. Generalmente mantiene uniforme la asonan-
cia aeuda, pero a veces la cambia de una a otra estrofa
(rimas III, XI, XIV, XV, XLVI, XLVIII, XLIX, LVI,
LXVIII, LXIV, LXXIl).
XVII. Excepcionalmente coloca la asonancia agu-
da, no cada dos versos, sino cada cuatro (rima III).
o de otra manera caprichosa (rima XV).
ESTROFAS
XVIII. El cuarteto es la más común. Pocas veces lo
hace de verso largo en toda la composición (rimas VI,
XI, XIV).
XIX. Mezcla en el cuarteto el endecasílabo con
el eptasílabo, sea en colocación fija o variable (rimas
IV, XVIII, XXXI, XXXIV, XXXVII, XXXIX, XLV).
XX. Mezcla en la estrofa el eptasílabo y el pen-
tasílabo al endecasílabo en la misma forma fija o va-
riable (rimas, IV, Ll).
XXI. Usa estrofas de su invención (rimas VIH,
XII, XV, XVI, XXV, XXVIII, LXVI. LXXII).
XXII. Cambia el tipo de estrofa dentro de la com-
posición (rimas XXVII, LXXII).
XXIII. La rima IX es una octova real.
[299]
LAUXAR
LICENCIAS METRICAS E IRREGULARIDADES:
XXIV. Frecuentemente disuelve el diptongo en las
palabras silueta, ruina, violeta, suave, reunir, embria-
guez, etc. (rimas III, V, XXVII, XLV, LXX, LXXII,
XXXII, XLIII).
XXV. Termina el verso que debe ser Uano, con pa-
labra aguda o deshace allí un diptongo: Ráfagas de
huracán, que arrebatáis (rima LII).
Hoy como ayer, mañana como hoy (Tima LVI)
XXVI. Hay dos versos que no constan:
(Yo ondulo en los átomos (Eptasflabo, rima V)
Mas guardábamos ambos (Octosflaboa, rima XXIX)
(La edición argentina Pleamar loa corrige sustituyendo
a la preposición en con la preposición con, y la pa-
labra ambos con entrambos. Ignoro cuál puede ser
la fuente de esas correcciones).
XXVII. Versos con acentuación embarazosa, in-
mediatamente anterior o posterior a la obligada.
Chispeando el sol hiere (rima XXVII)
Tzanquilo fulgor viertes (rima XXVII)
Pues amentónos hoy mucho, y mañana (rima LVDI)
[Ver] XXVIII. Sinalefas y sinérsis violentas:
Creo que en algnna paite (rima XL)
Lo he olvidado todo (rima XL)
XXIX. Hiato desagradable:
Sobre la utna, del cincel prodigio (rima LXXVI)
[aoo]
MOTIVOS DE CRITICA
XXX. Cacofonías :
Yo digo aún: ¿Por gué callé aquel día?
Y ella dirá ¿Por gué no lloré yo? (rima XXX)
Siempre valdrá, a mi ver, lo -que ella ctdle
Más que lo que cualquiera otra me diga (rima XXXIV)
[Aparte y como un apunte, figura en letra manus-
crila del autor lo siguiente: «48 (ó 148) Asonancia
consonancia sinalefa doble: pronunciación fuerte du-
ra»].
VII
En toda crítica sobre Gustavo Adolfo Bécquer ha
sido tema debatido la posible influencia de Heinrich
Heine. Esta era negada con dos únicos fundamentos:
qúe Bécquer no conocía el idioma alemán y» por lo
tanto, ignoró su obra y no pudo imitarla, y que él
es poeta eapañolísimo, de inspiración popular, con an-
tecedentes directos en los cantares de Andalucía.
El conocimiento de una lengua extranjera no es, de
ninguna manera, indispensable para saber lo que er-
ella se ha publicado y hecho célebre. Es, por otra
parte, cosa indiscutible que Bécquer no sólo conocía
la obra de Heine, sino también que la admiraba y la
ponía como ejemplo de la poesía más pura, más cordial
y más querida. Quien escribe estas páginas señaló, ha-
ce mucho tiempo, el nombre de Heine en la obra de
Bécquer. No había entonces llegado todavía, por nin-
gún conducto, a Montevideo, ese dato. En el Prólogo
a los cantares de Augusto Ferrán, compuesto en 1860
y publicado en 1861, dice Bécquer todo lo que se ne-
cesita para no permitir ni la menor duda acerca de
BU información exacta sobre la poesía de Heine. £n
LAUXAB
ese momento él sólo habia publicado en verso algunas
piezas de teatro y la rima XIII. Su trato intimo con
Ferrán era, desde luego, anterior. Ferrán había llega-
do a Madrid tras una larga permanencia en Alemania
y admiraba entusiastamente a Heine. No es creíble
que, literatos los dos, Ferrán y Bécquer, no hablaran
precisamente de lo que más Ies interesaba. Así debió
el futuro poeta de las rimas conocer al autor del In-
termezzo. Además, entre sus muchos trabajos proyec-
tados, figura uno que se titularía Ecos de Schiller. Su-
piera o no su lengua, conocía, pues, a un poeta ale-
mán y podía, de igual manera, conocer a cualquier
otro. El habría podido hacer para el teatro, según
refiere Nombela, una adaptación del Fidelio de Bee-
ihoven.
El españolismo becqueriano es incuestionable, lo
mismo por el fondo que por la forma de su poesía.
Nadie ha pretendido que él se transformara en poeta
alemán, pero eso no quita que haya influido grande-
mente sobre él la poesía alemana de Heine con el gu&l
de lo vago y lo misterioso [lo melancólico].
Pudo esta influencia producirse por varios caminos
al mismo tiempo : en primer lugar, por su amistad con
Ferrán; en segundo lugar, por la traducción espa-
ñola de La Nueva Primavera (1856) hecha por Augus-
to R. Bonnat o la de quince composiciones del Inter-
mezzo de Eidogio Florentino Sanz, publicada en 1857,
en la misma revista, «El Museo Universal», que, años
más tarde (1861 y 1865-1869), contaría entre sus co-
laboradores a Bécquer; en tercer lugar, por la traduc-
ción francesa, de Gérard de Nerval, que se dice le fue
prestada por la poetisa gallega Rosalía de Castro.
Pretender que las rimas derivan de los cantares de
España porque lui temai «on lo« mismos, j en su for>
[S0S1
MOTIVOS DE CRITICA
ma la sencillez y la naturalidad son los caracteres tí-
picos de las unas y los oíros, implicaría una doble
ligereza, porque la semejanza del asunto, — amor,, pe-
nas y muerte — , lo mismo se da con los cantares y con
la poesía de Heine, y así tanto podrían las rimas prove-
nir de ésta como de aquéllos, y porque, en eso de la
llaneza del estilo, se confunden la sencillez y la natu-
ralidad propias de los cantares del pueblo español, con
la sencillez y la naturalidad cultas, propias de Heine y
de Bécquer. Bécquer no hizo cantares. (Sólo una ri-
ma, la señalada con el número X, puede serlo. Lo era
una seguidilla, Fingiendo realidades, recogida por
Bécquer en el manuscrito de las Rimas y rechazada por
sus amigos en la edición de las Obras). Recuérdese
que desde 1857 pudo haber leído las traducciones de
Eulogio Florentino Sanz y que pocos años después
pudo conocer por Ferrán toda la poesía de Heine.
Heine crea una poesía nueva de amor. En ella des-
nuda sin falsos pudores su corazón, y lo exhibe tal
como es y lo siente, con sus nobles movimientos, con
sus delicadezas deüciosas, con sus debiüdades y vio-
lencias, en todas sus diversas manifestaciones de gran-
deza y de pequenez. Hace con su espíritu lo que la an-
tigua escultura griega había hecho con el cuerpo hu-
mano, sólo que el genio clásico buscaba la serenidad
feliz de U salud y el vigor, para ofrecerla sin velos
a la contemplación pública, y Heine se complace, al
contrario, con gusto romántico, en las inquietudes pa-
sionales y enfermizas, en los sufrimientos de la desilu-
sión y del rencor impotente. No canta la admiración:
canta el encono. Su obra descansa toda en el desequi-
librio de su alma con la realidad, y por eso es triste
y angustiosa. Por eso, en él, que era de temperamento
ribelde, ettalla casi siempre, sobre esc dwacuerdo,
[ 303 ]
como protesta airada y amarga, la risa del vilipendio,
la burJa sarcástica del castigo y el desquite. No le
consuela de ^na desengaños con la nobleza y la dul-
zura de sus propios sentimientoa ; no se resigna ja-
más; aun sufriendo, opone siempre a la felinidad fe-
menina el desprecio altivo; con lágrimas en la voz,
.escarnece, maldice y anonada, bajo el orgullo viril,
a la mujer falsa, vana o cobarde.
Eata condición combativa, de ataque, de ofensa, de
violencia es lo que precisamente distingue a Heine de
Bécquer. Heine la tiene siempre; en cambio, en Béc-
quer, más delicado, sólo aparece cxcepcionalmente.
Heine jamás habría confesado, como Bécquer lo ,
ce, que en la historia de su amor
A ella tocaron lágrima» y risas,
¡Y a mi aólo las Ugiimaal
(Rima XXXI, Nuestra pasión fue un trágico saínete),
tampoco habría dicho a la amada que sólo con que ella
disculpara uno de sus agravios, él borraría todos los
suyos (rima XXXVI, Si de nuestros agravios en un
libro); ni la habría citado, con la fe del amor per-
sistente, al seno de la eternidad en la tumba, para en-
tenderse al fin, después de su desavenimiento en el
mundo (rima XXXVII, Antes que tú me moriré; es-
condido) ni habría publicado su dolor solitario (rima
XLIV, Como en un libró abierto); ni habría llorado,
ya muerto su amor, el mismo dolor que le quedaba
como último bien de su existencia (Rimas LVI, Hoy
como ayer, mañana como hoy y LXIV, Como guarda
d avaro tu tesoro).
HOTtvoB m camcA
¡ÁMngo n ú <kQor: ptc* «qoím
Padecer es vivir!
¡Ah, berro miserable, eternamente
No podrás ni aan Bufrír!
Hay en loa dos poetas muchas composiciones aná-
logas por el asunto o por alguna de sus ideas o imá-
genes, y no podía menos de ser así, puesto que los dos
cantan la misma situación de amantes desgraciados.
Es igual la ternura cariñosa de los dos; su adoración
idolátrica es igual; son también iguales su dolor, su
tristeza y su pena; pero una cosa hay que estalla siem-
pre en Helne y que asoma apenas en Bécquer: la reac-
ción rencorosa, la acritud de un despecho que ae re-
vuelve exacerbado, en sarcasmos hirientes.
Sin duda son Heine y Bécquer del mismo barro hu-
mano y tienen la misma chispa divina del fuego espi-
ritual; pero apenas si buscándola atentamente, se en-
cuentra en Bécquer ligera y delicada, la sensualidad
carnal — XXV — que ríe diabólicamente y sufre en
Heine; apenas si en Bécquer asoma, en la queja, el
reproche o la ofensa — XXXV, XXXIX, XLIII,
XLVI- — y que en Heine castiga como un látigo. Com-
párense, por ejemplo, la composición VI del Inter-
mezzo con la rima XLIV, o la composición XLIX de
aquél y la rima XXX: son dos temas idénticos: en el
primero ambos poetas invitan a la amada a Uorar su
amor desgraciado; en el segundo recuerdan que no
lloraron al separarse pero amante y amada sufrieron
después solos. Poca diferencia, y puramente formal»
podría señalarse entre esas poesías, — más precisión
realista en los datos de la escena en Bécquer, mayor
vaguedad sentimental de lejanía en Heine — ; pero
es que allí los dos poetas suponen que la amada siente
como ello» la ruptura y ama todavía y languidece con
[Mi]
L AUXAK
pena callada. Compárense la composición XIX del
Intermezzo y la rima XLIX: en ellas loa poetas ad-
vierten que la amada oculta y disimula su dolor: Rei-
ne, agresivo, goza, exulta, radiante de alegría, arran-
cando a la mujer su máscara de indiferencia, mien-
tras Bécquer, melancólico, doloroso, compasivo pien-
sa con desesperado abatimiento,
.„H.^..,i-.-,^,. Acaao ella se ríe como me río yo...
Y no podrá ya hacerse comparación fácil con poe-
sías como los XII y XV del Intermezzo y con rimas
como^ las XVII, Hoy la tierra y los cielos me sonríen
y XXXVIII, Los suspiros son aire y van al aire; por-
que Bécquer no tuvo nunca la fría intención de ultra-
je de las primeras, ni Heine se abandonó jamás al rap-
to y a la resignada tristeza de aquellos versos becque-
rianos. Para sorprender en Heine la pura efusión que
informa esas rimas es necesario acudir a las excep-
cionales composiciones IV, XXXIII, LXII y LXHI
de El Regreso; y son también muy contadas las rimas
en que asoma la acritud del poeta germano, — XXVI,
V oy, contra mi interés, a confesarlo XXXIV, Cruza
callada y son sus movimientos, XXXIX, ¿A qué me
lo decís? Lo sé; es mudable, XL y LXV
El sentimiento es más hondo y agudo en Heine,
y más blando, más dulce en Bécquer; en el primero
desgarra ^fibras vitales; en el segundo se resuelve en
vagas soñaciones románticas. Es que uno sufre por
un ser de carne viva, que pudo ser suyo en el amor
feliz y que lo hundió en la desesperación rabiosa de
los celos, mientras al otro parece que le faltara sim-
plemente la amada que imaginó a su gusto, sin reali-
dad tangible, o que sólo entrevio lejana o de paso.
£3G6]
MOTIVOS DE CRITICA
Sin embargo, algo hay también de la corro9ÍTa amar-
gura de Heíne, como se ha visto, en tres o cuatro
composiciones de Bécquer; así la que irónicamenta
aprueba la preferencia de la poesía que se hace con
oro a la que se escribe con genio — rima XXVI — ;
la que celebra el silencio de la mujer estúpida y her*
mosa, porque vale más, para el poeta^ lo que ella
inspira callada que todo cuanto pudiera expresar, ha-
blando, úna mujer discreta — rima XXXIV — ; y de
igual manera la que disculpa a la mujer mudable,
vana, caprichosa, de envenenado corazón, falta de
sentimiento, que es una estatua inanimada, sólo por-
que es hermosa y porque su hermosura lo compensa
todo — rima XXXIX — ; así además, la que lamenta
que no pueda el hombre contentarse plenamente con
los goces fáciles de los sentidos, como si la vida supe-
rior, que lo hace desgraciado, le fuera una carga inútil
— rima LXVII, ¡Qué hermoso es ver el día! Con todo,
no se requiere mucha perspicacia para percibir, has-
ta en esas poesías, una manera más suave, más deli-
cada o menos violenta y enconada que la de Heine.
Es cierto que Bécquer ofende a la amada cuando sar-
cásticamente finge condescender con ella prefiriendo
la poesía que proporciona el dinero a la que nace del
alma, y cuando la proclama divina de belleza y le
pide que oculte su idiotez, o le perdona, por la her-
mosura de su cuerpo, su carencia de vida espiritual;
pero con eso, y a pesar de todo, no causa la impre-
sión amarga, trágica, angustiosa que brota siempre
bajo la pluma lacerante de Heine.
Hay indudablemente una diferencia de calidad en-
tre los dos poetas: Heine, más humano, más complejo,
más intenso, y, por lo mismo, inquieto, contradictorio,
turbio, es la vida; Bécquer, apacible en el dolor, con
Iñ serenidad clara de un lago o del cielo sin xnan<
cha, es el ensueño.
Bécquer debe a Heine el descubrimiento de la poe-
sía íntima, tan diferente del antiguo lirismo clásico,
tan honda, tan nueva entonces. Le debe, además, la
forma breve, sencilla, como desnuda, casi popular.
De él aprendió a convertir en poesía para los otros
las emociones de amor, que ya lo eran de por sí para
su espíritu. Lo ha imitado sin copiarlo. Pueden aer, en
ambos, idénticos el sentimiento y los motivos ocasio-
nales de la poesía, que piovieneu directamente de la
vida amorosa y que, por lo mismo, no se deben a la
influencia del uno sobre el otro; pero son siempre dis-
tintos y originales en las rimas las expresiones de imá-
genes y de palabra. Las poquísimas analogías de esta
especie comunes a Heine y Bécquer no suponen de-
pendencia necesaria, porque se explican sin ella, o
por el uso tradicional o por una coincidencia fortuita.
Así, por ejemplo, Bécquer ha podido llamar al cora-
zón ingrato o perverso de la mujer «nido de sierpes»,
con la frase que todo el mundo emplea, sin recordar
o ignorando que Heine la hubiera recogido, antes que
él, del lenguaje corriente. La imitación no es plagio
y puede existir y existe sin menoscabo de la originali-
dad.
Nada significa esa imitación de Heine contra el va-
lor personal de la poesía becqueríana. De Heine par-
ten y llegan a Bécquer la idea y el tipo de esa poesía
nueva, pero sin la sensibilidad fina y la viva imagina-
ción de Bécquer no habrían existido las rimas, Cha-
teabriand y Byron habían hecho antes de la pasión
individual, que todo lo desprecia, un espectáculo in-
solente y espléndido. Para su egoísmo idolátrico no
había en la tierra ni grandeza respetable ni frenos
[«»]
MOTIVOS DS CRTTICA
suficientes. Todo era poco para au descontento. En
ellos el corazón romántico aspiraba a lo infinito, y
por ellos conocieron y admiraron los hombrea un pe-
simismo soberbio. Fue eso «el mal del siglo», que pro-
pagó como una religión sublime, el culto de la propia
personalidad. Buscaron los poetas, en la naturaleza,
un refugio contra la sociedad, y pidieron, al amor de
la mujer, el solo consuelo posible de su^ espíritu in-
comprendido. Era esperar de su compañera más de
lo que ella podía darles. La mecancolía reinó sobre
las almas. Heine y Musset fueron loa dos represen-
tantes más gloriosos de la poesía en el amor desgra-
ciado. La poesía de Bécquer, antes de que él hiciera
sus rimas, estaba en el aire que se respiraba. Su mé-
rito es haberla recogido para darle vida en España.
En BU tiempo y a su alrededor, otros la habían ya
anunciado. La Historia de h Literatura Española en
el Siglo XIX por Francisco Blanco García (1891) tie-
ne un capítulo sobre los TraductOTes e Imitadores de
Heine; allí puede verse cómo afluía la corriente poé-
tica alemana a tierta española. En Ensayos sobre
Poesía Española (1946) por Dámaso Alonso y en el
prólogo de José María Monner Sanz a las Rimas
(1947), edición de Clásicos Castellanos, hay materia
más que suficiente para evidenciar la indiscutible in-
fluencia alemana sobre Bécquer. En nuestro país, Jo-
sé Pedro Díaz, en su libro G. A. Bécquer ha confirma-
do con nuevos aportes, la difusión del lirismo germá-
nico en España.
No es Heine el único poeta alemán que inspira a
Bécquer. ha. rima IV, No digáis que, agotado su te-
soro, ofrece, por su tema y su estructura, la más clara
«emejanza con la composición de Anastasius Grüa ti-
[309]
LAUXAR
talada El ultimo poeta ^Nicolás Heredia, La Sensibi-
lidad en la Poesía Castellana y Francisco A. de Icaza).
Tampoco es la poesía aletnana la única fuente de
sus imitaciones. Se ha indicado la influencia francesa
de Lamartine sobre la rima XXIV, Dos rojas lenguas
de fuego, y la más probable de Musset, no limitada a
algunos detalles de la forma, sino amplia y de fondo,
acerca del amor que va fatalmente a la desgracia en
busca de la dicha.
Eulogio Florentino Sanz más directamente, y Au-
gusto Ferrán, más que por su obra literaria, por su
conocimiento y su admiración de Heine, estimularon
y dirigieron la atención de Bécquer hacia lo que se-
ría su personalísima idiosincrasia. José María de
Larrea le suministró, con la poesía sobre las diferen-
cias de El espíritu y la materia, la idea contraria de
su unificación poética y unas pocas imágenes y frag-
mentos de frases para la rima V, Espíritu sin nombre.
Se habla también de una posible influencia de Al-
fredo de Musset sobre Gustavo Adolfo Bécquer. Ra-
món Rodríguez Correa la niega, pero al mismo tiem-
po reconoce a lo menos cierta semejanza, — que él
atribuye a la común educación clásica — , entre el
poeta de las cuatro célebres Noches y el poeta de las
rimas. Bécquer sería, a su juicio, «menos mundano y
ardiente» que Musset. Esta indicación de lo más y lo
menos del uno y del otro es efectivamente exacta.
Musset es ligero y pasional; juega con travesura inge-
niosa y clama su angusttia y su desesperación; es fes-
tivo y brillante como la espuma del champagne, y té-
trico y desolado con el más hondo abatimiento y el
máí amargo pesimismo. Hace, entre veras y burlas.
Una ¿.ecAamcióti de amor difícil, que no parecería po-
[310]
MOTIVOS DE CRITICA
sible en Stances a Ninon^ a la vez que gime su vida
para siempre destrozada por un amor desgraciado.
Los dos fueron poetas de amor y el amor que en
ellos canta más entrañadamente es el que sufre y se
lamenta. Decía Musset que los cantos más desespera-
dos son los más bellos y que los hay hechos de puros
sollozos. Los suyos y los de Bécquer pueden contarse
entre ellos. En eso, aunque en lo demás difieran, se
parecen.
No es fácil puntualizar entre ellos semejanzas de
formas y detalles. Una sola ha sido señalada por la
crítica y ella puede y parece deberse más a mera coin-
cidencia que a segura imitación. Musset pone en boca
de un personaje enamoradizo y tímido estos versos:
Je suis daña un salón comme une mandoline
Oubliée en passant sur le bord d'un coussin.
Elle renferme en elle une langue divine,
Mai8 ai son maitre dort. tont reste daos «on seiiu
Es una idea expuesta en una imagen parecida a las
que informan la rima VII, Del salón en el ángulo os-
curo. Los dos poetas hablan de un instrumento musical
abandonado y emplean las palabras «salón» «dueño»
o «dueña» y «olvidada». Con estos solos fundamentos
sería razonablemente creíble que Bécquer imita a Mus-
set; pero planteada la cuestión con otros datos, la con-
secuencia resulta más que dudosa. En primer lugar,
la idea y la imagen aparecen, antes que en Musset, en
otros autores, y de éstos pudieron pasar directamente
a la rima. En segundo lugar, y esto es lo que impor-
ta más, algunos pormenores, como el arrinconamiento
y el polvo, de la rima, que son ajenos a Musset, no
son privativos de Bécquer. Podrían, pues, provenir de
Otras fuentes y, en este caso, lo más lógico sería «tri-
[311]
LAUXAR
buir B esas misma» fuentes, y no a Musset, el origen
de la rima. En tercer lugar, no figuran todos los de-
talles de la rima juntos en ninguno de sus posibles
antecedentes, sino repartidoa en varios de ellos. ¿Será
que Bécquer escogió de uno y otro lado lo que es úni-
camente circunstancial en su poesía? ¿No puede ser
más bien que la sola idea del abandono del arpa, que
pudo ocurrírsele a él como a cualquiera de los otros,
le sugeriría las circunstancias del arrinconamiento, del
polvo y del olvido, que lo hacen más patente? Dár¡iaso
Alonso, en Ensayos sobre Poesía Española, menciona
y comenta los antecedentes del asunto descubiertos por
Dionisio Gamallo Fierros. A éstos he podido yo agre-
gar otros dos: uno del gran hombre de Estado Ciu-
seppe Mazzini: «La poesía. . . é potenza d'acordo dor-
mente in un arpa, finché una mano, tocándola, non
venga a destarla»; otro de Louis Bouilhet:
Et commo un air qui sonne aux bois creux des guitan»
J ai íajt chanter mon réve au vide de ton coeur.
La frase de Mazzini tiene exactamente el mismo senti-
do que la rima. En los versos de Bouilhet hay una di-
ferencia accidental que poco importa al caso. Bécquer
dice del arpa que no suena porque no k tañe su due-
ña, y Bouilhet de las guitarras, que suenan gracias a
quien sabe usarlas. Son dos maneras distintas de ex-
presar lo mismo, con elogio, en el poeta español, para
el instrumento musical, y en el francés, para el artista
que lo maneja.
En A quoi revent les jeunes filies, Ninon, que em-
pieza a amar, exclama sorprendida, que todo a su aU
rededor se trueca en maravilla:
Vma «t b» wis^ toot is^cttplít d*hum¡aiM.
MOTIVOS in camcA
Exactamente en el mismo caso inicial del enamora-
miento, la rima X, Los invisibles átomos del aire, con
la misma impresión de sorpresa, prorrumpe en idénti-
ca explosión de júbilo. ¿Era indispensable un ejem-
plo anterior conocido, para que la desbordante ale-
gría, derramada sobre las cosas, las revistiera de má-
gica belleza? Un lied de Goethe, Primavera -precoz,
saluda la aparición de la amada, con igual entusiasmo
fantasmagórico. Y antes de Goethe, ¿para cuántos poe-
tas no había el amor embellecido la naturaleza y el
mundo entero?
Para Musset una lágrima en los ojos azules de una
mujer es como una estrella en el cielo (Le saule) y
Bécquer ve en otros ojos, también azules, cuando se
iluminan con la chispa de una idea, una estrella per-
dida en el cielo de la tarde (rima XIII). La imagen,
de motivo diferente, es idéntica, pero no supone indu-
dablemente imitación.
Musset, groseramente ofendido, en el más apasiona-
do amor, por una mujer de pecho vacío y helado, que
lo traiciona con bestial inocencia, gime, primero, deses-
perado, pero se dice al fin que ella era hermosa y con
esto se enorgullece, porque ha amado en ella a la be-
lleza.
Un jour, j« fu» «imé, j'aimaia, elle était beUe (Le souvenir).
Algo de esto suena, como un eco lejano, en las rimas
XXXIV y XXXIX:
{Es tan heimoaa!
No toda analogía de fondo o forma entre varios au-
tore» impUoa im^ooión de unos a otroe» Loe hay de
[313]
L AUX AR
máxima importancia en los sentimientos y en las acti-
tudes amorosas de Musset y Bécquer. Así dice aquél en
Namouna que todas las amadas se parecen a la mujei
ideal del enamorado y que ninguna es ella:
ToDtes lui lessemblaient, ce n'était jamáis elle;
y éste, como si fuera otra vez un eco, repite: «He pasa-
do los días más hermosos de mi existencia aguardando
una mujer que no llega nunca. . . mi alma, que es la
que guarda de ella una memoria remota, se acerca a
su alma. . . ¡y no la conoce!» La rima L, Lo que el
salvaje que, con torpe mano, reproduce la misma idea.
Conoció Bécquer indudablemente a Musset; pudo re-
cordarlo y querer seguirlo ; pero también cabe en lo po-
sible que lo hubiera olvidado por completo y que su
propia experiencia de amante iluso y desconforme le
inspirara esa queja.
Musset, radicalmente decepcionado, se consuela de
su infortunio, porque a lo menos ha podido llorar:
Le eeul bien qui me reste an monde
Est d'avoir quélquefois pleuié,
y Bécquer, sumido en la más amarga apatía para todo,
cuando piensa que ni siquiera puede ya sufrir, sabe,
ai despertarse, que ha Horado en sueños, y se dice
contento:
¡Sé que aún me quedan lágrimas I
El sentimentalismo romántico hizo del sufrimiento el
lote más noble de las grandea almas. Estaban ellas
[314]
MOTIVOS DE CBinCA
condenadas al dolor, porque todo les era insuficiente
en la vida. Querían lo infinito y íiada podía satisfacer
esa aspiración imposible. Sentir agotada en el descon-
tento la fuente del llanto era, pues, el colmo de la des-
dicha y, al mismo tiempo, un título de preeminencia es-
piritual. No le era necesario a Bécquer rastrear las
huellas de Musset en la ascensión a esa cumbre dolo-
rosa y soberbia, para descubrirla y llegar a ella.
La influencia posible de éste sobre aquél, más que
en la expresión que la denunciaría ha de estar escon-
dida en la sensibilidad llorosa, propia de la época.
Ella puede haber sido profunda y no dar señales ex-
teriores de sí en las palabras. No hay fundamento pa-
ra negarla, pero tampoco lo hay para tenerla por in-
dudable.
[Hay dos rimas que repiten el tema de otras dos
composiciones de Edgar Poe; una dice el hechizo de
los ojos inolvidables que, vistos una sola vez, se des-
arraigan de la persona y entran a la obsesionada ima-
ginación del enamorado para no borrarse en ella ja-
más : Te vi un punto, y flotando ante mis ojos .;
otra es la que pide que la vida entera se trasmute en
permanente sueño de amor: Es un sueño la vida. Aqué-
lla se creería inspirada en el poema Ta Helen; ésta,
en el titulado Dreams. Y sin embargo nada permite
suponer que Bécquer haya conocido ni directa ni indi-
rectamente la obra de Poe. Es que la coincidencia for-
tuita o casual es posible y fácil en poetas, por diferen-
tes que ellos sean, cuando cantan la belleza de la mu-
jer con pasmo de amor. Eso que pasa con Poe y Béc-
quer bien pudo ocurrir lo mismo entre éste y Musset
aunque es indudable el autor de las rimas estaba fami-
liarizado con la poesía romántica francesa].
[315]
1.AVXAB
vni
Es Gustavo Adolfo Bécquer el poeta del amor des-
venturado, que pide lo imposible y Hora desengaños y
traiciones. La melancolía es la nota característica de
su emotividad romántica. Prefería los sueños fáciles,
sin trabas» a la realidad que exige luchas porque opo-
ne resistencias. No estaba hecho ni al esfuerzo que se
necesita para vencer los obstáculos ni al acomoda-
miento que se resigna y se contenta con las condicio-
nes de una existencia vulgar o mediocre. Su poesía es
la quejumbre de un corazón insatisfecho que se com-
place en la pena, sintiéndose y mostrándose, en el su-
frimiento, superior a la vida común.
El fue siempre desdichado. Huérfano en la niñez
más tierna, de constitución débil y enfermo sufrió en
su juventud las penurias de la peor pobreza. Cuando
al fin pudo vivir con cierto desahogo económico, se
le deshizo la familia que se había formado. En el tra-
to privado, pudieron sus pocos amigos estimar alta-
mente su talento y su obra; pero su nombre fue siem-
pre ignorado por el público, porque la difusión de sus
trabajos, anónima o dispersa en revistas, lo mantuvo
en la más completa oscuridad. No se divulgaron sus ri-
mas sino después de su muerte. Parece pues haberlo
perseguido una fatalidad ciega, lo mismo en su exis-
tencia dolorosa que en su labor literaria. Recién des-
aparecido él y reunida en libro su producción, una
celebridad repentina hizo que la juventud lo conociera
y sobre todo lo amara en todos los pueblos de habla
espmola.
Dos novedades introdujo en España su poesía. Era
una la seosibilidad llorosa, que no se indigna contra
[316]
MOTIVOS I>B CRITICA.
el daño sufrido y mab bien se enaltece en el dolor que
le sirve de piedra de toque para sentirse, en lo miMno
que la hiere, delicada y exquisita. lía la otra su for-
ma natural y sencilla, sin visible aparato literario. Es-
pronceda, Campoamor y Zorrilla eran las figuras des-
collantes del momento, y él, por su condición emotiva,
contrasta con el carácter fogoso de Espronceda, y por
su llaneza, con el ingenio y el artificio de Campoamor,
y por todo, con el desenfreno imaginativo y palabrero
de Zorrilla. No había lugar abierto para su obra en
el gusto reinante en la época, pero un sentunentahsmo
oculto parecía esperarla y ella se impuso de pronto,
sin mayores resistencias. Se dice que la gran voz de
Núñez de Arce la tachaba despectivamente de «suspi-
riUos germánicos». Los suspiros de Bécquer no atro-
naban eí oído, pero llegaron a las almas, con su vague-
dad triste y soñadora. La admiración popular no busco
en las rimas un arte desconocido; se atuvo al senti-
miento que desbordaba de ellas, sin preguntarse ni m-
quirir si era andaluz o español o alemán. Nada impor-
taba esto al caso, donde una dulzura triste era todo.
Algo demoró en saberse que, tras los deslumbrantes
colores de la Andalucía pintoresca, hay una Andalucía
fina y culta, que siente y canta con poetas, como Juan
Ramón Jiménez y Manuel y Antonio Machado, la mis-
ma intimidad que estalla, con gritos lacerantes, en las
coplas del pueblo. De Bécquer, y no de Espronceda
y Campoamor v Zorrilla, arranca la más alta poesía
que se produce después en España y que todavía gusta
y se admira contra la imitación zaguera del dadaísmo
y el suprarrealismo de Francia, convertidos en «Lite-
ratura de Vanguardia».
[817]
APENDICE
/
¿Por qué, dime, bien mío, las nsaa
Tan pálidas yacen?
¿Por qué están, en el césped, tan mnextas
Las Tiolas azules ¿Lo sabea?
¿Por qué dime, tan flébil, gorjea
La alondra en el aire?
¿Por qué exhalan balsámicas faierbaa
hedor de cadáver?
¿Por qué llega tan torro j sombrío
El sol a los valles?
¿Por qué, dime, se extiende la tierra, ^
Cual sepulcro, tan parda y Balvaje?
¿Por qué yazgo tan triste y enfermo
Yo propio? ¿Lo sabes?
¿Fot qué, aliento vital de mi alma.
Por qué me dejaste?
(Traducción de Eulogio Florentino Sena).
Compárese el verso con los de las rimas, I, Yo sé un
himno gigante y extraño, y VII, Del salón en el ángulo
oscuro.
Cada día es el mundo más absurdo.
¡Eb estúpido el mundo! ¡El mundo es neáol
De tí dice, pequeña hermosa mía.
Que es irascible 7 desigual tu genio.
Peor a cada instante te conoce.
¡Es estúpido el mundo! ¡El mundo es ne«io!
No sabe cómo enervan tus abrazos
Y como abrasan tus ardientes besos.
(Traducción d» José H. Herrero).
t31»]
Gagfi t» y necio d mand».
Ciego j necio por d«mái.
Te condena, vida mía»
Te condena ein piedad.
El mundo ciego j necio
Y jamás te apreciará,..
¿Qué sabe él de tus caricia»
Ni del placer que ellas dan?...
(Tiadncción de Joan Antonio Péxei Bonalde).
El mundo e3tá ciego y loco.
¡Cuán vanos sus juicios son!
Dice, ¡oh bien a quien invoco,
Que tienes mal corazón!
¡El mundo está loco y ciego I
No te conoció jamás.
No sabe cómo arde el fuego
En los besos que me das.
(Traducción de Teodoro LIa<rente)
El mundo está loco y cie^.
jCuán vano y necio ea su error]
Dicen todos, vida mía.
Que no tienes corasón.
El mundo catá loco y ciego,
Y nunca, nunca sabrá
Cuán ardientes son, cuán dulces,
Los besos que tú me <i«a,
(Traducción de José Pablo Rivas).
Compárase esta composición con la rima XL, Su
mano entre mis manos.
Sobre los ojos de mi amada
¡ Cuántos hermosoB cautos he escrito!
¡Cuánto terceto dulce
Hice a la boca de mi bien qotiidot
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MOTIVOS DE CRITICA
¡Y qaé canción tan tierna y tan hemwu.
Qué espléndido soneto
A sa infiel corazón escrito hubiera.
Si un comzón guarda allá en~ au pecho!
(Traducción de José J. Herrero).
A los divinos ojos de mi amada
Con musa enamorada.
Canciones entoné;
Y a sus labios de miel rojoa 7 tertos.
Loa más hermosos Teraoa
De mi estro dediqué.
Al títo rosicler de sus mejillas
Compuse redondillas
De tierna inspiración,
Y ¡qué soneto al corazón le hiciera
Si mi dulce hechicera
Tuviese corazón!
(Traducción de Juan Antonio Pérea B«nalde).
¡ Cuántas canciones dediqué a los rojos
Labios de mi adorada!
{Cuántos tercetos a sus bellos ojos
Y B su dulce mirada!
T si mi hermosa corazón turiera.
También, fino y discreto,
A au sensible corazón hiciera
Uno bonito soneto.
(Traducción de Teodoro Llórente).
¡A sus hermosos ojos celestiales
Cuánta bella canción he dedicado,
Y cuántos deliciosos madrigales
A sa divina boca he consagrado!
¡Y sus mejillas, rojas cual corales,
Cuántos versos de amor me han inspirado!
lY que bello soneto yo le haría
Si corazón tuviera el alma mía!
(Traducción de José Pabl« RiTaa).
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Z.AUXJI.K.
Compárese con la rima XLV, En ¡a dave del arco
ruinoso.
¡Sí, t& ores desdiduida, y te perdonOf
jAmboa debemos ser desventurados!
¡Hasta que al fin la muerte nos sarprenda
Debemos ser desventurados ambos!
Veo la mofa que ToUea alegre
Ea tomo de l«g labios;
Veo el brillo insolente de tu« ojos;
Veo el orgullo hiiwshando
Tu senOf y «Miserable, miserable
Exea cual yo» me digo, sin embargo.
Tus labios muere sufrimiento oculto;
Duerme urta amarga lágrima en tus p&rpadm;
Y en quejas trístea de secreta pena
Está tu seno altivo rebosando:
¡Amada de mi vid^a,
Los dos debemos ser desventurados!
(Traducción de Joeé J, Herrero).
Tú sufres, sí, callada,
Y yo. . , yo no me queje.
Los dos en agonía
Vivimos y en tormento;
Y en tanto que la tumba
No venga a socorremos,
Setemes desgraciado».
Mi vida, ¡lo seremos!
La punzado» burla
De tu sonrisa veo,
Y el, de tus claros ojos.
Relámpago altanero,
Y el indomable orgullo
Que se anidó en ta pecho. . .
¡Mas eres desgraciada
Coioo tu amigo eterno!
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MOTIVOS DE CSmCA
Que tu aomisa eocubre
Duro penar secreto;
Lágrimas comprimidas
Guardan tu* ojos aecoa,
Y oculta herida sangra
Dentro el altivo pecho. . .
¡Ayl ¡Qué desventurados
Somoa los dos a un tiempo!
(Traducción de Juan Antonio Féxez Bonalde).
Desdichada eres tú, querida mía;
Desdichados al par somos los dos.
Desdichados seiemos hasta el día
Que cure nuestro mal la moeite pía»
¡Hasta que quiera DíosI
Brilla en tus labios risa de despecho,
Y en tu mirar irónica altivez;
Glorioso y satisfecho.
Late el orgullo en tu triunfante pecho,
¡Y somoa desdichados a la vez!
Al arder máa espléndidos tos ojos,
Una lágrima en ellos asomó;
Mueren las risas en tus labios lojos;
Tu pecho esconde míseros enojos,
¡Y eres tan desdichada como yol
(Traducción do Teodoro Uorente).
Sí, mujer, tú sufres mucho
Y yo rencor no te tengo;
Los dos, por la misma causa,
Siiírimos igual tormento.
Hasta que la muerte rompa
Nuestro corazón enfermo,
Sí, mi amor, tú sufres mucho
Y yo rencor no te tengo.
[323]
21 - 4t.
LAUXAB
De la borla, la gracia maect,
En tus dulces labios, veo;
Tas ojos castos y lindos
Brillan con fulgor sereno;
El orgullo hierve, indómito,
En el iondo de tu pecho»
¡Y, ein embargo» sufrimos
Los dos él miamo tonnento!
SU d dolar me escondido
En tus lahíoa tan bermejoa;
Ocultas Ugriniaa brillan
Trae esos ojos Becenos;
Una herida dolorosa
Lleras en mitad del pecho,
¡Y loa doa^ dulce amor mío,
Sufrimos igual tonnento!
(l^aducci¿n de Josi Pablo Rítm).
Compárase con las rimas XXX, Asomaba a sus ojos
una lágrima, y XLIV, Como en un libro abierto.
Ál separarse dos que se han querido
¡Ayl las manos se dan,
Y auapiran y Horas,
Y lloran y auspican más y mas.
Entre nosotros dos no hubo auapiioa
Ni hubo lágrimas lar!
Lágrimas y suspiros
Reventaron después... ¡muy taide yai
(Traducción de Eologb Flinentiiio Sana).
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.MOTIVOS DZ CRITICA
Cuando ■ dos que w iddbtzBn
SqMim d destino adverso.
Lloran y se dan la mano
Y •napiran ain consuelo.
Ni nuestroa labios gimieron;
Llanto y suspiros de pena
No lloraron nuestros ojos
Nos atonoentaron Inego.
(Tradncoióa de Joa£ J. Eecteio).
FIN
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